Jolie Holland, una poetisa oscura del folk

Por: | 12 de febrero de 2015

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La Ruta Norteamericana se detiene en su sección "Parada para repostar" y lo hace con la colaboración de Toni Castarnado, firma habitual de este blog. En esta ocasión, nos trae la música de una artista que no para de crecer con cada nuevo trabajo. Su nombre: Jolie Holland.

“Durante los últimos años, he empezado a entender en qué consiste mi trabajo. Al principio, encontraba ese concepto global de ser un músico profesional como algo muy confuso. Muchas de esas canciones antiguas que escribía eran solamente para mí y mi círculo de amigos. Somos artistas que pasamos por tiempos duros intentando sobrevivir en América, y vemos nuestra cultura como una luz drástica y asustadiza. Cantaba esas canciones pensadas para un pequeño grupo de gente, e iban a parar a uno más extenso que no conocía. No entendía cómo esos extraños conectaban con mis canciones sobre suicidios y oscuridad” (Jolie Holland).

Suicidios no sé si tantos, pero de asesinatos y oscuridad si presume Nueva Orleans. También de música y colorido. Un contraste brutal, casi inexplicable, una invitación a esa doble cara de una sociedad de extremos como es la americana. Gente amable de día y menos de lo que aparenta con luz una vez se hace de noche. De hecho, en los hoteles, aunque sólo sea sólo para doblar una esquina o cruzar una acera recomiendan pillar taxi sino estás en las calles con más bullicio, las del French Quarter. Yo cometí la imprudencia de recorrerme media ciudad tras ver en directo y entrevistar a Drive-By Truckers en el Tipitinas antes de coger el famoso tranvía de la línea St. Charles. No me pasó nada, pero podía haber ocurrido algo con un extraño. Un desafío innecesario (o no), una osadía por mi parte. Ahora no sé si repetiría esa caminata a oscuras y sin compañía.

Por otro lado, y sin tener que lidiar con el misterio, accedo a un ritual que me encanta hacer en cada ocasión que piso Estados Unidos; un brunch suculento un domingo al mediodía con extra de pollo crujiente y con ceremonia gospel para amenizar el acto. Esta vez no es en una iglesia, el House Of Blues es el sitio escogido. Y de noche, en el mismo lugar y con otro traje, con un objetivo meridianamente distinto, la actuación sorpresa de Jolie Holland, una cantautora en ciernes.

Año 2004, justo 12 meses antes del Katrina, previo a que la serie Tremé haga aún más popular a la ciudad. Ella ha publicado dos discos, Catalpa y el mayúsculo Escondida. Lleva la etiqueta de estar apadrinada por Tom Waits -ella nace en Tejas pero se cría en San Francisco, cerca de donde reside él-. Es un aval, eso te asegura que al menos te presten atención al principio, medios y público. Corres un riesgo, sino das la talla dirán de ti que eres una enchufada sin talento, y tu minuto de gloria será exactamente eso, un minuto y ni un segundo más. No es el caso. Han pasado 11 años desde entonces, cuatro discos más en su haber, muestras de todo tipo, Springtime Can Kill You con una orientación añeja, un cuadro con pinceladas de los años 30, jazz, blues áspero, swing glamouroso y un reguero de canciones de amor (y desamor).

En cambio The Living and the Dead es una concesión que se permite en 2008, más llano y liviano y en sociedad con Marc Ribot y M Ward. Si sus discos anteriores no estaban recomendados para menores de 18 años, en esta ocasión hasta los bebés pueden escucharlo. Aunque no sabría decirte, sus historias no son precisamente cuentos para ir a dormir. Irremediablemente pienso en la adaptación libre y cabreada de “La cigarra y la hormiga” que el irónico y entrañable personaje de Santa (Javier Bardem) le cuenta a un niño en Los Lunes al Sol. En “Mexico City” Jolie Holland sufre un delirio. “Tuve un loco sueño en el que yo aparecía como esposa de William Burroughs. Una canción escrita desde el punto de vista de una señora como Joan Vollmer Burroughs, mientras ella y Jack Kerouac, que eran amigos, se encuentran a una novia y amiga común. Una marcianada”. De ella dije que era “una poetisa frustrada, bohemia convencida, una outsider que persigue sus sueños y también sus fracasos”.

 

En Pint of Blood, y con el permiso de Tom Waits, se inspira en la espontaneidad eléctrica de Neil Young. En esta versión tenemos de frente a la Holland más clara y más pura, sin rodeos, incluso parece animada. Porque sí, porque ella nunca se caracterizó por ser una persona excesivamente alegre. Esta obra no es más que un brindis al sol. Con Wine Dark Sea vuelve a las andadas, a sus orígenes, a la trama de Escondida. Oscura, profunda, penetrante, incisiva. Unanimidad al respecto en la prensa; seguramente es su mejor disco. Hay espacio para el country, esmero en los arreglos, dinamita el soul con su sello y sin ser evidente, le pone barniz a una Nueva York en continúa transformación, explora elementos de la escena cajún y de Nueva Orleans en “Saint Dymphna”, homenajea con conocimiento de causa a Pops Staples en “Dark Days”. Y sentada al piano, y aunque no lo diga, tiene un recuerdo sincero para su maestro, para Tom Waits. Repite en “Palm Wine Drunkyard”, mi favorita. Acabo de escuchar Wine Dark Sea por enésima vez y rescato “Long Way Home” del de Pomona antes de finiquitar este artículo. Estoy seguro de que más pronto que tarde Jolie Holland grabará su propio Orphans, decálogo vital con camorristas, gritones y bastardos en brega, coto privado para superdotados y espíritus revueltos como el suyo.

 

***Escucha la lista de Spotify de La Ruta Norteamericana: Esencia de mujer.

 

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. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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