Benjamin Clementine, música pasional a las teclas

Por: | 27 de agosto de 2015

Benjamin

En su voz quebrada, en las teclas de piano que acompañan a sus lamentos como intensas pinceladas de un retrato impresionista, hay un hipnótico halo de misterio. Benjamin Clementine (Londres, 1988) es un enigma difícil de descifrar, pero, como en sus canciones desgarradoras recogidas en su reciente debut At Least For Now, radia un fascinante magnetismo. “La música es algo que sirve para acompañar a las personas”, asegura en conversación telefónica desde Londres.

Este desgarbado cantante y pianista, que muestra un porte propio de un modelo publicitario de un lujoso perfume, lo sabe bien. La música le acompañó desde niño cuando se crio en el barrio de Edmonton, uno de los más desfavorecidos del área metropolitana londinense. Allí, al introvertido Clementine, el pequeño de cinco hermanos de una familia pobre de descendencia guineana, le gustaba pasar horas encerrado en su habitación, devorando libros, incluido el diccionario, y, sobre todo, escuchando la radio. El pianista francés Erik Satie, pionero de la música minimalista, fue una de sus primeras influencias. Un día oyó cómo esas teclas parecían llorarle en su silencio y no se lo podía quitar de la cabeza. “Tenía 11 años cuando comencé a tocar. Empecé con un pequeño y barato teclado eléctrico”, explica. “Fue algo muy autodidacta. No tuve ningún entrenamiento duro ni nada parecido”, añade.

Cada día, a la vuelta del colegio, donde reconoce que no tenía amigos, se metía en la habitación, encendía la radio y practicaba por su cuenta, de oído, con tesón, al margen del mundo, literalmente. “La soledad siempre ha sido un impulsor de mi creación. Forma parte de mi vida”, afirma. Incomprendido en la escuela, más le afectaba serlo también entre las paredes de su hogar. No se entendía con todos sus hermanos pero, sobre todo, con sus padres, que se separaron cuando tenía 13 años. Según él, eran demasiado religiosos y rigurosos, intentándole aplicar normas en las que no creía y contra las que terminó rebelándose hasta que se fue de casa. “De alguna forma, siempre me he sentido un marginado en casi todas partes”, señala. 

Sin plan preconcebido, en pleno impulso, primero compartió piso en Londres y, luego, un buen día, decidió presentarse en París cargado sólo con una mochila. No conocía a nadie ni le importaba. Durante semanas, alternó alberges de mala muerte con la calle para dormir, mientras pasaba las jornadas tocando en esquinas o en el metro. Solía pasar hambre pero ese tiempo le sirvió para añadir a su repertorio influencias francesas de fuerte carga teatral como Edith Piaf, Jacques Brel o Léo Ferré. Ahora recuerda aquella supervivencia como un paso muy importante en su vida: “Tengo muchos buenos recuerdos desde que empecé a dedicarme a la música. Incluso cuando me levantaba por las mañanas en Francia y no tenía más en mi cabeza que tocar en la calle, con el fin de conseguir unas monedas y sentirme vivo”.

 

En una de esas actuaciones callejeras, algo fuera de lo común vio en él Matthieu Gazier, reputado productor de música electrónica en Francia, quien le ofreció grabar un EP y contratarle para una serie de conciertos en pequeños locales y hoteles de moda”. Clementine aceptó, aunque algunas de esas actuaciones en hoteles “pijos” no le gustaron nada. “Lo que peor recuerdo son esas caras de algunos hombres que me miraban en el restaurante como diciendo que jamás me haría famoso”, cuenta. “Me dije a mí mismo que nunca más tocaría en un sitio para gente rica”, añade. Una promesa que, por suerte, no incluía los programas de televisión. El británico actuó en el programa de Jools Holland en la BBC e interpretó su canción Cornestone, un visceral lamento en el que su voz se rompe entre graves al más puro estilo Nina Simone. “Es un gran cumplido que me comparen con ella, pero no es algo a lo que preste atención”, apunta. Entre bambalinas, se topó con un asombrado Paul McCartney que le dijo que tenía talento para hacer una gran carrera como cantante. Poco después, Virgin le fichó, tal vez viendo en él un talento similar al de Antony Hegarty, regresó a Londres y grabó At Least For Now, que presentó en España el pasado julio en Vida Festival, tras la aplaudida actuación que dio el verano pasado en La Mar de Músicas. “Mi filosofía es sencilla: si realmente quieres algo, hazlo”, dice.

Con sus largos y finos dedos, que parecen encajar con precisión de relojero entre las teclas del piano, Clementine destapa un universo jazzístico trágico, primitivo y bello en At Least For Now. Es su universo, que en Winston Churchill’s Boy parece brillar como una estrella en el firmamento cuando su portentosa voz, elevada por una majestuosa sección de cuerdas, se pregunta por el amor y la familia perdida y llora ese verso final que reza “algún día este chico estará bien, mejor presta atención, ese día podría ser hoy”, que parece abrirse en dos cuando solloza orgullosa en el arranque de Then I Heard a Bachelor’s Cry o que parece ingobernable cuando sus cuerdas vibran urgentes en Adios. “Intento que mi voz sea apreciada como un instrumento”, asegura. “Y, bueno, el piano es un buen elemento para captar la soledad”. Una soledad que, en su música arcaica y pasional, guarda todo el misterio de una fábula.

 

***Artículo original publicado por Babelia.

Hay 1 Comentarios

Por favor, es una copia de Antony Hegarty y Nina Simone !!!!

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. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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