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03 junio, 2007 - 11:21 - Rosa Jiménez Cano

Merienda sin despedida

Empanada El día de los Victorinos era el de las despedidas. Se levantaba Salva -la plaza te echa de menos- y se despedía con la manita de toda la sombra en el sexto: "Hasta octubre". Ahora queda la "puntilla" de la semana que viene. Una feria que no viene a cuento pero que el abonado termina por tragarse. Para aliviar esa vena masoca que todo aficionado venteño cultiva, se mantiene la costumbre de traer la merienda en el cierre de San Isidro.

Me tocó una especial, la de Antonio, el pastelero de los toreros y padre de uno de mis bloggers preferentes. Sus empanadas era mil veces más sabrosas que las de El Cid y Bolívar, las de estos dos, de tamaño considerable.

A nuestro "docu-wizard" un cochinillo le dejó sin apenas espacio vital. La meseta de la enfermería convertida en un asador arandino. Ver para creer.

Cochinilo

Comentarios

En los alrededores de mi localidad reinaba una euforia desmedida con El Cid. Cuando un torero cae bien, se le perdona todo, abusar del pico, no colocarse bien, no plantear la faena como es debido y hasta jugar al arrimón en su segundo toro, cuando lo mejor habría sido ponerle una vara más y doblarse con el burel de forma efectiva.

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