El cliché es un lobo para el hombre

Por: | 06 de febrero de 2012

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Dead doctrines (1987), obra del artista portugués Leonel Moura


por ISMAEL GRASA

Después de trabajar seis años como profesor de filosofía para alumnos de bachillerato, de haber leído miles de sus comentarios de texto y de debatir con ellos casi a diario, estoy en condiciones de señalar algunas de las “ideas hechas” más extendidas entre ellos sobre el hombre y la sociedad, y que no son más que las que están en la calle. A veces son ideas que ni ellos mismos piensan, y que saben que yo tampoco pienso, pero que de algún modo, extrañamente, se sienten obligados a repetir. Una de ellas es que la especie humana ha seguido un camino equivocado y que la civilización es mala (y la Occidental, ¡no digamos!); que antes (no se especifica cuándo, claro está, como sucede con los mitos) las personas eran más felices que ahora (cada no mucho tengo que volver a oír eso de que en África la gente no se suicida ni toma antidepresivos como lo hace en Suecia, y yo tengo que ironizar con esas famosas embarcaciones atestadas de gente que huye de Europa hacia África en busca de una vida mejor y más digna, ¡la dicha del analfabetismo!); otra es que nuestras sociedades capitalistas o de libre mercado nos hacen necesariamente seres insatisfechos (como si la felicidad no dependiese de la libertad individual y la autonomía personal, sino que las personas necesitasen a alguien por encima que les racione y administre los bienes, como se hace con los menores de edad cuando se les da la paga), consumistas (al parecer es mejor no poder elegir), egoístas (el altruismo ha de venir desde arriba, se deduce) y, como muchos de los alumnos dicen, “materialistas”.

Carter_landscape02Cuando explico la teoría aristotélica del zoon politikon, de que el hombre necesita de la sociedad para desarrollarse conforme a sus capacidades y ser feliz, los minutos parecen a veces pasar sin pena ni gloria, pero en cuanto paso a explicar a Hobbes y su homo homini lupus –el hombre es un lobo para el hombre–, sus antenas parecen desplegarse y, de hecho, no hay alumno que no lo memorice y lo cite en el examen, se pregunte o no, incluso en latín, sin saber latín. Y lo mismo sucede con Rousseau, a quien en rigor ni siquiera tienen que estudiar, porque es el autor que respiran cada día: su idea de que las sociedades complejas corrompen al hombre, de que la naturaleza va ligada a la bondad, y todo lo que dio lugar al mito del buen salvaje: los indígenas y comunidades “no contaminadas” son el ámbito del bien, nuestra civilización es el del mal, etcétera. Recientemente puse en clase un documental, una producción televisiva sobre los orígenes del ser humano, y, al tratar sobre el abandono del nomadismo, volvimos a escuchar el ideario: el nómada es el hombre libre frente al que cultiva la tierra y cuida del ganado, que se hace esclavo de su nuevo modo de vida y se vuelve egoísta; el hombre sedentario defiende mezquinamente la linde de sus propiedades, frente al nómada que tiene el privilegio de dormir “bajo las estrellas” (el caso es que en el documental se ve a los nómadas de noche en medio de una tormenta, y su “privilegio” no parece que lo sea tanto, a decir verdad; se ve también a una mujer que tiene que parir a la intemperie y muere, de modo que sus compañeros tienen que dejar al recién nacido al cuidado de los sedentarios, porque no pueden asegurar su supervivencia –pero nada de esto hace cambiar el enfoque de la voz en off, como si las palabras no tuviesen el compromiso de ajustarse con los hechos que muestran–).

Podría seguir extensamente describiendo las ideas con las que me enfrento diariamente, y que me duelen más por lo que tienen de clichés, de lugares comunes, que por el hecho de que discrepe de ellas. Y otro apartado sería el de las teorías conspirativas –verdaderamente, todo un género, muy del gusto juvenil– y el de las leyendas urbanas –las más repetidas tratan sobre chinos en España, con trasfondo racista y pueblerino–.


Dicho esto, diré también que tengo una confianza grande en mis alumnos, y en las personas y en la democracia. Yo no era mejor que ellos, ni creo serlo ahora. De hecho, son ellos los que en estos años me han reafirmado en algunas convicciones básicas: que el hombre es capaz de hacer cosas desinteresadamente, como buscar la verdad; que el conocimiento y la tecnología forman parte de una corriente deseable y no necesariamente depravada; y que las personas nos hacemos mejores junto a las otras personas.



GrasaIsmaelLibroISMAEL GRASA (Huesca, 1968) es profesor de Filosofía y autor de obras como De Madrid al cielo, Días en China y La Tercera Guerra Mundial (todos en Anagrama). También ha publicado el volumen de relatos Trescientos días de sol  (Xordica. Premio Ojo Crítico de Narrativa). Su último libro es La flecha en el aire. Diario de la clase de filosofía (Debate, 2011).




 

 

Hay 1 Comentarios

Debería plantearse a qué se debe que sean receptivos a unas cosas y no a otras, porque más allá de una racionalización de la vida existe eso que los jóvenes captan a flor de piel (y no es un cliché más). Por otra parte el día que las jóvenes generaciones estén contentas con el mundo que le legan los padres, apañados vamos.
Revise su propia visión de las cosas, porque si algo hay que me duele es que en la escuela no me enseñaran el despiado mundo al que habría de enfrentarme, me enseñaron a ser víctima, parte del rebaño adoctrinado en permanente lucha entre sus valores y la realidad, con la mejor intención del mundo, sin duda, pero la escuela actualmente es la mayor fábrica de esquizofrénicos del mundo.

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