Los jefes de todo aquello

Por: | 12 de julio de 2012

Damien

Hace unos meses, el artista británico regaló uno de sus trabajos firmado a todo el que visitara cada una de las exposiciones que todas las filiales internacionales de la Gagosian Gallery dedican a sus Spot Paintings, en Nueva York, Los Ángeles, Londres, París, Roma, Ginebra, Atenas y Hong Kong.

 

     La masiva audiencia del arte y la democratización del gusto, sumadas al gran poder del que gozan hoy comisarios y conservadores de museo, han tenido grandes consecuencias para el artista y el galerista. La primera y más visible es que el artista ha abandonado su refugio creativo para ser palanca del engranaje de venta o parte activa de un sistema no muy diferente al de una empresa multinacional. Además de figurar como un ávido coleccionista, el artista es capaz de sostener y multiplicar el precio de sus propio trabajo por encima de la inflación; expone con una amplitud global, vende directamente sus obras, que viajan sin escalas del taller a la sala de subastas; sobresatura el mercado y convence a los nuevos ricos y a la mayoría de directores de museo de que el verdadero arte moderno empieza con Warhol y termina en él. Y aunque hoy no hay ninguna garantía de que estas estrategias de relaciones públicas continuarán de la misma manera, son todavía muchos los galeristas que no son ni Larry Gagosian ni Damien Hirst y que, ajenos a su propia mediocridad, sueñan algún día con ser como ellos.

     El inventor y gurú de todo aquello fue el refinado Leo Castelli. “Expansión territorial, diversificación de la demanda, formación de capital simbólico y un control de la oferta comparable al que ejerce la OPEP”. Este era el lema del galerista norteamericano durante los años de nacimiento del mercado artístico tal y como hoy lo conocemos, según relata su biógrafa Annie Cohen-Solal (“Leo Castelli y su Círculo”, Ed. Turner). Desde los años sesenta y hasta su muerte, en 1999, Castelli fue un fabricante de mitos, el dealer más influyente e imitado, capaz de ofertar el alma del artista sobre la idea de que cada pieza suya era única y preciosa. Supo sacar partido de la furia adquisitiva, patente en la guerra de pujas y en los egos maltrechos, en un momento en que el hiperconsumismo se apoderó de una sociedad desencantada tras la guerra de Vietnam y el escándalo del Watergate. El marchante Castelli abonó una religión del arte en la que una nueva clase social quería poseer a toda costa las reliquias de los visionarios modernos. Sus galerías en Manhattan fueron el punto de confluencia de una generación de traficantes de auras que administraban y hacían crecer el capital simbólico de pinturas y esculturas al ritmo de unas listas de espera ficticias. Hoy, bienales y museos se parecen cada vez más a una gran galería; y las galerías emprenden nuevas estrategias que imitan las tácticas de los gestores de las catedrales del arte a la hora de ejercer un dominio estable sobre los diferentes nichos del mercado mundial.

     Año 2012. Adaptarse o morir. Otro lema para Carles Taché, quien ha cambiado de identidad sin dejar su sitio original. El galerista barcelonés ha ampliado su radio de acción desde su espacio de siempre, en la calle Consell de Cent, donde el visitante se encuentra en un lugar amplio y tranquilo, dedica su tiempo a contemplar las obras, y en el caso de querer adquirir una pieza, pasa a un ámbito privado ya legendario, una zona interior de archivos, oficinas y sofás, refugio del galerista, abierto pero resguardado, lo que representa una eficaz organización de funciones.

     Desde hace solo unos días, la galería Carles Taché es también La Taché. Ubicada en el primer piso del edificio contiguo, el nuevo espacio es una galería que parece un piso habitado, o un museo de bolsillo, con su sala de reuniones, una cafetería, una pantalla para el visionado de cine y vídeos, ediciones y merchandising. Las dos galerías conviven y se complementan; la original, con propuestas más convencionales; la recién estrenada, menos disciplinada y más cordial, imprevisible y caleidoscópica, espacio de lo raro y lo familiar. Una muestra con los últimos trabajos en pequeño formato del artista madrileño Miguel Ángel Campano sirve para inaugurar la nueva sala: objetos reciclados, maquetas, pinturas como espasmos o estallidos. Se trata de un trabajo casi póstumo, fruto del derrumbe del pintor en un mundo frágil y delgado.

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La Foto 2

     Con La Taché, el galerista invita a los aficionados al arte a participar en su nueva aventura; se reinventa como un nuevo tipo de agente cultural y mira hacia el futuro en un momento en que el orden artístico -galerístico e institucional- resulta anacrónico y hasta sospechoso. El éxito de su nueva empresa dependerá de una programación coherente y ambiciosa, de su capacidad para articular un lugar de encuentros informales donde se muevan ideas y confluyan personas en fecundo intercambio. Una oportunidad para diferenciarse de los jefes de todo aquello.
  
La Foto3

“Miguel Àngel Campano. La Taché Gallery. Consell de Cent, 288. Barcelona. Hasta el 31 de septiembre.
 

Hay 1 Comentarios

Muy interesante artículo e interesante lo que escribís en este blog que hasta hoy no conocía. Es positivo ver cómo las galerías, al igual que cualquier empresa, necesitan reinventarse y algunas lo hacen. Mucha suerte a este nuevo proyecto de la galería Taché (una de las emblemáticas del arte contemporáneo en Barcelona)

Un saludo

Antonio Basso
www.yasoypintor.com

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