Recóndita Armonía

01 dic 2015

Escándalo en el Teatro Real

Por: Rubén Amón

No estuve anoche en el estreno de Rigoletto –haberlo hecho hubiera puesto en peligro mi porvenir en este periódico,  toda vez el espectáculo del Real coincidía con el superdebate y las correspondientes obligaciones-, pero sí me personé en el ensayo general del primer reparto (viernes) y del segundo (sábado),  antecedentes premonitorios ambos  del  escándalo de ayer.

Escándalo en sentido positivo. Escándalo por la escandalera que volvió a suscitarse cuando los espectadores exigieron a Leo Nucci (y a la soprano rusa Olga Peretyatko) repetir el dúo de “La vendetta”, exactamente como se lo exigieron al barítono italiano en la producción de 2009.

 

Fue la primera vez que se vivía una situación así en la joven historia del coliseo madrileño. La segunda la protagonizó Javier Camarena en el columpio de los nueve do de pecho de La fille du régiment. Y la tercera le ha devuelto el cetro a Nucci. El cetro verdiano, la insólita envergadura vocal y musical de un artista que ha interpretado 500 veces Rigoletto –la cifra no es una exageración arbitraria, sino una estadística- y que ha cumplido 73 años sin atisbo de decadencia.

Nucci ya había creado el viernes un estado de sugestión propiciatorio. Por su dimensión legendaria. Por sus dotes comunicadoras. Y por un hábil ejercicio de la demagogia que no contradice su imponente naturaleza artística. Había predispuesto un ambiente de “bis”. Sabía que se lo iban a pedir. Y se lo pidieron. Y lo concedió exhibiendo un agudo de tenor, “acuchillando” el paraíso del Real con un escalofrío.

Fotorecortada a 560x330

De Nucci emociona su trayectoria y su vigencia, pero los méritos de este escandaloso Rigoletto se demuestran bastante repartidos. Empezando por la tensión que el maestro Luisotti obtiene en el foso de las premoniciones, hasta el extremo de motivar a la orquesta –y al coro- en una prestación mayúscula. Estábamos en Madrid, como podríamos estar en Parma o en la Scala, de tanta energía verdiana que emanaba de las profundidades.

La reputación de un gran teatro empieza por la orquesta. No por subordinar el papel de los cantantes y menos aún en el caso de Nucci, sino porque cualquier arquitectura operística requiere la calidad y la competencia de la sala de máquinas. Luisotti la hizo rendir a una altura impresionante –y al coro también-, consiguió extremar la teatralidad de la partitura, su delicadeza, su corpulencia,  su afinidad al claroscuro verdiano.

Y fue el contexto en que los solistas anónimos se convirtieron también ellos en cantantes. La voz noble y abaritonada del primer chelo, el sonido inmaculado, sensible, del oboe. El escándalo –otra vez- de los timbales en su fuerza telúrica y en su acepción patibularia.

Patibularia como la propuesta escénica, oscura, desgarrada de David McVicar. La orgía pasoliniana de la escena introductoria –pasoliniana en la estética del "Decamerón" y de Los cuentos de Canterbury- predispone al hallazgo de un cadalso, a la tramoya de una escena entre cuyos maderos acaban ajusticiados Rigoletto y su hija en la impotencia de la  “forza del destino”.

Era Rigoletto la obra favorita de Verdi. Concedió a su protagonista, “mi viejo jorobado”, escribía Verdi, una mirada piadosa, condescendiente.  Se reconoció en la fatalidad, en el desgarro,  en la fragilidad. Y la convirtió en una ceremonia de iniciación a la que muchos aficionados debemos nuestra devoción operística.

“Io sono Rigoletto”, dan ganas de proclamar. Y dan ganas de ir al Teatro Real todas las tardes. Para escuchar a Leo Nucci y la animalidad escénica de la Peretyatko. Para reconocerle a  Luca Salsi -segundo reparto- los atributos de  una actuación apabullante, en sus detalles, en su línea de canto, en su terribilità. Para conmoverse con la sensibilidad de Lisette Oropesa en su Gilda incorpórea. Y para compartir con el viejo jorobado la crucifixión de las maldiciones.

 

Hay 11 Comentarios

Yo no estuve el día 1, sino el 3. Y lo volvió a hacer. No haberlo hecho hubiera causado gran decepción en mí, después de haber leído este blog.
!!Maravilloso Leo Nucci y maravillosa Olga Peretyatko!!

Harían bien los correctores de vocación en leerse el artículo de la Fundéu, para corroborar que es correcto (aunque no tan usual) el empleo de hubiera en lugar de habría en este caso. Vocación errónea, así que mejor comentar en foros de coches o fútbol, que tales errores de bulto pasan más desapercibidos.

(con perdón, desconozco la tonalidad). Pero de ahí a un sobreagudo, hay nada menos que una tercera. Pero vaya forma la de Nucci, portentosa. De escándalo.

¡Ja, ja, ja! Me encanta esta literatura sobre "Rigoletto", donde ni por asomo aparece mención alguna al tenor: por algo la partitura empieza con Duca di Mantova, tenore. Claro, todavía no está adjudicado el puestico del heredero y mejor que no los haya ara tranquilidad de nuevos y viejos barítonos.

Cuántos buscadores del error ajeno hay por aquí... qué pena.

"pasoliniano" va con una s.

Revise usted la gramática antes, sr. Pablo:

http://www.fundeu.es/consulta/hubiera-por-habria-23847/

"haberlo hecho hubiera .." es incorrecto. En realidad es condicional: "haberlo hecho habría"
Por favor revisen mejor los artículos antes de publicarlos.

Donde dije Digo, digo Diego. Después de anotar el anterior comentario me he asomado a ver si me respaldaba la RAE y, nunca lo hubiera pensado, en cuarto lugar define el término escándalo como asombro, pasmo, admiración. Pues nada, amén.

En mi modesto entender el término escándalo, empleado en el titular, no tiene ninguna acepción positiva como se indica en el artículo. Un escándalo es un escándalo y eso no fue lo que ocurrió ayer en este teatro. Tendrán que buscar el periodista y el comentarista que me precede, sr. Alba, otro término que se adapte mejor al suceso relatado.

Muchas Gracias por trasmitir de esa manera !

Escandaloso! Pero qué maravilloso escándalo!

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Sobre el blog

La ópera no muerde. Como mucho, aburre. Aficiónese o síganos. O haga las dos cosas a la vez. Intentaremos que no se arrepienta.

Sobre el autor

Rubén Amón

Rubén Amón Podría haber sido barítono, podría haber sido pianista, pero el autor de este blog tuvo que resignarse a un teclado más limitado, el del ordenador, para dedicarse al periodismo y explorar, incluso, uno de sus ámbitos más minoritarios, sospechosos y hasta esnobistas: la ópera y la música clásica.

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