Territorio Boyero

Sobre el blog

Las películas, las series, las canciones, los libros, la comida y la bebida, el sexo y sus selvas, los viajes y sus imponderables, los festivales, la gente, la vida... este es el ancho mundo en el que se incrusta el 'Territorio Boyero': una exhaustiva amalgama de lo escrito y dicho por el más corrosivo de nuestros cronistas...

Sobre el autor

Carlos Boyero es crítico de cine y de televisión en las páginas de EL PAÍS. Cada jueves, su encuentro digital y su videochat son seguidos por decenas de miles de lectores.

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Los disfraces de la traición ('El topo', 23 de diciembre)

Por: | 18 de enero de 2012

Gary_Oldman_George_Smiley_topo
Existen territorios imaginarios que nos resultan más familiares que nuestro propio barrio. Si te gusta leer, por supuesto. El condado de Yoknapatawpha, que inventó con aroma infinito William Faulkner. Esa Santa María trágica y nihilista, que creó Onetti. O el Circus, sede central del espionaje británico, nombre creado por un novelista inmenso que utilizó el seudónimo de John Le Carré, alguien que escribió mejor que nadie sobre la Guerra Fría y que aunque después siguiera creando una obra muy interesante, nos dejó a sus enamorados lectores con monazo permanente para el resto de nuestra existencia cuando decidió que la batalla entre George Smiley y Karla había terminado.

Debido al conocimiento y la pasión de tantos fanáticos con causa hacia el universo de Smiley, siempre vamos a observar las sucesivas adaptaciones de ese mundo al cine y a la televisión como si fueran algo nuestro. Alec Guinness y James Mason, dos actores grandiosos, se introdujeron con convicción en la gastada piel, el poderoso cerebro y el torturado corazón de Smiley. Y, lógicamente, nos pusimos muy nerviosos al enterarnos que un profesional del numerito como Gary Oldman iba a interpretarle. Pero el proyecto era esperanzador por otra parte. Oldman iba estar rodeado por casi todos los pura sangre del cine inglés (John Hurt, Colin Firth y Toby Jones, entre otros) y El topo iba a ser dirigida por Tomas Alfredson, el retratista de aquella inolvidable, perturbadora y compadecible niña vampira en Déjame entrar.

 

Despejadas ya las dudas y los prejuicios. Es una película excelente, densa, compleja, sutil, con clima, con una ambientación, unos diálogos y unos personajes que huelen por todas partes a autenticidad, a la geografía física y emocional que imaginamos al leer la saga del Circus.

Alfredson se las ingenia para mostrar las esencias de una intriga tan complicada como turbia, utiliza con sentido y claridad algo tan peligroso como los flashbacks, llena de bruma y tortura el paisaje y el alma de los retorcidos personajes, prefiere la sugerencia a la machaconería, dibuja sensaciones intensas con gestos y detalles sobrios, describe con precisión una galería muy amplia de personajes (sentiremos el peso psicológico del maquiavélico Karla y de la infiel Ann, pero nunca veremos su rostro), utiliza muy bien la extraordinaria música que ha compuesto Alberto Iglesias (Alfredson tiene la osadía de cerrar con Julio Iglesias cantando La mer) y dirige con mimo a secundarios de lujo.

El penetrante Smiley, ese hombre introvertido y taciturno que nada sin quitarse las gafas en un lago invernal, que espanta con un leve gesto a la avispa que se ha introducido en su coche, al que solo los tormentos del amor pueden distraer su lucidez, que juega un ajedrez mental a muerte con Karla, está admirablemente comprendido e intepretado por un Gary Oldman que no mueve un músculo de la cara ni altera su voz, que compone a su inteligente y triste antihéroe desde fuera y desde dentro. He visto varias veces este retrato de la traición y de la impostura, de la sordidez del espionaje, de la supervivencia mental cuando se ha conocido el infierno. Me siguen acompañando sus imágenes y su atmósfera. No puedo ni quiero olvidarlo.

Chat del 22 de diciembre de 2011

Por: | 18 de enero de 2012

¿Y qué tal José Ignacio Wert como ministro de Educación y Cultura?

Le he tratado en Canal + y en la Cadena SER. Me cae muy bien. Tiene sentido del humor, es listo y sobre todo le gusta muchísimo el cine. Espero que al final de su mandato sigamos llevándonos bien.

Hola Carlos. Acabo de leer 'Moteros tranquilos, toros salvajes'. ¡Vaya panda de crápulas, no se salva ni uno! ¿Qué te parece? ¿Me podrías recomendar un libro sobre cine de los años 40-50? (aparte del de Moix, por favor). Un saludo

Es un libro soberbio. Eran unos cabrones pero hicieron un cine magnífico, algo probablemente irrepetible en Hollywood. Lea el siguiente libro de Peter Biskind, ajustando cuentas con el cine independiente, con Sundance, los Weinstein, Robert Redford, etc. Se titula 'Sexo, mentiras y Hollywood'. Además de estar venenosamente informado, Peter Biskind escribe muy bien.

Sr. Boyero, ¿algún comentario sobre Elia Kazan? Gracias

Un ser complejo, alguien que delató a sus compañeros para salvar su estatus, un director extraordinario, alguien con sensibilidad especial para contar historias de amor, un hombre que lo sabía todo sobre los actores. Yo amo La ley del silencio, Viva Zapata, Río salvaje y América, América.

Ana Botella, alcaldesa de Madrid. Si no se te vuelves ahora a Salamanca, es que no vuelves nunca.

Pues no vea usted lo que hay allí... Me imagino que terminaremos añorando a Gallardón, personaje hacia el que no tengo simpatía.

¿Se siente compungido porque Lucía Etxebarria deja de escribir por la piratería?

Pensaré en ello durante mis largas noches de insomnio.

¿Cómo pasa nuestro crítico las navidades? ¿Entre DVD?

Currando. También iré a ver a una madre y una tía que solo me conocen a ratos. Pasaré el mes de enero en Argentina. Soy muy convencional, detesto estas fiestas.

Hola, ¿te ha sorprendido que Ricky Gervais repita en los Globos de Oro después de la que se montó el año pasado? A mí sí. Y, ¿qué opinión tienes de él en sus distintas facetas? Gracias

No le he seguido demasiado la pista. Pero creo que tiene una mala hostia muy higiénica.

He leído tus comentarios de fútbol y me gustaría saber tu opinion sobre Emilio Butragueño, gracias.

Insisto en que soy muy convencional. Por ello, cuando Butragueño se paraba con la pelota al borde o dentro del área, yo entraba en éxtasis, como todo el mundo. Era imprevisible y maravilloso, una de las cosas más especiales que he visto en los campos de fútbol. El personaje me queda lejos y su convencimiento de que Florentino Pérez era "un ser superior", no se le ocurriría ni la Groucho Marx más corrosivo. Lo terrible es que lo decía en serio.

Hola, Carlos, ¿qué actriz española te hace entrar al cine sea cual sea la película?

Durante una época Victoria Abril. Antes de anoche yo, que es rarísimo que vaya al teatro porque me aburro mogollón y casi nunca me lo creo, vi a dos actrices extraordinarias. Son Amparo Baró y Carmen Machi. La obra se titula 'Agosto' y está muy bien. Hay momentos impresionantes de interpretación entre estas dos mujeres.

Nunca me tocará la lotería: no tengo chándal y no me gusta la sidra El gaitero... ¿qué le vamos a hacer?

Pues lo que yo. Sobreviva como pueda. Pero no tengo nada contra los que llevan chándal, les gusta la sidra el gaitero y se han hecho millonarios con la lotería.

Muy buenas sr. Boyero. Tengo 45 años y he perdido toda ilusión por la vida tal cual nos la imponen, y en estos momentos soy casi un "parásito social". Mi único consuelo en estos tristes días es refugiarme en series como 'The Wire', que conocí gracias a usted, y me la he zampado en dos semanas, sin hacer otra cosa. ¿Qué otra cosa me recomienda, aparte de ir a tomar el aire y de relacionarme? Gracias y que tenga buena vida.

No hace falta ni que tome el aire ni que se relacione con nadie, si dispone en su casa de un centenar de películas y series formidables, de esas que puedes ver infinitas veces y siempre te descubren algo nuevo. Y tiene usted mucha suerte de ser un parásito social, hay otros que no pueden ni eso. Imagino que a usted le cae la pasta de algún lado. Si se siente muy solo entre película y película recurra al onanismo. Nunca falla.
 

Si yo hiciese una serie de televisón, ¿qué elementos debería contener para conseguir una buena crítica por su parte?

¿Y quién coño es usted?

Me gustaría darle mi más sincera enhorabuena:la lucidez que transmite en sus comentarios (no solo respecto al cine) son de las pcoas que se agradecen en estos tiempos repletos de mediocridad y babosos. Son tipos como usted los que me reconcilian con este mundo. Hay gente que merece la pena ser escuchada por su inteligencia y su transparencia. ¿Cuales son los suyos?

Mucha. Jamás he perdido la capacidad de admiración. Tampoco el olfato para detectar impostores. Hay infinitos.

¿Qué me dirías de 'Un perro andaluz', de Buñuel y Dalí?

¿Qué me diría usted a mí? Elemental, querido Watson.

De 'El tercer hombre' (Reed, 1949) se recuerdan las escenas de la noria y la persecución por las cloacas. Yo me quedo con la escena final: Joseph Cotten esperando, fumando y apoyado sobre un coche, a que pase (a su lado y de él) Alida Valli. Acojonante; para mí, el mejor final de la historia del cine. ¿Eres de los que se quedan con 'Casablanca', o qué finales, que recuerdes, te han marcado? Un saludo.

Yo también recuerdo ese final magistral. Y atrozmente triste. Alida Valli seguirá colgada con el canalla el resto de su vida. Joseph Cotten ha perdido al amigo de toda la vida y a la mujer que hubiera podido llenar su soledad. La atmósfera de El Tercer Hombre es increíble. Mi duda siempre ha sido qué le pertenece en ella a Carol Reed y a Orson Welles. El final de Casablanca es inmejorable. Muchos finales, no hay espacio aquí para enumerarlos. Solo le recuerdo uno: el de Los fabulosos Bakerboys. ¿Volverán a encontrarse Jeff Bridges y Michelle Pfeiffer? Me gustaría, pero lo dudo mucho. Qué putada la vida, separarse estando tan colgados.

Buenos dias Don Carlos. No me entiendo con las mujeres, se me dan muy mal. ¿Alguna pelicula o libro que me ayude a entendarlas? ¿O pido un imposible. Lo mejor para el 2012.

No me confunda con la señora Francis. Yo también le deseo lo mejor.

El exvicepresidente de Goldam Sachs, presidente del Banco Central Europeo; el expresidente de Lehman Brothers en España, ministro de Economía, esto es como nombrar a un pirónamo jefe de bomberos, o lo de la zorra y el gallinero, ¿no cree?. Ayer fui feliz viendo el primer episodio de la 2ª temporada de 'Tremé', un abrazo y feliz año!!!

Por decencia, aunque sospecho que eso es algo con lo que jamás han estado familiarizados los banqueros ni los brokers, este pavo debería de disfrutar de lo que haya logrado con Lehman Brothers y olvidarse de salvar España. Todo lo que cita usted es sórdido. Tremé es arte, vitalidad, supervivencia.

Como dice hoy EL PAÍS, refiriéndose a 'The artist', ¿puede triunfar en los Oscar un filme mudo y en blanco y negro?

Si están detrás los hermanos Weinstein, seguro. Yo me alegraría mucho de que 'The artist' arrasara en los Oscar. Se lo merece su director, se lo merece el cine.

Llevo 36 años trabajando en una oficina, tengo 56 y un futuro negro con el paro a la vista ¿empezamos la revolución "a la francesa"?

¿Se refiere usted a rebanar cogotes con la guillotina? Solo le pido que elija con cuidado. Y me imagino que se suicidará después. Por cierto: ¿siempre en la misma oficina?
 
¿Qué haría con 400.000 euros? Salud y cine, Carlos.
 
Tengo muchísimo más. Me aburre tener tanta pasta.

Hola, Carlos. Pues para mí, Gordo, Gordo, lo que se dice Gordo... yo me quedo con el Gordo de Minnesota. Lo que hubiéramos dado por estar en aquella mesa de billar, ¿verdad?

"Eddie, te conviene pagarle", "jugaste como un maestro, Gordo", "fíjate, se mueve como un bailarín a pesar de lo gordo que está", "chico ¿eres un buscavidas?". ¿Le suenan estas frases, verdad? Hubiera dado un año de mi vida por ser testigo de esa partida. La composición de Jackie Gleason es inolvidable.

Siguiendo tus consejos me he leido 'El poder del perro', 'Cualquier otro dia' y 'Vida y destino'; necesito más, no puedo parar... ¿alguno más tan bueno?

Lea 'Crematorio' (de Rafael Chirbes), 'Último encuentro' (de Sandor Marai) y 'El mapa y el territorio' (de Michel Houllebecq). Celebro haberle ayudado. Siempre guardaré infinito agradecimiento hacia la gente que me ha descubierto libros inolvidables. Lea o relea algunas novelas que han marcado mi vida como 'Rojo y negro', 'Suave es la noche', 'Moby Dick', 'Madame Bovary', 'Sobre héroes y tumbas', 'La isla del tesoro', 'Anna Karenina', 'Ada o el ardor'.
¿Qué opinión le merece el actor Mickey Rourke?
Me deslumbró muy al principio. En Dinner y en La ley de la calle. A partir de ahí no le soporto. Y de acuerdo: su patetismo era muy creíble en 'El luchador'.

¡Buenos días Sr. Boyero! Ayer me pasé la tarde tirada en el sofá y vi en tv 'Magnolias de acero'. Lo que más me gustó fue la relación entre los personajes de Shirley Maclaine y Olympia Dukakis. A la gran Maclaine ya tenía el gusto de haberla disfrutado varias veces, pero no recordaba a Dukakis (señal de mi profunda incultura fílmica seguramente). ¿Qué le parece a usted? ¿Alguna otra 'peli' suya que me pudiera recomendar?

Vea a Olympia Dukakis en la preciosa 'Hechizo de luna', uno de los mejores guiones de comedia que se han escrito. E imagino que ha visto a Shirley McLaine en 'El apartamento'. Como Jack Lemmon, siempre pasaré mi vida enamorado de esa mujer. No está claro que ella se quede con él o vuelva con el amante. Le juro que conmigo no se iría nunca.

¿Para cuando un twitter?

Cuando me quede calvo. Cuando los cerdos vuelen. Cuando deje de amar el cine. Cuando ya no me gusten las mujeres. Cuando deje de sentir añoranza por el alcohol y otras drogas. Cuando crea en Dios. Cuando respete a los banqueros.

Buenas Tardes Sr. Boyero..Has visto usted "Drive" del director Nicolas Winding Refn, reciente ganador en Cannes al mejor director?..y en caso afirmativo ¿Que opinión le merece?..Hala Madrid!

Es magnífica. Es cine negro del bueno. Es muy trágica. Es... ¿cómo puedes jugarte la vida por una mujer y un niño que nunca podrás poseer? La estrenan el miércoles. Vaya corriendo. Y no se le ocurra verla doblada.

Buenas, tocayo, ¿se puede cambiar y ser mejor persona? ¿o lo de Scrooge es eso, sólo un cuento de navidad? felices fiestas.

A mí el amor me hace mejor persona. Siempre correspondido, por supuesto.

Dices que el nuevo ministro de cultura te cae muy bien. Cómo se te ve el plumero, bandido.

¿Le han contado alguna vez que es usted un imbécil irremediable, un arribista, un pequeño corrupto?

Cutrerío (columna en Pantallas del 18 de diciembre de 2011)

Por: | 18 de enero de 2012

Al-Capone
Anita Loos estaba convencida de cosas tan discutibles como que los caballeros las prefieren rubias, pero se casan con las morenas. También de algo estético, cínico o exclusivamente pragmático como que los diamantes son los mejores amigos de una chica. Cada una o cada uno se encapricha con lo que le da la gana. Por ejemplo, no es extraño que alguien dotado de buen gusto pierda la cabeza por los trajes (esa caída, ese corte, esa tela) que se inventa un genio de la elegancia llamado Giorgio Armani. Frecuentar ese estilo no solo es una cuestión de pasta. Los precios de Dolce & Gabbana son parecidos, pero yo solo puedo identificarlos en la versión masculina con tíos de los que me separa casi todo. Y con todo mi respeto hacia la marca Milano no puedo entender cómo un prócer de la cosa pública, ese individuo con apariencia de seminarista relamido llamado Camps, arriesga su populista carrera y su dudosa reputación, por una docena de trajes Milano. El pringue sería comprensible si a cambio Armani va a cubrir tu cuerpo incluso en el entierro, o si te va a dar el gustazo cada vez que te despiertes de observar un par de modiglianis en las paredes de tu dormitorio. Pero no sé, resulta un poco cutre venderse por tan poquita cosa cuando tienes tanto que perder.

Cuando estoy haciéndome estas livianas e inútiles reflexiones un amigo que posee cuchillas en el cerebro me reprocha que a pesar de mi provecta edad siga habitando en el limbo. Recuerda a mi indefendible inocencia que el ilustre Al Capone solo pisó el trullo por haber intentado escaquearse de Hacienda. También que por muy tonto que seas, si has trepado en la política hasta cumbres tan apetecibles, la corrupción tiene que estar amortizada hasta extremos tales que es imposible que los descendientes de tus descendientes pasen alguna vez privaciones económicas. Que si la punta del inalcanzable iceberg, que si esto, que si lo otro. Y por supuesto, desde el respeto absoluto a la presunción de inocencia y al sagrado veredicto de los infalibles jueces.

Balonmano
Había tortas en el internado de mi infancia por pillar los campos de fútbol, las canchas de baloncesto, la pista de hockey sobre patines (con el cruel escarnio cada vez que un torpe, después de esfuerzos involuntariamente cómicos para no caerse, se desparramaban por el suelo), pero la cancha de balonmano casi siempre estaba vacía. Hasta que apareció un atleta con muñeca elegante y prodigiosa marcando goles increíbles, que convertía en un espectáculo hipnótico cada uno de sus gestos. Y el balonmano se hizo popular. Hasta aquellos que convertían en un hilarante drama algo aparentemente tan sencillo como sujetar la pelota con la mano querían tirarse el rollo con este deporte.

Ferré sospechaba con regocijo que el maligno era el perverso responsable del aburrimiento de los Reyes. Sin embargo, imagino que lo que más añora en estos aciagos días Su Majestad es el aburrimiento, que todo esté despojado del menor interés para sus sentidos. De acuerdo: la imagen es fácil o chusca. Pero imagino que el balonmano ocupa un lugar fijo e indeseable en las pesadillas actuales del Monarca. No sabemos si a la esposa de Urdargarin lo primero que le fascinó de él fue su contrastado talento como profesional del balonmano. O el presentimiento de que podía ser un notable hombre de negocios. Aunque lo segundo es improbable, ya que está claro que ni ella, ni nadie de la familia real, tenía la menor idea de cómo se procuraba los garbanzos o el caviar el estilizado yerno de Su Majestad. Y ese inofensivo y minoritario deporte seguirá obsesionándole al constatar con estupor que entre sus duras obligaciones profesionales está el dar audiencia a otro balonmanista que aspira al fin de la monarquía, alguien que representa a un gremio -¿ideológico?- que hasta hace unos meses, transformados repentinamente en demócratas, hubieran deseado perpetrar con la realeza hazañas semejantes a la de los jacobinos con María Antonieta y familia, o los soviets con los afligidos zares.

Al menos, Errekondo no mantiene en la trascendente audiencia la elegante estética de los kale borroka, de los deliciosos cachorritos de Amaiur. Llega al extremo pequeño burgués de colocarse un traje y una corbata al ser recibido por el Rey. Los cachorros ya no podrán fiarse de él. A cambio, el diputado no cometería la grosería de ilustrarle sobre el balonmano. Ay.

Sin palabras ('The artist', 16 de diciembre de 2011)

Por: | 18 de enero de 2012

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Productores, jefes de marketing y espíritus creativos desgastan sus neuronas intentando averiguar cómo se puede mantener la clientela de las salas oscuras. Hacen remakes de películas que convenía dejarlas como estaban, utilizan el 3D hasta en la sopa, rutinariamente, con la avidez de vender entradas más caras a cambio de ofrecer el más difícil todavía, le ofrecen protagonismo exclusivo a los efectos especiales, creen que algo debe cambiar pero no tienen muy claro qué.

Pero, como en los cuentos de hadas, érase una vez en la que un productor llamado Thomas Langmann financió un proyecto con apariencia suicida, una película muda y en blanco y negro. Ocurrió al final de la primera década del tercer milenio, cuando ninguna televisión exhibía cine en blanco y negro en la certidumbre de que no las vería ni Dios, cuando casi todos los niños ignoraban que habían existido dos maravillosos hacedores de risa e incluso de lágrimas (lo segundo solo en el caso de Chaplin, la poética de Keaton no se permitía el sentimentalismo), cuando los agoreros o el realismo aseguraban que iban a desaparecer cosas, rituales y costumbres que habían donado entretenimiento, alegría, emoción, consuelo y felicidad a la gente de cualquier parte. Se titulaba The artist y la parió Michel Hazanavicius, un soñador dotado de fe inquebrantable en su criatura. Y cuentan las crónicas que esa película presuntamente descabellada enamoró a un público numeroso, le concedieron oscars y multitud de premios e incluso esos seres tan raros cuyo exótico trabajo consistía en hacer críticas de cine le concedieron su solemne bendición. Y si todas esas apetecibles y lógicas cosas no hubieran ocurrido con The artist, daría igual. Nadie podría despojarla de su condición natural de joyita, o de joya a secas.

La historia que narra esta admirable película se ha contado muchas veces (no solo los cinéfilos recuerdan lo que ocurría entre James Mason y Judy Garland en Ha nacido una estrella, también está el recuerdo agradecido del gran público), pero el talento de Hazanavicius logra que suene a algo nuevo, o que no te importe que te la vuelvan a contar. Sigue las reglas clásicas que marcaron una época en la que el cine no había perdido la inocencia, incluida la milagrosa salvación en el último momento. Algunos listorros deducirán que se sabían esta película de principio a fin y que dado el infinito valor del tiempo no tiene sentido desperdiciarlo. Allá ellos.

Sin el menor rasgo de impostura, sin juguetear frívolamente con la nostalgia, sin estomagantes moderneces, Hazanavicius construye una tragedia que comenzó con risas. Habla de un rey del cine mudo, vitalista, generoso, elegante, seductor sin esfuerzo, con la seguridad tranquila del que ha vivido largamente los días de vino y rosas, que no ha previsto el ocaso, lo inadecuado de su personalidad para seguir triunfando cuando el cine empieza a hablar, cuando lo que antes era esplendoroso ahora resulta anacrónico o ridículo. Este hombre acorralado, que como aquel personaje de Fitzgerald ya puede hablar con la autoridad que le otorga el fracaso, que cree haberlo perdido todo, que intenta mantener la dignidad en medio de alcohol amargo y la ruina, aún dispondrá de la última oportunidad, otorgada por una triunfadora enamorada, por alguien con memoria y corazón que se ha adaptado brillantemente a los códigos del nuevo mundo.

Todo fluye con inteligencia, gracia y sentimiento en The artist. Incluida una secuencia tremenda e inolvidable en la que el protagonista empieza a ser consciente de los sonidos de la realidad y de cómo afectarán al cine. Dispone del espléndido actor Jean Dujardin y de la seductora y radiante actriz Bérénice Bejo, acompañados de secundarios magistrales como John Goodman y James Cromwell. Y todos los espectadores con cerebro y corazón en un determinado momento nos ponemos a bailar claqué aunque no sepamos. Y aplaudimos. Y salimos del cine con una sonrisa duradera y el alma gozosa.

Surrealismo (columna en Pantallas del 11 de diciembre de 2011)

Por: | 18 de enero de 2012

Todos aquellos que escupíamos inútilmente al cielo en aquel puente de la Constitución que en principio nos iba a donar sosiego y felicidad añorábamos la ley de Lynch, celebrábamos el glorioso invento de monsieur Guillotin y sus selectivas aplicaciones, confiábamos en que aquel señor que sentía debilidad por hacer trapicheos en las gasolineras descargara la furia de la ley contra los piratas del aire enviándoles una larga temporada al trullo y confiscando las fortunas que habían ganado con el sudor de sus horas extras, descubrimos con el tiempo lo de siempre. O sea, que nunca pasa nada. También que los aviadores sin tacha preparan otra huelga para la dulce Navidad. Porque ellos son como Espartaco, porque a lo peor les exigen pasar más tiempo en el insano cielo, porque son muy machos.

Lo anterior entra dentro de una lógica ancestral, nos han acostumbrado a los viajeros que hemos pagado inexistentes vuelos a sentirnos como una mierda cada vez que les sale de sus sabios genitales. Pero da igual. Gemimos y esperamos con resignación la próxima fechoría. A ninguna de las víctimas nos ha dado por empezar a quemar aeropuertos. Damos asco. Nos lo merecemos.

No sé si existen lazos sanguíneos, o solo ideológicos, o solo solidarios, entre pilotos y controladores, pero los primeros parecen realistas, mientras que los segundos poseen una vena surrealista. Solo desde ese estado se puede entender algo tan gracioso y transgresor como que hayan presentado una querella criminal contra AENA por haber atentado contra su honor cuando les militarizaron. Mi única duda estriba en no saber qué significa exactamente eso tan solemne del honor. Pero está claro que los forajidos poseen toneladas y que no quieren socializarlo, ni siquiera que les roben una pizca.

Llorenc-Morell-cobro-la-pensio_54240881339_53699622600_601_341Hay más homenajes al surrealismo en esta semana llena de domingos, saturada de tardes, según la portentosa columna de Millás. Que subversivos funcionarios estatales le concedieran una pensión de viudedad al astuto Llorenç Morell (en la imagen) después de haber despachado a su señora con 10 puñaladas. Como los antiguos diputados electos de Batasuna. Imagino que cobraban su sueldo después de cada asesinato de ETA.

También ahora hay clásicos (Babelia, 10 de diciembre de 2011)

Por: | 18 de enero de 2012

Wilco-paris-015
Alguien aseguró sin posibilidad de desmentirle o de negociar su certidumbre que todo estaba ya escrito. Ocurrió hace cuatrocientos años. Doscientos más tarde a otro escéptico se le ocurrió lo mismo. Se supone que incluía algo nuevo que se hubiera escrito en esos dos siglos. Y así hasta la eternidad. Algo que también sería aplicable a la música, a la pintura, al teatro, al cine. Bueno, al cine no, ya que la criatura solo tiene cien años y todavía hay margen para que Keaton, Lubitsch, Ford, Hawks, Buñuel, Wilder y gente así tengan continuidad. Por mi parte, convencido frívolamente de que no existe nada nuevo bajo el sol, me he limitado en el terreno de la música a escuchar interminablemente discos que se grabaron entre los sesenta y los noventa y a seguir exclusivamente la obra y los conciertos de músicos que bordean o superan la setentena y de otros que la palmaron prematuramente.

Ningún miedo a que el apocalipsis me pillara en la vieja y única compañía de estos, transmisores de los mejores sonidos del universo, incluidos los de la calle y los del corazón, de sensaciones sin límite de caducidad. Digamos que cerré mi grifo melómano a partir de los Clash, Police, Joe Jackson y Elvis Costello. Exagero. También disfrute del Prince de Sign O' the times, Purple rain y Parade aunque detestara la apariencia de ese rey de la modernidad. Y al principio, esos señores tan pesados, efectistas y concienciados llamados U2 me conmovieron durante un perdurable rato con el espléndido The Joshua tree. El Green de los ecologistas R.E.M. tampoco estaba mal. Con el existencialismo grunge de Nirvana ya no pude.

Y estaba instalado tan ricamente en mi adorado paleolítico y desoyendo los cantos de sirena sobre los prodigios de la actualidad cuando alguien me convenció de que escuchara a un tipo irremediablemente triste y volcado en las zonas oscuras del amor llamado Damien Rice, cuya banda sonora era lo único memorable de la irritante película Closer. Y, efectivamente, su disco O era hipnótico. Pero esa excelencia no tuvo continuidad. En lo siguiente ya no había sorpresa, solo repetición. Su lamida de heridas empezaba a resultar tan previsible como tediosa. También noté que la voz prodigiosa y el lacerante sentimiento de un señor vestido de señora que respondía al nombre de Antony me removía fibras íntimas, me provocaba el ensimismado desgarro que solo transmiten los verdaderamente grandes. Incluso me atreví a ver y escuchar de cerca a individuo tan exótico, a costa de perderme la prórroga de la más impresionante final de la Copa de Europa que ha existido, con el Liverpool y el Milan empatados a tres goles. Y allí observé y sentí las perturbadoras canciones, el magnetismo musical que desprendía un individuo adornado con ropaje y bolsos de abuelita. Sigo oyendo sus discos, aunque con prejuicios y confusión, ya que me enteré de que era el músico que mejor conectaba con la sensibilidad de Isabel Coixet y consecuentemente sus canciones formaban parte de la banda sonora de sus atormentadas y líricas películas. Y me repito que algo falla. También me puede dar un infarto si en el futuro cine de Garci aúllan Van Morrison o Tom Waits.

Curado de la necesidad de escuchar en directo o en diferido a los artistas del aquí y ahora, seguí a lo mío, administrándome en la soledad de mi casa sobredosis de John Coltrane y de Bill Evans, oteando con ansiedad futuras visitas de Bob Dylan, Lou Reed, Bruce Springsteen, Leonard Cohen, en fin, los de siempre, los eternos hechiceros de mi alma.

Pero ha ocurrido un milagro. Amigos jóvenes (mi concepto de juventud es generoso, todos andan entre los treinta y los cuarenta), cuyas opiniones y gustos respeto y valoro, me habían puesto la cabeza loca desde hace tiempo con las excelencias de una banda llamada Wilco. A mi desconfiada pregunta de qué tipo de música hacían me respondían con lógicas vaguedades, me aseguraban que no eran etiquetables, que tenía que juzgarlos por mí mismo. Y con las debidas precauciones fui al pintoresco Circo Price para ver y oír a un individuo pequeño y barbudo que responde al nombre de Jeff Tweedy y que ejerce de pausado boss entre individuos con pinta de normales. Su música, sin embargo, es excepcional. Y ecléctica, inclasificable, personal. A ratos suena a country, a rock, a pop, incluso a jazz. Desde One sunday morning, la primera y preciosa canción que interpretan, el instinto y la evidencia me repiten que me voy a enamorar perdurablemente de esta gente, que son como los de antes, que son uno de los nuestros.

Y con la pasión del enamoramiento y el fervor de los conversos desde hace un mes solo escucho a Wilco. No solo reviviendo las sensaciones de un domingo por la mañana, que cierra su último y espléndido disco The whole love. También Sky blue sky, que contiene la maravillosa Impossible Germany, una canción que puede hacerte flotar y provocar una lágrima. Y el extraño A ghost is born. Y el complejo Yankee Hotel Foxtrot. Y poseyendo la certeza de que nunca serán flor de un día, de un mes, de un año.

Con otros juglares amados, los de toda la vida, crees jugar sobre seguro, cuando te informan de que Tom Waits vuelve al estado de gracia con su último disco, Bad as me. Que no es tan áspero ni tan dodecafónico como algunas perlas anteriores, que no tiene nada que envidiar a esas obras maestras tituladas Rain dogs y Franks wild years. Pero no es cierto. Es heterodoxo y también encuentras una canción notable como Pay me. Lo cual no sirve para certificar una resurrección esplendorosa. Los que sabemos de qué va la historia, los que hemos considerado desde los comienzos a este señor como algo nuestro, rogamos a los dioses que vuelva a crear canciones imperecederas como Downtown train, In the neighborhood y Cold cold ground. Y si no es así, tampoco lloraremos. Porque siempre nos quedará la belleza en el recuerdo.

El perdón (columna en Pantallas del 10 de diciembre de 2011)

Por: | 18 de enero de 2012

Midnight-in-paris-wilson-cotillard-foto-2
Cuenta Woody Allen en su última película que al llegar la medianoche a París pueden ocurrir cosas tan improbables como que en determinada calle se te aparezca el esplendor artístico de los años veinte. Y si tu sueño es habitar otra época en la que estás convencido de que te divertirías mucho, conocerías a gente fascinante y serías feliz, pues tampoco hay problema, directo a la belle époque. Pasada la euforia de ese soñador que ha atrapado su sueño, este se plantea que en ese pasado no existía la novocaína al acudir al temible dentista, ni los antibióticos enfrentándose a las devastadoras bacterias, ni esas que hacen desaparecer el dolor o hacen mucho más lento el camino hacia la tumba. Consecuencia: vuelve echando leches a ese mundo actual que no le gusta, con tristeza al separarse de un amor que ha decidido quedarse en el pasado, lo superará.

Y piensas que determinadas enfermedades tuvieron aureola literaria, aunque desapareciera en el caso de los pobres con los que se habían cebado. Que la tuberculosis podía ser la consecuencia de haberse puesto hasta arriba de todo. Y que la enloquecedora sífilis podía ser el resultado de haber follado cantidad y que me quiten lo bailao. Incluso la malaria también podemos asociarla a los viajeros poéticos, al aventurero vocacional, tiene aroma épico.

Estados Unidos acaba de pedir perdón a una gente muy lejana. Está de moda el arrepentimiento. La Iglesia católica también pide disculpas por haber violado a tantos indefensos críos. ¿Y por qué hinca la rodilla y suplica redención Obama? Por los nobles afanes de la ciencia entre 1946 y 1948 (sí, después de haber fundido a los villanos nazis) para erradicar la sífilis y la gonorrea. Una eminencia de la medicina norteamericana hizo múltiples experimentos para destruir esas pestes ancestrales. ¿Utilizaron como cobayas a sus queridas madres, a sus mujeres, a sus niños, a ellos mismos? No se les ocurrió, demasiada implicación personal, no es científico. Fueron a Guatemala y experimentaron con niños huérfanos, con enfermos mentales, con las putas más tiradas. Y les jodieron para siempre. ¿Por qué Kurtz solo podía decir: "El horror, el horror"?

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Aquel señor con un hoyuelo en la barbilla que despedía electricidad, mirada fiera y sonrisa reveladora de haber practicado todos los códigos de la supervivencia, que al igual que James Cagney parecía actuar desde la punta de los pies, que podía ser tormentoso, canalla y épico, alias Kirk Douglas, ha tenido una muerte memorable demasiadas veces en el cine. Y esas defunciones siempre me han conmovido, guardan un lugar privilegiado en mi memoria.

Y no me refiero solo a ese crucificado Espartaco que antes de expirar puede ver a su hijo en brazos de su mujer. Da igual que su personaje fuera una piraña, como el periodista de El gran carnaval. Ver palmarla a Douglas, a ese hombre que tantos hombres ha sido sin dejar jamás de ser el mismo, me provocaba una sensación emocionante. Verle feliz también, pero estaba menos dotado para vivir, o que le dejaran vivir, demasiado tiempo en ese estado. El hijo del trapero judío, el tipo al que detestaba el gran Robert Mitchum, el que saldría requemado pero vivo de cualquier fuego, siempre ha sido, es y será uno de mis héroes. ¿Que por qué aparece alguien tan poco actual en esta página? Porque el que moría mejor que nadie el viernes cumple 95 años. O por algo tan prosaico e innegociable como que me da la gana. Su cuerpo está devastado, no puede hablar, pero sus ojos siguen brillando. Le vimos en la última edición de los Oscar. Y sabíamos que estábamos ante una de las escasas leyendas vivas que le quedan al gran cine. Ojalá que siga respirando mientras lo desee.

Pero hablemos de malvados de verdad, simpáticos, astutos, diablos cojuelos, que jamás alcanzaron el estrellato, aunque su trabajo delante de la cámara siempre fuera modélico; de esos actores a los que es imposible no creerte, dueños de una filmografía que apabulla por los maestros que le dirigieron.

También es judío y se llama Eli Wallach. Hoy cumple 96 años. Es lamentable que el gran público solo se fijara en su perversa presencia cuando Sergio Leone, ese señor que tanto daño intentó hacer al western, le eligió para que les robara el plano a Eastwood y a Lee van Cleef en El bueno, el feo y el malo. Wallach es taimado, peligroso, cínico, sabio, danzarín. No es un milagro sino fruto de una vitalidad asombrosa que todavía sigamos viendo su rostro en el cine. Compruébenlo en El escritor y en Wall Street 2. Pero la mejor despedida se la ofreció Coppola en el tercer Padrino. Jamás Michael Corleone tuvo un hueso tan maquiavélico y suave que roer. Pero la muy pérfida Connie Corleone libraba a su hermano del problema poniendo ciego de envenenados buñuelitos a Wallach.

Y en enero cumple 94 años el enorme Ernest Borgnine. Este podía ser sádico o buenazo, el hijo puta que intenta machacar la existencia a Sinatra en De aquí a la eternidad y a Marvin en El emperador del norte, o ese pobre carnicero con sed de amor y de una felicidad razonable en Marty. Y fue grandioso y lírico como colega enamorado de Pike Bishop en Grupo salvaje, recordándole a gritos algo tan discutible como: "No importa que hayas dado tu palabra, sino a quién se la das". Benditos sean estos ancianos. No os muráis nunca.

Hay conceptos, como el muy popular de buscarse la vida, que se prestan a mogollón de interpretaciones. En principio, sus raíces suenan a proletarias, o haciendo caso al poeta Cesar Vallejo, al instinto de supervivencia de los que nacieron un día en el que Dios estaba enfermo, o a la soledad extrema del que no ha tenido padres o padrinos que garantizaran económicamente su presente y su futuro, que le permitieran nadar tranquilamente en ese tormentoso mar que es el mundo, e incluso pasar su existencia tocándose los genitales. Por ejemplo: ¿Se puede considerar que lo único que ha hecho Iñaki Undargarin, eximio balonmanista y duque por la gracia de algún poder terrenal o divino, es buscarse la vida a través del ancestral cambalache consistente en yo te doy si tú me das y mientras tanto que le vayan dando al mundo, a la honradez, a la moral, a esas cositas tan pomposas como inútiles?

Veo una serie de HBO (con la que estoy mosqueado últimamente, ya que no todo el monte es orégano, ni Sopranos y escuchas, sino que también hay sangre más estomagante que fresca derramada por esos vampiros tan idiotas como posmodernos) titulada Buscarse la vida en América. Debido al enunciado, imaginas que va a pertenecer al glorioso género de perdedores, con halo romántico o sin él. Y efectivamente, los protagonistas son dos perdedores neoyorquinos, pero de diseño, de los que saldrían en la portada de la sección de tendencias, para darles un cabezazo en la nariz nada más verlos y sin necesidad de explicaciones. Son diseñadores de vaqueros japoneses, no tienen claro en qué loft y con qué modelo o diseñadora van a dormir cada noche, hacen taichi, siempre están invitados a exposiciones guays, pillan éxtasis para sus amigos brokers, etc.

Me reconcilio con la verdadera naturaleza de tener que buscarse la vida cuando observo al brioso minusválido El Langui en la épica tarea de meterse en la bañera en la película El truco del manco. Después este le habla con gracia y veracidad a Cayetana Guillén. Me fascina tanto el personaje que ni siquiera me distrae el magnífico escote de su interrogadora.

El País

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