Museos con sucursales: ¿qué llevarse dónde?

Por: | 07 de enero de 2013

Delacroix.la libertad guiando al pueblo
La Libertad guiando al pueblo, de E. Delacroix, perteneciente a la colección del Museo del Louvre

Hace ya bastantes años que algunos grandes museos han decidido abrir sucursales en la misma ciudad o distintas ciudades, países, continentes... Es posible que el modelo más paradigmático -y el primero, me atrevería a decir, con su sede en Venecia- de esta nueva forma de concebir la institución sea el Guggenheim, que estrenaba a primeros de los 90 una breve en el tiempo sede en el Soho neoyorquino, además de su expansión en Bilbao y proyectos fuera del mundo euroamericano. La idea en principio era excelente. Dado que en el caso de los grandes museos con imponentes colecciones es imposible mostrar todo a un tiempo, ¿por qué no abrir nuevas sedes que posibiliten exponer parte de esos fondos, no ya en forma de exposición temporal, sino de colección permanente? Todo esto surgía, además, en medio del gran auge de los exposiciones temporales, en plenos 80 y 90, cuando el dinero sobraba y faltaba el espacio. Sucedía antes de las ampliaciones de muchos de esos grandes museos, hasta cierto punto capitaneados por el MoMA –que tiene algo parecido a una sucursal en PS1, por cierto, aunque de filosofía muy diferente a la del Guggenheim. Sea como fuere, los problemas no tardarían en hacerse visibles, ya que lo básico y esencial es siempre a qué obras de la colección renuncia “la central” y qué ocurre cuando el visitante llega a una ciudad y las obras que se anda buscando no están dónde deberían. A todos nos ha ocurrido, por ejemplo, en uno de mis museos favoritos de Nueva York, el Whitney, con una colección maravillosa que con demasiada frecuencia ofrece su espacio a grandes eventos con la propia Bienal del museo.

La pregunta –qué llevar dónde- no deja de ser insidiosa, en especial porque se tome la decisión que se tome nadie estará del todo contento. Si se trasladan las grandes obras, emblemáticas de la institución, el desconcierto reinará entre los visitantes, pero, por otro lado, ¿merece la pena abrir una sede donde vaya sólo material de segunda, auque sea una segunda en muchos casos estupenda? ¿Vale tener un buen Picasso o uno espera las Señoritas ? La polémica está ahora servida con el traslado de La Libertad guiando al pueblo a la nueva sucursal del Louvre. Me siento muy ambivalente sobre esta cuestión, la verdad, ya que por una parte me da vértigo desmembrar las grandes colecciones y, por la otra, opino que no puede uno vender “proyectos estrella” con obras de segunda o excesivamente localistas. No se pueden abrir sedes en “provincias”, fuera de la institución madre, donde jamás llegue lo mejor de la colección –y en este sentido tengo mucha curiosidad por ver cómo se armará el Hermitage barcelonés, si llega a hacerse realidad, dado que la matriz es un museo fabuloso, con muchas obras desde luego, pero de muy diferente calidad. No parece fácil la decisión y yo sigo pensando que las multisedes, incluso en la misma ciudad, no están exentas de problemas.

Hermitage barcelona
Fachada que da al paseo Joan de Borbó y que serviría de entrada al recinto museístico. / ARS SPATTIUM

Ocurría con el Casón y el Prado: aunque cerca, eran edificios a millones de kilómetros de distancia psicológica. No sólo: con el XIX arrumbado en el Casón y el Guernica con unos dibujos demasiado tiempo expuestos y hasta con polvo, se dibujaba una línea invisible entre las obras de primera –las clásicas- y las de segunda –el casi presente. Un acierto, pues, que el XIX haya regresado a casa, al edifico central, y no se haya usado el Casón para exposiciones permanentes. Pienso de pronto que si el Guernica se hubiera colocado en el edificio de Villanueva desde el principio seguramente seguiría allí.

Y hablando del Guernica y de colecciones permanentes; hablando sobre todo de la imposibilidad de andar moviendo las obras más preciadas de las colecciones, las más emblemáticas –ésa ha sido la apuesta valiente de Loyrette, antes de irse, al trasladar a la sede de Lens La libertad guiando al pueblo. La forma de manejar la cuestión en la muestra Encuentros con los años 30 del Reina Sofía me ha parecido muy inteligente. De hecho, hay una especie de juego visible –e invisible- que teje permanente con temporal y que implica al cuadro estrella de la época –y del museo- que, leído bajo la óptica que proponen Jordana Mendelson y su equipo Fiss, Goland, Javier Pérez Segura y Rocío Robles en la temporal y Manuel Borja-Villel y Rosario Peiró en la permanente-, le devuelve una dimensión inesperada, innovadora. El mérito de la muestra no se halla sólo en la propuesta perspicaz de entretejer lo que está con lo que llega –algo que se hace pocas veces, me parece-, sino en demostrar, como escribe la comisaria general en su introducción, la complejidad de un momento que es capaz de reunir propuestas tan dispares como las de Calder –qué piezas más maravillosas las que se exhiben- o la “abstracción” –una de mis salas favoritas con unos Mondrian raros y delicados y Sophie Tauber-Arp- con obras políticas y realistas.

Encuentros años 30
Reconstrucción del mural de Fernand Léger y Charlotte Perriaud para el Pabellón de Agricultura de la Exposición Universal de París de 1937. Obra en la exposición Encuentros con los años 30, en el Museo Reina Sofía

Me parece que otro punto muy interesante del planteamiento es cierto ojo que recoge un diálogo trasatlántico que implica a artistas estadounidenses que con frecuencia no se tienen muy en cuenta al acercarse a todo lo que sucede en ese país antes de la aparición del Expresionismo Abstracto de los 50. Sin esos 30 y las muchas cosas que ocurrieron en los Estados Unidos no se podrían explicar los 40-50. Hasta hoy se puede visitar la expo, así que no pierdan la última oportunidad. Después, el Guernica seguirá allí, claro, pero lejos de estas obras de los 30 que han llegado de visita perderá las nuevas significaciones que ha  desarrollado este inteligente diálogo entre los que están y los que llegan.

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