Antonio Jiménez Barca

Cuando Lisboa fue Casablanca

Por: | 20 de junio de 2012

Foto Lisboa de la guerra muncial El ocho de julio de 1940, dos semanas después de que las tropas de Hitler entraran en París, un diplomático español llegó a Lisboa y fue recogido de urgencia en el aeropuerto por el chófer del mismísimo duque de Windsor, alojado desde hacía días en Cascais, en casa del banquero más rico de Portugal. El diplomático se llamaba Francisco Javier Bermejillo y le apodaban, tal vez por su eficacia, El tigre. Acudía a una misión secreta en una ciudad fantasmal infestaba por entonces de espías británicos  y alemanes que se iba llenando además de refugiados exhaustos que esperaban semanas en los cafés un visado que les sacara por el único portalón abierto en Europa de las llamas de la guerra. Recuerden la película Casablanca: el avión en el que parte Víctor Laszlo, Ilsa Lund y el corazón enamorado de Rick tiene como destino Lisboa. Ahora, un interesante libro recientemente traducido al portugués titulado Lisboa, a guerra nas sombras da ciudade da luz, 1939-1945, escrito por el historiador Neill Lochery, cuenta, además de la historia de Bermejillo y otras muchas, cómo era esa ciudad durante esos años en los que convivieron en un espacio reducido refugiados judíos desesperados por dejar atrás el  nazismo, millonarios huidos que aprovechaban para adquirir a otros refugiados obras de arte a precios de ganga o escritores como Arthur Koestler, que vivía convencido de que los esbirros de la policía secreta portuguesa le iban a entregar un día u otro a los españoles para facturarlo después a un campo de concentración alemán. Por encima de todo, sabiéndolo todo, ocupándose casi de todo, estaba António de Oliveira Salazar, el siniestro dictador portugués en el poder desde 1932 y empeñado en que su país guardase una escrupulosa y lucrativa neutralidad. Para eso, Salazar, inteligente, astuto, cruel, pragmático, frugal, abstemio, adicto al trabajo y maniático del orden y la rutina, no dudó en jugar durante los años de la guerra con dos barajas y mostrar a alemanes y aliados sólo las cartas que le convenían a cada caso. Mientras, la ciudad, situada desde hacía décadas lejos de todo, se volvía de pronto una encrucijada necesaria en tiempos acelerados y peligrosos, poblada de personajes extraños, agentes dobles, huidos de guerra o miembros la casa real británica.       
En esa Lisboa sinuosa aterrizó Bermejillo con el cometido de trabajar en lo que el Ministerio de Asuntos Exteriores  alemán denominaba Operación Willy, consistente en atraer a la causa nazi a Eduardo VIII, rey de Inglaterra durante 325 días tras abdicar en diciembre de 1936 para poder casarse con una norteamericana divorciada. El duque de Windsor, proveniente del sur de Francia y tras pasar por Madrid –y conocer allí a Bermejillo- tenía previsto, en principio, quedarse un par de noches  en Portugal para después saltar en hidroavión hacia Londres. El mismo Churchill, consciente de las veleidades pro-alemanas del hermano del por entonces rey de Inglaterra y convencido de que los servicios secretos nazis tramaban algo trató de apresurar la salida del duque. Pero éste decidió quedarse más tiempo en la ambigua Lisboa de entonces, viviendo a todo trapo en la lujosa residencia de Cascais de Ricardo Espírito Santo, dueño del por entonces banco más importante de Portugal  (aún hoy es una crucial institución financiera portuguesa), adicto al golf y a las cenas galantes y confidente de Salazar, que gracias a eso estaba al tanto de todo. Así, Eduardo se convirtió en el centro de una pequeña y secreta intriga internacional. Los alemanes pugnaban por convencerle para hacerle pasar de bando a fin de erigirle, más adelante y tras una proyectada invasión de Gran Bretaña, según Lochery, en la cabeza de un Gobierno títere. Churchill presionaba a su vez a través del embajador británico en Lisboa para que el noble abandonara cuanto antes de la ratonera pero el renuente duque de Windsor se negaba por considerar que en su país se le estaba tratando mal. La labor de Bermejillo consistió en conseguir en Lisboa los visados necesarios para que una criada de la pareja real pudiera desplazarse a Francia a recoger algunos objetos personales de la mujer del Duque de Windsor. Y luego, ya en Madrid, en retrasarlo todo a fin de que los alemanes contaran con más días para tratar de sondear y convencer al duque. Lochery cuenta que Eduardo llamó varias veces a la casa de Madrid de Bermejillo para preguntarle por sus gestiones pero que este se hacía el sueco para ganar tiempo. Mientras, Churchill, expeditivo, ofreció al duque un ultimátum y un puesto irrenunciable como Gobernador en las Bahamas para alejarlo del peligro (y de todo). Éste respondió que el cargo se encontraba por debajo de su dignidad y de su estatus pero, finalmente, aceptó, cogiendo el hidroavión el uno de agosto y deshaciendo para siempre la Operación Willy. Según Lochery, jamás tuvo muchas posibilidades de éxito debido a que el duque –aunque había hablado mal del Gobierno británico y peor de su familia en determinados círculos en Madrid- jamás pensó en serio en abandonar su país o su bandera. 
Así, el duque de Windsor partió (sin recoger sus pertenencias francesas, por cierto) y abandonó para siempre Lisboa. La ciudad, por su parte, gozando - o soportando- ese papel de territorio neutral y última escapatoria para muchos, siguió dando cobijo durante esos años a todo tipo de personajes desquiciados. Los hoteles y las pensiones se llenaron de refugiados que aguardaban un visado para salir hacia Estados Unidos, los ricos en hidroavión con escala en Las Azores y los pobres en barco. Los muelles eran un hervidero de tipos dispuestos a jugársela por un pasaje y los cafés de los alrededores de la plaza de Rossio un galimatías de lenguas en el que se mezclaban el polaco, el francés, el alemán y el ruso. Había alemanes presionando al inmutable Salazar para conseguir wolframio –vital para los blindajes- e ingleses que contraatacaban para que el wolframio no saliera rumbo al oeste. Las calles se poblaron de policías portugueses con la orden de descubrir y detener a determinados expatriados comunistas y de vendedores de salvoconductos falseados. Ian Fleming espiaba para los servicios secretos británicos mientras se jugaba la pasta al 21 en el casino de Estoril y acumulaba experiencias que luego le iban a servir para sus exitosas novelas de 007; Max Ernst y Peggy Guggenheim escandalizaban a los pescadores de Cascais al bañarse desnudos en la playa; Marc Chagall paseaba por el Chiado su paranoia de sentirse perseguido por los nazis durante el mes que permaneció en Lisboa deseando cada mañana coger el barco que le sacara de una vez de Europa.   
Fue, como bien describe Lochery, un tiempo extraño y fascinante que acabó cuando Salazar, al ver de qué lado se inclinaba la guerra, dejó de ser neutral y se alió con los que iban a ganar. Lisboa, bajo su mando omnipresente y letal, volvió a adormecerse y permaneció así 30 años, hasta que despertó la mañana del 25 de abril de 1974.

Hay 16 Comentarios

Muy bueno tu post! A mí también me encanta Lisboa, he vivido allí durante 9 meses y me fascinó. Siempre la aconsejo. Aquí plasmo un poco mi experiencia lusa
http://thehometrotters.blogspot.com.es/

Me gustaría saber si la mansión de la que se habla en Cascais es la casa tan maravillosa que está junto al farol de Santa Marta. Saludos de un enamorado de Cascais. Y gracias por el comentario tan interesante.

La historia de Portugal resulta interesante para novelar los intríngulis de la política internacional en el siglo anterior. . Eso, al parecer, es lo que refleja el artículo de A. Jiménez Barca. De todos modos, el artículo es muy objetivo y pone al descubierto la calaña moral de esos tiranos (Franco y Salazar) que jugaban muy bien al pin pon, un juego que también practicaban otros jugadores en el campo del futbol bélico tales como el inglés Churchill y el americano Rossevelt (este último de mas calidad política). Ahora bien, conocí a Lisboa hace años y la encontré agradable y a su pueblo muy amable.

Lo vergonzoso es comprobar cómo, en la ignorante España, se sigue mirando al país vecino por encima del hombro. En fin, de los catetos no se puede esperar otra cosa

Bem, eu sou espanhol (perceve-se, sem dúvida, no meu mal Português), e claro, eu também gostaria de saver mais da relaçao de Salazar e Franco. Mas eu acho que issa fou uma relaçao complexa, ainda cheia de desconfiança. Manuel Fraga decia que o único acordo das duas ditaduras fou para nao turvar uma à outra. Tal vez... O assunto do Juan Carlos fou mais uma outra causa de desconfiança.

Una parte de la novela "El tiempo entre costuras" de María Dueñas se desarrolla en Portugal (entre Estoril y Lisboa) y describe, en cierta manera, lo que recoge este formidable texto.

Vide também John Le Carré

Gostaria também que viesse a escrever sobre o apoio discreto de Salazar a Franco, o exílio do Conde de Barcelona no Estoril e a meninice do vosso atual rei, em Portugal. são dados importantes para a vossa história. E passam por Portugal , como quase tudo o que influi na vossa história e na nossa.

Cidade e não ciudade.Quanto ao texto interessante.

El dictador Salazar les cedió las Azores a los aliados, antes de que éstos se las quitaran. Fue muy cuco y Franco le debe mucho por su contribución para evitar que los aliados intervinieran en España al final de la II Guerra Mundial. De ésto, curiosamente, se habla muy poco.

muy bueno
para escribir mil novelas

Además, Estoril fue el principal centro de espionaje europeo durante la II Guerra Mundial...Entre la mucha literatura al respecto, a mí me fascina un cuento de Edgardo Cozarinsky, titulado "Hotel de emigrantes", y recogido en "La novia de Odessa" (ed.Emecé)

Es difícil contar tantas historias valiosas y memorables con tan pocas y amenas palabras. Un Brindis por tí, A. Jiménez Barca.

Leonora Carrington también llegaba, precisamente en busca de Max Ernst. Pero saldría de la mano del mexicano Renato Leduc.

Lisboa una ciudad fascinante, sigue guardando entre sus calles misterios, personajes, sensaciones....una ciudad con alma. Imprescindible

Más increible que Lisboa era la situación en Macao, colonia portuguesa en la China, que poco después acabó siendo el enclave donde se refugió una gran masa humana huyendo de los japoneses.

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Sobre el autor

: nació en Madrid en 1966. Fue durante tres años corresponsal en París y actualmente es corresponsal en Lisboa. Antes trabajó como redactor y reportero en las secciones de Local y Domingo. Ha escrito dos novelas: Deudas pendientes (2006) y La botella del náufrago (2011). A este ritmo perezoso, hasta 2016, por lo menos, no terminará la tercera.

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