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Juan Mari Gastaca

, delegado de El País en Euskadi. Se abre aquí un hueco para intercambiar opiniones sobre la vida política que en esta tierra vasca no deja a nadie indiferente y mucho menos cuando llegan unas elecciones.

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Hablaremos sobre el día a día de la vida política que afecta a Euskadi, dentro y fuera de la casa común vasca.

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El guiño de Areso

Por: Juan Mari Gastaca | 25 ago 2014

Bilbao se ha entregado a su Aste Nagusia más apacible jamás conocida. Y tan feliz desenlace no ha sido por casualidad.

Cuando EH Bildu sentenció minutos antes de lanzarse el txupinazo que las comparsas se sentían "satisfechas" por el trato que les dispensaba el alcalde, Ibon Areso (PNV), el manto de la tranquilidad se extendió sobre el recinto festivo y su programa de reconocida participación popular. Era el certificado que auguraba la paz absoluta en medio del jolgorio. Nadie se ha saltado el guión.

Después de un sostenido pulso durante años con Iñaki Azkuna, donde los enfrentamientos se sucedían por el mínimo chispazo, las comparsas proclaman encantadas que han encontrado un entorno mucho más favorable, más comprensivo. En esta catarsis de la voluntad del equipo de gobierno es donde se ha apreciado la intencionalidad del auténtico guiño político de un pragmático Areso.

Con la habilidad táctica de su mano derecha, jalonada además por una incansable toma de temperatura permanente a la fiesta, el alcalde ha dejado su huella. Lo ha hecho sin alardes, brotando sencillez de una figura alejada del protagonismo pero suficiente para afear a quienes jamás imaginaron que podría desplegar semejante complicidad callejera sin que nadie pudiera sentirse desatendido.

Con este éxito personal, Areso libra con nota uno de sus retos más comprometidos socialmente. No es fácil llenar el vacío de Azuna entre bilbainadas, aperitivos, toros y espectáculos. Este alcalde de transición deja su impronta en un escenario siempre difícil para la unanimidad. Pero libre de compromisos para su futuro particular, y meses antes de las próximas elecciones municipales, proporciona, sin duda, a su partido un indudable rédito de buena gestión.

A este clima de complicidad entre quienes tejen la fiesta, y que debe ser reconocido, también ha contribuido, desde luego, la distensión derivada de la elección de una txupinera sin contaminaciones políticas. La amarga y desquiciante experiencia del pasado año dejó demasiados jirones, con una herida suficiente para no caer de nuevo en el error. Cuestión de sensatez.

Bien es cierto que durante años la izquierda abertzale jamás desperdició la oportunidad de las fiestas para profundizar en su lucha. Aunque aquellas insistentes reivindicaciones en favor de la ikurriña y la libertad de los presos de ETA siguen teniendo plena vigencia, el guiño de Areso exigía prudencia en esta edición. No se ha registrado el mínimo incidente. Cada uno sabía lo que tenía que poner de su parte.

El aviso de los autobuses

Por: Juan Mari Gastaca | 22 ago 2014

La imagen de cinco autobuses intencionadamente calcinados lleva mensaje. Este puntual (?) regreso al pasado de la mano de quienes siguen instalados en la hiriente apuesta de la barbarie como acción política conlleva un aviso a más de un navegante. No solo expresa el malestar de un sector anclado en las esencias de aquella izquierda radical ilegalizada por la irresolución de sus reivindicaciones -los presos para ser claros- sino que inoportunamente inocula dudas sobre la solidez del tránsito democrático de esta sensibilidad soberanista.

Pero tampoco deberían sentirse ajenos quienes en nada vienen contribuyendo a aprovechar la ausencia del terror para profundizar en el asentamiento de la paz y la convivencia. El desesperante quietismo del Gobierno Rajoy en cuestión de política penitenciaria como respuesta táctica podría entenderse como germen de quienes equivocadamente demuestran su desesperanza con los métodos en los que siempre creyeron con tremenda fatalidad. El riesgo de que la actual situación enquiste podría visualizarse en respuestas tan denigrantes como la última de Loiu, estratégicamente alejada del foco informativo que estos días suponen las fiestas de Bilbao. Que nadie lo olvide.

Es verdad que solo y exclusivamente los terroristas son los responsables del terror. Ahora y siempre, Pero la sociedad vasca no debe permitir que se diluya la grandeza de su apuesta por la paz una vez conquistada. Desde esta condición siente su incuestionable legitimación para exigir a gobiernos y partidos que encaucen, en el tiempo y sin presiones exógenas, la vía del definitivo entendimiento.

No es cuestión de calibrar el grado de intensidad del rechazo de EH Bildu o en especial de Sortu. Ahí no está la clave del análisis de tan absurdo atentado. En realidad estas formaciones abertzales son víctimas políticas que, paradójicamente, se ven atrapadas en el propio movimiento de condena. Claro que les gustaría elevar la voz contra ese grupo de alimañas criados para el resto de sus vidas en el odio. Desde una óptica de rédito político, afianzaría la credibilidad de su apuesta democrática. Pero, en paralelo, si lo hicieran podrían tensionar las evidente diferencias políticas con cuantos disienten de su actual estrategia política. Y ahí conviven sus tribulaciones. La duda es hasta cuándo van a seguir así.

La presión del resto de fuerzas políticas hacia los radicales democráticos no aporta solución alguna ni contribuye a distender avisos como el de los autobuses de Loiu. Por ahí no vendrá el remedio a la enfermedad. Lógicamente ayudaría como bálsamo, pero el origen del mal necesita de otro tratamiento mucho más invasivo. Y es ahí donde nadie debería pasar la pelota al contrario, empezando, claro, por la propia izquierda abertzale demasiado acostumbrada a cargar las exigencias sobre los hombros de los demás.

 

Munilla dispersa al rebaño

Por: Juan Mari Gastaca | 15 ago 2014

Desde el primer día de su pontificado, el papa Francisco viene pidiendo a los pastores de la Iglesia católica que se acerquen mucho más a su rebaño, que cuiden de sus fieles, que piensen en los demás. El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, parece declararse en rebeldía más de una vez a los ojos del Vaticano. Con sus dinamitadoras homilías -y no solo por comparar aborto y despido libre- empieza a dispersar el rebaño a partir de la discrepancia, resquebraja la unidad en su diócesis y empieza a balancear la carga de sus ideas.

Durante décadas la Iglesia vasca fue entendida como un eslabón más del pronunciamiento nacionalista de una realidad política. Obispos, sacerdotes y seglares confluyeron con frecuencia en la interpretación de una aspiración ideológica siempre sobre el principio irrenunciable del rechazo a la violencia y de la aspiración permanente de la convivencia en paz. No obstante, algunas modulaciones de este discurso en clave evangélica irritaron -sobre todo en Gipuzkoa- a más de un sector de la sociedad vasca en plena sacudida de la violencia. Hasta que Roma dijo basta.

Más allá de los relevos -hondamente significativos- la Iglesia vasca sigue cohabitando con sus mismas raíces. Curiosamente, ese Vaticano que quiso extirpar el nacionalismo de las parroquias de Euskadi con sus últimos nombramientos, aún en presencia de ETA, tiene otro mensaje. O al menos es el que ilumina el papa Francisco y, desde luego, ahí no coincide en ocasiones el verbo de Munilla. Se han cruzado los caminos del Señor sobre realidades mutantes.

El obispo donostiarra destila ideología. Además, ostenta sin rubor su condición de ariete sin levantar el pie del acelerador. Lo hace cuando sube al altar, cada mañana en Radio María y en su ideado adoctrinaminto de la Iglesia que dirige. Le asiste, claro, el derecho propio de su magisterio. Pero, en su ejercicio, debería evitar que se disperse el rebaño. A más de un católico comprometido le ofende cada vez más la carga de profundidad que destila Munilla. Debería saber que provoca la disensión y rasga la comunión.

Mediático, cercano, culto, este obispo abierto a la modernidad y el intelecto renovado causa demasiada hilaridad. Y eso está reñido con la evangelización. Munilla parece atrincherarse cuando se explica. Como si se sintiera acosado por más de un costado y, posiblemente, lo esté desde que llegara para relevar a monseñor Juan María Uriarte.

Es asumible desde el derecho a la discrepancia ética que una inmensa gran parte de la Iglesia rechace el aborto libre, pero al abanderarlo es exigible que su defensa no agreda a nadie y menos con comparaciones tan hirientes. Tiene pleno derecho el aguerrido obispo guipuzcoano a exigir la viabilidad de la educación religiosa; ahora bien, siempre que reconozca las decisiones que se adopten en un marco institucional.

Frente a una realidad socioeconómica lacerante para la dignidad de miles de familias en Euskadi, la palabra de compromiso de su Iglesia tiene que ser muy distinta a la que con reiterada frecuencia emplea Munilla.

Maroto prende la mecha

Por: Juan Mari Gastaca | 11 ago 2014

El alcalde de Vitoria, Javier Maroto, sabe que decenas de miles de sus vecinos critican en voz baja las ayudas sociales a los inmigrantes. Consciente de este malestar, ha decidido hablar en su nombre provocando una viva polémica en la clase política pero no en el ámbito ciudadano. ¿Es lícita esta postura que se ha entendido como oportunista mirando a las próximas elecciones? ¿O simplemente es la expresión inmediata de un sentimiento prendido en amplios sectores de una sociedad agrietada por la crisis? Con su lenguaje crítico, Maroto se aproxima a los dogmas xenófobos. Posiblemente no le importe porque siente el apoyo de muchos ciudadanos y así considera que se siente fortalecido. Pero no debería perseverar más allá de la rentabilidad política que le suponga porque en su condición de alcalde se olvida de quienes no piensan igual.

Es así como está abriendo una inquietante brecha más propia de otros regímenes nada solidarios. En Vitoria, y en el resto de Euskadi, las ayudas sociales son ahora un elemento de fricción. Desgraciadamente se ha instalado una venenosa corriente de opinión alentada por los efectos del paro y de las desigualdades que compromete las conquistas del Estado de Bienestar alcanzado. Y no debería propagarse más allá porque solo responde a prejuicios sobredimensionados a partir -y es verdad- de algunas realidades injustas. A ras de calle se conocen beneficiarios del sistema de ayudas sociales que en nada contribuyen a su digna justificación.

Es ahí donde debería aplicarse un control exhaustivo para fortalecer la razón de existir de este método compensatorio que aplacaría la creciente intranquilidad ciudadana. Incluso, siempre desde una acción coordinada de los grupos parlamentarios, podría escrutarse la idoneidad de su marco legislativo para afinar su aplicación más justa posible. No resulta edificante que las hirientes críticas de Maroto se vean correspondidas por unas histriónicas descalificaciones desde el PNV, como ha ocurrido, o desde otros partidos.

La acción y la reacción resultan estériles. Las lógicas diferencias de criterio se deberían llevar únicamente al cauce de un sereno debate institucional que comenzara sin apriorismos y procurara la idoneidad del reparto equitativo. Bien es verdad que en puertas de la precampaña municipal se antoja quimérico, incluso resulte iluso, apelar al diálogo sereno en una materia tan sensible y proclive a la demagogia. Pero que no sea por intentarlo. No vaya a ser que prenda la mecha en la calle.

¿De qué sospecha Oyarzábal?

Por: Juan Mari Gastaca | 04 ago 2014

El PP vasco ha lanzado contra el PNV una piedra envenenada. Apenas unas horas después de que su secretaria general, Nerea Llanos, activara inesperadamente el ventilador de la corrupción para airear, dice, la gestión de los gobiernos nacionalistas, viene Iñaki Oyarzabal y proclama a los cuatro vientos sus dudas sobre la financiación de los batzokis, las tradicionales sedes peneuvistas.

En sus años de responsable interno del PP vasco, Oyarzabal conocía las grandes operaciones de los partidos políticos en la Vital Kutxa. Y en una de esas mañanas activas tuvo que pedir un préstamo para la actual sede de su formación en Vitoria. Le exigieron tantos avales que se interesó por las condiciones que cumplían los demás. Ahí es cuando conoció la financiación de más de uno de los batzokis del PNV.

Con los datos recibidos en la caja alavesa, Oyarzabal se puso a dividir el gasto de los inmuebles entre los afiliados del PNV. Sorprendido por el resultado del cociente, se lo contó a quien le quiso escuchar, dentro y fuera de su partido. Todos miraron hacia otro lado; vaya, cada uno siguió a lo suyo como hasta ahora. Pero alguien se quedó con las cifras en un papel.

Así las cosas, en plena efervescencia del descaro de Jordi Pujol S. A. y aprovechando la brecha de desencanto que se ha abierto en la ensoñación independentista catalana, los populares parecen buscar la suerte del zahorí en Euskadi. Lo han hecho, además, con un dardo directo que lleva carga de profundidad. ¿La pregunta de Oyarzabal es mera curiosidad o es el principio de la acusación que irá dosificando en el tiempo?

En plena eclosión de las divergencias entre PNV y PP llega una pregunta demasiado incómoda para ser inocente. Harían bien los nacionalistas en precisar la respuesta que va a seguir flotando en el aire y los populares en aportar los datos de que dispongan. No se puede jugar con la honradez de nadie a base de hirientes sospechas. Ni tampoco enmudecer cuando hay respuestas necesarias que ofrecer.

Desde luego, es difícil imaginar que en medio de estas insinuaciones de Llanos y de estas preguntas de Oyarzabal vaya Rajoy a levantar el teléfono para invitar a Urkullu a hablar de las transferencias pendientes. Y, desde luego, mucho menos de presos. Agosto calienta la caldera de septiembre.

El País

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