La semana de Bob Dylan. El "capricho de John Hammond"

Por: | 23 de mayo de 2011

La Ruta Norteamericana inaugura la semana de Bob Dylan, quien mañana 24 de mayo cumple 70 años. Una semana para celebrar tan simbólica fecha de un compositor imprescindible para entender buena parte de la historia musical de Estados Unidos. En las últimas semanas, diversas revistas especializadas han aprovechado este aniversario para dedicar especiales a Dylan.
El primer artículo rastrea los primeros años de Dylan. Los años en los que aquel chaval necesitó que alguien apostara por él. Porque hasta el mismo Bob Dylan, que con menos de 25 años ya era la voz de toda una generación en Estados Unidos, necesitó un padrino. Cierto que Dylan siempre anduvo sobrado de talento y supo arreglárselas por sí mismo pero de no haberse cruzado John Hammond en su camino, tal vez, la historia sería otra.
Por norma general, suele recordarse la importancia que Woody Guthrie, agitador de conciencias y revolucionario del folk, tuvo sobre el joven Dylan mientras se pasa de largo o de puntillas sobre el papel trascendental desempeñado por Hammond, un gran hombre en la sombra que alumbró al genio. Al igual que el apasionado descubrimiento de Guthrie fue esencial en la obra de aquel chico de Duluth, el productor de origen judío fue determinante en el porvenir de su carrera.
El capricho de John Hammond
Todos le conocían como el “capricho de Hammond”. A pesar de que era un joven e interesante músico folk en la escena de Greenwich Village, nadie creía en Bob Dylan por los pasillos de Columbia Records, excepto John Hammond. Según George Avakian, un productor prestigioso del sello que había convencido a Miles Davis a dejar la heroína, ese chico era una estafa. El poderoso Mitch Miller, director de la sección de discos pop de Columbia, contó en el documental No Direction Home que “como salía tan barato que dejábamos que John se lo permitiese”. Cierto: el primer álbum de Dylan, producido por Hammond, costó 402 dólares, calderilla para el mayor sello discográfico de Estados Unidos a principios de los sesenta. Pero, ¿quién se atrevía a negar este capricho al mismo hombre que había descubierto e impulsado las carreras de Count Basie, Benny Goodman, Billie Holiday o Aretha Franklin?
Hammond acababa de reincorporarse a Columbia y Dylan fue su apuesta personal. Tanto que, de no haberse cruzado en su camino, tal vez, la historia sería otra. Recién llegado a Nueva York en 1961, el músico entró pronto en contacto con la escena folk del Village, donde entabló amistad, entre otros, con Fred Neil, Pete Seeger o Ramblin’ Jack Elliot. No tuvo problemas en darse a conocer sobre un escenario pero la misma suerte no la corrió para conseguir un contrato discográfico. Fue rechazado por lo sellos Elektra, Folkways y Vanguard, que, en cambio, sí fichó a Joan Baez. Pero Hammond supo ver en él lo que otros no vieron.
No es de extrañar, por tanto, que en Crónicas, el primer volumen de sus memorias, Dylan empiece hablando de él: “Jamás se interesarían en alguien como yo salvo en circunstancias extraordinarias, pero John era un hombre extraordinario”. Sin duda, Hammond tenía una virtud al alcance de muy pocos: una intuición musical que se anticipaba a los tiempos. En palabras de Dylan: “Tenía olfato y visión... captaba mis pensamientos”. En la historia de la música popular, tan sólo gente como Sam Phillips, los hermamos Chess, Ahmet Ertegun, Jerry Wexler o Jim Stewart, formaron parte de su misma elite de hombres de honor sin haber cogido nunca un instrumento.
Al igual que el apasionado descubrimiento de Woody Guthrie fue esencial en la obra de aquel chico de Duluth, Hammond fue determinante en el porvenir de su carrera. Le consiguió su primer contrato, le enseñó a manejarse en un estudio de grabación, le impulsó a apostar por su instinto e incluso le influyó en su concepción social. Hammond era un gran defensor de los derechos civiles que se había empeñado en tener a Pete Seeger en Columbia pese a ser investigado por el comité de actividades anticomunistas del senador McCarthy. Ambos se encontraron por primera vez en el apartamento de Carolyn Hester, una cantautora que invitó a Dylan a tocar la armónica en una audición que tenía apalabra con Hammond.
El productor invitó al joven músico a tocar algo en el estudio de grabación y este respondió con una de sus pocas composiciones propias, <<Talking New York>>. Hammond quedó prendado. Como él mismo reconocería, captó su pellizco blues, sintió que era una especie de enlace con la tradición blues que él tanto admiraba y había hecho por difundir. En ese momento le ofreció un contrato y le regaló el disco reeditado de Robert Johnson King of the Delta Blues Singers.
Dylan grabó en el estudio A del 799 de la Séptima Avenida en noviembre de 1961. La mayoría era material ajeno. Dave Kapralik, jefe ejecutivo de Columbia, contempló dejar a Dylan en la cuneta. Según su visión, ese chico era un fraude. Pero Hammond luchó por su apuesta. El disco salió en marzo de 1962. El instinto de Kapralik no falló: el disco funcionó fatal en ventas. Pero tampoco falló el de Hammond, que produjo también Freewheelin’ Bob Dylan: ese chico era mucho más que un producto. Era una voz, un genio a punto de explotar.


Hay 4 Comentarios

Preciosa canción y maravillosamente interpretada. Bob, eres el más grande. Mi preciosa perra se llama Dylan.

Que grande es Bob.

The Freewheelin’ Bob Dylan el comienzo de un genio inigualable

Larga vida al héroe

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. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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