Reflexiones de un traductor de “pensamiento”

Por: | 08 de febrero de 2012

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 Ilustración de MIGUEL BRIEVA para la cubierta del libro Educación para la ciudadanía, publicado por Akal. Autores: Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero. (Cortesía Galería Casa sin fin: www.casasinfin.com)

por EDGARDO DOBRY

GaosComo anunciando la aridez del texto que el lector se aprestaba a atravesar decía Manuel García Morente, en el cierre del prólogo a una de sus canónicas traducciones de Inmanuel Kant: “La elegancia que yo hubiera añadido no habría sido kantiana”. Uno de los mejores discípulos de García Morente, José Gaos, durante los fatídicos años treinta, primero en Madrid y después en el exilio mexicano, dedicó muchas horas al estudio y la traducción de Ser y tiempo de Martin Heidegger, seguramente el libro de filosofía más influyente del siglo XX. Gaos (a la izquierda) escribe en su Introducción a Ser y tiempo, en referencia a su versión española: “donde el estilo del original hace efecto de hirsuta aspereza no hiciese el de la traducción efecto de pulida lisura”. En ambos casos el traductor muestra la contención que debe ejercer para no hacer el texto más legible de lo que es el original, para no endulzar al lector la dificultad –lógica en Kant, más bien filológica o lingüística en Heidegger– del texto de partida. En ese margen movible y sutil se juega la diferencia –decisiva, sin embargo- entre traducir y parafrasear, como el propio Gaos advierte.

A partir de Nietzsche la filosofía ha ido perdiendo aspereza técnica en favor de la discursividad y legibilidad, cada vez más cerca de la literatura: el carácter sublime, tonante, persuasivo de la prosa nieszcheana es un elemento imprescindible en el impacto que produce su obra, hecha precisamente de cuestionamientos de las categorías y doctrinas clásicas. Borges, en una de sus muchas provocaciones –que suelen considerarse entre los fundamentos del posmodernismo–, invitó a leerlo todo, “incluidos los tratados de teología”, como si fuera literatura fantástica. Es una idea muy siglo XX, cuando muchas ideas que, en otro momento, se hubieran formalizado de modo estricto, según un protocolo infalible para cada disciplina, pasaron a desarrollarse en ese género que conocemos como “pensamiento”. El “pensamiento” es un género híbrido, que utiliza las herramientas del ensayo pero se deja contaminar de la novela, de la que toma cierta urdimbre narrativa para sostener su desarrollo.

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Roberto Calasso en Barcelona. Fotografía de Susanna Sáez.

La mayor parte de los libros de Roberto Calasso, para poner un ejemplo, visiblemente alejados de toda intención ficcional, han sido publicados sin embargo –y sin escándalo visible– en una colección denominada “Panorama de Narrativas”. Son libros que versan sobre Kafka (K), mitología hindú (Ka), el último gran momento del arte veneciano (El rosa Tiepolo), o la fundación de la modernidad literaria y artística europea (La folie Baudelaire). Uno de los puntos fuertes de la obra de Calasso es el rigor y la profundidad de la investigación en que se asientan esos libros: incluso en escritores tan infinitamente abordados como Baudelaire o Kafka consigue, si no rescatar documentos inéditos, sí al menos prestar atención a detalles significativos que, sin embargo, parecen haber pasado inadvertidos a los ojos de los demás estudiosos. Véase, por ejemplo, el sorprendente y genial “sueño del burdel-museo” de Baudelaire, registrado por el poeta en una carta a su amigo Asselineau de marzo de 1856, que Calasso pone en el centro de La folie Baudelaire. Y sin embargo son libros concebidos, escritos y editados para robarle lectores a la novela, para buscar su público fuera del restringido número de personas que, en las librerías, se acerca a las estanterías rotuladas “ensayo” o “pensamiento” o, mucho más aún, “filosofía”, que siempre están un poco más arrinconados que los anaqueles de novelas.

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Giorgio Agamben fotografiado por Gorka Lejarcegi.

¿Cómo se traduce, entonces, el “pensamiento”? ¿Hay que dejarse llevar por la seducción narrativa de la obra o primar la coherencia de la argumentación, el rigor del análisis? En ocasiones, el traductor es como un cantante lírico: debe encontrar el tono, la impostación de la voz que lo guiará en la interpretación: algo en verdad difícil de definir, de codificar, que necesita una intuición de orden literario. Después, más parecido en esto a un ventrílocuo que a un divo de ópera, debe permanecer en la sombra: su trabajo será mejor cuanto menos se haga notar. Sobre todo en libros que, precisamente por buscar su público en colecciones comerciales, deben reducir al mínimo, casi a cero, las notas al pie, ese zumbido de la mosca filológica tan presente en las ediciones académicas. El trabajo del traductor debe ser, entonces, sutil y a la vez arriesgado; debe buscar buenas traducciones de los textos citados para no retraducir (es decir, para no alejarse en dos grados de la referencia citado por el autor al que está traduciendo) pero a la vez, en muchas ocasiones, debe acomodar el sentido y la modulación de la cita al del discurso del autor que la inserta en su trabajo. Debe, obviamente, permanecer muy atento a las falsas proximidades sobre todo cuando se traduce de otra lengua neolatina, y sobre todo cuando se vierten textos de autores que trabajan mucho con la raíz etimológica –latina o griega– de las palabras, como es el caso de Agamben (no en vano discípulo del último Heidegger).

Kant no buscaba seducir a su lector –al menos, no por el estilo de su prosa–, y por eso García Morente se sentía en el deber de no “agregarle elegancia”. Hoy en día los ensayistas, que son en buena medida los herederos de aquella alta tradición del pensamiento occidental, construyen la tesitura de sus obras sobre entramados narrativos por los que el lector pueda deslizarse con el mismo impulso con que se lanza a la deglución de una novela. ¿Debe el traductor, entonces, encargarse de “quitar elegancia”?

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EDGARDO DOBRY es poeta y ensayista argentino. Traductor de autores como Giorgio Agamben, Luciano Canfora o Roberto Calasso, su último ensayo es Una profecía del pasado. Lugones y la invención del "linaje de Hércules" (Fondo de Cultura Económica).

Hay 2 Comentarios

¿Será por eso entonces que Julián Marías( él lo leía en alemán) afirmaba no entender nada de la traducción de Ser y tiempo, de José Gaos? Buen apunte, Dobry, y dices bien con lo de que a "partir de Nietzsche la filosofía ha ido perdiendo aspereza técnica en favor de la discursividad y legibilidad".¡Menudo asunto! Otro artículo podría llevarse a cabo en el que rezara hasta qué grado la filosofía tiene que ser popular y "legible", o muy seductora como es la de Nietzsche para así ganar cuanto más proselitismo mejor ¿Hasta qué grado es eso filosofía y no "literatura", literatura, entiendase, en el sentido de invención? ¿Es posible otra filosofía hoy? ¿Hay una filosofía que podamos llamar "otra"?.Conste que tecnicismo no es sinónimo de refrito jergal ( esto ya se viene haciendo habitualmente sin que nadie lo mande).¿Conviene aplicar la licuadora divulgadora tal y como lo hacía Borges? Muy buen artículo, vaya en recuerdo de esos dos esforzados de la pluma que fueron García Morente y Gaos.En realidad lo fueron del pensamiento, porque hacían eso, esa empresa imposible que es la de pensar( Savater: "Uno quiere llegar al fondo y a veces sólo logra irse a pique".).

¿Por qué tan extenso un "pensamiento" tan pasado por lejía? El de este artículo, claro.

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