13 mar 2014

Brisbane está de moda

Por: L. Pejenaute / J. Galán

'Footing' por el Southbank de Brisbane (Australia) / Andrew Watson

Brisbane siempre ha sido la ciudad aburrida de Australia. Mientras Melbourne y Sidney se reparten la gloria, los artistas, los grandes proyectos, restaurantes premiados e innovación, a ella le quedaban los hombres y mujeres de maletín y el tercer puesto en población. Por eso, las quinielas y clasificaciones solían olvidarla, dejarla como la prima pequeña con la que nadie quiere quedar. Cuando aparecía, además, lo hacía bajo el nombre de BrisVegas, por la presencia del casino 24/7 en el mismo centro de la ciudad.

Pero queremos juzgar por nosotros mismos. Aparcamos la furgoneta cerca del río que da nombre a la ciudad y nos sorprende la escena. Esta gente se ha montado un paseo marítimo junto al río. A los australianos parece que el no tener una playa cerca les crea ansiedad, y por eso se las construyen en sus ciudades. El Southbank, como se llama esta zona, es un ejemplo de urbanismo inteligente en torno al río.

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Es solo la primera impresión: nada hace sospechar que hace tres años fuertes inundaciones sepultaron barrios enteros de la ciudad y afectaron a más de 200.000 personas. La joya de la orilla oeste ha resurgido y en su recuperación se han relanzado restaurantes, galerías de arte, bares, cafés y discotecas. Tanto, que la última edición de la guía Lonely Planet de Australia declara que Brisbane es la ciudad más cool de Australia.

Artista callejero en el Southbank de Brisbane. FRANK BELYEU
 

El adjetivo ha sido noticia en toda la prensa australiana, y ha cambiado la forma de mirar a la sosa Brisbane. Es cierto que para que la ciudad se te muestre en plenitud tienes que pagarlo, pero vamos a resumir por qué ahora todos piensan que Brisbane, además de tener un tiempo perfecto todo el año, mola.

- El Southbank es el eje cultural, una animadísima franja verde en la orilla oeste del río con bosquecillos fluviales y lagunas tropicales a la sombra de los rascacielos. Este área quedó destruida por la riada de 2011, pero hoy bulle de actividad. Artistas y mercadillos callejeros se codean con tiendas chic, una playa artificial e infinidad de alternativas culturales, todas concentradas a pocos minutos de la ciudad.

Wheel of Brisbane, una noria de 60 metros de altura en el Southbank  de Brisbane (Australia). / Andrew Watson

De norte a sur del Southbank se suceden la QAG -Galería de Arte Moderno del estado de Queensland-, el Museo Marítimo y el Sciencentre (museo de Ciencias). Y para verlos todos de un plumazo nada mejor que subirse a la prima hermana del London Eye; Wheel of Brisbane, una noria de 60 metros de altura.

- Una escena musical de talla mundial. En un rápido vistazo hemos visto que de aquí a mayo tocan en Brisbane los Rolling Stones, Pharrell Williams, Arctic Monkeys, Bruno Mars... No pinta mal, y mientras llegan los grandes conciertos y festivales hay entretenimiento garantizado en los clubes de música en directo que retumban cada noche con los artistas australianos del momento. Claro, aquí se criaron los Bee Gees...

- Semejante playa, y tan cerca. El río Brisbane desemboca en Moreton Bay, a 20 kilómetros del centro urbano. Allí las playas son de verdad y no decepcionan. En este parche de agua son frecuentes los avistamientos de ballenas jorobadas y delfines. A una hora, las idílicas y relajadas playas de Noosa y la estrambótica y fiestera Surfers Paradise.

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- La comida lo es todo. No nos sentimos capaces de valorar si la comida de los mejores restaurantes de Brisbane es original o buena, ni tenemos el dinero para disfrutarla. Pero lo cierto es que los restaurantes de Brisbane llevan unos años hinchándose a premios y recopilando prestigio. No solo se cultiva en los restaurantes top, también en la multitud de cafés, tiendas de cupcakes y carismaticos aussi pubs.

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Todo eso está bien, hay un montón de gente con mascotas llamativas y atuendos hipster y acaba de empezar a correrse la voz. Por si no es suficiente, nos hemos enterado de que el pasado enero abrió en el centro de la ciudad la tercera tienda Apple. ¿Hace falta decir más para demostrar que está de moda?

06 mar 2014

Koalas en el Trópico de Capricornio

Por: L. Pejenaute / J. Galán

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En su Trópico de Capricornio, Henry Miller escribía: "Soy como un explorador que, deseando circunnavegar el globo, considera innecesario llevar ni siquiera un compás." La libertad del viajero sin billete de vuelta permite detenerse donde se desee. Por ejemplo, amparado en una referencia literaria. Del escritor viene que aparcásemos la furgoneta en Rockhampton, una ciudad interior del este australiano, al ver que atravesábamos, precisamente, el trópico de Capricornio.

Lo descubrimos por la escultura que anuncia el paso del paralelo por esta población, plantada frente a la oficina de turismo. Allí nos cuentan que este es el lugar más meridional del mundo, donde el sol llega al zénit (vertical) a mediodía. De acuerdo. Pero también nos cuentan que hacia el sur se extiende el territorio koala de Australia. Eso nos emociona un poco más. Y comenzamos a buscar a este entrañable mamífero en cada eucalipto.

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No es tan sencillo; el koala duerme dos tercios del día y apenas se mueve. Su mirada ausente y su torpeza intrínseca le delatan: es una criatura cuyo cerebro no se adapta a su cráneo, sino que es mucho más pequeño, lo cual es muy extraño. A cambio, el koala es capaz de procesar las hojas de eucalipto, potencialmente tóxicas para cualquiera, y convertirlas en su alimento básico. La jugada de la evolución sacrificó el cerebro en pos de la eficiencia energética y condenó al koala a vivir en las ramas altas y confiar en que los depredadores no lleguen hasta ahí.

IMG_7676De cuando en cuando aparecen en los patios traseros de los australianos para beber agua de sus piscinas. Pero cada vez menos. Alex Harris, fundadora de Koala Tracker, una web que recoge los avistamientos de koalas en libertad, nos alerta: cada vez quedan menos, y están cada vez más amenazados. Para verlos, dice, nada mejor que darse un paseo por Noosa y su reserva natural. La emoción de avistar uno dormitando libre es indescriptible.

En España las señales de la carretera alertan de la presencia de ganado; en Australia avisan de la presencia de marsupiales durante los siguientes 5, 10, 20 kilómetros. Verse en las Antípodas implica ser consciente de lo brillante y crudo de la evolución natural. Los animales que ves no existen en ningún otro lugar. Otro ejemplo es el símbolo nacional australiano, también considerado una plaga: el canguro.

¡Qué emoción la de ver el primer canguro en libertad! Eso solo ocurre en Australia. Y ocurre mucho. Uno de los primeros días de road trip, advertidos de que ningún seguro de coche cubría los choques con canguros y mentalizados para no dar volantazos en caso de invasión de la calzada, atisbamos uno. Y otro. Y otro. Saltando majestuosos a la par de nuestro vehículo. Saltando, porque saltar es la forma más eficiente de moverse a velocidad media, una eficiencia vital cuando se recorren enormes distancias para buscar comida. La energía del salto se almacena en sus desproporcionados tendones de Aquiles, mientras los intestinos botan como un pistón, vaciando y llenando los pulmones sin activar los músculos pectorales.

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Fuente: Stillmaza.com 

Otra maravilla evolutiva de la que los australianos no pueden hablar sin mofarse. Ya sea de todos los canguros que son atropellados en las carreteras, o de que su carne es la más barata en el estante del súper. Desde luego, el filete de canguro sabe salvaje. Y ya se exporta a todo el mundo. A los australianos les sobra y al resto le intriga: buen binomio.

La fauna salvaje de la costa este no acaba ahí. También están los ornitorrincos, tan amenazados, tan torpes y sorprendentes. Y basta con acercarse al parque nacional Eungella, un pequeño desvío desde la autopista que recorre la costa este, para verles nadar en libertad. 

 

No queremos dejarnos los cocodrilos del norte, las más de 10.000 especies de arañas, un ave del tamaño de un avestruz tan agresiva como el Cassowary... Viajar no es solo ver lugares o relacionarte con personas, en el safari de Australia también es encontrarte animales. Y reflexionar sobre la influencia medioambiental de 21 millones de personas en un territorio tan grande, sobre la vulnerabilidad de especies animales tan únicas. Es un lujazo verlas en libertad.

27 feb 2014

Navegar por el paraíso

Por: L. Pejenaute / J. Galán

VIsta de White Haven beach, islas Whitsunday (Australia) / Luca Tettoni

Australia será gigantesca, pero lo bueno está en la costa. Por eso desde la Gran Barrera la bordeamos hacia el sur, acostumbrándonos al volante a la derecha entre plantaciones de caña de azúcar y camiones arrollacanguros. Al pasar junto un pueblo llamado Bowen alguien grita “¡esto me suena!” en la parte trasera de la furgoneta. Por aquí se rodó la película Australia, con Nicole Kidman y Hugh Jackman. Entre el dato cinéfilo y un cielo empedrado que distrae de la conducción, casi nos pasamos la salida al parque nacional de las Whitsundays. Pero nos ponemos serios: no podemos pasarnos una de las playas más impresionantes que existen (no lo decimos nosotros solos, también los usuarios de Tripadvisor).

DSC_0443Llegamos a Airlie Beach, un pueblecito de 3.000 habitantes que alza orgulloso su mentón al saberse depositario de las llaves para entrar a las islas Whitsundays, aunque eso conlleve que rebose de caravanas, furgonetas y coches convertidos en camas rodantes. Las barbacoas y los baños públicos relucen de puro limpio, y somos conscientes de la regla no escrita en Australia: que nunca falte un lugar donde freír una hamburguesa ni otro donde plantar un pino. 

Tierra adentro se abre un parque nacional que cubre las montañas que cobijan Airlie y un archipiélago de 74 islas. En el origen todo era una misma cordillera costera, pero el nivel del mar subió tras la última glaciación y los picos más altos quedaron como islas separadas del continente.

image from http://aviary.blob.core.windows.net/k-mr6i2hifk4wxt1dp-14022617/0af4be9c-9d02-4d45-a2f6-29ce69230823.pngY solo siete de ellas tienen algún resort. El resto está despoblado. Por eso el negocio son los cruceros a las Whitsundays. Solo hay que sentarse en una terraza del pueblo: en menos de una cerveza las ofertas te encuentran. Nosotros nos decantamos por abordar el Siska, y soltamos amarras muy temprano con el objetivo de relajarnos, pero también de visitar Whitehaven.

Menuda maravilla. Encerrada entre islas vírgenes aguarda esta inmensa playa que parece reservada a piratas y aventureros. Con su blanquísima  arena de sílice fino, sus aguas turquesas cristalinas y su entorno inalterado, esta playa cumple con todos los requisitos para ser un paraíso en la Tierra. Y más si te quedas cerca para pasar la noche en un barco, cuando quienes van a pasar el día se marchan.

En ella paseas por la orilla, el agua caliente a la altura de la rodilla, y junto a tus pies pasa raudo un pequeño tiburón. Apenas te repones del sobresalto y la arena se agita desempolvando a una raya que dormitaba en el lecho marino. Ambos son blanquecinos, adaptados a su entorno de arena blanca y aguas transparentes. 

IMG_4706Hasta aquí nos ha traído un barco turístico peculiar. Porque los tres tripulantes se divierten tanto como nosotros, pero además cobran: el capitán o “il capitano, please”, un joven más joven que nosotros, rubio surfero, curtido por el salitre y con ronquera de vividor que comenzó a dirigir este velero con 19 años; un grumete de ojos claros, trabajador lento pero firme, apacible excepto cuando se enfada al ver a alguien volver con un trocito de coral como souvenir; y una joven inglesa a cargo de preparar ensalada de pasta para un regimiento y lanzar lonchas de jamón a las rapaces.  

La temperatura, tropical, permite relajarse durante el trayecto menos cuando a alguno le toca trastear con los aparejos. Queda lejos, pero nos recuerdan que el capitán James Cook navegó por estas mismas aguas el 1 de junio de 1770. Coincidía con el Pentecostés de aquel año, el llamado Whit Sunday en Reino Unido, y aunque era lunes, aquel corredor de islas se quedó con el nombre de las Whitsundays.

Durante los dos días de travesía no faltan los lugares donde hacer snorkel, y el coral no decepciona. Parte de la Gran Barrera de Coral penetra en las aguas del parque nacional haciendo que el buceo sea otra de las actividades estrella. Hace una década, las Whitsundays eran uno de los puntos más populares para visitar la Gran Barrera, llegando a poner en peligro la supervivencia del coral vivo. Hoy en día los controles se han intensificado y solo se permite que salgan rumbo a Whitsundays un número limitado de barcos. Tampoco son pocos, pero están limitados.

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Pero aparte del buceo, la actividad con más adeptos sigue siendo la de tirarse a la bartola en la cubierta del barco y empaparse del sol de Queensland. Pega fuerte, pero se soluciona con chapuzones intermitentes con entretenimiento a cargo de varios peces tan aplanados como curiosos.

18 feb 2014

Buceo en la Gran Barrera de Coral

Por: L. Pejenaute / J. Galán

'Nautilus pompilius'. / Reinhard Dirscherl

FOTOGALERÍA: Australia submarina

Cuando el cangrejo Sebastián cantaba las bondades de la vida bajo el mar a la sirenita no andaba desencaminado. El mundo terrestre parece aburrido después de dar vueltas por la Gran Barrera de Coral; el mayor arrecife de coral del mundo, visible desde el espacio. Aquí reina una calma que depende de tus aletas y de lo acompasado de tu respiración. Bueno, también de las miles de especies marinas que viven por y para esta abismal formación viva. Verlo era uno de los objetivos claros de nuestro viaje.

¿Se puede decir que la conoces? Ni en toda una vida. En una visita podrás rastrear solo algunas decenas de metros de coral de sus más de 2.300 kilómetros de largo. Y, sin embargo, será suficiente para toparte con más especies de las que puedas imaginar conviviendo en armonía: 1.700 tipos de peces, 3.000 variedades de moluscos, más de un centenar de especies de tiburón y rayas, 600 tipos de coral o una decena de animales en peligro de extinción, como la tortuga verde o el dugongo. Un tentador vecindario para cualquier amante de la naturaleza. Cómo resistirse entonces, cuando estás en el puerto australiano de Cairns, a la historia de los peces imposibles acariciándote con sus aletas.

El pez payaso y la anémona. / Getty

Lo cierto es que cuando luego llegas allí nada te acaricia, porque en realidad nada te hace caso a menos que molestes. Por molestar, podrías molestar a tortugas marinas, anémonas, almejas más grandes que tú, serpientes marinas o peces payasos... todas ellas especies que nosotros vimos en una sola mañana. Aunque claro, de hacerlo no merecerías estar en la Gran Barrera de Coral. No se va a eso.

Llegar es fácil, una abrumadora cantidad de agencias de viajes se ofrecen a llevarte en barcos tan rápidos como mareantes, en excursiones que duran una mañana o una semana. Su negocio se basa en exprimir la vida útil de los materiales o en hacer el paripé dándote un cacho de pan para los peces que hasta podrá ser mejor comida que el catering ofrecido a bordo. Pero también es cierto que la mayoría son profesionales preocupados por la conservación de ese mundo submarino de violetas, rojos, verdes hierba, ocres patata o azules celestes dignos de un viaje alucinógeno. El impacto del turismo (y de la industria minera) innegablemente afecta, pero la conciencia ecológica australiana lo limita.

La Gran Barrera desde el aire. / Don Fuchs

Las opciones para llegar son tan diversas como los corales; Cairns vive para la Gran Barrera. Se puede sobrevolar en helicóptero (para ver, por ejemplo, el arrecife corazón), alojarse en alguna de las islas del arrecife o viajar en barcos con suelo de cristal. No zambullirse es dejar la sorpresa en la línea del horizonte. Se distinguen tres niveles, partiendo de la regla de que los baratos van a los lugares más explotados:

Para quien no quiera bucear, el snorkel. La biodiversidad a medio metro de la superficie no tiene nada que envidiar a la de las profundidades, con el añadido de que, al haber más luz, se distinguen mejor los colores. En mar abierto, cada pequeña corriente te aleja del barco, y los atentos socorristas no cesan de llamar la atención a los tubos que investigan despistados a ras de las olas.

Para quien nunca ha buceado, pero quiere probar, un bautismo. La profundidad que se alcanza no pasa de la decena de metros. Pese a que la novedad del medio, la sensación y la inquietante posibilidad de que tus tímpanos revienten puede poner nervioso a más de uno, es inevitable disfrutar del ecosistema submarino una vez se controla la técnica básica.

Para quien ya tiene experiencia como buceador. Los distintos barrios de la Gran Barrera están salpicados de puntos de inmersión. Desde expediciones con decenas de turistas a grupos reducidos, inmersiones nocturnas, de gran profundidad, atravesando cuevas submarinas, entre tiburones, mantas... y si tienes mucha suerte, hasta una tortuga marina gigante.

Para disfrutar como un submarinista, visita la FOTOGALERÍA.

 

05 feb 2014

Cairns, la Australia domesticada

Por: L. Pejenaute / J. Galán

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La decisión era complicada, pero estaba clara. El objetivo era llegar a las Antípodas sin avión. Pero surgió un road trip por Australia. Y sopesamos nuestras opciones en Malasia para encontrar dos: embarcarnos en un carguero, que te lleva de Singapur a Australia en 18 días por 1.600 euros, o subirnos a un avión de una aerolínea de bajo coste asiática, donde dimos con una oferta por 100 euros.

Renunciamos a un objetivo por dinero, y supimos que la forma de viajar romántica del explorador solitario quedó atrás. Que si el capitán James Cook, descubridor oficial de esta parte del mundo, hubiese podido aparecer en Australia en unas horas y por cuatro duros lo habría agradecido.

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A la izquierda la piscina y a la derecha el mar.

Así es como, con el arroz asiático todavía en el estómago, llegamos a Australia, un ¿país?, ¿isla?, ¿continente? Nos quedaremos con la primera, pero podría ser cualquiera. Es el sexto país más extenso del mundo, mayor por ejemplo que la Unión Europea, pero en él viven veintipocos millones de personas, casi todos concentrados en la costa. Eso lo convierte en el estado con la menor densidad de población del mundo, unos tres aussies por kilómetro cuadrado.

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Gente disfrutando de una tarde de piscina en Cairns.

En esos planes improvisados que sazonan los viajes caímos en la costa más poblada, la oriental, para recorrerla en furgoneta. Vamos a empezar por Cairns, una de las ciudades del noreste australiano. Aquí el clima tropical calienta todo el año, y la mayoría puede disfrutarlo porque el salario mínimo está fijado en 2.488,8 dólares australianos al mes, unos 1.600 euros.   

DSC_0476Con semejante calidad de vida, Australia supone un constante foco de inmigración para sus vecinos del norte; tanto da que provengan de archipiélagos como Indonesia, Tonga o Filipinas, o de países como China. Pero en los últimos meses, la política de extranjería y los intentos por frenar la llegada de barcos de inmigrantes ilegales (una travesía de cientos o incluso miles de kilómetros) han llevado a la desaparición de líneas comerciales marítimas asequibles que permitan llegar a Australia por mar.

Este es un país de poblaciones recientes (muchas de ellas apenas cuentan con un siglo de historia y la más antigua, con poco más de dos) en las que los australianos tienen claro lo que les gusta: sol, playa, barbacoas, surf y monopatines. Fundada en 1876, Cairns rebosa de lugares públicos donde disfrutar de todas esas aficiones. Y eso se extiende a cualquier población de la costa este, o incluso tierra adentro, hacia el outback; cualquier pueblo tiene un parque que hace de lugar de reunión, como las plazas de los pueblos europeos, donde hay instalaciones de skate, juegos para niños y un par de relucientes barbacoas de uso público. De las olas, el mar y la arena no hay que preocuparse, porque hay infinidad de lugares...

Excepto en Cairns. Sí, aquí hay mar, pero no hay primera línea de playa; eso es territorio de los cocodrilos. Este es un lugar chic de vacaciones por su clima de perenne manga corta y su posición privilegiada junto a la Gran Barrera de Coral, pero la ciudad está emplazada en la frontera de la Australia salvaje, esa cuyas aguas están infestadas de tiburones y cocodrilos. De ahí que Cairns no sea un destino adecuado para los bañistas. ¿Solución? Una piscina pública y gratuita a pie de costa que se convierte en el centro de la ciudad, donde se va a lucir palmito, a ver puestas de sol de colores estratosféricos y hacer maratones de baños y barbacoas. Y también, a protegerse de la radiación solar, un problema de salud pública en este lado del mundo que tiene al agujero de la capa de ozono de sombrero.

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Grupo por el paseo marítimo.

Uno se aclimata en un pispás a este ambiente pisciplayero urbanita. Desde aquí se ven esquivos cocodrilos; un sinfín de turistas y locales, viejos y jóvenes, descendientes de los aborígenes que poblaban el país antes de los conquistadores, cocinar en las barbacoas; a gente corriendo, en bicicleta o patines por el paseo marítimo. Después, un poco tierra adentro, se llega a una de las atracciones cercanas, el Australian Butterfly Sanctuary, una reserva de mariposas a las que visitas en su jaula, un edificio enorme con miles de velas de colorines que te aletean para posarse en ti.

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En Cairns la noche es el principio del colorido. 

Aquí los conceptos se mezclan. No solo el desenfado estadounidense con la flema británica, también los paraísos artificiales con los naturales. Lo recuerdan, por ejemplo, los cientos de murciélagos que salen al caer la noche para moverse en bandadas coordinadas al milímetro sobre los aparcamientos. Una vez quisimos iniciar una de estas desbandadas tirando hacia la copa de un árbol las llaves de la furgoneta recién alquilada. Recibimos una cagada defensiva de un murciélago cabreado como respuesta. Con relativa buena puntería. "Welcome mate!"

Después de tantos kilómetros de tierra asiática y unas horas de transporte aéreo hemos llegado a Australia. Es salvaje, es enorme y vamos a recorrerla.

07 ene 2014

Come, reza, ama en Kuala Lumpur

Por: L. Pejenaute / J. Galán

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Al cruzar de un país a otro por tierra, la mirada se convierte en un radar que rastrea esos detalles que diferencian a dos naciones separadas por unos caóticos metros de tierra de nadie. Se escrutan los rasgos faciales, la vestimenta, la actitud de los funcionarios de aduanas, los vehículos, los puestos de comida callejera; todo es motivo de comparación. Y así, a veces encuentras fronteras donde las diferencias son muy sutiles, donde es evidente que solo una línea dibujada por el ser humano, a menudo siguiendo el curso de un río, ha decidido que existan dos nacionalidades distintas, y otras veces tienes que volver a resetearte al cruzar fronteras que dividen dos mundos diferentes, como el cerco insalvable que separa el agua del aceite.

IMG_3841Lo primero que notó nuestro radar en la frontera entre Tailandia y Malasia fue que éramos capaces de leer los letreros. Malasia es el primer país de este viaje con quien compartimos el mismo alfabeto. Otra cosa es comprenderlos, claro. Y el segundo aviso fue la obligación de cubrirse los hombros; la presencia musulmana es poderosa aquí, pero al día siguiente comprobamos que convive con las religiones taoísta e hindú con una fluidez natural.

Unas 10 horas después llegábamos a la capital, Kuala Lumpur, con esa emoción inigualable de distinguir en mitad de la noche una estampa que llevas viendo toda la vida en fotografías y películas: las torres Petronas. En su día fueron los edificios más altos del mundo, pero ahora solo luchan por mantenerse entre las diez primeras, aunque sin duda siguen marcando el skyline de Kuala Lumpur escoltadas por centenares de grúas que predicen más crecimiento. Y fue a sus pies donde una pareja nos recomendó hacer cierto tour turístico con nombre de mandamiento cinematográfico: Come, reza, ama.

Solo es necesario reservar medio día para hacerlo y algo más de 25 euros, lo cual no es barato, pero incluye cuatro comidas de degustación, cinco horas de explicaciones y entradas a tres monumentos. Lo recomendamos a cualquiera que viaje a Kuala Lumpur y no disponga de mucho tiempo.

Nosotros nos encontramos al apasionado guía Sean en una puerta del Mercado Central. “Lo importante no es tanto probar las especialidades locales, sino entender la cultura local a través de ellas”, cuenta Sean mientras saboreamos un plato de arroz con sabor a coco en un puesto callejero en el que, para ser honestos, jamás nos hubiésemos detenido por nuestra cuenta. Resulta que estos lugares de comida, tanto los callejeros como los albergados por edificios, mantienen la tradición de "si funciona, no lo cambies". Por eso las mejores comidas se sirven en los lugares más avejentados, en los que renovar una silla se convierte en mal augurio.    

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Una parada obligatoria es la Mezquita Nacional, cuyo diseño moderno encarna a la perfección el espíritu de la ciudad. “La sala de oración puede albergar hasta 10.000 fieles”, asegura Sean. Después entramos a un templo taoísta y a uno hindú, apenas separados por dos calles. Al mencionar la gran concentración de edificios religiosos solo en el centro, el guía replica muy solemne: “Son muy importantes. Sustentan la práctica individual de cada credo y sirven como consolidación constante de las distintas comunidades, y además, son un recordatorio de tradición y unidad para el mundo moderno”.

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Y más degustaciones que hacen desear no haber desayunado: esta vez de carne a la parrilla, antes de llegar a Little India, donde los sentidos se saturan de colores, olores y sabores. En pleno centro de Kuala Lumpur, las calles son tomadas por el ritmo de Bollywood y la atmósfera de un bullicioso bazar. Interminables hileras de saris multicolores dan paso a joyerías y puestos de curry que hacen las delicias de los adictos a lo picante y a chupar las bebidas de bolsas de plástico. Y al doblar una esquina te topas con la mezquita Masjid Jamek, una de las más antiguas de la capital y de un estilo mucho más clásico que la Mezquita Nacional.

IMG_3879La Plaza Merdeka, o Plaza de la Independencia, se tiñe de una luz muy especial al atardecer. En uno de sus extremos está uno de los palacetes del sultán, con un aire moderno gracias a la torre central del reloj. Entre la profusión de banderas malayas se encuentran algunos de los edificios más importantes, como el Museo Nacional o la Biblioteca Memorial. Y solo hace falta doblar otra esquina para encontrarse en la vibrante Chinatown.

Nuestro radar no encontró fronteras en Kuala Lumpur. Todo está mezclado y convive en armonía. Donde la torre de comunicaciones se eleva 421 metros sobre una reserva forestal, donde los hoteles de primera categoría conviven con caóticos barrios tradicionales y las tiendas de alta gama con mercados de artesanía.

¿Y por qué el “ama” que cierra vuestro lema? El guía sonríe con cierta picardía antes de responder: “Creemos en la fuerza que tienen los entresijos locales para ganarse el corazón del turista. De este modo, plantamos en él una semilla de amor hacia Kuala Lumpur”. Una ciudad llena de vida, que conforma un mosaico cultural, histórico y social inigualable. Lo conseguiste, Sean.

 

25 nov 2013

¿Dónde queda Koh Tao?

Por: L. Pejenaute / J. Galán

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Plácido atardecer en la isla tortuga

Puede que Koh Tao ya no sea la reina indiscutible del buceo barato, pero el reclamo de lugar del mundo más asequible para sacarse el PADI Open Water sigue presente en esta minúscula isla tailandesa. Quien allí aparece sin título hace el curso, y quien ya sabe le da una oportunidad. Vayas donde vayas te encuentras decenas de empresas que sacan sus pizarras a la calle anunciando las próximas inmersiones y precios. El curso estándar de buceo, de tres días y medio, sale por menos de 200 euros. Con el certificado en la mano, la inmersión ronda los 35 euros. Remarcando que "hace unos años que no respiro bajo el agua y necesito un recordatorio", subimos a un barco.

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Barquitos de buceo estilo tailandés

A pesar del día soleado, el mar está picado en la superfície. Me lanzo al agua con un instructor para mí solo y noto que me hundo. ¿Chaleco inflado? Sí. El instructor me pregunta si todo va bien, si podemos bajar. Lo intento, pero noto la respiración acelerada porque debo aletear para no hundirme. El oleaje tampoco ayuda, desde luego. Entonces recuerdo una de las reglas básicas del buceo, sobre lo relajado que debe estar uno, y le pido a mi instructor que lo dejemos por ahora. De nuevo en el barco descubrimos que el chaleco pierde aire, aunque no recuerdo si antes o después de vomitar. Entonces por estribor pasa un barco con decenas y decenas de buceadores novatos. Nos cuentan que hay grupos de siete u ocho personas por cada instructor, y agradezco la elección. Hubiese sido más peligroso hundirme entre la multitud.

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Inicio de la inmersión

Cierto es que el barco nos lleva después a otra zona conocida como el jardín de coral, más cerca de la costa de ese explotado paraíso llamado Koh Nang Yuang, donde logro completar una inmersión sin percances, disfrutando del colorido submarino. Pero al subir a la superficie hay que esquivar a unas cincuenta parejas de coreanos de luna de miel haciendo snorkel. Como un coral de cabezas.

Así es Koh Tao hoy en día; pequeña y sobreexplotada. Ya no es el paraíso hippie de antaño, ese que describía Paco Nadal, a quien por esas jugarretas del destino nos encontramos alojado a 20 metros de nuestra cabaña. Para cuando compartimos unas cervezas al atardecer, como supervivientes del naufragio periodístico, ya habían pasado unos días desde la accidentada salida de buceo.

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Los integrantes de una excursión de buceo regresan a tierra firme.

Aún hoy, todavía no tenemos claro si nos gustó mucho Koh Tao. En su momento hicimos balance con los pros y contras. He aquí la conversación:

- Sus playas tienen todo lo que puedes imaginar: arena blanca, agua templada de insultante color turquesa, ninguna ola, atardeceres anaranjados, barquitos de proa larga que se mecen en la marea...

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- Sí, pero también encuentras todo tipo de basura en ellas. Normal, los bares llegan hasta el agua y se llenan cada noche de turistas y malabaristas que juegan con fuego y escupen gasolina en el agua.

- Vivimos en una cabaña empapelada con escenas navideñas, con vistas al mar por menos de 20 euros la noche. ¿Económico? Era temporada baja y fue lo más barato que encontramos... los resorts también han extendido sus redes hasta aquí.

- Las comidas no son baratas, con precios que podrías pagar en Madrid. Es decir, astronómicos para Tailandia. Y los camareros, por regla general, meten a todo viajero en el saco de turista petardo y arrogante, y su trato va acorde con esa visión.

- No hay día en que no puedas encontrar fiesta en algún sitio. Especialmente a pie de playa, aunque también hay macrodiscotecas en el corazón de la isla. Puedes intentar escapar del barullo internándote por sus carreteras con una moto. Pero seamos sinceros: a diferencia de Koh Chang, Koh Tao es tan pequeña que cuesta mucho encontrar margen para estar tranquilo. 

- Y para llegar a la isla desde la estación de tren de Chumpon nos montamos en un autobús con música house a las seis y media de la mañana; y para salir nos metimos en un barco con otras doscientas personas, durmiendo todos en el suelo, tan pegados que no todos cabíamos boca arriba.

Pros y contras que nos dejan indecisos pero queremos compartir. Porque debatimos mucho sobre ir o no: cuando llevas un tiempo viviendo con tu mochila a veces te dejas llevar por lo que lees en las guías de viaje o hacia donde la corriente te lleva. Lugares donde el turismo arrasa lo local pero a los que eres dirigido y a los que, con dinero, es sencillo llegar. Acompañado de otros tantos. Aunque muchos de ellos se fueron durante un fin de semana a la Full Moon Party a la vecina Koh Pha Ngan. Al menos, por dos días, nos quedamos solos.

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28 oct 2013

Los vecinos de Angkor Wat

Por: L. Pejenaute / J. Galán

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Vigilantes a la entrada de Pre Rup

Para colocar los primeros ladrillos del día, Fin usa una linterna. Aún no ha amanecido, pero es importante empezar pronto; el calor será aplastante después. Por la carretera contigua zumban tuc tucs cargados de turistas somnolientos. Madrugan para inmortalizar con sus cámaras cómo los rayos de sol tiñen de rosa Angkor Wat al amanecer. Fin sigue levantando su muro sin prestar atención. Lo ha visto miles de veces, no en vano lleva viviendo en el recinto de Angkor toda su vida. Es uno de los cientos de camboyanos que residen casi pared con pared con los templos milenarios de la dinastía Jemer. Y no solo viven allí, sino que en los últimos meses se han lanzado a ampliar sus viviendas.

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Angkor Wat.

Nos llamó la atención tanto movimiento, así que interrogamos a Pai, el conductor del tuc tuc que nos conducía por los templos camboyanos: “¿No es raro que vivan y construyan casas tan cerca de Angkor Wat?”. Al insistir, nos contó que desde su nombramiento como patrimonio de la humanidad, las construcciones de madera, ladrillo o chapa dentro del recinto ni siquiera podían ampliarse. “Pero antes de las elecciones el Gobierno mira para otro lado. Los antiguos propietarios se precipitan a ampliar, y los nuevos, que solo contaban con el terreno, se lanzan a construir”. Ahora, tiempo después, nos encontramos esta información en The Cambodia Daily que confirma que el chanchullo era generalizado. Unas cuantas casas más no importan; unos cuantos votos, sí.

Como cuenta el artículo, “docenas” de propietarios llevaron a cabo estas prácticas sin autorización, “al interpretar que la inacción de la autoridad gubernamental a cargo de la gestión de Angkor se lo permitía”. Meses antes de las elecciones, celebradas el pasado julio, la gente comenzó a construir, cuenta uno de los residentes, “cuando antes ni siquiera nos dejaban levantar un gallinero”. Normalmente se necesita, mínimo, un estudio de impacto ambiental y un informe arqueológico.

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Un hombre y un niño levantando un muro junto a Angkor Wat.

Claro, no es fácil conseguir una autorización para edificar en los alrededores de la construcción religiosa, hinduista y budista, más grande del mundo y sus templos aledaños, con miles y miles de turistas que los visitan sin prestar mucha atención a quienes llaman a aquello su hogar. Esos que, como Fin, viven de vender chucherías y de trabajar los arrozales que crecen a lo largo de los dos circuitos de templos, uno corto de casi veinte kilómetros y otro largo, de treinta. Las entradas a Angkor pueden adquirirse para uno, tres o cinco días, por 20, 40 o 60 dólares estadounidenses, moneda oficiosa del país. Si entras una hora antes del atardecer, hacia las cuatro de la tarde, la entrada es gratuita.

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Entrada sobre el foso de Angkor Wat.

Ambos circuitos pasan por la mayor atracción: Angkor Wat, ese templo rodeado por un inmenso foso y erigido por el rey jemer más recordado, Suryavarman II, que se creía la reencarnación del dios Visnú. A las cinco de la mañana el recinto rebosa de visitantes prestos a tomar la mejor fotografía del amanecer

IMG_3452en el emblema nacional de Camboya. Las cinco torres con forma de flor de loto se reflejan en una charca mientras desde una treintena de puestecillos llegan los adolescentes tratando de captar clientes para el desayuno: “Le espero en el número 3 señor, recuerdo su camisa blanca”.

Y lo cierto es que Angkor Wat no decepciona; su foso, sus bajorrelieves, sus empinadas escaleras, sus filas de estatuas. No es de extrañar que el esfuerzo económico que lo construyó, allá por el siglo XII, contribuyese al declive de la dinastía jemer.

“Ahora que es pronto, ¿por qué no vamos a templos más alejados?”, nos aconseja Pai. A no ser que se decida recorrer los templos en bicicleta, algo que no nos decidimos a hacer por las constantes lluvias, uno acabará haciéndose amigo del conductor de su tuc tuc. El nuestro paga a plazos su vehículo. Cuando lo amortice quiere ahorrar para montar un restaurante o un hostal, sueños dorados de tantos en Siem Reap, la ciudad adyacente. Normalmente se alquila un tuc tuc por mañanas y el precio varía en función de los kilómetros. Es importante fijarlo de inicio para evitar sorpresas. Suelen ir de los 10 a los 25 dólares. Hay quien pensará que por qué no alquilamos una moto como en Laos o Tailandia... pues porque está prohibido; el lobby de los tuc tuc se deja notar.

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Un descanso en el vehículo a la espera de los clientes.

Dejamos a los turistas en Angkor Wat y el espectacular Bayón, famoso por las misteriosas caras sonrientes que decoran sus 54 torres. Por el camino nos cruzamos con niños en bicicleta con uniforme escolar y motos que cargan tres veces su peso en fardos de hojas de palma. Llegamos a Ta Prohm. Cierto, estamos solos. Y se nos entrecorta la respiración. ¡Se ve tan claro cómo la naturaleza se impone sobre las obras humanas!

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Ta Prohm.

En cada esquina brotan ceibas, árboles descomunales que crecen y abrazan murales, torres y puertas. Una lluvia torrencial nos obliga a refugiarnos bajo cornisas milenarias fundidas con raíces que les van a
IMG_3681la zaga. Pero cuando amaina el monzón aparecen los vendedores. Porque aunque muchos no se resignen a abandonar su parcela de arroz, el turismo es el motor de quienes viven en Angkor.

Son una constante, claro, porque viven allí. Aparecen en cualquier parte. En las cinco torres del templo-montaña de Pre Rup, explicándote quién es el buda de turno y aguardando la correspondiente propina; en la vereda encharcada que lleva al templo del Mebon Oriental, construido en el centro de lo que fue un gran estanque que irrigaba los arrozales de la época; en el camino a Phnom Bakheng, injustamente famoso por sus vistas del atardecer.

Pero otros muchos viven al margen. Y basta con internarse por los caminos que parten de la carretera para tratarlos. Son el reflejo de la Camboya que fue y la que es, la que lucha por librarse de un pasado sangriento y de un presente de escasez. En sus miradas sobrevive el orgullo jemer, aunque te estén vendiendo una pulsera o simplemente pidiéndote “one dollar”. Igual que en sus templos quedan los restos de la ambición de quienes los construyeron y se arruinaron en el intento. Ellos, ampliando sus hogares, siguen la tradición.

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Trabajos en el recinto de los templos de Angkor.

03 oct 2013

La Tailandia oculta en la 'Isla Elefante'

Por: L. Pejenaute / J. Galán

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Lo llaman paraíso mochilero, pero de día apenas se ve a ninguno. Las playas, tan paradisíacas como se espera de una imagen de catálogo, están desiertas. Hay tanto espacio en Koh Chang, la isla elefante de la costa este de Tailandia, que quien la visita tiende a alejarse de los demás para deleitarse con este tesoro marginado de la explotación turística, a diferencia de sus saturadas primas Koh, al sur de Bangkok. Aquí hay de todo: precios irrisorios, elefantes y monos que invaden la sinuosa carretera, cascadas, coloridos pueblos pesqueros, actividades de aventura y comida gourmet de primera clase. Al caer la noche y la lluvia, gente de todo el mundo se despereza, recargados para otra noche demencial y alucinógena.

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Tal es el plan de quien recae en Koh Chang en temporada baja: llegamos para un par de días y nos atrapó por varias semanas. Y conocimos a más de uno que se bajaba del mundo en uno de sus bungalows durante meses. Difiere tanto la noche del día que expondremos una jornada tipo, en la que, con un presupuesto no mayor de 15 euros, el sentimiento de paraíso terrenal cobra sentido.

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Día. Un despertar plácido envuelto en una mosquitera te recuerda que puedes encontrar bichos alrededor, pero también que el alojamiento en primera línea en Lonely Beach te ha costado dos euros. Un pequeño paseo por la playa que cumple las expectativas de su nombre te lleva a desayunar fruta recién exprimida, y no hace falta ir lejos para encontrarse solo tomando el sol.

Con una moto alquilada se llega a distintas cascadas del frondoso interior por carreteras que desafían la gravedad, o a las playas aún más desiertas del este de la isla. La isla es tan grande que, para no tener que ir a las únicas dos gasolineras que hay, en las tiendas se venden botellas de whisky rellenas de gasolina. Desde la moto juegas a buscar, como quien busca a Wally, a los monigotes de cierto grafitero que ha tomado todas las esquinas de la isla con un estilo muy característico. El arte urbano y los tatuajes también tienen su sitio en Koh Chang.

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Al sur, el pueblo pesquero de Bangbao merece un día entero y las baterías de la cámara bien cargadas. En un muelle larguísimo que se adentra en el mar se alternan restaurantes de marisco recién pescado y tiendas de artesanía sin público, para mirar joyas y maderas talladas a mano durante horas. Y al final, los coloridos barquitos de pesca escoltan el camino hasta un faro de postal.

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Al ponerse el sol, una cena de ibéricos y patés en un restaurante con asientos tan cómodos como singulares redondea un día de placeres turísticos y relajados.

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Noche. Las lluvias, más presentes en la oscuridad, crean al anochecer un horizonte iluminado por rayos que abaten el mar. Las gotas, que caen con furia propia del monzón, no hacen sino exaltar el desmadre fiestero. La población de la isla no cierra en temporada baja, y la música en directo no se detiene. En fin de semana, gente de Bangkok llena el ferry en busca de los excesos que ni siquiera una ciudad tan extrema como la capital puede satisfacer.

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Y los bares se llenan. El sistema está calculado para que cada día de la semana la fiesta se organice en un garito. Un desmadre en el que saciarse de alcohol, controlando hasta que uno decida, pero estimulado por todos los occidentales y asiáticos que sin pudor se permiten actitudes prohibidas en sus hogares. Los tailandeses lo favorecen, con sus barras en llamas al pedir chupitos, sus animadores juguetones y sus danzas de fuego. No hay límite horario; mientras haya quien baile y gaste, habrá música.

Sustancias alucinógenas, como los hongos licuados en batido, se sirven con naturalidad en lugares que todo el mundo conoce y recomienda. En un resort en medio de la selva, donde los colores se mezclan al romper las olas y nada es lo que parece, aparecen búfalos y monos de la nada. Los cocos tienen vida propia y las ranas, que montan conciertos en inmensas charcas creadas por el monzón, impiden escuchar a quien tienes al lado. Aquí se recibe al nuevo día escuchando los timbales en la playa, y los rezagados dan el relevo a quien se despierta a ver cómo los relámpagos se diluyen con los primeros rayos de sol. Amanece en Koh Chang, y uno se pregunta: con semejante paraíso, ¿quién necesita ir a Koh Samui, Koh Pha Ngan o Koh Phi Phi? 

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19 sep 2013

Todo es posible en Bangkok

Por: L. Pejenaute / J. Galán

No es fácil mirar a Ryan a los ojos a las dos de la mañana, porque a unos metros hay dos niños pegándose puñetazos en medio de la calle. Tampoco es fácil entenderle, por lo alto que suena La Macarena sobre cientos de cuerpos  empapados de lluvia, alcohol y música. Pero  sí escuchamos a este guineano afirmar, rotundo, que “todo es posible en Bangkok”. Él llegó hace ocho años y en este tiempo ha hecho de todo: “Hasta traficar con crías de elefante”, deja caer una vez apalabrado algún negocio turbio vía móvil. Estamos en Khao San, la calle más excéntrica de entre todas las frecuentadas por turistas al anochecer; no es el Bangkok real, pero también es capaz de serlo. La capital tailandesa engancha, y 72 horas allí son suficientes para darle la razón a Ryan.

IMG_2852Mercadillo de amuletos

Llamar a la suerte con budas o monjes tallados en piedras del tamaño de una uña es una llamativa creencia  tailandesa. El comercio más accesible para el visitante se concentra en un mercado callejero cercano al palacio Wat Pho. Aunque más que concentrarse se despliega: multitud de mesas con montañas de estas diminutas esculturas se extienden en los bajos de los edificios. Es un curioso paseo para cualquier novato tratar de entender por qué algunos amuletos están bien protegidos por cristales y otros simplemente apilados por miles, y cómo los diferencian los compradores que se pasan horas escudriñándolos, monóculo en ojo, buscando una ganga.

Un restaurante a 63 alturas

Cenar, o simplemente tomar una copa, en un piso 63 con vistas a Bangkok, sabiendo el barullo que hay abajo, es lo que se paga en Sirocco. 1236421_10153226695720705_813734954_nLas vistas y el ambiente exclusivo, claro. El restaurante al aire libre más alto del mundo, como no se cansa de anunciar, maneja unos precios accesibles que permiten cenar o beber sobre el rugido amortiguado de la ciudad. Pese a las pintas de los actores de Resacón en Las Vegas II, la realidad exige etiqueta.

 

IMG_2858Acortar por el agua

El centro de Bangkok está rodeado de canales. Con los atascos que la colapsan y el tiempo que se pierde parando a una media de cinco taxis hasta que alguno acepta usar el taxímetro, atajar por el agua parece una buena solución. Aunque el color haga pensar que, de caerte, el último de tus problemas sería haberte mojado. Pero la sucesión de templos que compiten con sus tejados dorados en las orillas hace olvidar la contaminación, especialmente por la noche, cuando la iluminación es hipnótica.

 

Templos para perderse IMG_2882

Un buda de 15 por 40 metros no se ve todos los días; uno recostado cual Maja de Goya chapada en oro, menos. El templo Wat Pho es el hogar de semejante deidad, la más fotografiada de entre un centenar de estupas  y miles de estatuas budistas. Hay tantas en este recinto que no todas tienen reservado un lugar, y se apilan en pasillos o esquinas, algunas con una pátina de polvo de años. Las que han sido restauradas brillan como el oro; las que no, siguen luciendo el negro bajo sus atuendos naranjas.

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Fila de estatuas en el templo Wat Pho. 

IMG_2982Apostar por el muay thai

La música tradicional que suena en cada asalto embota la cabeza, y los golpes que se intercambian luchadores de todos pesos y tallas hacen apartar la vista, pero el muay thai es un arte marcial casi sagrado en Tailandia. En el estadio Lumpini, por unos 50 euros, se puede asistir a 10 combates seguidos en un recinto de chapa que tiembla como una hoja bajo el aguacero de la tarde. Hay tanto movimiento dentro del ring como fuera, gracias a los tailandeses que apuestan a gritos en la grada tras cada rodillazo.

Comida y mucho más IMG_2961

El Sirocco es curioso, pero la auténtica experiencia culinaria tailandesa empieza y acaba en la calle. En los laberintos entoldados que florecen al atardecer entre bombillas y vapores de cilantro. En las atestadas calles en torno a los canales, alternándose con los adornos florales del mercado de las flores. En la oferta de los vendedores ambulantes que cocinan en hornillos portátiles a cualquier hora de la noche. 

 Música en directo

 

Más allá de las melodías comerciales que bombean las aceras de la calle Khao San, en Bangkok hay locales de música en directo de gran calidad. Ad here the 13 es una parada indispensable si lo que te va es el blues y arreglar el mundo. Para lo primero está el dueño del local, guitarrista excepcional, el mejor de Tailandia, que toca con su banda, Banglunpoo, varias noches por semana. Para lo segundo te arropa la parroquia de habituales: desarraigados bohemios del mundo atrincherados temporalmente en Bangkok que filosofan sobre consumismo, futuro y piedras, entre ellos y contigo, frente a botellines helados de cerveza Koh Chang.   

IMG_3033Todos los caminos llevan a Khao San

Cualquier turista que pase por Bangkok acabará aquí, aunque trate de evitarlo. Una visita a la estridente zona mochilera es imprescindible, esa manzana donde la fiesta va dos pasos por delante y una desea haber venido a Tailandia con lo puesto para comprarse el resto. Callejones con restaurantes, bares de cócteles, masaje tailandés, hostales para todos los bolsillos, enjambres de tuc tucs, luces de fantasía y ratas que corretean en las sombras. Provista de todas las cadenas de comida rápida que infunden al occidental esa falsa sensación de seguridad. Sin obviar el rincón negro, donde las bebidas cuestan un tercio porque salen de neveras portátiles, donde los bailes espontáneos ponen la calle patas arriba y donde Ryan afirma con ardor: “No cambiaría Bangkok por ninguna otra ciudad del mundo”.

El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Del frío siberiano al calor tropical, devorando meridianos rumbo a las Antípodas. Porque se puede viajar de Europa a Australia sin coger un avión. Este blog pretende relatar lo vivido en una ruta en la que se cruzan personas, curiosidades, tradiciones y consejos. Cabe de todo, menos los atajos.

Sobre los autores

Leyre Pejenaute y Javier Galán

"Si te pusieses a cavar un agujero en el suelo, y cavases sin parar, acabarías llegando a Australia". La pequeña Leyre Pejenaute lo intentó con su pala de plástico, pero solo llegó a meter un pie. Sin embargo, la fascinación por esa idea nunca le abandonó. Quizás por eso se le quedó pequeña la carrera de Derecho, los periplos de ida y vuelta por Europa y América, las temporadas en Italia y Reino Unido y los diversos trabajos rutinarios frente a un ordenador. De lo que nunca se cansó fue de contar historias. Ahora se ha dado cuenta de que es más práctica una mochila que una pala. Y aunque tenga que dar un buen rodeo en lugar de ponerse a cavar, va a volver a intentarlo.

Si se acepta que los continentes son cinco, a Javier Galán solo le queda por respirar el aire de Oceanía. Ha dejado de planear los viajes en casa, porque sabe que un vistazo a una guía o una conversación en un hostal pueden darle un giro de miles de kilómetros a la ruta inicial. Le ha pasado en Europa, al sur de Sudamérica, en India y Estados Unidos. Estudió Derecho y Periodismo pensando que las hojas de papel se parecen tanto que se olvidan, mientras que lo que ocurre en tránsito se queda marcado. Ahora actualiza y alarga un viejo proyecto porque ha encontrado a una compañera; si lo llega a hacer solo se habría olvidado de hablar.

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