Cultura de cupcake

Por: | 05 de enero de 2014

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Lo han invadido todo en esta pasión actual por la cocina que ha llenado periódicos y programas televisivos, donde incluso unos niños demasiado jóvenes compiten por ser los mejores minicocineros en un concurso absurdo en el cual todos fingen esa seriedad que quizás falta en la vida real. Incluso hay canales con programas especializados en decoración de tartas y… cupcakes, en el fondo unas magdalenas rebuscadas que fingen sofisticación donde hay sólo grasas saturadas. Esa es probablemente la dudosa gracia de los cupcakes que se han convertido en recetarios, calendarios,  regalos, meriendas, imanes para el frigo, bolas de Navidad, pendientes baratijas y de marca… Placeres burdos y sofisticados, en suma, y sobre todo  de importación: el pecado que las chicas de Sexo en Nueva York consumían ansiosas cuando todo iba mal (lo recordaba José Carlos Capel en su blog el El País en un post de hace casi un año, del cual he sacado la foto, por cierto, para que no me denuncie ningún pastelero por derechos de autor, que sólo eso me faltaba). No solo: los cupcakes representan también un tipo de cultura regresiva, la que se da en las épocas de crisis -ya pasó en los 50-  y en la cual se vuelve a los placeres del hogar… y ya adivinarán las que van a volver. De hecho, está de moda toda una cultura de peluches, cosas rosas y cupcakes con pinta fifties.

El mundo entero es, así, un fabuloso cupcake o dicho de otro modo, un magdalena decorada que hace las delicias pazguatas de quienes se preocupan en primer lugar por lo exterior, por la decoración que es tanto como decir por el camuflaje. Bien es cierto que la diferencia entre comer y deglutir, entre manjares y cantidad, es  parte de la historia  civilizadora de Occidente. Hasta cierto punto es a partir del Renacimiento –y sobre todo del XVII, como muestran los fabulosos bodegones holandeses con sus menajes lujosos y sofisticados en lo que se refiere a manjares y a utensilios- cuando los gustos y los modales acercan el comer a una “actividad superior”. Pese a todo y admitidas las convergencias, parece excesivo el auge de lo culinario que ha llevado a un cocinero a documenta  de Kassel y ha colocado la cocina en cierto lugar que era sólo del “arte”.

Esa es la dura realidad, amigos míos: lo que ahora cuenta no es lo que contaba antes y buena parte del público quizás prefiere no sólo un cupcake a una magdalena, sino un programa de cocina a la visita a un museo. Desde luego que está bien abrir los horizontes, pero creo que, una vez más, nos hemos pasado.

De cualquier  manera, lo que me parece interesante de los cupcakes es su propia esencia de superficialidad, la idea de cascarilla en la cual cuenta más que nada la apariencia. Me recuerda mucho a ciertos tics culturales que la crisis y la guerra de cifras en los museos   -los visitante que bajan y suben (o que bajan sin más)- han traído consigo. Hasta a mí me han contagiado y el otro día, el jueves ante de Reyes, camino  hacia el Prado desde el Reina, pensaba agobiada que el segundo estaba casi vacío. Las colas en el Museo del Prado me tranquilizaron un poco. O sea, ¿qué si no hay colegio no hay visitantes? La presión es tremenda, claro, porque habrá que buscar algo que recurde las cifras de Dalí –y no va a ser fácil. Esto vale para todas las instituciones  que, obsesionadas por las cifras –otra forma de cultura de cupcake porque se maquillan y se decoran además-, programarán en función de los visitantes que esperen recibir. ¿Por qué no plantear un taller de cocina? Igual es buen reclamo.

Aunque la “cultura de cupcake” no se limita a las presiones del entorno, banalizado y absurdo. Dejando a un lado que Madrid ha perdido turistas por su mala cabeza y peores campañas –imaginen que en Ronda Iberia se anuncia con una página horrible de fea en la cual, entre Prado y compras, osan decir que Madrid es "el Broadway de España"- , ahora todo el que ofrezca algo gratis o que dé algo es bien recibido sin pensar en la rentabilidad a largo plazo –y en este sentido Madrid y Barcelona no se diferencian nada. ¿Qué viene un arquitecto cualquiera y dice que va  a hacer un templo a su carrera? Pues toma un edificio histórico sin problema. ¿Que un millonario quiere cerrar un museo público para su boda? Todo tuyo. Porque claro que estas cosas, sobre todo alquilar espacios corporativos, se hacen todo el tiempo en Nueva York –patria del cupcake-, pero de un modo algo menos provinciano, más disimulado, sin tanto regusto  a magdalena decorada con churretones de grasa saturada. En fin, que me voy a preparar un té verde para no empezar el año con las manos tan pringadas y, sobre todo, para digerir este cambio de paradigma en el cual la cultura está empezando a ser una capa de azúcar teñido de rosa.

Hay 1 Comentarios

Enhorabuena. Viajo bastante por trabajo a Estados Unidos pero observo con cierta perplejidad que no copiamos sus cosas buenas, como por ejemplo que se contrate a gente que tenga más de 30 años, sino lo superficial, lo cómodo y barato, lo mejor es que cuando aquí lo copiamos allí ya están de vuelta de eso.
Pero eso es en lo que nos hemos convertido en una magdalena decorada. Me flipa también que gente cuyo español es terrible diga cupcake sin despeinarse cuando es una magdalena, a las magdalenas. Dentro de poco la palabra magdalena será un recuerdo, sólo existirá la palabra cupcake.

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