El regreso de la “España profunda” y la ficción documental en The NYT

Por: | 01 de octubre de 2012

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Una pareja de "sin techo" en un banco del Jardín Botánico de Atenas, Grecia, en la víspera de las elecciones legislativas el pasado mes de junio. Foto: Gettyimages

 

Que las imágenes de la pobreza y la tragedia –en especial de los otros- venden bien, está claro. Ha sido evidente en estos últimos meses en los cuales los periódicos difundían unas instantáneas dramáticas de Grecia,  en las cuales  se hacían patentes los graves problemas de la población en el país, sumergida en las carencias y el desamparo, haciendo largas colas para conseguir un plato de comida; maltrecha en medio del caos de Atenas; sometida a la escasez y el miedo, con las ropas ajadas y sucias. Se trataba de unas fotografías extraordinariamente eficaces que no hace tanto hubiera sido impensable proyectar desde Europa: parecían hablar de otro continente, de otra época incluso –un país en guerra, el Auxilio Social español en los 30.... Pero ¿qué pasaría si esas imágenes –documentales y por lo tanto “verdad”- fueran lo que todos quieren ver ahora sobre Grecia, lo que se espera de Grecia para ratificar el desastre europeo?

Y, pese a todo, la pregunta puede ser elemental: ¿de verdad antes no era posible encontrar esa pobreza en Atenas? O, más aún, ¿sólo se puede encontrar en Atenas? Porque si es cierto que muchas situaciones insostenibles  para las personas son en este momento más frecuentes en Grecia, no quiere decir que no hayan ocurrido antes allí y en muchos otros lugares del planeta, en medio de Manhattan sin ir más lejos, donde para colmo no existe del estado del bienestar de los países europeos ni un apoyo familiar, tan sólido en el Sur del continente.  Pero claro, ofrecer las fotos de unas personas tomando un café en las calles de Atenas -que las hay supongo- no tiene el impacto mediático que se espera y creo que no sólo porque  gentes tomando un café no son noticia, sino porque, en muchos casos,  la noticia se crea para conformar el estereotipo. En este juego perverso, el papel de la foto es refrendarlo. Nadie puede poner en tela de juicio la veracidad de las fotografías: la cámara no engaña. Sin embargo, es la trampa de la foto documental: por el hecho mismo de contar un relato ya está construyendo una ficción. Basta con mirar hacia un lado u otro y todo cambia. Es la falsa objetividad del objetivo. No es que todo ese dolor y esa pobreza no ocurran: están ahí, desgraciadamente. Pero, además, venden mejor que otro tipo de foto.

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Comedor en Girona, foto del reportaje In Spain, Austerity and Hunger, de Samuel Aranda, publicda en el New York Times


Ahora es España la que está en el punto de mira –basta con echar un vistazo a la prensa internacional. Así que mientras nuestras más altas representaciones acudían al New York Times para promocionar la imagen exterior, se entiende, el NYT preparaba una portada con fotos “documentales” de Samuel Aranda, fotos que sacaban lo más triste del país para colocarlo en la portada del periódico ya que, claro, a nadie interesaría una foto de un grupo de personas en la cola del autobús y no sólo porque sólo la tragedia y la pobreza  de los otros venden, sino porque eso es lo que en esta coyuntura histórica se espera de nosotros, parece. Lo decían muy bien los punk: cash from caos.

En el fondo, es lo que hemos sido tradicionalmente: un país de toros, sol, exotismo y pobreza, así que tras nuestro breve sueño, volvemos a ser “diferentes”. De hecho, estas imágenes de Aranda –tan documentales como documento hubiera sido una foto de la gente esperando el autobús- tienen hasta en el blanco y negro cierta tradición de regusto a la España pobre y atrasada de Capa y sus instantáneas de la Guerra Civil  española, donde se mostraba la miseria de un país subdesarrollado; o a las de Cartier Bresson del barrio chino de Barcelona, el que tanto fascinó a los franceses de las vanguardias,  donde se desvelaban las estrecheces de sus pobladores.

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El "mambotaxi" de la película Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), de Pedro Almodóvar

Incluso el éxito del Almodovar con Mujeres  en Nueva York se debió a la hipérbole que proponía sobre “nosotros”, un poco como Aranda de la situación actual: no es que no exista lo que se cuenta –ficción o documento-, simplemente se hiperboliza. Gallinas en áticos, gazpacho con lexatines y ese contestador antiguo que hacía reír a la gente de la sala –yo entonces vivía en Nueva York y vi la película allí-, porque nadie tenía aquel mamotreto en las casas neoyorquinas. Sentada en mi butaca del cine, pensaba en mi contestador en Madrid, el contestador alquilado de telefónica, y cómo las bromas o las tragedias no pueden ser exportadas porque todo el mundo se ríe o llora en la parte equivocada.

En el fondo, los españoles como colectividad siempre hacemos de españoles para fuera. Tenemos la fea costumbre de carecer de espíritu corporativo y hablamos mal de “nosotros” como colectividad siempre que salimos de casa, pues creemos que si somos los únicos listos, sobresaldremos más. Gran error: el origen es la condena, así que si nos va mal, no va mal a todos. No es que seamos muy críticos –ojalá. Estamos llenos de ese complejo de inferioridad de los nuevos ricos. Los franceses lo tienen mucho más claro –y más fácil con su historia como país-: ser un poquito corporativo siempre ha dado mejores resultados.

Espero que no me haya vuelto patriota –nada me podría gustar menos- y espero   no estar en una especie de negación psicoanalítica de la tragedia, pero la imagen que de España está exhibiendo esa portada vuelve a ser tan hiperbólica como las de Almodóvar dedicando el Oscar al santoral completo o aquellas tan empalagosas de la “nueva democracia” que se pudieron de moda en Nueva York  en plena “movida” – aunque éstas, claro, son mucho más demoledoras para la imagen global del país, sobre todo porque salieron al día siguiente de la visita al periódico de nuestras altísimas instancias. Que las cosas en España van muy mal es casi tan evidente como que cierta imagen que vende ahora de España es la tragedia en blanco y negro – Capa y Cartier Bresson. Si la noticia no sea crea, al menos se manipula para que venda más –y ahí va correcorre la prima de riesgo.

 

Y, claro, empieza el resto de las paranoias respecto a lo documental y sus trampas, sobre todo cuando se relaciona con el arte y se convierte en arte. Quizás porque las dos noticias estaban demasiado próximas en el tiempo mi paranoia ha aumentado. Al lado de las fotos de la nueva “España profunda” se ha anunciado a bombo y platillo en la prensa local cómo una obra del por otro lado excelente e imaginativo arquitecto Andrés Jaque he llegado hasta la colección del MoMA. Lo que se muestra son las fotos de la vida de una heroína de Lavapiés a punto del desahucio. La idea primera de Jaque era llamar la atención sobre algunas cuestiones unidas a la sostenibilidad, como suele proponer en sus trabajos, pero el resultado en este momento preciso, en plena construcción de la nueva y terrible imagen de España, es una señora que representa lo que se espera: poco glamour y  vida de carencias.  Es aquí donde entra la duda: ¿y si lo que ha interesado al MoMA de esta obra era la carita perpleja de la señora en su casa modesta, viviendo al límite en medio de la pobreza? En el fondo, es que toca ahora como imagen corporativa del país. Así de terrible es el mundo actual y la condena de toda denuncia a convertirse en producto de consumo. Porque la imagen que ahora se quiere consumir de España es, desde luego, previsible a su manera, exótica, different otra vez. Lo trágico es que hemos vuelto a la casilla de salida. En fin...

Hay 3 Comentarios

LO QUE PASA ES QUE SOMOS LA ENVIDIA DE MEDIO PLANETA, PORQUE LAS HORAS DE SOL NO NOS LAS QUITA NADIE; MÁS BIEN LA UE DEBERÍA HACER PAGOS AMBIENTALES PARA PRESERVAR ESTE ECOSISTEMA ÚNICO EN EUROPA EN ESTA MARAVILLA DE PAÍS…
SIN EUROS/SIN MIEDOS

Lo que habrá que cuestionarse es el prestigio de toda la prensa que mediante un reportaje fotográfico (la imagen vende, solo hace falta "verla" no hay que leer que eso es MU duro para algunos) e incluso en articulos que no son de información, sino de opinión, llevan del ronzal al lector a que diga que ve lo que le dicen que vea y que lea lo que opina el medio que debe opinar el lector.
Por eso es noticia España,o Grecia, o Portugal o Italia,
Porque las cosas les van mal, porque esas escenas se ven frecuentemente en USA o Reino Unido, pero allí no son noticias, por habituales, y porque no venden. Lo que vende es que sea precisamente en la cuna grecolatina de la cultura, donde pasen esas cosas, y que pasen tambien en los dos ex imperios colonias en América, del centro y del sur, todos somos los pobres, los no sajones,

Impecable artículo. Después de este reportaje habrá que cuestionarse el prestigio del New York Times.

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