La Ruta Norteamericana

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Viaja por el pasado, el presente y el futuro de la música popular norteamericana. Disfruta del rock, pop, soul, folk, country, blues, jazz... Un recorrido sonoro con el propósito de compartir la música que nos emociona.

Sobre el autor

Fernando Navarro

. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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Martha. Música para el recuerdo

“Un accidente de tráfico y sus consecuencias despiertan en Javi, un periodista inmerso en la crisis del sector, un torrente de recuerdos y sensaciones que le conducen a su juventud, a esos veranos en el pueblo con sus amigos, al descubrimiento del amor y de esas canciones que te marcan de por vida. Un canto al rock, a la amistad, a la integridad ética y al amor puro”


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Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana.

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana repasa el siglo XX estadounidense a través de las historias de más de treinta artistas, claves en el nacimiento y desarrollo de los estilos básicos de la música popular. Un documento que tiene en cuenta a músicos esenciales, que dejaron un legado inmortal sin importar el éxito ni el aplauso fácil.

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En la playa con Neil Young

Por: | 21 de junio de 2011

Llega el verano y llegan las ganas de disfrutar de la playa y, cómo no, de buena música. Hay una ecuación de extraordinario resultado: playa más Neil Young. Esto es posible gracias al segundo Rust Festival, que homenajea por segundo año consecutivo al músico canadiense.
Me hacen llegar información al respecto. El 8 y 9 de julio se celebra este festival en el chiringuito La Cabaña, en la playa de Bolonia, en Tarifa (Cádiz). Durante dos días, hay interesantes conciertos. Actuarán The Brass Buttons, una de las formaciones españolas con mejor base de rock norteamericano en nuestro país. Buenas guitarras que a veces se acercan al power pop más vitamínico. Además, tocarán bandas tributo a Neil Young como los Crazy Ponys de Valdoviño (A Coruña) y los Shockin´Beards de Madrid, que cuentan en sus filas con antiguos miembros de Gabinete Galigari.
Según sus organizadores, el objetivo es disfrutar de la música de Neil Young, de buena compañía de gente que comparte la pasión por su obra y de toda la comida y bebida que admita el cuerpo. En fin, todo bueno con el sol y la playa como entorno sugerente para más incentivo. Ocasión perfecta para escapar de la rutina diaria. (Todo sobre el festival aquí).
Con este festival en el horizonte, seguro que muchos de los asistentes tienen ya en el punto de mira el último reclamo musical de Neil Young, quien siempre tiene a mano el baúl de los recuerdos. Un baúl, para qué engañarnos, que hace las veces de buena caja registradora. Hace no mucho el músico canadiense ha anunciado la salida de un álbum country en directo con la banda The Internacional Harversters. Su nombre es A treasure y corresponde a la gira que hizo Young con el grupo durante 1984 por Estados Unidos.
Por aquel año, Young estaba haciendo frente a un juicio por parte de su compañía discográfica, Geffen Records. El sello, que rechazó Old Ways, le acusaba de explorar sonidos nada comerciales en discos nada comerciales y bastante experimentales como Re-ac-tor y Trans. Young terminaría dejando el sello y publicando Old Ways junto con los Internacional Harversters.
De esos días es este tesoro musical que incluye 12 temas (seis inéditos), grabados durante esta gira que sirvió para promocionar su álbum Old Ways. A Treasure presenta el trabajo de Young en el escenario junto a músicos sobresalientes del country, como Ben Keith, fallecido el año pasado y uno de sus grandes colaboradores a la steel guitar, Spooner Oldham o Hargus Pig Robbins.
Al igual que la ecuación perfecta de Neil Young y playa, la formulada por Neil Young y country tampoco da malos resultados. Al contrario: los da muy buenos.


Las diez joyas de The Big Man

Por: | 20 de junio de 2011

La Ruta Norteamericana rinde homenaje a Clarence Clemons, The Big Man, con una selección (con música y vídeo) de diez canciones (y un bonus track) que ilustran el aire cálido, intenso y cercano de su saxo en la E Street Band. Para verlo, solo tienes que pinchar en el reproductor y en la pestaña de la izquierda donde pone vídeo, y se desplegará la pantalla con la imagen.
Mano derecha de Bruce Springsteen, Clemons fue una pieza clave en la música del cantante de Nueva Jersey durante muchos años. Algunas de sus más celebradas y arrebatadoras composiciones llevan el sello de Big Man: su magnífico saxo. Además de un gran músico, Clarence Clemons era un icono. Viendo los siguientes vídeos, te das cuenta de la pérdida irreparable para la E Street Band. Y la transcendencia de ese saxo para hacer volar el espíritu. Estaba presente en las mejores canciones, entraba en el momento justo para ser el impulso final.


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Clarence Clemons, el intenso viento de la E Street Band

Por: | 20 de junio de 2011

Reproduzco el obituario que el diario El País ha publicado bajo mi firma sobre la muerte de Clarence Clemons. Aunque se puede leer desde ayer en la web del periódico, no me gustaría que esta ruta sonora se quedara sin esta necrológica en sus archivos.
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Al poco de publicarse Born to run, el disco que catapultó en 1975 al estrellato a Bruce Springsteen, el prestigioso crítico musical Lester Bangs calificó su sonido pletórico como "un recordatorio de lo que es amar al rock and roll como si lo acabáramos de descubrir". Con los sesenta esfumados, la música disco invadiendo las ondas y el punk a punto de poner todo patas arriba, Bangs quedó prendado del aire eufórico de aquel rock romántico y esperanzador, que se estiraba hasta el infinito, con pasión incombustible y fuerza titánica cuando surgía el saxofón de Clarence Clemons. Su intenso viento, el de la E Street Band, era la evocación mayúscula del espíritu del rock and roll que simbolizaba Springsteen.
Clarence Clemons murió el sábado a los 69 años en Florida, después de las complicaciones derivadas de un derrame cerebral sufrido la semana pasada. El saxofonista fue sometido a varias operaciones en el cerebro y la parte izquierda de su cuerpo quedó paralizada. Los miembros del grupo ya habían sido avisados para que se trasladasen a Florida.
Nada será igual para Bruce Springsteen y los miembros que quedan de la E Street Band a partir de ahora. Se ha ido Clarence, The Big Man, tal vez el saxofonista más ilustre de una banda de rock sobre un escenario, el tipo alto y fornido de la amplia sonrisa, de las bromas con el Boss. En aquella portada de Born to run, en una fotografía en blanco y negro, Springsteen aparece con su Fender Squire colgando, apoyado en la espalda de Clemons, que sujeta su saxo. Era la estampa de la inocencia del rock, que evocaba aventuras y anhelos para el viaje personal de cada oyente. La imagen perfecta para ilustrar sus solos de saxo, que fueron algo más que un magnífico adorno musical en la E Street Band: ensanchaban el alma y simbolizaban la esperanza.
Nacido en Norfolk (Virginia), fue hijo de un ministro baptista que pensaba que el rock and roll era cosa del diablo. La música góspel y el R&B de los cincuenta influyeron en él. The Coasters, Otis Redding, Dion & The Beldmons fueron algunos de los artistas escuchados por un joven Clemons, aunque, a la hora de dedicarse a lo que más le gustaba, prestó atención al trabajo de saxofonistas como King Curtis o Junior Walker. Por sus grandes dimensiones, muchos le aconsejaron en la Universidad que se dedicara al fútbol americano, pero él siempre llevaba el saxo en el maletero de su coche. Era su verdadera pasión.
Según la leyenda, fomentada por él mismo y Springsteen, ambos se conocieron a principios de los setenta una noche lluviosa y con viento en la que Clemons apareció entre la niebla del paseo marítimo de Asbury Park, vestido con traje blanco y con su saxo. Tanto Springsteen como Steve Van Zandt, guitarrista de la E Street Band, pensaron que ese gran hombre iba a robarles. Pero Clemons solo quería tocar con ellos. En realidad, Clemons conoció a Springsteen en una de las actuaciones que el cantante tenía por aquellos años con la Bruce Springsteen Band. Y pidió tocar con él. Amante del soul y el rock primigenio de los cincuenta, el Boss vio la oportunidad ideal para ampliar su espectro sonoro.
A partir de entonces, comenzó una relación mágica para ambos. Una extraordinaria camaradería y simbiosis musical, también con su punto de desencuentro, cuando el cantante decidió disolver la E Street Band a finales de los ochenta. El saxo de Clemons podía dar un punto canalla y vitalista al espíritu callejero y naif de Greetings from Asbury Park y The Wild, The Innocent & The E Street Shuffle; podía agrandar la belleza y el dolor en Born to run; cortaba como un cuchillo afilado en Darkness on the edge of town o suponía un chorro refrescante, de contagioso soul en composiciones genuinas de rock and roll en The river.
En 1983, inició su carrera en solitario, paralela a la pertenencia a la E Street Band, con la publicación de Rescue. Esta carrera, en la que mostró su amor por el soul y el funk aunque pasados por el tapiz algo insulso de los ochenta, apenas tuvo repercusión y aportó nada interesante más allá de Hero (1985). Desde entonces, solía tocar con su banda en garitos de la costa este de EE UU. En Nueva Jersey, no era difícil encontrar actuaciones de su grupo The Temple of Soul entre los descansos que le dejaban las giras y grabaciones con la banda de la calle E.
Sus colaboraciones más emblemáticas, por ofrecer lo mejor de su viento embriagador, fueron sus aportaciones en los discos de Gary Us Bonds, Dedication y On the line. Además, Martin Scorsese contó con él para New York, New York y se le vio en Blues Brothers 2000. En la pequeña pantalla, apareció en Nash bridges y The wire.

La última actuación de Clemons con la E Street Band fue en diciembre de 2010 en el Estado de Nueva Jersey. The Big Man debía tocar el himno estadounidense antes del segundo partido de la final de la NBA entre Dallas Mavericks y Miami Heat hace dos semanas, pero tuvo que renunciar por una lesión en la mano. Desde hacía años, sus achaques eran evidentes. Necesitaba descansar en una silla en los conciertos y le costaba atinar con algunos solos.
El alma de la E Street Band ha quedado troceada, aún más que cuando se fue Danny Federici, teclista original de la banda, fallecido en 2008. Nada será igual. La banda no tendrá ningún sentido. Los solos de Clemons en canciones tan emblemáticas como Rosalita, Jungleland, Born to run o The promised land eran una seña de identidad. Para la gran mayoría, la seña de identidad del mejor rock de Springsteen. Su aire esperanzador, tierno, cálido, intenso, infinito, cercano. Era el saxofón de Clarence Clemons, recordando, como diría Lester Bangs, lo que es amar el rock and roll.


Adiós a Carl Gardner, alma de The Coasters

Por: | 15 de junio de 2011

Reproduzco en La Ruta Norteamericana el obituario que escribí sobre Carl Gardner, publicado por el diario El País en el día de hoy.
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Caprichos de la vida, Carl Gardner acabó los últimos días de su existencia sin poder recordar sus años dorados, cuando al frente de The Coasters cosechó un buen número de éxitos y protagonizó una de las etapas más emotivas del mejor rhythm and blues norteamericano. Enfermo de alzhéimer, Gardner falleció el pasado domingo a los 83 años tras un fallo cardiaco. Hacía más de un lustro que se había retirado, después de medio siglo cantando y de giras con The Coasters, la banda que fundó y mantuvo durante décadas a pesar del paso del tiempo, el mismo que le robó la memoria y dejó para la lejana historia de otro siglo una gloriosa cosecha de canciones.
Nacido en 1928 en Tyler, Tejas, en el seno de una familia pobre, Gardner siempre quiso dedicarse a la música, pero nunca imaginó que terminaría liderando un grupo. Influido por el jazz, dejó su hogar con la idea de convertirse en otro Nat King Cole o Billy Eckstine cantando en alguna banda de la efervescente escena de Los Ángeles. Por su camino, sin embargo, se cruzaron Jerry Leiber y Mike Stoller, por entonces unos talentosos compositores que terminarían por ser la pareja compositiva más brillante del pop clásico estadounidense. Con ellos a la batuta, entraría en el grupo The Robins en 1954. El éxito llegó pronto, con temas como <<Smokey Joe's cafe>> y <<Riot in cell block number 9>>, en los que Gardner era la voz principal.
Un año después, del pequeño sello Spark Records, propiedad de Leiber y Stoller, dieron el salto a Atko, filial de la compañía Atlantic Records, con sede en Nueva York. The Robins mantuvieron a Leiber y Stoller en las tareas de composición, pero pasaron a llamarse The Coasters por su procedencia de la Costa Oeste. Ahmet Ertegun y Jerry Wexler, capos de Atlantic, decidieron ficharles antes que dejarse una millonada por un Elvis Presley que, bajo el dominio del Coronel Parker y con el éxito de <<Hound dog>>, se ofrecía al mejor postor para abandonar Sun Records. En palabras de Leiber, recogidas en el libro autobiográfico Hound dog, este hecho ilustra la gran impresión que The Robins habían causado en el negocio discográfico. Sin la relevancia mundial de Presley y alejados del primigenio rock and roll, que no formaba parte de la música dominante de la época, The Coasters conquistaron las ondas y crearon un universo propio, atractivo y de genoma negro.
Con Gardner y Bobby Nunn -ambos de The Robins- y Leon Hughes y Adolph Jacobs, The Coasters se convirtieron en emblema de toda una generación de oyentes. Fueron uno de los primeros grupos negros de la era del rock and roll. Al tiempo que llegaron a audiencias blancas con su aspecto amable y su estilo inmaculado canalizaron en su deliciosa mezcla de sonidos afroamericanos las inquietudes de la juventud de los cincuenta. Pocas asociaciones como la de esta banda y la pareja Leiber & Stoller fueron tan fructíferas y esplendorosas en la edad dorada del pop norteamericano. <<Down in Mexico>>, <<Charlie Brown>>, <<Young blood>>, <<Yakety Yak>> o <<Poison ivy>>, entre varias, dan buena cuenta de su sabrosa y rutilante combinación de rhythm and blues y góspel, genéricamente conocida como doo wop. Una época dorada ya extinta, condenada a ser olvidada por las nuevas generaciones del siglo XXI y que -lo que es igual de triste- se desvaneció también de la cabeza de Gardner, una de sus voces más reconocidas y aplaudidas.


Un gigante llamado Ray Charles

Por: | 14 de junio de 2011

Tan metido como ando en discos y lecturas de jazz, que apenas me dejan acercarme a este blog, ayer, por unas cosas y otras, salté de un álbum a otro y acabé afortunadamente recuperando a Ray Charles. Fue tanto el recreo con la música majestuosa de este hombre que hoy lo he vuelto a poner en el coche mientras venía camino de la redacción. Con el tímido sol de la mañana, menuda plenitud me ha conquistado entre semáforo y semáforo.
Me ha dado por pensar que nunca se ha valorado lo suficientemente bien al descomunal músico de Georgia en nuestro país. No es la primera vez que me invade este pensamiento. Creo que el personaje que representaba de pianista ciego y famoso eclipsó al artista para el gran público. Todo el mundo sabía quién era Ray Charles pero pocos se paraban realmente en su obra, en su grandiosa obra.
Recuerdo el día que murió hace ya unos cuantos años, en 2004. También era junio, como ahora. Era de noche y me encontraba en la redacción de Onda Madrid, poco antes de entrar en los informativos. Saltó el teletipo con la noticia de su muerte. Fui corriendo a decírselo al encargado del informativo por si lo quería incluir como última hora dentro de la pauta. Me miró con cara de pocos amigos. Eso trastocaba su guión a unos minutos de comenzar el programa. Pero me dijo: “Busca una canción y la ponemos al final del informativo, en una breve nota”. Y así fue. Tan breve como una frase tipo: “Muere el pianista de jazz Ray Charles a los 74 años de edad. Charles era ciego y uno de los músicos más famosos y queridos por el público. Triste noticia para el mundo de la música. Con una canción suya nos despedimos”.
Para mí, la triste noticia era ver la suma brevedad de la noticia mientras todos los días en el mismo espacio radiofónico se dedicaban muchos minutos a temas culturales que eran pura propaganda o tan insustanciales como que los niños de no sé qué colegio habían visitado la última exposición del Museo del Prado y daban sus ingeniosas impresiones al respecto. El problema fue que el eco de su fallecimiento, el reconocimiento de su obra en relación con la historia de la música popular, tampoco gozó de apenas espacio en otros medios generalistas. Y creo recordar que sucedió lo mismo en los medios especializados en música. En fin, sentí que nunca se le hizo justicia. Una cosa, por otra parte, corriente en España con tantos músicos y creadores que trascienden más allá de la simple nota de entretenimiento.
Cierto que el R&B vibrante de Charles acababa de ganarme para la eternidad. Estaba con la causa. Por aquel entonces, acababa de comprarme unos recopilatorios de esos típicos de gran almacén, baratos y sin una presentación cuidada. Casi todos eran sobre grandes clásicos del R&B y rock primigenio norteamericanos. Junto a Fats Domino, Little Richard o Buddy Holly, pillé el de Ray Charles. Por tanto, cuando el pianista negro falleció, su música me absorbía en mis nocturnas vueltas a casa. Si bien es cierto que su muerte en aquel informativo se quedó en lo que se quedó, también lo es que antes de irme a casa hablé con los responsables de un programa de cine de la emisora, que grababan su espacio para el fin de semana. Al enterarse de la noticia, decidieron cambiar el programa y dedicarle buena parte de su tiempo a hablar del músico. Aquel año se había estrenado la cinta Ray, una película complaciente con la vida del músico y protagonizada admirablemente bien por Jamie Foxx. La película estaba basada en su autobiografía, Brother Ray, que es buen texto de referencia para con una época de la música negra.
Para hablar de Ray Charles con justicia, habría que dedicarle todo un informe especial a su carrera. Su monumental trabajo en Atlantic Records o ABC-Paramount se encuentra entre lo mejor que ha dado la música negra en toda su historia. Porque Charles, con esa maravillosa voz de predicador, era una síntesis de todos los géneros. Por su obra fluía con talento y deleite el bebop, el blues, el boogie, las baladas, el country, el rock o el R&B. El jazz le debe el soul y el soul le debe el jazz. Los sonidos afroamericanos le deben muchísimo. Hace unos años, la revista musical Mojo publicaba una lista con los mejores discos de soul de la historia. En los dos primeros puestos estaban The Genius Of Ray Charles (1959) y Ray Charles In Person (1960), tras ellos se encontraba el disco de James Brown And The Famous Flames, Live At The Apollo (1962). Esto de la listas siempre es polémico pero yo al menos sentí cierta sensación de justicia.
Todavía hoy creo que Ray Charles debería ser más reivindicado, mejor situado atendiendo simplemente a su obra y no a su fama de celebrity. Todavía hoy siento el vértigo de su música en mi estómago. Es la música de un gigante, que en una sencilla canción como <<What'd I Say>> guarda toda una zancada artística.


El órgano explosivo de Jimmy Smith

Por: | 08 de junio de 2011

Ando metido en la preparación de unos disco-libros sobre jazz y de un tiempo a esta parte no hago otra cosa que leer sobre jazz y, por supuesto, escuchar muchos discos del género. El mundo del jazz es inmenso y apasionante para alguien que, como yo, tiene su educación musical anclada en el rock’n’roll y el pop. Cada día descubres una pista nueva o un motivo diferente para justificar la introducción en este mundo de ritmos, melodías y beats.
Jimmy Smith es uno de los músicos que centra estos días mis escuchas y lecturas. Su órgano explosivo acompaña mis tardes y noches. Sabía de él pero nunca había profundizado en su obra como hasta ahora, a diferencia de lo que había hecho con otros nombres destacados como Duke Ellington, Miles Davis o John Coltrane. Y Smith se encuentra entre los grandes.
Heredero de Fats Waller y Count Basie, Smith elevó el órgano eléctrico a la más alta categoría. Hizo del Hammond B-3 una banda en sí misma. Con su mezcla de blues, R&B y gospel, este organista de Filadelfia creó un sonido excitante, que te agarra y revuelve con sus resonancias clásicas y místicas. Siempre pisando los pedales, jugando con ellos. Porque su música orgánica va de los pies a los dedos de las manos. Escuchando su música en Blue Note o Verve, te arrimas a una de las partes gloriosas de la historia del jazz.
Pianista desde joven, bajo las enseñanzas de su padre, Smith abandonó el piano por el órgano Hammond B-3. Y en ese instrumento de madera y pedales halló su inigualable sonido. Solía decir: “Tenía mi sonido. El único sonido de órgano Jimmy Smith”. Aquel sonido venía de un instrumento con largo recorrido en la historia del jazz, pero que Smith recuperó como nadie en la segunda mitad del siglo XX y lo desarrolló con talento. Su órgano puede transportarte a otros planetas.


Blues people: música negra en la América blanca

Por: | 03 de junio de 2011

La Ruta Norteamericana tiene el placer de inaugurar una nueva sección literaria. La librería El Argonauta, especializada en música de todos los géneros, colabora con este blog bajo una sección que recomendará libros musicales (novedades, clásicos o rarezas) en relación con los sonidos norteamericanos que nos acompañan en este viaje.
El texto será escrito por los trabajadores de esta interesante librería, que se ha convertido en Madrid en un lugar de encuentro para los aficionados a la música gracias a su amplio catálogo, sus actividades culturales y su fomento de la lectura. Arrancamos la sección "La recomendación de El Argonauta" con el libro Blues People: Música negra en la América blanca.
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Calle Fernández de los Ríos, 50, Madrid
LeRoi Jones, quien años después cambiara su nombre por Amiri Baraka, nació en Newark, Nueva Jersey en 1934. Publicó su primer libro en 1961, Preface to a Twenty-Volume Suicide Note, un libro de poemas con referencias a la cultura popular americana en el que destacan el jazz, el cine y la radio.
Fascinado por los músicos de la época, como Coltrane, Coleman, Monk o Sun Ra e involucrado en los movimientos por los derechos civiles, que tuvieron lugar durante la década de los 60s, en todo el territorio estadounidense. Siendo en 1963 cuando publicara la obra que hoy nos devuelve la editorial NorteSur en su colección Musikeon: Blues People: Música negra en la América blanca. Un estudio sociólogico en el que sugiere cómo la música puede emplearse como un indicador para medir la asimilación cultural de los africanos en América del Norte, estudiando su evolución desde principios del siglo XVIII hasta el siglo XX.
Una evolución, no sólo de la música, sino de cómo ésta se transforma junto con el individuo, desde los africanos que fueron llevados a América para ser esclavos, sus cánticos religiosos, los inicios del blues, la aparición del jazz, el hombre libre en América, la clase media, el racismo, la revolución necesaria que tuvo lugar para que JFK llevara ante el Congreso el Proyecto de Ley de Derechos Civiles.
Un estudio no exento de polémica ya que en él se defienden los valores del nacionalismo negro, no hay que olvidar que uno de los hombres que más ha marcado la vida de LeRoi Jones fue Malcom X. Tanto que tras su muerte, LeRoi Jones se convirtió al Islam, se instaló en Harlem donde fundó el "Black Arts Movement" (BAM), y cambió su nombre tras casarse con su segunda esposa. Un libro de gran interés al demostrar la evolución y creatividad de los músicos, que arriesgaban e improvisaban en busca de nuevas formas de expresión.
Texto: Alicia Fernández de la librería El Argonauta (Calle Fernández de los Ríos, 50, Madrid)


Leonard Cohen, el guardián sentimental del alma

Por: | 01 de junio de 2011

La vida es caprichosa. Justo cuando Bob Dylan, el último músico en recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, andaba celebrando sus 70 años de vida, Leonard Cohen, tal vez el compositor que más se ha acercado a esa etiqueta de poeta tan apropiada para la obra de Dylan en la música anglosajona, y uno de los pocos que ha podido rivalizar con él en composiciones trascendentales, recibe este mismo galardón, en su sección de las Letras, que el año pasado recayó en el escritor libanés Amin Maalouf.
Aunque son artistas diferentes, con evoluciones distintas, existen paralelismos que no se pueden obviar entre Cohen y Dylan, y que sirven para situar al recién galardonado. En la cultura popular, ambos representan al cantautor cum-laude, al músico que sobrepasa la frontera de lo estrictamente musical para acampar con su obra en la literatura. Aunque mayor que Dylan, Cohen, de 77 años, empezó más tarde en el negocio que el cantante de Minnesota. Para cuando publicó su primer disco, Songs of Leonard Cohen, en 1967, Dylan había hecho la revolución en el pop-rock. Andaba alejado del ruido y el mundo, componiendo baladas de country y folk en Nashville, a su bola, como siempre. Cohen, por su parte, siempre fiel a su papel y lápiz, dejaba los escenarios de folk para pisar por primera vez un estudio de grabación. Iba de la mano del gran John Hammond, un cazatalentos sin igual en la música norteamericana, que años antes había hecho lo mismo con Dylan. Ambos debutaban en Columbia Records, una de las grandes compañías discográficas de EE UU.
Fue un bautizo musical sobresaliente. Pocos álbumes de debut han sido tan excepcionales como Songs of Leonard Cohen, una obra maestra que ofrecía ya todas las claves que ilustran al nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Aunque se reconocía escritor antes que cantante –había publicado poemas y libros-, Cohen estructuró un disco maravilloso, inolvidable, de arreglos sencillos y una magnética profundidad lírica. El cantante canadiense se erigía como un retratista del alma, planeando con ambición por un mundo dominado por el amor y el deseo. Bajo una resonancia similar al Code of Silence Sounds of silence de Simon & Garfunkel, publicado poco antes, Songs of Leonard Cohen se caracterizaba por su gran impacto emocional y psíquico. Aquellos susurros eran la desnudez de la vida en formato disco. Delicadeza como seña de identidad para la música de autor que ha representado siempre Cohen.
Con este premio, el valor de la música de autor como expresión artística vuelve adquirir relevancia, aunque habrán tenido en cuenta sus libros de poesía y novelas. Aún sin ser tan prolífico como Dylan u otros compañeros del gremio, Cohen es guardián de una labor creadora exquisita, donde se cosechan tesoros compositivos. Desde sus comienzos, el músico canadiense ha mostrado un asombroso talento y arrojo para cruzar música y literatura, una envidiable capacidad para crear poemas musicados o canciones con certeza poética. Hace años se supo que quedó enamorado de Federico García Lorca y fue parte del homenaje de Enrique Morente en el magnífico Omega.
De una pureza impura, canciones como Suzanne, Hallelujah, The Stranger, Chelsea Hotel No. 2, I’m your man, Sisters of Mercy o Avalanche alcanzan un clímax místico difícil de encontrar en el trepidante y campechano mundo del rock y el pop. Nadie duda de la fuerza innata de su música pese a no necesitar de contundentes ropajes sonoros ni fuegos pirotécnicos. Con esa voz grave, que parece surgir del fondo de una caverna, la sensibilidad ha sido siempre el motor de su obra, y el rasgo fascinante de su cancionero. Como un caballero de la triste figura, con su sombrero y su flaqueza estilística, Cohen ha aportado sex-appeal al noble arte de componer canciones y cantarlas. Su monotonía vocal, muchas veces criticada y entendida como una especie de ser un anticantante, es vista por sus seguidores como un consuelo. Acuden a Cohen para curar las heridas o tener un hogar entre las ruinas de la vida. Como el farolero en la noche oscura, Cohen, íntimo y humano, ilumina el camino para los sinuosos trazos sentimentales del alma.
Los premios Príncipe de Asturias vuelven a reconocer el valor de la composición musical. Su trascendencia mucho más allá del hilo musical y el mero entretenimiento irrelevante y soez al que nos tienen abocados las radiofórmulas y el negocio dominado por los ejecutivos y especuladores del sonido. Allí donde no suena la música monótona del anticantante Leonard Cohen. Allí donde sus letras son literatura. Antes fue Dylan. Hoy es Cohen. Gana la música. Ganamos todos. Por una vez, aleluya, y enhorabuena al guardián Cohen.
****((Lee el texto y ve las fotos del blog de El Mundano sobre la primera visita de Cohen a Granada)))


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