Andy Warhol, retratista de corte

Por: | 19 de marzo de 2012

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Jackie, 1964.The Andy Warhol Museum, Pittsburgh; Founding Collection, Contribution Dia Center for the Arts 1998.1.91

Que Andy Warhol tiene mucho de pintor clásico es algo obvio para todos los que decidan mirar los trabajos sin los prejuicios que se construyen en torno a sus conocidas repeticiones y apropiaciones, resquebrajamiento de la obra de arte original y única que desde siempre ha regido la historia del arte. Porque bien visto, en su caso dichas apropiaciones y repeticiones no dejan de ser una mera estrategia de distracción, la fórmula para despistar a los espectadores: que sigan viendo en él esa “máquina” de la cual hacía gala o, lo que es lo mismo, al  autor de un arte automático, epítome de la contemporaneidad.

Nada más lejos de los hechos, como prueba la obsesión  de Warhol por el retrato, propio y ajeno, que cultiva en todas las formas posibles -como maravillosos dibujos a lápiz o collages, como dibujos preparatorios para los “cuadros” a través de las polaroids, las fotografías y los fotomatones o a través de las propias serigrafías. Ahí se desvela un artista tradicional que, si bien ha roto con las reglas del juego y repite y roba iconos, busca en el retrato, como ocurre con frecuencia en el llamado “retrato de corte”, un territorio de despliegue y trasvase de poder desde quien lo posee hacia quienes aspiran  a poseerlo. Así, este moderno “pintor de corte” –como le llamaba Robert Rosenblum al comentar sus retratos desde los 70- va primero en  busca del glamour allá donde cree que habita, siendo un poco famoso gracias a esos iconos del éxito que la fascinan desde siempre, y acaba por  ser él quien confiere el glamour a los fotografiados o los confirma en su glamour en el caso de los famosos retratados - Mick Jagger, Truman Capote o Joseph Beuys .

Autorretrato, 1950´sLa estrategia es clara desde el inicio: descubrir y aislar los símbolos que confieren la celebridad a esos famosos y seguir luego unos pasos precisos para integrarse en su mundo, aunque sea en una ficción.  Primero se siente parte de ellos al reproducir las portadas de los periódicos donde aparecen -la princesa Margarita e, incluso, esos 129 muertos en el avión que choca en el aeropuerto de París y en el que viajan muchos de los patronos del museo de Atlanta podrían ser dos ejemplos. Después se autorretrata siguiendo las poses de las celebridades, para terminar convirtiéndose en el autor de los retratos.  Entonces los famosos han dejado de compartir su glamour con Warhol, salpicándole apenas, y es más bien el artista, en el acto de retratarlos, quien los confirma en ese glamour  -o quien lo crea en el caso de los pobladores de la Factory, celebridades de auténticos quince minutos.

Ahora se pueden ver algunos de estos retratos en las salas Ibercaja de Zaragoza y Warhol vuelve a asombrarnos como un excelente retratista y, más aún, dibujante. Basta con echar un vistazo a los dibujos tempranísimo, una sorpresa fascinante, para darse cuenta de que sabía controlar el lápiz como pocos. Se pudo ver también en la muestra de sus dibujos en la galería madrileña Ivorypress: Warhol and Dance . Con una intensidad decidida en los escasos trazos -casi del mejor Cocteau-, allí, igual que en las obras tempranas de Zaragoza, el  artista se desvela como el autor de regusto artesanal que en realidad es y que se pone de manifiesto en esas Marilyn sexy y multicolores que, ya para siempre, han dejado de pertenecerse o pertenecer al fotógrafo que sacó la imagen original. Han pasado a la posteridad como "La Marilyn de Warhol",  únicas en su falsa muliplicidad  de artesano porque, ocurre siempre son las obras de Andy Warhol, a pesar de la repetición no hay dos iguales. Eso, sospecho, y no la visión maquinal que quería promover de sí mismo para camuflarse, es lo que nos sigue intrigando. Y lo que seguimos admirando de este artista norteamericano que dibujaba con mano precisay decidida,un poco Jean Cocteau.

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