Bob Dylan: actitud radical, artista total

Por: | 09 de julio de 2015

Dylan

Fotografía de Ignacio Itarte del concierto de Dylan en Barcelona el pasado 4 de julio.

 

La cuestión ya no es que Bob Dylan haga lo contrario de lo que la mayoría espera de él. La cuestión es que a Bob Dylan le importa tres pepinos todo lo que rodea a su arte. Y su arte no es otra cosa que su música. Y la música, en el hombre que lleva desde 1988 embarcado en su Never Ending Tour, no es otra cosa que su vida. Lo dijo ya en los sesenta, cuando muchos vieron en él al Mesías: “Lo que más puedo esperar es cantar lo que pienso, y quizás evocar algo en los demás. No me insultes diciéndome que soy una persona con mensaje. Mis canciones no son más que un diálogo conmigo mismo”. Desde entonces, no ha dejado de decir esto mismo con otras palabras, a veces incluso con un simple gesto, mirando para el lado contrario donde están los focos, escurriéndose a saltitos cuando surge el aplauso fácil.

Las canciones de Dylan no son más que un diálogo consigo mismo. Por eso, en un concierto de Bob Dylan, según su visión, todo lo que sobra es todo aquello que interfiera ese diálogo. Lo estamos viendo con más claridad que nunca en esta gira que le ha traído tres años después por España. Sólo importa la música, que acontece en ese reducido espacio que es el escenario, más cuando el compositor de Minnesota lo convierte, con esas lámparas amarillas de tono íntimo, en una especie de antiguo cabaret. En el Palacio de Deportes de Madrid, ese escenario se achicaba aún más ante la inmensidad del recinto deportivo. Frío, amplio, sin espíritu. Era casi antinatural. Pero ahí estaba Dylan, como si tocase en el Radio City Music Hall neoyorquino, sin buscar acomodar su música al entorno, importándole tres pepinos todo lo que no fueran sus canciones.

En el mundo del rock y el pop a gran escala, en el show business, este tipo de concierto de una figura de talla mundial como Dylan es un planteamiento radical. Pero es su forma de romper con lo que más estorba en su diálogo, esto es, su mito. El propio mito de Dylan. El propio mito de alguien que está por encima del bien y del mal. El mito que, de alguna manera, todos fomentamos. Durante el concierto, no deja que haya pantallas para retransmitirlo y permitir que en un recinto tan grande se capten detalles. Tampoco deja que se hagan fotografías en las primeras filas, y no tan primeras, y obliga a que los guardias de seguridad recorran pasillos y butacas para impedírselo a los más osados que sacan sus móviles. En la mayoría de las ocasiones, termina por ser un vano intento, pero es un intento, impensable en los conciertos de estas alturas del siglo XXI. Con su puesta en escena tremendamente sobria y ese descanso nefasto de 20 minutos, Dylan no saluda, no se dirige al público, ni siquiera da las gracias por los aplausos. No hay concesiones. Sólo su música, su diálogo consigo mismo a través de las canciones, recreadas con una banda extraordinaria, que ejecuta con una precisión de primerísima categoría. Si algo ha sabido hacer Dylan siempre, aparte de componer con un estilo irrepetible, ha sido rodearse de grandes músicos.

En un concierto de Bob Dylan sólo hay una verdad: Dylan no va a hacer nada por ti. Desde el primer segundo, el autor de Like a Rolling Stone traza una línea divisoria bien clara. Es como si la pintara con tiza, de blanco impoluto como su traje. No es que sea un límite para decir conmigo o contra mí. No. Más bien es una frontera. Yo estoy aquí, mis canciones están aquí, mi música está aquí, mi diálogo está aquí. Y podría preguntar: ¿dónde estás tú? Pero, a decir verdad, le importa poco. Para Dylan, es tu problema, nuestro problema. ¿Eres de los mitómanos que espera que cante Blowin’ in the wind como en los sesenta por esos vídeos que ves por Youtube? Estás fuera. ¿Eres de los que estás aquí porque has oído hablar de él y quieres contarlo mañana en la oficina? Ok, pero estás fuera. Te darás cuenta a la segunda canción. ¿Eres de los que hablas de blues y para ello recurres a Eric Clapton? Terminarás fuera. ¿Eres de los que le calificas como el mayor artista del rock de la historia? Tú mismo, pero estás fuera. Dylan no tiene nada que ver con eso. Eso es nuestro mundo, pero no el suyo. Su mundo ahora, más que nunca, por edad, por años de carretera, por desapego absoluto con su mito, es su música. Y la mejor manera de defenderlo es con un distanciamiento emocional con respecto a todo lo demás. Por así decirlo es todo lo contrario a un tipo como Bruce Springsteen en la actualidad, que habla de una gran responsabilidad con su público, que hace concesiones a todos los públicos posibles en sus mastodónticos conciertos, que contó que se reenchufó a la música cuando un fan le dijo que le necesitaban tras los atentados del 11-S. Si a Dylan se lo llegan a decir en ese parking que se lo dijeron a Springsteen, tal vez hubiese dejado de sacar discos, o hubiese sacado uno de chistes.  

¿Es bueno ese distanciamiento emocional? Seguramente no. Tiene más aspectos negativos que positivos para lo que significa vivir la experiencia de un concierto, pero eso no quiere decir que a Dylan no le importen los oyentes. Es que no le importa nada que tenga que ver con él, con “esa máscara” de Bob Dylan que ya a principios de los sesenta decía que se ponía cada vez que debía ponérsela. Tal vez, más allá de repasar todos los pasos que ha dado en su larga y dilatada carrera, el ejemplo más ilustrativo sobre su hermetismo lo dio uno de sus fans más famosos: el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. El mandatario de la Casa Blanca, que en numerosas entrevistas ha citado al músico de Minnesota como uno de sus grandes mitos y ha reconocido que siempre recurrió a sus canciones en las etapas más importantes de su vida, contó hace cinco años en la revista Rolling Stone cómo fue su primer encuentro con el cantante con motivo de un pequeño concierto en conmemoración por el movimiento de la lucha de los derechos civiles. “Bob Dylan tocó en su actuación en la Casa Blanca The Times They Are A-Changin, pero no quiso hacerse una foto conmigo. Simplemente, acabó su actuación, bajó del escenario, me dio la mano y se fue”, dijo. Como se fue en Madrid, en Zaragoza, en Barcelona, en cualquier pueblo de EE UU, en cualquier ciudad del ancho mundo. Como se va siempre, desde hace muchos años. Y se seguirá yendo. Irse no quiere decir huir. Irse quiere decir marcharse tras acabar lo que ha ido a hacer. Tocar y cantar su música.

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A Dylan le importan los oyentes. Pocos músicos en la actualidad se esfuerzan tanto porque sus canciones suenen tan bien, pero tampoco es música que se sirva en bandeja de plata. El cantante centra el repertorio de sus conciertos en sus últimos discos. De las pocas entrevistas que concede, una de las más interesantes fue en Rolling Stone cuando publicó Tempest. Dijo: “No toco canciones de acampada. Mis canciones son música personal; no son comunales. No me gustaría que la gente cantara conmigo al unísono. Me sonaría raro. No recuerdo que nadie cantara a la vez que Elvis, Carl Perkins o Little Richard. Lo que un músico tiene que conseguir es que la gente sienta sus propias emociones”. Pero para eso tienes que cruzar su línea. Escuchar su diálogo consigo mismo. Y, aun así, una vez que ha dejado fuera a todos los demás, puede parecerte un tostón.

Actualmente, Dylan hace música crepuscular, nada que ver con las creaciones más brillantes de su carrera, de “un correoso rhythm and blues y baladas de senectud”, tal y como en su crónica lo definió Ignacio Julià. Música arrastrada en ese country-blues de compás añejo, a través de una voz arenosa, corrosiva, inmanejable, desgastada y quebrada por el tiempo, pero tan humana y real que es imposible que te deje indiferente. Él lo sabe y adapta las canciones a su complicada modulación, que a veces suena hasta sufrida, que desconcierta, frágil y contundente al mismo tiempo, como el consejo de un anciano. No es una buena voz, ciertamente, pero, escuchándola, con los ojos cerrados, podrías visualizar a un hombre con arrugas. Un hombre mayor pero que, con ese aire crooner que se otorga, lleva su vejez con dignidad y cierta osadía. De hecho, ha sido osado sacar este año un disco de versiones de Frank Sinatra, La Voz. Le faltó dedicárselo en la portada a todos aquéllos que dicen que no tiene voz. Es un álbum menor en su discografía, pero, una vez más, es el álbum que quería hacer Dylan, como suyos son los conciertos.

Bob+DylanSu planteamiento sonoro sobre un escenario también tiene algo de radical, más cuando sucede en recintos no aptos para sumergirse en una música tan personal. Por mucho que uno quiera entrar en ese espacio en el que está Dylan, no es lo mismo hacerlo en las primeras filas que a 100 metros o en las alturas de una grada. Nunca fue lo mismo en la música en directo, bien lo sabe cualquiera que guste de ir a conciertos en salas y garitos, pero en el caso de la música actual de Dylan es mucho más antinatural. Pero, como ya se ha dicho, eso a Dylan, que llegó a tocar en Madrid en el monstruoso Rock in Rio rodeado de tirolinas y escenarios de música dance, le importa tres pepinos. Es como si pensara: “Yo voy, hago lo mío y ya está. El problema lo tenéis vosotros que seguís buscando a Bob Dylan cuando Bob Dylan no es lo que queréis que sea o, mejor aún, no existe”. Y sonríe, con su característica mueca descentrada.  

Hay músicos que viven obsesionados con la fama, otros con lo que se espera de ellos o aquello que una vez fueron, otros con las drogas y la fiesta. También los hay que viven obsesionados con la música. Es el caso de Dylan. Y para él la música no es lo que él dice con ella, sino lo que ella le dice a él. Hablamos de un hombre que no habló con nadie y no salió de su casa durante una semana después de la muerte de Elvis Presley. De un tipo que se refiere al rock’n’roll primigenio, el de Buddy Holly, Little Richard, Chuck Berry, Carl Perkins, Gene Vicent o Jerry Lee Lewis, en estos términos: “Escuchándolos, tu ropa se podía incendiar”. Ahora anda preocupado en esas canciones de viejos bluesmen, de folk de carretera, de góspel y soul, de country de vieja guardia, cuyos ecos intenta recrear y mantener vivos en esta última etapa de su carrera que ya se extiende desde hace dos décadas. Hay algo compasivo y melancólico en esta mirada, como cuando se refiere a su pasado, a esas huellas que quiere recordar. “El pueblo en el que crecí estaba totalmente apartado del centro de la cultura. Estaba fuera de los márgenes del momento. Tenías todo el pueblo para vagabundear. Simplemente había bosques, cielo, ríos y corrientes, invierno, verano, primavera y otoño. La cultura se basaba fundamentalmente en circos y carnavales, predicadores y pilotos, espectáculos para leñadores y cómicos, bandas de música y programas de radio excepcionales”. Ese es el diálogo que actualmente Dylan, que puso en marcha en su día unos programas radiofónicos maravillosos, mantiene consigo mismo. Sólo le preocupa que la música hable por sí sola, aunque eso no quiere decir que él siempre lo consiga con el mejor de los impactos. Como decía en otra entrevista relativamente reciente: “Una noche, me acuerdo que escuché a The Staple Singers cantar Uncloudy Day. Era lo más misterioso que había oído. Era como cuando se acercaba la niebla. ¿Qué era eso? ¿Cómo lo haces? Me atravesó”. Tal y como se ve en sus conciertos, lo único que le interesa es hablar de cómo es la niebla, si se acerca o se va. Todo lo demás, parafernalias y expectativas, giran en torno a él, pero allí nunca está el hombre que todos llamamos Bob Dylan.

 


A la salida del concierto en Madrid, Jorge Drexler me dijo algo que me dejó pensando. Habló del concierto de Dylan en términos cinematográficos. “Es como si hubiésemos asistido a una película de Ingmar Bergman. Necesitábamos los subtítulos para rematarlo”. Y en parte creo que así fue. En la actuación, había un aura muy personal e íntima, nada condescendiente ni accesible. Y, escuchando en directo sus interpretaciones de Workingman’s blues #2, Tangled up in blue o Soon after midnight, me dio por pensar en esa memoria poética que nos acerca Dylan, pero también en David Simon, creador de las magníficas series The Wire, Treme o Generation Kill, cuando decía sobre sus obras televisivas: “Mi secreto es solo uno: que se joda el espectador medio, esa persona acomodada a la que hay que explicárselo todo. Que le jodan pero bien”. Dylan los jode pero bien. Hace como Julio Cortázar hizo con la literatura en Rayuela, cuando quería quitarse de encima a los lectores perezosos.

Los mismos que ahora califican a Dylan de "estafador" o "acabado" le hubiesen llamado “Judas” hace medio siglo. Y él contestaría lo que entonces en Manchester, lo que siempre: “No os creo. Sois unos mentirosos”. Porque para él la única verdad está en su propio diálogo, que puede gustar más o menos, llenar o no llenar, pero todo lo demás que se joda. Es una actitud radical, pero es la actitud de un auténtico artista, sin las máscaras del mito, una cosa al alcance de un puñado de músicos. Es la actitud de un tío de 74 años que todavía es un artista total.

 

Hay 29 Comentarios

Gracias de corazón, por fin una crítica fundamentada y decente

El articulo esta bien en cuanto a su estructura, en cuanto a su prosa. Pero en cuanto a opinión, no puedo estar mas en desacuerdo. Las salas que llena, las llena el cantante de esas canciones miticas del pasado. El señor dylan se debe a su publico y al que paga por verle, que para eso vive de ello. Si no, que se dedique a cantar en el metro o de forma gratuita y que cada uno pague "su voluntad". Es increible su complicidad 0 con el publico. Decir que es "esencia" que es su sello, que es extravagancia de artista o como lo quiera decir, para justificar su total falta de esfuerzo con el publico es solo palabrería. He visto a grandes del blues, del soul, y de muchos estilos miticos y clasicos y ninguno me ha decepcionado tanto como el amigo dylan. Tiene razón cuando dice todos sois mentirosos, porque él tambien lo es. Va de independiente ahora pero vende un producto como cualquier estrella del pop.
No me lo creo señor Dylan, y todos los que ví en los dos ultimos conciertos cerca de mi, pensaban igual. Me quedo con sus vinilos de los 60 que tantos buenos ratos me dan en casa. No tenga prisa por volver

Creo que el amargamiento de Dylan, su incapacidad para aceptarse, y de eso sabe mucho Joan Báez, le ha llevado a este autocalvario, actuaciones donde se venga de si mismo y de la gente.

Excelente artículo sobre un artista irrepetible.
Enhorabuena Fernando.

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. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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