El paso de Boltanski por Buenos Aires

Por: | 21 de enero de 2013

 

Video de Untref-Muntref

Quizás es cierto que algunas de las exposiciones más impactantes son aquellas que asaltan lugares inesperados, lugares donde nadie hubiera pensado encontrar una exposición; aquellas de artistas que toman edificios emblemáticos y los llenan de historias, edificios que no estaban pensados  como lugares museísticos. Esas suelen ser algunas de las muestras más memorables, las que uno sueña con recorrer infinitas veces y que siguen allí incluso cuando el lugar vuelve a estar vacío. Creo, de hecho, que parte de la fascinación de un espacio increíble como Matadero en Madrid, deriva en buena medida de esos desplazamientos de significado que el lugar ha sufrido y, sobre todo, del modo en el cual parte de ese relato pasado pervive entre sus muros. Algo semejante ocurre con la Tabacalera y hasta con el Canal de Isabel II en la Calle Santa Engracia donde, al menos que yo recuerde, nunca se ha propuesto una instalación de grandes dimensiones. Especializado en fotografía desde hace años, el espacio portentoso ha sido “domesticado”,  perdiendo una oportunidad única de tener entre sus invitados a alguien como Christian Boltanski, por ejemplo, especialista en la apropiación de espacios intermedios, fuera de contexto, misteriosos casi y desde luego no específicamente museables, como puso de manifiesto su intervención en la Iglesia de Santo Domingo de Bonaval en Santiago de Compostela

La idea de ocupar espacios imprevistos ha  sido el leit motiv de las recientes intervenciones del francés en Buenos Aires, muestras que acaban de clausurarse hace pocas semanas. El  comisariado llega de la mano la Diana Weschler, reputada historiadora del arte argentina, y me atrevería a decir que buena parte del mérito de lo sobrecogedor de la instalación es suyo, pues no sólo era escalofriante el “qué”, sino sobre todo el “dónde”.

De hecho, empezaré manifestando mi ambivalencia hacia Boltanski, en parte porque creo que se mueve –repetidamente- en un territorio que, como dice Solomon-Godeau, se enquista en la melancolía, incapaz de proponer el duelo. Recuerdo cómo al visitar, en el museo del Holocausto de Jerusalén, el pabellón de los  niños, tan angustioso, pensaba que el monumento funerario y la instalaciones de Boltanski tenían un parecido francamente alarmante. Tampoco entendía bien qué me alarmaba, supongo que la indefinición entre duelo y melancolía, entre arte y documento. Bueno, cosas mías –no me hagan mucho caso.

Uno de los lugares elegidos en Buenas Aires, el Hotel de Inmigrantes, construido en 1906 y lugar donde recalaban los inmigrantes hasta los años 50 del siglo pasado –y convertido en museo aunque mantiene su esencia y, en especial, sus fantamas-,  es el que recoge el  montaje “Migrantes”. Por arte de magia cada fantasma regresa en el viaje que propone Boltanki, creando una sensación oscura y desoladora, espectral tal y como suele ser el francés. Pero Boltanaski no habla de los emigrantes, como no hablaba del Holocausto –sólo- en la mítica expo del Palais Tokio. Habla más bien de los recuerdos, de nuevo: esos recuerdos que lo impregnan todo, recuerdos que implican cierto drama pues conllevan cierto olvido.

El Hotel de Inmigrantes, dice Boltanski en una entrevista, fue uno de los primeros sitios que conoce en Buenos Aires y por eso decide a elegirlo para trabajar, por sus implicaciones de ese recuerdo/olvido que se concreta –muy a su manera de siempre- con nombres y fechas que van apareciendo a lo largo del pasillo y rostros grabados en telas, pues en sus reiteraciones el artistas francés es capaz de despertar la sentimentalidad de los espectadores – a ratos incluso un poco en exceso. Confieso que más que el propio trabajo de Boltanski, lo que me he intrigado de esta instalación son las sensaciones que ha despertado en mis amigos en la ciudad, el modo en el cual Boltanski ha sabido manipular una historia que es un poco suya –de todos- y no lo es en absoluto.En este tipo de estrategia es imbatible.



Boltanski Flying Books

Imagen del montaje Flying books /Homenaje a Borges, en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires

Eso mismo me ha ocurrido en Flying books / Homenaje a Borges,  en la Biblioteca Nacional, de la cual fue director el autor argentino, donde 600 libros suspendidos se mueven suaves en el aire.  Esos libros, me comentaba el escritor  e investigador Raul Antelo, entraban en territorios vedados: “ la pasarela de metal que Borges recorría todas las tardes a las 15h y que todos seguíamos en silencio con el rabillo del ojo. Todos los días…”

Entonces los recuerdos que jamás han sido míos regresan a mi cabeza y siento cómo hubiera querido vislumbrar a Borges desde mi distancia de lectora aplicada y desgranar esos libros que vuelan con el maravilloso ingrediente de un Borges preciso y lejano, intangible, por la pasarela a las 15h de cada día. Entonces. Y que Boltanski asalta.

Hay 6 Comentarios

Y... que tiene que ver el holocausto con todo esto?

Y... que tiene que ver el Holocausto con todo esto?

Que hace tantos apellidos Alemanes, rusos yyyy por Hispano America? Chicos, os dejais que os colonicen.

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