Antonio Estella

Sobre el autor

es Catedrático Jean Monnet de Gobernanza Económica Global y Europea y Profesor Titular de Derecho Administrativo en la Universidad Carlos III de Madrid. Es doctor en derecho por el Instituto Universitario Europeo y posee un master en Derecho Europeo por la Universidad Libre de Bruselas. Es promotor y miembro del Grupo de Trabajo 'Plan B', dedicado a realizar propuestas alternativas a las salidas de la actual crisis económica.

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Teología Económica

Por: | 20 de febrero de 2013

¿Qué tienen que ver la teología y la economía? Mucho, nos dice el profesor Stiglitz en este seminario que adjunto debajo y que fue celebrado hace unos meses, en septiembre de 2012, en el Union Theological Seminary de la ciudad de Nueva York. En el día en el que se celebra el debate conjunto del Estado del país y del Estado (presupuestario) de la Unión Europea, conviene rescatar de nuevo esta conexión entre ambos aspectos: teología y economía. 

  

Puede parecer algo iconoclasta y hasta contradictorio mezclar ambas materias. La teología es la ciencia “que trata de Dios” mientras que la economía… bueno, de qué trata la economía es algo que no se puede definir simplemente en una frase, sobre todo desde que estallara la Gran Recesión. Digamos que la economía tiene que ver con la descripción y la explicación de los fenómenos económicos (es decir, de por qué las personas hacen lo que hacen cuando actúan en su calidad de agentes económicos) pero sin duda alguna esta es una definición que no dejará satisfecho a nadie. En cualquier caso, lo importante es señalar que se está dando una importancia creciente desde distintos centros de pensamiento a la conexión entre ambos mundos. Personalmente soy agnóstico, pero si leo el pequeño encabezamiento que acompaña a la transcripción del seminario, entonces entiendo todo mucho mejor. La conversación que publico arriba es un diálogo sobre la conexión entre la economía y “la esperanza, la felicidad, la muerte, el sufrimiento, los valores, la gracia, la virtud y la maldad”. Planteado así, esto significa todo un conjunto de cosas que creo que son realmente muy interesantes.

Primero, implica asumir que la economía ha dejado de tener un perfil humano, o humanista, desde hace mucho tiempo. Stiglitz dice que las razones de esta deriva son variadas, pero en esencia, todas ellas tienen que ver con el hecho de que es duro para la gente más senior, llamémosla así, tener que bajarse de un determinado caballo después de haber estado montado en él durante los últimos 25 años. Si un economista ha estado defendiendo toda su vida que los mercados son perfectos y que su propia auto-regulación lleva a resultados que son Pareto-óptimos, entonces será muy difícil que esa persona acepte la evidencia tan contundente que existe hoy en día en la dirección contraria. Tomemos el caso americano: lo que vemos no es una mejor distribución de la riqueza a lo largo del tiempo, sino una peor distribución de la misma en este país. Los pobres son cada vez más pobres, la clase media es cada vez menos media y más baja, y por el contario el famoso 1%, el que está arriba del todo, es cada vez más rico.

Bien, como estamos en el día que se va a producir en el Congreso el crucial debate sobre el presupuesto de la Unión, también podemos poner algún que otro ejemplo europeo. Imagino que a los apóstoles de la austeridad, aquellos que profesan la religión de que la única manera de purgar los pecados económicos y redimirse es a través del castigo y la flagelación, les será muy difícil aceptar la evidencia tan manifiesta y contundente que hay en el sentido exactamente opuesto. Incluso es posible observar un cierto movimiento cismático dentro de esa confesión, ya que algunos de los obispos de la religión de la austeridad, como el FMI, están empezando a decir que quizá fuera oportuno cambiar ligeramente de orientación. Son pequeños movimientos, pero recordemos, el protestantismo no se fraguó en una sola noche.

Habría muchas más reflexiones que hacer sobre esta interesante conexión entre dios y la economía. En Estados Unidos mucha gente se considera creyente y es incluso practicante. En Europa la religión y el fenómeno religioso están en claro declive a pesar de lo cual algunas personas se siguen considerando creyentes (imagino que “por si acaso”: yo mismo me planteo muchas noches que, si luego dios existiera, me penalizaría seguro por haber sido agnóstico, y me mandaría al infierno; en esos momentos solo me consuela pensar en Maquiavelo, quien decía que probablemente el infierno es mucho más divertido que el cielo). En cualquier caso, si esta es una vía para activar y potenciar un debate más profundo sobre cómo le damos un perfil ético a la economía (y a todas aquellas ciencias sociales conectadas con ella) bienvenida sea. Realmente lo necesitamos, y no solamente en Estados Unidos, también en Europa. En el día en el que se discute sobre las maltrechas cuentas de la Unión no está de más recordarlo.

El País

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