Encuentro con Quique González (II). Ídolos en el último sprint

Por: | 01 de marzo de 2013

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***Todas las fotografías de Eva Tomé

De igual forma que en los noventa había como dos escuelas bien diferenciadas entre los jóvenes cantantes que empezaban: los que querían ser el nuevo Joaquín Sabina o los que aspiraban a ser otro Antonio Vega, aunque, por en medio, se colara, posteriormente, Andrés Calamaro; en la última década, se puede decir que dos modelos han marcado a toda una generación de músicos: Nacho Vegas y el propio Quique. A grandes rasgos, la corriente del indie-rock, más permeable a la experimentación y a los sonidos lo-fi, ha tenido en Vegas una especie de gurú desde que dejó Manta Ray. Por su parte, otro tipo de compositores han hallado otra vía para expresarse fijándose en el pop-rock de Quique, más deudor de las referencias clásicas de los sesenta y los setenta. De hecho, al igual que Quique comenzó apadrinado por su querido Enrique Urquijo, él suele apoyar a varios de estos músicos. Recientemente, ha grabado con Fabián, notable cantante de León que se desenvuelve como un Conor Oberst en español, mientras que son varios los músicos que, cantando en castellano y remitiéndose a un rock de raíz americana, parecen seguir su estela. Los Madison, Iñigo Coppel, Daniel Merino, Manuel Tarancón o Pablo Moro son solo algunos de ellos. 

A partir de su declarado amor por los sonidos de esencia norteamericana, no es exagerado decir que, tras más de 15 años de carrera, Quique ha creado un universo propio. De las referencias inmediatas de Enrique Urquijo y Antonio Vega, aprendió a componer entregándose al empuje sentimental, con trazos que dibujan emociones, que salen siempre de dentro afuera, mientras que de Sabina pareció tomar el gusto por el escenario urbano, situando a los personajes, las historias y los sentimientos en las calles de Madrid, en la noche de ciudad, entre bares, hoteles y portales. De esta amalgama de influencias, ha ido creando su lenguaje artístico que, posiblemente, a partir de Pájaros mojados, con esas agradecidas reminiscencias sonoras a Van Morrison, despuntó con fuerza hacia una lírica muy cinematográfica, cada vez más alejada de la narración. Versos que se abren y se cierran como escenas, imágenes con la fuerza de un fotograma. El álbum La noche americana, cuyo título remite a ese estupendo homenaje al cine que es la película de François Truffaut, es el mayor paradigma al respecto, aunque Quique no ha dejado de componer de esa forma. 

Su pasión por el séptimo arte es bien conocida. Después de más de una hora de conversación en Lolina Café, decidimos cambiar de garito. Hemos quedado con Eva, una compañera de El País, que se encargará de hacerle unas fotografías antes de seguir hablando en In Dreams, un bar en la calle San Mateo que saca su nombre de la canción de Roy Orbison y más bien parece un santuario de la música popular de los cincuenta y los sesenta, con sus tableros de mesas que son portadas de álbumes de Sam Cooke o Frank Sinatra y su memorabilia sobre el rock’n’roll y la ruta 66. De camino a In Dreams, un par de chicos le reconocen y le piden un autógrafo y se hacen con él una fotografía con el móvil. Luego, nos cruzamos con una manifestación que viene desde la calle Génova en protesta por el caso Bárcenas mientras un helicóptero de la policía planea sobre nuestras cabezas. Quique, con un cigarro en la mano, me dice: “Mira el helicóptero... esto es como en Uno de los nuestros”. Se refiere a la secuencia de la película de Martin Scorsese en la que Henry Hill (Ray Liotta) sale de casa en coche y le persigue un helicóptero policial mientras hace sus cosas de gánster y padre de familia al mismo tiempo. Al llegar al bar, por tanto, nos ponemos a charlar de cine, mientras se deja oír de fondo Hurt de Johnny Cash.  

Está claro que te gusta mucho el cine y tus canciones no escapan de ello. 

Por supuesto. Sin duda que es una fuente de inspiración para componer. Me gusta mucho crear imágenes a través de las canciones. Meter en una canción confesional una imagen en un determinado sitio creo que también ayuda a comprenderla y a crear esa imagen en la mente de quien la está escuchando. Me gusta que, en una estrofa, la imagen literaria te sitúe rápidamente en un sitio. Va por épocas, pero ahora compro más películas que discos. 

¿Y con qué estás ahora?

Uff... mucho Sam Peckinpah y mucho Christopher Walken, que es mi actor favorito. He intentado meterle en una canción en este disco, como fuera, pero no lo he conseguido. De hecho, mi camiseta favorita es una en la que sale una foto suya, que luego perdí. Y he intentado meterla en cinco o seis canciones y no lo he conseguido. 

Hablas de Sam Peckinpah y, sin duda, este disco y casi toda tu discografía remite a esos personajes perdedores, algunos canallas y la mayoría románticos, que buscan la redención como sea. En la biografía que escribió Eduardo Izquierdo sobre ti llegas a afirmar: “Prefiero más la mística del perdedor que la del ganador”.

No solo va conmigo. Es una estética muy usada en la historia del cine y la literatura. La historia del triunfador solo empieza a ser interesante a partir del momento en que le meten en la cárcel. Por eso, yo le haría una canción ahora mismo a Isabel Pantoja. Hasta ahora, no era para mí interesante, pero ver a la Pantoja en un juicio y declarando... Bueno, yo no me veo capacitado, la debería hacer Kiko Veneno. Pero no me la tomo a broma. Es una pedazo de artista. El otro día en la televisión echaron un programa sobre ella y, pese a toda la mierda que hay su alrededor, cuando salía en un escenario cantando a capella se cagaba Dios. No estoy en ese mundo, ni lo entiendo, pero cuidado: tiene algo. Yo lo llamo rock’n’roll pero otros lo llamarán de otra forma (sonríe). 

Hablamos de la mística del perdedor pero también asocio tu música a la mística de la tristeza. En palabras de Jeff Tweddy, de Wilco, cuando se trata de captar "la belleza de lo triste".

La tristeza para mí es bella cuando se convierte en melancolía. Esta forma de revolcarte un poco en tus pequeños dramas y ponerte un disco de Van Morrison una tarde de domingo... 

Supongo que un paso necesario para que sea bonita es asumirla. 

Lo decía Antonio Machado: “Se canta lo que se pierde”. Es una verdad como un templo. Por ejemplo, en Grupo Salvaje de Peckinpah, el mensaje que se manda es que la amistad y la lealtad están por encima de todo. Incluso en el límite de perderlo todo, de lo triste, cuando están destrozando al mexicano y están los cuatro indeseables pensando que esto no puede seguir así y deciden que van a morir por ello, sale algo en la condición humana que dice que no pueden permitir eso, pese a todo lo hijos de puta que son. Eso a mí me parece tremendo. Yo creo en eso mucho.  

¿En la redención, en el último intento de agarrarse a la dignidad? 

Sin duda. Ninguno ganamos todo el rato, bueno, algún hijo de puta que compra a los jueces sí (risas). En general, todos ganamos y perdemos. Cuando ganas, todo el mundo lo celebra. Cuando pierdes, hay que saber revolcarse.  

Aparte de Peckinpah, ¿algún director que te guste especialmente?

Muchos. Soy muy fan de Wim Wenders, Coppola, Scorsese y Tarantino. Me gusta ver mucho la conexión de Peckinpah y Tarantino. Se ve clarísimamente que Tarantino viene de él porque hay mucha violencia contenida y salvaje pero en el fondo siempre late algo de verdad, ahí, debajo de la violencia y el espectáculo sangriento. Y me gustan los clásicos del western como John Ford y John Houston. 

¿Alguna de las películas de estos directores te ha llevado a coger la guitarra, tras terminar de verla, y componer una canción?

Me influyen pero no es tan consciente como todo eso. No voy y digo que quiero escribir una canción a partir de tal película. En Cantabria, tengo mi proyector pequeñito y el mejor momento del día es cuando a las nueve de la noche me veo mis dos pelis, después de cenar y fumándome un porro de marihuana.  

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En un momento de nuestra charla, Quique hace una comparación futbolística. Ninguno de los dos podemos evitar saltar de tema y hablar de fútbol. Le comento que, como él, soy seguidor del Real Madrid, socio desde los tres años por iniciativa de mi tío.  Todavía mantengo el carnet de abonado y voy muchos domingos al Estadio Santiago Bernabéu. Él me cuenta que también ha acudido muchas veces al estadio con su padre, quien le metió en esta afición desde niño. Al igual que con los guiños al cine, también ha tenido gestos en sus canciones con esta pasión que, como a tantas personas, ha marcado su infancia y su adolescencia. En Cuando éramos reyes ya hablaba de correr por las calles de Madrid “detrás de algún balón”. Y me comenta con guasa cómo, cuando toca en directo Día de feria, incluida en Salitre 48, cambia la frase “¿ganará el Madrid contra el Barça el domingo?” con el nombre de otros equipos de la ciudad en la que se encuentra, o cómo escucha algunos pitos en Barcelona cuando decide mantener la frase original. El mismo título Delantera mítica es una clara alusión al fútbol y en el disco hay algunas referencias, como “el gol de Iniesta”, que se incluyen, al igual que sus guiños al cine, la literatura o la música, como imágenes más que hechos, como ráfagas emocionales, que buscan plasmar un sentimiento. 

¿No te preocupó que el título del álbum se relacionase demasiado con una referencia futbolística sin atender a lo que podías estar explicando dentro?

No, porque luego está el disco ahí. Aunque hay tres o cuatro referencias futboleras, no es un disco que hable de fútbol. De hecho, creo que sería muy difícil hacer un disco que hablase de ello. El fútbol se disfruta de otra manera. No puedo hacer una canción sobre fútbol. Tal vez, haría una dedicada a Raúl o a Zidane, o a Redondo, o a Santillana.

Todos del Real Madrid.

A decir verdad, soy menos del Real Madrid y más de jugadores. 

Hubo una temporada que yo solo iba al campo a ver jugar a Redondo. El Madrid estaba tan mal que era el único y verdadero atractivo. 

Te entiendo totalmente. Yo era muy fan. Cuando le echaron, fui con una novia, que tenía en aquel momento, al Santiago Bernabéu para entregar, en señal de protesta, la camiseta de Redondo. 

Entonces, los dos somos de esos madridistas que empezamos con mal pie con Florentino Pérez. 

Por supuesto... Florentino se lo cargó porque había apoyado a Lorenzo Sanz. No tenía otra explicación.  

Y no pudimos ver ese centro del campo soñado formado por Redondo y Zidane. 

Hubiese sido increíble. Verlos jugar a ambos y en rombo... Redondo en el vértice...

Al menos, Redondo y Laudrup coincidieron. Fue poco, por la lesión de Redondo, pero era grandioso solo de pensarlo.  

Buah... Espectaculares. ¡Qué maravilla!

Y, entre tanto, por ahí andaba Guti.

Sin duda, también hay que pensar en Guti. Soy muy de Guti y lo sigo siendo. Es nuestro George Best. Ya cuando era un niño de 10 años todo el mundo le señalaba como el bueno. Era todo calidad. El taconazo que le dio Guti a Benzema en Riazor es uno de los mejores momentos del fútbol estéticos y artísticos, un verdadero hallazgo futbolístico. Había millones de personas viendo el partido y a nadie se le hubiese ocurrido ese tacón, salvo a Guti. Nadie lo pensaba. Nadie. Lo intentas hacer en la Playstation y no te sale porque no existe esa opción (risas). 

Cierto. Muy difícil vérselo a alguien más. 

Y tanto... Tal vez, a Zidane, que es lo mejor que he visto. La elegancia pura. Pagaría por verle jugar con 40 años. De hecho, hubo un partido de esos de estrellas retiradas y se juntaron en el campo Zidane, Redondo y Santillana. Un sueño. Cuando cambiaron al primero, apagué la televisión (risas). Pero Guti no era Redondo ni Zidane. Hay muy pocos jugadores que realmente puedan jugar en el centro del campo solos, sin otro tío. Me refiero a gente como ellos, y como Xabi Alonso, Mazinho, Busquets... Hay muy pocos más. Es un puesto muy difícil. Siempre digo que el doble pivote empezó a joder el fútbol. Los Mourinho, Rainieri, Benítez, Capello... toda esta gente no consideran el fútbol como un espectáculo. Y eso se nota en el campo. 

Tal vez, el problema es que este tipo de entrenadores quieren ser ellos mismos más importantes que los jugadores, que son los que, en definitiva, meten los goles, hacen los regates, crean espectáculo con un balón, por mucha táctica que se monte. Hoy en día lo estamos viendo con Mourinho. 

Mourinho es un egomaníaco. Yo lo veo cuando un tío como él llega al Real Madrid, con toda su historia, y se pone a contabilizar sus éxitos antes que los del club legendario al que va. Me parece una cosa que está fuera de toda realidad. 

De hecho, cuando llegó al Real Madrid, que le fichó como una megaestrella, empezó diciendo que también quería entrenar a la selección de Portugal. Poniéndose él como prioridad antes que al club, que le había dado toda su confianza deportiva y económica. 

Cierto. Pero acabará pagándolo. Porque ya del Madrid no puede ir a ningún sitio, ni siquiera al Chelsea... Nadie le aguantará lo mismo. Yo nunca he sido de Mourinho excepto una noche. Aquella que ganamos en la final de Copa del Rey al Barcelona. Estaba en el campo. No podíamos ganar de otra manera. Era clara la superioridad del Barça. Fue la victoria y la alegría de un equipo pequeño, aunque eso, siendo del Madrid, me jode (sonríe).

Hablabas de Xabi Alonso, tengo entendido que es seguidor de tu música.  

Cierto. El otro día mandó el enlace de la noticia de mi nuevo disco a sus cuatro millones de seguidores. Imagínate... 

Mejor que cualquier publicidad pagada.  

Ya ves... Ellos son ahora las estrellas del rock. Son los que tienen los privilegios que antes tenían las estrellas de la música en los sesenta. Y lo bueno es que dentro del fútbol es gratificante que haya ejemplos como Xabi o como Iniesta, que no solamente miren a gente como Messi y Cristiano, sino a tíos que muestran que son muy cabales. Xabi, además, lleva el fútbol en sus venas y va a acabar siendo entrenador seguro.  

¿Y le conoces en persona? 

Sí, sí... es un amigo. Al igual que Esteban Granero (el futbolista estuvo junto a Quique en la presentación de Delantera mítica el 19 de febrero en el Fnac de Madrid, ndr), al que fui a ver a Londres en su primer partido con los Queens Park Rangers. A Esteban le admiro como futbolista, como persona y como escritor. Escribe increíble. A mí me gana. Pero le corta mucho enseñar las cosas por su condición de futbolista. Tiene mucho talento de verdad. Va a mi casa y coge los libros a todas horas. Te coge Poeta de Nueva York de Lorca y te dice: “Lee este poema”. Y Xabi controla muchísimo de música. Estuve a punto de ir con él al concierto de Leonard Cohen pero no pude. Hoy por hoy, me jodería más que se fuera Xabi del Real Madrid que Cristiano. 

Decías que los futbolistas son ahora las estrellas del rock. Creo que la Quinta del Buitre fue algo así como los Beatles en el fútbol español. En los ochenta, Butragueño era pop, representaba un estilo nuevo, juvenil y desenfadado. 

Totalmente. La forma de jugar que tenía, la pausa... Era un gran delantero pero para mí la delantera más mítica fue la formada por Juanito y Santillana. Eso era increíble. Santillana era mi jugador favorito.

¿Por qué Santillana?

Cuando tenía 8 ó 9 años, reenganché a mi padre a su afición por el fútbol. Él era muy fan de Santillana y fue el que me metió en el fútbol. Me llevaba a los entrenamientos para que le viera. Siempre buscaba en los periódicos si hablaban de Santillana, que era mi ídolo. Por aquella época, justamente, entró la Quinta del Buitre. Para mí, fue un drama, el comienzo de una nueva era futbolística, más de diseño, menos rocosa. Santillana era un tipo sin una técnica extremadamente buena pero un rematador nato y un jugador de equipo. Y era el capitán. Un día fui a ver entrenar al Real Madrid a la Ciudad Deportiva cuando ya estaba la Quinta del Buitre con sus primeros fans. Santillana estaba en un campo de entrenamiento apartado porque estaba lesionado. Le dije al fisioterapeuta que me consiguiera un autógrafo y cuando volvió de estar con él me lo dio y me dijo que Santillana no se había creído que fuera mi ídolo. Ya no era el ídolo de nadie. Y me jodió mucho. Me dio mucha tristeza. Era el final de una época.

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Los ídolos. Decía Nietzsche hace ya más de un siglo en El ocaso de los ídolos que “en el mundo hay más ídolos que realidades”. No ha dejado de ser así. Solo que a filósofos y pensadores les han sustituido, desde hace mucho tiempo, músicos, actores, deportistas, faranduleros televisivos y tantos otros personajes de la cultura popular y mediática. Cuando se habla de los artistas que le marcaron, a los que todavía ve como ídolos, Quique dice tajante: “Me cago en la gente que reniega de sus influencias”. No le importa reconocer que es “fan de la música antes que músico”. “He sido músico por ser muy fan de mucha gente, por ir a conciertos y pensar que algún día sería yo el que contaría mis historias”, asegura. Algunos verán esta afirmación como un defecto, otros como una virtud, pero él lo tiene claro: “La música se construye con eso. Bob Dylan era muy fan de Woody Guthrie y tenemos ese pedazo de historia con Dylan porque un día escuchó a Woody y le rompió la cabeza. Y, después de Dylan, mira todo lo que ha venido. El árbol genealógico de la música se construye a través de trozos de gente que nos gusta y nos emociona. Los que estamos en ello intentamos llegar a eso. Si pierdes esa forma de hacerlo, yo creo que estás muerto. Escuchas a Dylan hablar de la gente que le ha marcado y le escuchas en su programa de radio y te hace amar la música más todavía. Yo he descubierto mucha gente porque mis ídolos hablaban de ellos. Por ejemplo, yo conocí a Karen Dalton (una cantante del entorno del folk del Greenwich Village en los sesenta, ndr) porque Dylan habló de ella en su libro Crónicas”. 

En su árbol genealógico, Enrique Urquijo, muerto de sobredosis en 1999, fue su Woody Guthrie particular. Quique todavía no había grabado su primera maqueta cuando con 22 años le conoció en el Rincón del Arte Nuevo. Le admiraba, le tenía como ejemplo artístico desde que, siendo un chaval, robaba a su hermana Cristina las cassettes de Los Secretos y, finalmente, le tuvo como cicerone en su incursión en la música. Porque Urquijo le dejó estar a su lado, le consiguió una cita con su manager Manuel Notario, que luego le llevaría a conseguir su primer contrato discográfico, y le dio consejos de todo tipo, algunos de ellos simples reflexiones que le valieron para saber desde el principio que el éxito y el reconocimiento no eran lo mismo: “Cuando empezaba a tocar con él, a la tercera noche me dijo algo que no se me olvidará en la vida: ‘Mira, vivimos en un país en el que si ahora mismo saliera Springsteen sacando ‘The River’ les sudaría la polla. No se darían cuenta. Así que ya sabes”.  

Quique le cedió su canción Aunque tú no lo sepas, inspirada en un poema de Luis García Montero. Un día, Urquijo le mostró la adaptación del tema por primera vez por el teléfono, poniendo el auricular al lado de los altavoces del estudio cuando Quique se encontraba trabajando en Mallorca. Poco después, lo grabó con Los Problemas y alcanzó lo más alto de las listas. Fue el trampolín con el que Quique dio el salto a su carrera en solitario. Cuando le pido que defina al que fue su ídolo y maestro en pocas palabras, dice sin pensárselo dos veces: “Magia”. Pero también quiere recordar su actitud nada complaciente: “Enrique era muy cañero, entraba en todos los conflictos. A mucha gente que tocó en su homenaje no les abría saludado en su puta vida. Se hubiese cagado en todo”.  

Pero al primer maestro al que Quique nombra en nuestra larga conversación entre bar y bar es a Carlos Raya, el hombre que ha ejercido de productor y guitarrista hasta Avería y Redención #7, la persona que es “mitad hermano mayor, mitad maestro”, alguien al que le está muy agradecido. “Hace mucho que no trabajo con él pero sigue estando ahí como un maestro. Le sigo llamando para pedir opinión. He tenido mucha suerte de contar con él en la primera etapa. De hecho, sigo aprendiendo cosas de él con efectos retardados. Cosas que me dijo, que vivimos y ahora entiendo mejor. Me enseñó demasiado (risas). Me refiero a que él tenía muy claro lo que me transmitió. Si el primer disco lo hubiese grabado con un tío de una compañía que no me conocía ni tenía ni idea de mi música, pues igual yo estaba currando en un Telepizza. Me hubiera desencantado. Pero he trabajado con gente auténtica y que vive la música como Raya. Mi trayectoria se la debo a gente como él, que me ha ayudado mucho a tener visión”, cuenta. 

Los ídolos. Esos seres más imaginados que reales, en los que depositamos más de lo que, posiblemente, cualquier persona de carne y hueso puede cargar, en los que proyectamos, seguramente, todo lo que no alcanzamos a tocar con los dedos de las manos. Esos “putos héroes” que, como canta Quique en Viejos capos, no siempre van a estar a la altura. No siempre van a responder a nuestras expectativas, aunque cabe la posibilidad, simplemente, que tampoco quieran hacerlo. Quique habla con verdadero desengaño de Johnny Cifuentes, actual líder de Burning: “Para mí, Burning es una banda cuyas canciones tengo grabadas a fuego y voy a respetar siempre. Pero, respecto a Johnny, es una de las mayores decepciones que me he llevado en el mundo de la música y de la vida. Lo que hizo a Leiva no se lo voy a perdonar nunca”. 

La historia no ha trascendido mucho pero conviene comentarla por el fracaso final para todas las partes. Leiva, un amante del rock’n’roll de los setenta, que quiere demostrar que su filosofía musical va más allá del rock comercial de Pereza, convenció a Johnny para grabar un disco entre ambos, algo que sonara a ese punto Rolling Stones de Exile on main street, que planeaba en los mejores Burning. Tras dos años de canciones, arreglos y grabaciones en el sótano de Johnny, el álbum se finiquitó rodeado de una atmósfera de entusiasmo mutuo. Con la participación puntual de Quique, el experimento terminó por convertirse en algo más que un disco. Lo que grabaron Johnny y Leiva era oro del bueno. Pero, a última hora, una fuerte discusión por la autoría de las canciones echó abajo todo. No estaba previsto, pero ninguno de los dos se bajó del burro, pese a que una potente discográfica se estaba frotando las manos solo de pensar en lanzar un álbum que olía a clásico instantáneo.

“Es lo mejor que Johnny ha hecho en la vida. Es más: hablo de que es el mejor disco de Burning en la historia”, asegura Quique. Estoy de acuerdo con él. Creo que no somos muchos los que hemos podido escuchar en más de una ocasión la maqueta de ese disco. Alfred Crespo, codirector de Ruta 66 y autor de la biografía Burning. Madrid (66 rpm), guarda en su casa bajo llave una de las tres o cuatro cintas que existen, facilitada por los propios autores y que no presta a nadie por precaución. El día de la presentación de mi libro en Barcelona me la puso en dos ocasiones. Aluciné. Desde entonces, escuchar esa cinta se ha convertido en una especie de ritual en casa de Alfred. Otra noche, junto al propio Alfred, el promotor Juan Santaner y los compañeros de Ruta 66 Toni Castarnado y Eduardo Ranedo, volvió a sonar a altas horas de la madrugada, entre vasos de alcohol y humo de cigarros. Bastaba mirar las caras para saber que pensábamos lo mismo: se trataba de algo extraordinario. Las canciones radiaban esa extraña magia del rock’n’roll honesto, donde la juventud y la veteranía encontraban su lugar. Como iluminado por los espíritus de los mejores Jagger y Richards, Leiva tocaba en estado de gracia la batería, el bajo, la armónica y hacía los coros. Tenía sabor a noche de barrio y dinamita. Por su parte, Johnny cantaba como si buscase redimirse de su vida, como si intentase abrir las puertas de la historia desgranando notas de un piano con teclas tristes pero orgullosas. Cantaba como Johnny Cash en sus American Recordings. Con la gravedad y el desafío de jugarse la última bala. Quique, quien se define “muy Corleone con los amigos”, lo sabe, y tal vez, por eso, le duele más y no se muerde la lengua: “No le voy a perdonar nunca a Johnny que haya jugado con la ilusión de Leiva. Yo sé lo que hicieron porque yo estaba ahí, estuve en la primera reunión que tuvieron en el Cocodrilo (bar madrileño de Johnny, ndr). Y sé lo que le sacó Leiva, que fueron cosas que Johnny no tenía ni se hubiera imaginado en sus mejores años”. Le comento que es muy posible que, al final, Johnny se dejase guiar por malos consejos porque, a decir verdad, el líder de Burning, debido a su edad, pierde más que Leiva en este asunto. “Me da igual. He perdido en Johnny toda la fe y le tenía como un referente pero es todo mentira. Es como cuando te dicen que los reyes son los padres y no te lo quieres creer. Es una pena. Es el mayor derrape que he visto en la historia del rock en España. Johnny se ha pegado un tiro en el pie. Y todo por una cuestión de ego y de desubicación, de haber tenido el síndrome de segundo toda su vida”, afirma.

Pero, según cuenta, ya desde sus comienzos sintió que no siempre los ídolos son cómo te esperas que sean. Aprendió la lección con Antonio Vega, fallecido en 2009, cuando le conoció en 1997, siendo él todavía un principiante. “La primera maqueta que grabé fue con Nacho Béjar y con Basilio Martí”, relata. “Tampoco era una maqueta porque era un directo de veinti y pico canciones de un sitio que se llamaba La Redacción. Tenía 22 ó 23 años y me encontré un día a Nacho Béjar pinchando en El Penta. Le pasé la cinta y le moló. Por aquel entonces, yo estaba currando en el restaurante Friday’s del Santiago Bernabéu y me iba a ir para Mallorca. Antonio Vega se encontraba en Mallorca durante la grabación de Anatomía de una ola. Estaban alojados en una casa de puta madre. Nacho y Basilio me invitaron a ir para allá. Antonio era mi ídolo pero sabía de los malos rollos de la grabación del disco. Suele pasar mucho porque hay presión y las personas esperan cosas unas de otras. Yo estaba muy agradecido a Nacho y Basilio porque me habían movido la maqueta, me habían ayudado mucho. Entonces, me situaba al lado de ellos con respecto a lo que sabía de los rollos con Antonio. En la casa, la primera vez que vi a Antonio fue al salir de la ducha con la toalla y los pelos a lo Jesus Superstar. Fue muy amable conmigo pero su primera frase rompía la imagen que yo tenía de él como ídolo y corroboraba todo lo que me habían contado Nacho y Basilio. Le dijo a Nacho, refiriéndose a mí: ‘Enseñale mi habitación’. Yo puse mala cara, más sabiendo lo que sabía y pensando que para qué quería ver yo su habitación. Había perdido mi visión de fan de Antonio”. 

Con todo, un brillo especial sale de su mirada cuando habla de Antonio Vega: “Nunca tuvo cabeza para ponerse a grabar un gran disco, a pesar de tener las mejores canciones. Eso sí, el 20% de Antonio Vega era mejor que el 100% de los demás”. Y sentencia: “Era un tío que estaba en el aire”. Entonces, Quique da el último sorbo al cocktail que tiene entre manos, el tercero de su cuenta particular en In Dreams, y sonríe muy tímidamente. “Espera, un momento... Creo que nunca he resuelto la historia con Antonio”, me dice. Vuelve a echar la vista atrás. “Varios años después le fui un día a ver a la sala Clamores. Sabía que hablaba muy bien de mí, que me quería a pesar de que yo ya le tenía en una estima más baja. Así que, antes del concierto, me acerqué a él y le pregunté si tenía un segundo para hablar. Fue entonces cuando le dije: ‘Antonio, quería pedirte disculpas porque cuando te conocí no te miré con verdaderos ojos’. Entonces, cogió, se levantó y se fue. Siempre pensé que lo hizo porque quería decirme: ‘Tengo demasiados problemas cómo para empezar con esto, Quique”, recuerda. A Quique no le salen las palabras que busca. Vuelve a repetir esta frase, pero con otras palabras. Lo hace en tres ocasiones, como intentando reproducir la escena tal y como fue, pero prefiere rematarlo: “A decir verdad, no tengo resuelta la historia con Antonio”.

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Historias sin resolver. Recuerdos que nos persiguen. Momentos de otra vida. Antonio Vega fue uno de esos ídolos que, al final, cayeron. Un ídolo que, tal vez, tenía lo suyo con conseguir salvarse a sí mismo, aunque solo fuera durante un día. Puede que no nos lo planteásemos. Puede que un ídolo sea lo contrario a lo que nos dijeron. Tampoco es nada nuevo. Pienso en Dylan, siempre huyendo, cambiando de pueblo. Pienso en él cuando ya en un concierto en la noche de Halloween de 1964 dijo: “Llevo puesta la máscara de Bob Dylan. Voy disfrazado”. Casi tres décadas después, volvió a recordarlo: “Solo soy Bob Dylan cuando me toca serlo”. Y pienso en la canción del viejo Bob versionada en Delantera mítica y allí también lo dice, cuando Quique canta: “¿Vas a dejarme ser quién soy en realidad o me lo tengo que inventar?”. Está ahí. Me refiero a la sensación. A la sensación de que estamos persiguiendo quimeras mientras lo que realmente está pasando es que el viento nos dobla. Como reza la siguiente estrofa de la canción de Dylan versionada: “He crecido en el valle, me doblé con el viento, estuve arriba y abajo”. Se lo digo a Quique, tal vez porque, en ese momento de la noche, el whisky pesa más que cualquier otra cosa, pero se lo digo. Esa estrofa, ese tono, eso es, precisamente, lo que no me quito de la cabeza del disco mientras la vida, ahora más que antes, parece un tiovivo sin frenos, sin control.  

Íbamos a irnos pero algo se activa. Me cuenta que estuvo una semana con esa estrofa, que se obsesionó, y que ahora siente una gran alegría al oír lo que le digo. Íbamos a irnos pero, entonces, me empieza a hacer preguntas. Y empiezo a contarle. Toda nuestra conversación toma otro rumbo, solamente interrumpida cuando de fondo suena El Corazon de Steve Earle y exclama: “¿Lo oyes? Steve Earle... ¡Cómo canta!”. Lo dicho: la conversación hace ya un rato que ha tomado otro rumbo, pero es como si fuera lo que tocaba. Salimos a la calle y me dice: “Creo que es momento de tomarnos los mejores daiquiris de Madrid”. No me cabe la menor duda. Creo que es momento, de hecho, de apagar la grabadora y seguir contándonos no sé cuántos avatares de la vida, esa cuestión de suerte, esa ramera de primera calidad.

***** 

Quién sabe. La vida da mil vueltas. A estas horas de la madrugada, siguen pasando coches mientras el semáforo está en rojo. A veces, unos segundos parecen muchos años. Una noche, media vida. No han pasado ni cinco minutos desde que Quique se ha ido y ando pensando en la frase de Cuando éramos reyes. “El arte de vivir detrás de una canción”. Pienso en su resonancia, como pensaba en lo que me dijo antes de irse: “Al final, lo que queda es la amistad”. Ha habido un momento en mitad de la noche en el que le he preguntado por el significado de Delantera mítica, por su verdadero propósito. Se ha quedado unos segundos callado para, luego, decirme que se hallaba en la última estrofa de la canción del mismo título. La ha pronunciado, casi entonado. “Fuimos una delantera mítica y te espero cuando todo estalle porque te llevo en el corazón”. Y ha añadido: “En el fondo, es un mensaje de generosidad. Creo que lo que queda, lo que nos vamos a llevar, van a ser ese tipo de cosas”. 

Cuando todo estalle. Cuando la verdad que nos detuvo, las mentiras que nos mataron y las canciones que dejaron de sonar, nos han acorralado. Siento que, a veces, todos los caminos, todas las calles, van a parar a un infernal baile de máscaras hasta dejarnos sin salida, sin palabras. Hasta hacernos creer que se puede vivir sin aire, que no tenemos más opción. Es posible que, algún día, a este ritmo frenético, toda la ciudad estalle. Esta noche, puedo imaginarlo, como puedo verme, de nuevo, abriendo ventanas, mirando horizontes, impulsado por esos acordes, por mis canciones. Es posible que nada se haya acabado del todo, que todavía pueda ser igual si te paras a pensarlo, si evitas caer en el juego. Incluso diría que este encuentro con Quique González ha servido para poner en valor de nuevo la amistad. Porque la amistad, a diferencia de nacer y morir, se elige y hoy hemos elegido apagar la grabadora y quedarnos hasta altas horas de la madrugada, a nuestro rollo, con nuestros códigos, hablando de nuestras carreteras solitarias con música de Ryan Adams, compartiendo eso de que la vida da mil vueltas, que estás arriba y abajo, que te doblas con el viento.

Ahora sí, el semáforo se pone en verde. Como si fuese el último sprint, me dan ganas de correr hasta la otra acera. A lo mejor no hay nada que ganar, pero tampoco nada que perder. Esa es ahora la sensación. Siento que si hubo un tiempo que algo fue nuestro, fue cuando vivíamos detrás de una canción. Me da igual si fue una jodida ilusión. Si algo tiene que estallar, es porque, al final, también algo va a quedar, como quedaron antes tantos estallidos de acordes en nuestros corazones, que todavía pueden rugir y pueden elevarse en un último gesto de generosidad con la vida, y con nosotros mismos.

   

Hay 21 Comentarios

Qué pedazo de entrevista! De verdad que hace tiempo que no leo algo que me conmueva de esta manera. Sencillamente enhorabuena! Y enorme Quique, eres Dios

Lo mejor que he leído en mucho tiempo. Increíble de verdad...
´
http://planetamancha.blogspot.com.es/2013/03/delantera-mitica.html

La polla!!! qué pedazo de entrevista... brutal.
La parte que habla de Antonio Vega es oro puro.

Gran articulo si señor, me ha encantado

Estimado Fernando. La lectura de tu fenomenal artículo sobre Quique González me ha durado lo mismo que la audición del "Post card" de Mary Hopkin, paradojas de la música. 180º diferenciada de la de Quique, pero suplementaria al mismo, en el sentido de que la música admite múltiples variaciones y la calidad siempre resalta. Sólo quiero decirte que tu artículo es el mejor que he leído en muchos años sobre música, a nivel de los que se pueden admirar en The New Yorker o The Rolling Stones. Te animo a continuar en este sentido de profundidad periodística. Los ignorantes como yo te necesitamos.

Hola de nuevo!! :)

Una gozada leer ambas partes, y si lo que queda después de leer todo es una cosa amistad por encima de todas las reflexiones, pensamientos y emociones que se perciben de manera muy clara.
Todo con esa manera de escribir a corazón abierto que tiene Fernando esa sensación de que es de verdad lo que lees.

Y que Quique es un gran tipo, que sabe que vive dentro del gran timo del rock & roll y todo el circo que lo rodea, que es tío con mucha cultura detrás y por eso escribe como escribe sus letras, e intenta sonar a esas bandas o mitos que tiene en la música cósmica americana.

Pero reconociendo una gran honestidad en lo que hace o intenta hacer Quique; Para mi hay algo que no deja de rondar en mi cabeza, y es muy difícil pero muy difícil, si como el mismo dice es muy difícil traducir letras del Ingles al español y captar el contexto y esencia del artista en ese momento, y si eso es así, pretender sonar como concepto global(música,letra, idioma) a The Band, Steve Earle, Lucinda,etc. Y ademas componiendo en español es como perseguir un imposible, otra cosa es componer música sin letras y el idioma de por medio. En esas circunstancias es posible siendo un genio.

Se me hace un sueño imposible y a veces hasta pretencioso, por una barrera llamada idioma, y otra sociocultural Los yankis son yankis y crecer en Detriot, Dallas, Nashville, Chicago, Memphis o New Orleans, o Minnesota no tiene nada pero nada que ver con crecer en Europa y menos en España.

De la misma manera que si Ron Sexsmith compusiera y cantara en español en algún momento, veríamos que no transmite igual es imposible, le faltaría algo que no le haría tan creíble..... tan....... etc etc.
O que.... no se..., un Grande del Flamenco se pusiera a hacerlo en Ingles, habría algo que no encaja.

Y me refiero a las emociones, al sentimiento que te trasmite una determinada canción, el idioma y de donde es uno es vital; Tanto para el que la compone e interpreta como para el que la escucha.

Y con esto no quiero decir que no se pueda hacer rock and roll, pop u otros estilos en Español, la historia musical demuestran que si se puede Y maravillosamente, ahí están muchas grandes canciones dentro de esa historia.

Pero no puedo evitar pensar Al escuchar a Quique Gonzalez u otros que van por el mismo camino. "Que bueno joder que bueno es este tío, pero y aunque me recuerda a Tom Petty, a Lucinda, a Ryan, a Bob, Wilco, Bruce etc etc, Yo me quedo, con Johnny Cash, etc etc......"
Si solo es un pequeña cuestión de feeling.
Ese pequeña diferencia que marca las distancias muchas veces. Esa pequeña distancia para mi a veces es insalvable.

Y dicho esto, que solo es una opinión personal de un aficionado o Fan y sin importancia alguna.

Enhorabuena a los dos A Quique por su nuevo disco Y Fernado no cambies Nunca.

Keep ON!!!!


WTF! Pero ¿Esto qué es? o o o o o Del Madrid, de Guti, y anti Mourinho. No me digas mas...

Pues a mí sí me han gustado las preguntas futboleras, porque me gusta el fútbol y porque me dice más cosas de cómo es él y de las cosas que le gustan y le apasionan. Está hablando de fútbol de verdad, no como una adolescente a la que sólo le interesan los abdominales de Ronaldo. Igualmente que cita a Springsteen o Enrique Urquijo y no a Lady Gaga o El Sueño de Morfeo. Cada cosa tiene su momento y el fútbol es un deporte como otro cualquiera. Otra cosa es todo el mamoneo mediático que hay alrededor.

Un gran artículo!!!

Saludos

Hacía tiempo que no estaba más de dos minutos leyendo un artículo, simplemente gracias por transmitir tanto.

Enhorabuena por el artículo.

La entrevista me estaba gustando hasta que han venido 15 preguntas futboleras. En serio? 15? de 23? has conseguido que pierda el interés en seguir leyéndote y ganas tenía.

Magistral

Muy buen post , un saludo de http://www.antoniolarrosa.com

Mi más sincera felicitación por esta maravilla que has escrito.Cuando nos lo anticipaste antes del concierto de Ron Sexsmith nos creaste muchas expectativas, pero han sido totalmente superadas.
Muchas gracias por practicar el arte de escribir (y vivir) detrás de una canción.

Estaba deseando que llegase la segunda parte. Estoy completamente emocionado. No sé cómo se puede hilar una historia, una entrevista y un disco con filosofía, cine y maneras de vivir, pero tú los ha hecho. Lo has vuelto a hacer.
Me quito el sombrero una vez más ante tus textos, don Fernando, y sólo espero que la vida te siga dando historias que contar.
Quizás todos quisimos ser rockeros y cada vez me doy más cuenta que todo está en la gente que nos lo narra desde la sombra.
Gracias por contar historias.
Viva la música y la amistad.

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"El arte de vivir detrás de una canción" ... nunca tan poco dijo tanto!!

http://elartedevivirdetrasdeunacancion.wordpress.com/

Una maravilla leer tus dos crónicas Fernando..., y escuchar a Quique... Nacísteis para correr ambos. Sois auténticos, ¡qué carajo! Un lujo, una inspiración, un acicate...

Me encanta Quique Gonzalez!!

http://areaestudiantis.com

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Viaja por el pasado, el presente y el futuro de la música popular norteamericana. Disfruta del rock, pop, soul, folk, country, blues, jazz... Un recorrido sonoro con el propósito de compartir la música que nos emociona.

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Fernando Navarro

. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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Autor: Luther Allison. Canción: Serious. Disco:Life Is a Bitch. Año: 1984. Sello: Encore!/Melodie. Canción pinchada por Pablo J. Martínez.

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Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana repasa el siglo XX estadounidense a través de las historias de más de treinta artistas, claves en el nacimiento y desarrollo de los estilos básicos de la música popular. Un documento que tiene en cuenta a músicos esenciales, que dejaron un legado inmortal sin importar el éxito ni el aplauso fácil.

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