Ser consciente

Por: | 18 de diciembre de 2013

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La exposición que firma Pieter Vermeersch (1973) en la galería ProjecteSD es compleja e iluminadora. Se trata de una reflexión sobre la pintura: de cómo este medio lucha por afirmarse, pero también de su maridaje con otras disciplinas, como la fotografía y la arquitectura. El artista belga ha realizado un trabajo de sitio específico que consiste en una serie de lienzos desplegados sobre una pintura mural que se expande en un degradado azul, lo que él llama “imágenes en transición”.

En esta instalación de múltiples capas y perspectivas, el espectador tiene la sensación de estar captando una imagen fija y a la vez evanescente, como si estuviera en una habitación de James Turrell o frente a un Barnett Newman. Los campos de color que Vermeersch pinta de manera extremadamente precisa han sido obtenidos de imágenes reales, en su mayoría cielos despejados al atardecer que el artista previamente fotografía y después imprime en negativo, en un intento de experimentar con la parte que no podemos percibir de la realidad.

En un giro relacional, el visitante tiene la información concreta del espacio donde se desenvuelve -una columna, el propio suelo- y ello le sirve para ampliar las dos dimensiones del cuadro. Tiempo y espacio se expanden y contraen en un efecto acordeón. Y así, estas pinturas monocromas dejan de ser abstracciones para convertirse en momentos reales, con sus huellas, gestos y fondos atmosféricos, distantes y absorbentes a la vez. Ejercicio de saturación y disolución del color. Pintura real y realista.

Vermeersch también nos invita a que miremos las obras de cerca, a poco menos de un metro (una forma de superar nuestro campo visual), para contemplarlas en toda su materialidad, pero también para poder contemplarnos. Este hecho tiene que ver con cierta sublimidad (el hic et nunc) que provoca la sensación de estar aquí en un determinado momento. Para Vermeersch, ser sublime es ser consciente.

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En los tres espacios que la galería +Art tiene en la calle Sant Eusebi, Pep Durán (Vilanova i la Geltrú, 1955) distribuye aleatoriamente sus esculturas, fotocollages sobre cartón, maderas y retablos hechos con cerámica. Se trata de un muestrario de elementos híbridos, “un bosque de imágenes fragmentadas hechas con material de derribo, códigos secretos y teatro(s) sin palabras”, como el propio artista los define.

A lo largo de treinta años, Durán ha recurrido incansablemente a las escenografías en forma de muro -o de telón sólido- y ruinas habitadas por seres anónimos, casi siempre hombres sin más atributos que su grisura y que observan una pared vacía. Se nota la predilección del artista por la cultura alemana y por los dispositivos museísticos de los años veinte y treinta (los Merzbau de Schwitters), en un momento en que el constructivismo y el dadaísmo concebían dialécticamente la arquitectura de la galería como archivo.

En este particular atlas mnemónico hay mucha melancolía. Quizás su continente más apropiado habría sido una maleta. Una maleta-museo. La boîte-en-valise.

 Pieter Vermeersch. Galería ProjecteSD. Passatge Mercader, 8, baixos. Barcelona. Hasta el 10 de enero.

 “Mon Nom”. Pep Duran. Galería +Art. Sant Eusebi, 40. Barcelona. Hasta el 10 de enero.

 

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