Antonio Estella

Con las condiciones de la gente

Por: | 03 de junio de 2014

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La historia de la democracia es, en gran medida, la historia de cómo se pasó de un sistema, el ateniense, originalmente concebido para que fuera la gente la que tomara las decisiones, a un sistema, el liberal, en el que son los representantes de la gente los que las toman. O si queremos, es la historia de cómo se va transitando del autogobierno hasta el actual sistema de gobierno representativo. Es tan fuerte la asimilación que hacemos hoy en día entre “democracia” y “representación” que a menudo nos resulta casi completamente imposible entender la democracia como lo que originalmente fue: el gobierno de la gente, el autogobierno.

Como Bernard Manin ha expuesto de forma magistral en su libro “Los principios del gobierno representativo” (1998), la imagen idealizada que habitualmente tenemos de la democracia ateniense, en la que las decisiones las tomaba el pueblo, por el pueblo, y para el pueblo, dista algo de lo que ocurría en la realidad. En la práctica, la democracia ateniense daba un cierto margen al establecimiento de instituciones que “corrigieran” de alguna manera el sesgo populista que la idea de “democracia directa” originalmente pudiera proyectar. Dicho de otra manera, los atenienses creían en la democracia, pero también eran pragmáticos. Sabían que no todas las decisiones se podían tomar en asamblea. Sabían, en definitiva, que el fin último de la democracia era la libertad, no los procedimientos. Todo el gobierno del pueblo que fuera posible, siempre y cuando ese ideal de justicia colectiva (la libertad) no se truncara.

Este pequeño recordatorio tiene que valer para intentar entender cuál es el reto que tenemos por delante, en lo que a la democracia se refiere, en el siglo XXI, en nuestro país y también fuera de él, por ejemplo, en Europa. Ese reto es el de retomar el ideal de democracia original, el ateniense, o si uno prefiere, el republicano, e ir abandonando de manera progresiva el actual modelo de democracia solamente concebida a través de la representación. Y al hacerlo, debemos de ser conscientes, también, de los problemas que tiene la democracia directa, el autogobierno en todas y cada una de las circunstancias, el continuo recurso a la decisión de la gente, de la misma manera que los fundadores del ideal de democracia al que tenemos que volver eran conscientes de ellos. Autogobierno, siempre y cuando sea posible. En los demás casos, gobierno con las condiciones de la gente.

Los resultados que arroja la democracia directa, en aquellos países en los que se practica, son como mínimo inciertos. La gente participa poco cuando es llamada a decidir sobre todas y cada una de las cuestiones que nos podamos imaginar: así ocurre en Suiza. Pero entre el extremo de estar decidiendo todos y cada uno de los días y el de elegir solamente cuando hay elecciones a representantes cabe un camino intermedio que en realidad es el que nos conecta con la democracia ateniense.

Uno de los ámbitos en los que ese camino se puede empezar a transitar es el del gobierno de los partidos políticos. No tendría sentido que todas y cada una de las decisiones que toman los partidos políticos se decidieran en asamblea. Incluso Podemos se ha dado ya cuenta de ello: si quiere seguir progresando necesita dejar de ser completamente asambleario. Pero tampoco tiene sentido que sean los dirigentes de los partidos los que tomen las decisiones que les conciernan siempre y en cualquier contexto. Hay decisiones clave que se tienen que devolver a la gente. Por ejemplo, la de cuáles serán sus candidatos y sus dirigentes.

Los atenienses veían en la democracia, en el gobierno del pueblo, un conjuro frente a lo que ellos consideraban como uno de los peores males del buen orden social: el profesionalismo político. Por ello establecían todo un entramado institucional, que pivotaba en torno a la asamblea del pueblo, y que intentaba evitar ese riesgo. Como señala el propio Manin “los demócratas atenienses percibían un conflicto entre democracia y profesionalidad en cuestiones políticas”. Ante ello, la democracia “consistía en dejar los poderes decisivos en manos del pueblo”. Es del pueblo de donde deben emerger los posibles líderes; y es el pueblo el que los debería elegir.

En el conflicto que se ha producido en el PSOE, a raíz del resultado de las elecciones del pasado 25-M, se han planteado numerosas alternativas para la elección de sus nuevos dirigentes. Ha habido tres modelos: la elección a través de delegados; la elección a través de militantes; y la elección a través de la gente. El primero enlazaría con el viejo modelo de democracia liberal, a través de representantes, al que estamos acostumbrados; el tercero conectaría con esa vuelta al sentido original de democracia que defiendo en estas líneas; y el segundo sería un término medio entre los dos anteriores.

Elegir a los futuros dirigentes del Partido Socialista a través de representantes nos devuelve, como ya hemos dicho, a la noche más oscura del liberalismo democrático, a la visión más profesionalizada de la política. Pero, ¿qué decir del voto a través de los militantes? Se suele aducir que en realidad los militantes son “los dueños del partido”, y que son los dueños los que tienen que decidir sobre su dominio. Sin embargo, creo que los auténticos dueños de los partidos políticos son, en realidad, los ciudadanos. De los partidos es de donde salen los líderes que luego dirigirán al conjunto de la gente. Por tanto, la gente, toda en su conjunto, es la que tiene que poder decidir sobre esos dirigentes que quizá, algún día, llegarán a gobernarles. La elección por primarias abiertas a toda la ciudadanía de los dirigentes de un partido político no es una cuestión que solamente ataña a los partidos. Más bien, es una cuestión que enlaza con el debate de qué democracia queremos a partir de ahora; de cómo reconectamos con el sentido original que la palabra democracia una vez tuvo y que, con el tiempo, ha ido perdiendo casi por completo.

Hay 1 Comentarios

Elecciones abiertas a la gente para elegir candidatos a gobernar un país, una comunidad autónoma, un municipìo. Podría estar de acuerdo, en principio. Pero abiertas a la gente para dirigir un partido no. Un partido político tiene un ideario al que se acercan quienes se sienten próximos al mismo. Ese partido puede ofrecer a la sociedad dirigentes honrados y competentes para que pueda elegir, pero en el marco de una ideas que se corresponden con las del partido. Vamos que no estoy de acuerdo con que los auténticos dueños de un partido sean los ciudadanos, como tampoco son dueños de una organización pública o privada a la que no pertenecen, por mucho que sus decisiones puedan afectarles en algo

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Sobre el autor

es Catedrático Jean Monnet de Gobernanza Económica Global y Europea y Profesor Titular de Derecho Administrativo en la Universidad Carlos III de Madrid. Es doctor en derecho por el Instituto Universitario Europeo y posee un master en Derecho Europeo por la Universidad Libre de Bruselas. Es promotor y miembro del Grupo de Trabajo 'Plan B', dedicado a realizar propuestas alternativas a las salidas de la actual crisis económica.

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