Recóndita Armonía

02 jun 2016

Leyenda Ivry Gitlis

Por: Rubén Amón

Me he encontrado en los discos perdidos de una tienda de baratillo el tesoro de un doble CD de grabaciones que hizo Ivry Gitlis entre 1962 y 1986 con la Orquesta de la SWR. Y he descubierto que nunca se habían publicado antes,  aunque la admiración que uno siempre ha sentido por ese inmenso violinista -y no inmensamente conocido- tiene mucho que ver con la experiencia de haberlo conocido, frecuentado, incluso apreciado como una figura patricia. Y no tanto una estrella como una leyenda, apropiándome del criterio de Norman Lebrecht.

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24 may 2016

James Levine, insustituible

Por: Rubén Amón

Tenía uno pendiente escribir sobre James Levine, incluso evocar una reciente visita a su camerino del Met. No estaba el maestro porque anduvimos a deshora, pero tuve la sensación de violentar un espacio privado. Un sofá de piel burdeos. Un piano cuyo cordaje ha repasado el repertorio universal. Unas flores recientes. Unas fotos antiguas.

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16 may 2016

El misterio del latín

Por: Rubén Amón

Ayer me despertaron las campanas de la iglesia de San Sebastián en Salzburgo. Tanto tiempo sonaron y lo hicieron con tanta intensidad que atribuí al fenómeno el valor de una convocatoria. Me citaban las campanas. Me emplazaban a las misa de 9,30.

Conozco bien el templo de la Linzergasse porque su claustro aloja un cementerio de personajes ilustres. Ninguno tan enigmático como Paracelso. Ninguno tan sepultado de flores como Leopold Mozart, el padre del mesías. O como su  otra hija, Nannerl.

Y no me gustan los cementerios. Ni me inspiran confianza las personas que encuentran en ellos sosiego y paz espiritual. "La pace dei sepolcri", objeta Posa a Felipe II cuando trata de recriminarle al rey las campañas militares contra los flamencos.

No me gustan los cementerios, pero tengo cariño al de San Sebastián. Una rosa siempre fresca, siempre viva, custodia la lápida de Paracelso. Como si el propio sabio suizo se las hubiera arreglado para recrear su leyenda de taumaturgo. Fue proscrito como un brujo y un curandero. Lo fue hasta que la propia Iglesia rectificó su diagnóstico. Igual que hizo la ciencia.

La Universidad de Salzburgo lo canonizó como a un clarividente y un pionero, aunque los honores no han alcanzado a atribuirle la transmutación del plomo en oro. Más difícil es convertir las cenizas en una rosa. Y la rosa de Paracelso -de la que hizo un cuento Borges- custodia su tumba como si la reanimara desde el más allá con el rocío.

Celsus

Repicando y en misa estaba un servidor ayer. Porque acudí a la liturgia de  las 9,30, no por razones de fe ni de costumbre, ni siquiera para implorar la curación de unos males en la garganta, sino porque el rito prometía un acontecimiento cultural.

Y lo fue. No ya por la instrucción musical de los salzburgueses. Por la cualificación del organista. Por la sensibilidad del coro aficionado. O por la voz de heldentenor que trasladaba el pater en el mascarón de proa del púlpito, sino  por tratarse de un rito en latín, oficiado de espaldas a los feligreses, concebido según los criterios preconciliares.

La liturgia sugestiona el orden espiritual. La lengua muerta adquiere el impulso de la resurrección. Y deja en ridículo las razones prácticas que se han valorado en España para suprimir el latín y el griego de los planes educativos. No discuto la utilidad del chino. Lamento sólo que se pervierta el patrimonio cultural.

Y es una lástima que se haya degradado la resonancia metafísica del latín y que se haya profanado la liturgia con las contingencias parroquianas o parroquiales. Tanto se ha "acercado" la celebración, tanto se ha alejado el misterio. Se ha despojado  a la misa de su proyección trascendental, de su esencia mistérica,  no digamos ya cuando el patrimonio musical eclesiástico degenera en el estribillo del Señor, la barca, la orilla, Tú nombre y la búsqueda de otro mar, corrompiendo hasta la fe de los corazones más dispuestos.

Habla uno desde la perspectiva del agnóstico. Y de quien, no creyendo por hondas convicciones, acepta el placebo de la fe por el camino de la estética. Lo tiene escrito Thomas Mann en "La muerte en Venecia". La Belleza -en mayúsculas lo escribe Mann, en sentido aspiracional- es el camino del hombre sensible hacia el espíritu.

No se trata de entender la misa, sino de vivir el misterio. Y de aprovechar el oleaje de las lenguas antiguas para llegar a la tierra prometida. El Papa Ratzinger quiso demostrarlo cuando restauró la misa tridentina. Y lo malentendieron sus detractores. Pensaron que pretendía Benedicto XVI restaurar el Antiguo Régimen. Y nunca supieron que la ópera favorita del papa alemán era el "Don Giovanni" de Mozart.

  

06 may 2016

Soldado Gergiev (qué vergüenza)

Por: Rubén Amón

 

El soldado  Valery Gergiev ha vuelto a obedecer las consignas propagandísticas del presidente Putin. Y ha oficiado un concierto en Palmira abusando de Bach y de Prokofiev para que el régimen del zar pudiera escenificar la liberación del yacimiento sirio. Fue la razón del despliegue mediático a la gloria de Vladimir Putin. Y el motivo por el que el concierto,  llevado a cabo este jueves con las huestes del Teatro Mariinski,  alternó los pasajes estrictamente musicales con los alardes castrenses, expuestos estos últimos  en grandes pantallas de vídeo que narraban la evacuación militar del Estado Islámico a iniciativa de la alianza  libertadora de Rusia y Siria.

 

No iba a abstraerse de esta ceremonia onanista el propio Putin. Y no porque acudiera en persona a la ciudad romana, sino porque intervino desde la dacha del Mar Negro en el papel de príncipe de la paz, insistiendo incluso en el sacrifico que han asumido los soldados rusos para conseguir extirpar de Siria la amenaza terrorista.Estremecía la sumisión de Valery Gergiev al propósito de su padrino, pero todavía resultaba más embarazoso que el concierto de la paz  incluyera entre sus artistas invitados al chelista Sergei Roldugin, cuya fama mundial no proviene de sus cualidades artísticas, sino de su papel de testaferro en las cuentas paradisiacas de Putin.

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02 may 2016

El "Bolero" de Ravel no es de Ravel

Por: Rubén Amón

Los derechos de autor no han supuesto nunca un problema para recurrir al Bolero de Ravel como himno orgiástico o como publicidad de un coche, pero han sido liberados de toda implicación pecuniaria desde el 1 de mayo. Y no porque se cumplan los canónicos 70 años desde el estreno -la obra nació en 1928-, sino porque los compositores afectados por las guerras mundiales adquirieron ciertas compensaciones temporales para disfrute, muchas veces, de sus manirrotos sucesores.

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21 abr 2016

Divas...

Por: Rubén Amón

Escribe uno estas líneas bajo el influjo o bajo el el hechizo de una sobredosis de divismo sopranil. En su acepción edulcorada, Renée Fleming. Y en sus connotaciones incendiarias, Angela Gheorghiu, protagonista de una "espantá" en la Opera de Viena porque le irritó el bis de Jonas Kaufmann en el desenlace de Tosca.

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14 abr 2016

Parsifal y el tiempo

Por: Rubén Amón

La óperas de Wagner serían largas si no fuera porque el compositor germano sobrepasa en ellas las coordenadas del espacio y del tiempo. Es un misterio cuya verificación exige la audacia de un mediador dichoso en el foso, como está ocurriendo en el Teatro Real gracias a la clarividencia de Semyon Bychkov. Nunca la orquesta se ha escuchado con semejante sensibilidad y opulencia, extremos de un Parsifal  concebido desde la intensidad. Y la intensidad no es el volumen -muchas veces, lo contrario- sino una tensión implícita que sugestiona la ceremonia y que convierte el foso en un gran caldero del que emana la música.

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08 abr 2016

Foster Jenkins: la película

Por: Rubén Amón

No puede decirse que Meryl Streep haya rodado una película sobre Florence Foster Jenkins (1868-44) como una película a costa de ella, redundando en la mitificación de un fenómeno trash que arriesga con despertar o remover  de la tumba a la peor soprano de la historia.

Foster

Me consta que los servicios funerarios neoyorquinos tomaron todas las precauciones para evitar la resurrección, pero subestimaron que el “regreso”  pudiera producirse a título de mofa y de escarnio. De momento, Meryl Streep protagoniza una biopic invertida a propósito de una cantante invertida también. Porque FFJ nunca fue una cantante. Ni siquiera cuando un accidente de taxi le descubrió que poseía un registro sobreagudo  inesperado y digno de cultivarse en los teatros de beneficencia.

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01 abr 2016

El abejorro del Holocausto

Por: Rubén Amón

Conocíamos el vuelo del moscardón gracias a Rimsky, pero mucho menos el del abejorro. Que se dice brundibár en checo. O Brundibár cuando se trata de aludir a la ópera infantil de Hans Krása. Tan infantil que la concibió como una fábula musical para un orfanato judío de Praga en 1938 y que se convirtió en la “escapatoria” de los niños deportados al gueto de Terezín unos años después.

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25 mar 2016

El efecto mariposa

Por: Rubén Amón

Madama Butterfly es una de las obras más arriesgadas del repertorio. Se expone, como pocas, al peligro de la sensiblería. Y se arriesga, como tantas de Puccini, a la demagogia y al tremendismo, más aún cuando la tradición la ha sepultado de tópicos y cuando el aria sublime de “Un bel di vedremo” desenfoca los restantes méritos de la partitura. Que es muy ingrata para el tenor, porque asume un papel gregario. Y que es muy difícil para la soprano, porque el papel de la geisha requiere tanto refinamiento como personalidad en una suerte de dramaturgia mutante que se atiene a la propia metamorfosis de la crisálida: de gusano a mariposa para terminar clavada en un alfiler.

Metopera

Anthony Minghella, mitad antropólogo, mitad entomólogo, acertó con su punto de vista cuando estrenó su Butterfly hace una década en el Met. Le concedió una perspectiva pudorosa, elegante y dolorosa. Y la revistió de inmisericordes premoniciones, empezando por la imagen de la geisha cuyo kimono se desfigura en unos haces de tela roja, poderosa hemorragia simbólica que anuncia el final de la ópera desde el principio, como hace Billy Wilder en “El crepúsculo de los dioses” arrojando a William Holden a la piscina.

Ha sobrevivido Butterfly a la muerte de Minghella. Y representa un hito escénico en la historia contemporánea del Met, aunque toda la sutileza del montaje y todos los aciertos cromáticos que mecen la partitura adquieren un valor multiplicatorio cuando el reparto musical asume el dolor de Puccini. Sucede estos días con la imponente Kristine Opolais. Una soprano de enorme poder dramático que rebasa el estereotipo de la geisha de origami para convertirse en una suerte de mártir griega. Parece el suyo el suicidio de Medea, aunque el libreto original del David Belasco indulta al hijo de Butterfly. Y lo entrega a la nueva mujer de su esposo para que lo críen ambos en la tierra prometida de América, lejos del pecado original.

Minghella elude el recurso de un niño. Lo transforma en un bunraku, una marioneta japonesa. Y, mutando, mutando, crea otra crisálida, un híbrido clandestino que se desenvuelve en escena gracias al movimiento invisible de los hombres sombra, no ya relacionando Butterfly con la tradición del teatro renacentista de Osaka, sino incorporando al montaje una “compaña” de espectros que mueven los hilos de la marioneta y que manipulan la acción misma entre los precarios recursos de una escenografía minimalista.

La sutileza de la dramaturgia en su propia extrapolación visual contradice cualquier tentación grandilocuente de la música. Por eso acierta el maestro Karel Mark Chichon en su versión esmerada, matizada y hasta camerística, por ejemplo cuando el coro de marineros comparece como el susurro de un requiem premonitorio. Es una Butterfly en penumbra, una ópera de ocaso, de luces crepusculares. Y un montaje que tanto encumbra la carrera de Krsitine Opolais entre sus colegas como reivindica la madurez de Roberto Alagna en el umbral de los cincuenta años.

Está en magnífica forma el tenor franco-siciliano. Canta con valentía. Frasea con distinción. Y compone un Pinkerton penetrante, fabuloso, sabiendo, como sabe, que la ópera de Puccini no se explica sin el efecto mariposa que otorga a la ópera el primer aleteo de Butterfly.

No terminará de morirse Minghella mientras el Met mantenga en el repertorio esta emocionante dramaturgia. Fue la manera de celebrar el centenario de sus primeras funciones en el Met (1907). Allí estaban entonces Geraldine Farrar y Enrico Caruso remediando la catástrofe que había supuesto el estreno en la Scala de Milán (1904). Y convirtiendo Butterfly en una ópera americana. Tanto por la contribución del libretista Belasco como porque la alusión al himno estadounidense excita todavía hoy a los espectadores.

Sobre el blog

La ópera no muerde. Como mucho, aburre. Aficiónese o síganos. O haga las dos cosas a la vez. Intentaremos que no se arrepienta.

Sobre el autor

Rubén Amón

Rubén Amón Podría haber sido barítono, podría haber sido pianista, pero el autor de este blog tuvo que resignarse a un teclado más limitado, el del ordenador, para dedicarse al periodismo y explorar, incluso, uno de sus ámbitos más minoritarios, sospechosos y hasta esnobistas: la ópera y la música clásica.

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