John Chamberlain (mal) revisitado

Por: | 24 de febrero de 2012

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John Chamberlain, “Penthouse #50,” 1969.  12.7 x 16.5 x 11.4 cm.*

 

 

 

La escultura como collage o assemblage hace sus cuentas: Picasso, Julio González, Tatlin, Gabo, los bricoleurs surrealistas... Smith. Para todos ellos, construir una escultura suponía producir “visibilidad” a través del volumen con el menor gasto posible de material, un tipo de espejismo que podía producir ilusión a partir de materiales industriales, filigranas o transparencias y donde el movimiento del espectador era fundamental. De ahí al Minimalismo había solo dos pasos. Pero en los sesenta, aparece una nueva vía para la escultura, que suma a la “construcción” la “producción”, con su lectura de la obsolescencia planificada y el desecho.

John Chamberlain (Indiana, 1927, Nueva York, 2001) fue uno de los primeros escultores en llevar el automóvil al museo aprovechando las carrocerías inservibles que recuperaba de los desguaces. Al igual que David Smith, consiguió romper las categorías binarias hasta entonces vigentes de la escultura moderna: la tensión entre volumen cerrado y construcción calada, objeto único y ready-made, estructura y capricho, pigmento y pintura industrial.

El Museo Guggenheim de Nueva York acaba de inaugurar la más amplia retrospectiva de su obra, con un centenar de piezas que ponen al día la muestra que el mismo centro le dedicó hace ahora cuarenta años, justo cuando las prácticas del land art y el arte crítico con la institución comenzaban a iluminar nuevos planteamientos teóricos y conceptuales con el faro foucaultiano. Tras su paso por Nueva York, la muestra recalará en el Guggenheim Bilbao, el próximo mes de mayo.

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Chamberlain dentro de "The forest" (1993-2008). Fotografía: Andrew Moore


Es posible que para muchos la última pieza de Fernando Sánchez Castillo, en Matadero Madrid, titulada "Síndrome de Guernica", recuerde los trabajos del artista norteamericano. Nada más opuesto. Si Chamberlain anunció desde el expresionismo el fin de la escultura como medio específico, el artista madrileño hace pasar un montón de chatarra de su anterior condición de icono franquista a un nuevo estado en el sector crediticio: libera su excedente ideológico (no invertido) para ponerlo en movimiento desde una nueva especificidad, la exaltación de la psique colectiva.

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  A la izquierda "Splendid Actor", 1989, de J. Chamberlain. A la derecha, fragmento de la obra de Sánchez Castillo para Matadero                                                                    

Los centros de arte, con su inercia a los bombazos en espacios alternativos de estética postindustrial, participan muchas veces de la explotación ferial de la historia y su mercantilización. La obra de Sánchez Castillo, presentada como un objeto votivo dentro de una antigua cámara frigorífica, reconstruye en un compacto prisma de chatarra de 3 x 7 m2 el yate Azor, el barco de recreo del dictador Francisco Franco y también destino vacacional de Felipe González. Sólo el mástil nos permite imaginar la antigua función de aquella mole de hierros. La obra es implícitamente figurativa: la forma de la nave no se suprime sino que se eleva a lo general, al mito, mediante una ambivalente abstracción. Es su servicio ideológico, la conversión de un elemento de la historia en una sculpture imaginaire y, en consecuencia, su rehumanización.

Sánchez Castillo compró la nave varada a su antiguo propietario, un hostelero burgalés que intentó explotarla turísticamente hasta arruinarse. Y explica: "Del mismo modo que Picasso trabajó con el cubismo para relatar un hecho histórico, yo he comprimido un hecho histórico en una forma cúbica. El barco está mejor preservado que nunca". Queda por ver la deriva inflacionista de la pieza, en la que es de esperar que ningún museo de titularidad pública se atreva a participar.

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