Una caminata se disfruta con calma

Por: | 23 de marzo de 2012

¿Estamos volviendo a andar? El sábado pasado la sección de Tendencias de EL PAÍS publicó el reportaje Volver a las andadas. Hablaba de la recuperación del acto de caminar en el debate cultural. En ese reportaje intervenía el profesor de Estética de la Universidad de Vigo Alberto Ruiz de Samaniego, quien comisaria una exposición en el Círculo de Bellas Artes sobre Georges Perec.

Este experto tuvo la gentileza de responder in extenso a una serie de preguntas directas sobre el hecho de la vuelta a las andadas. Reproducimos aquí íntegramente sus respuestas que, por razones de espacio, no cupieron en la edición impresa.

Ruiz de Samaniego impartirá el día 24 de abril una conferencia cuyo título es: Hombres que marchan. En torno a G. Perec. En la que tratará de establecer “una especie de mapa o de árbol genealógico de esa práctica del caminar urbano en medio de la multitud y el asfalto que, creo, ha marcado a la modernidad desde Poe o Thomas De Quincey a Baudelaire y Benjamín, y que culmina, en el caso de Perec, con su novela y film Un hombre que duerme. Pero pasa también por la Nouvelle Vague, el existencialismo, Debord y Beckett”.

Pregunta: ¿Hay una nueva percepción en las sociedades industrializadas sobre la necesidad de volver a caminar?

Respueta: En las sociedades industrializadas, es evidente, hemos perdido la tierra. Debemos situar esta nueva percepción, de haberla – no estoy seguro- , con el intento de replantear una nueva dependencia fisiológica, pero que al tiempo es ética, estética y productiva para con la tierra – y la Tierra-.

Por otro lado, que tal vez sea el mismo lado, más allá de las consejas previsibles de los médicos y del afán – en ocasiones histérico- por erradicar los males fisiológicos que causa el sedentarismo de nuestra sociedad industrializada, se podría pensar, en la estela de Weber e incluso de Deleuze y el Situacionismo, que, frente a una sociedad petrificada, reducida a diversos circuitos fijos, excesivamente rectos, pulidos y ordenados, y demasiado previsibles y (tele)dirigidos , una sociedad también sin cuerpos y sin distancias, se está reivindicando una dimensión nomádica de la existencia  - en el principio, recordémoslo, está el errar y la errancia-  en donde lo orgánico vuelva a ser, de nuevo, un modo de (con)fluencia  - diríamos incluso plástica- con el mundo.  Nuestro mundo industrializado se ha vuelto demasiado terso y apresurado como para que podamos instalarnos en una mínima perspectiva. Caminar significaría volver a plantearse movimientos en direcciones diferentes, locas, imprevisibles, pequeñas, volver a salvar obstáculos y al cansancio real, a las detenciones y los descansos, las emociones y el dinamismo que transitan y fatigan un cuerpo, un campo, una calle o un paisaje. Pues no sólo hemos perdido la tierra, también el afuera.

En el fondo se trata siempre de procurar no quedar atrapados en las reglas de la máquina burocrática y empresarial, en las instrucciones y los códigos de todo tipo de poderes; códigos de nominación, de identificación y de inscripción a que tan aficionada es nuestra sociedad industrializada. Todo consiste en buscar una periferia – aunque sea en el mismo centro del mundo, si lo hubiera-, ultrapasar los límites o las fronteras donde el sujeto o la comunidad emprenden una aventura que trastorne su sedentarismo. Hay aquí un principio político indudable al que nuestros partidos, tan petrificantes y estáticos - ¿o estólidos?- nunca podrán atender.

P: ¿Qué relación existe entre andar y reflexionar?

R: Bueno, para Nietzsche, por ejemplo, la filosofía no era otra cosa que poder pensar al aire libre. El cumplimiento, en definitiva, de un claro instinto de itinerancia en que a través del cuerpo, y no sólo de la cabeza, el pensador iría buscando su geografía, su clima particular, su aire puro: su tipo específico de salud: el entorno de su inteligencia.Robert Walser paseando Robert Walser, gran caminante, estaba convencido, como Nietzsche, de que sin los paseos “no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema”. Kierkegaard ya nos aconsejaba no perder nuestro deseo de caminar. Caminando, decía, había tomado contacto con sus mejores ideas, “pero cuando te quedas quieto, y cuanto más te quedas quieto, más próximo estás a sentirte enfermo…De modo que si caminas sin parar, todo te saldrá bien”.

Lo que interesa destacar, en todo caso, es que hay como una íntima y muy intensa relación entre el advenimiento de la palabra, o de la prosodia, o de la misma experiencia del pensar y el paseo, en la medida en que ambos están sustentados en un ritmo, un marcaje o una cadencia temporal, un trazado que interviene irremisiblemente sobre todo nuestro organismo, que nos afecta en lo más íntimo. Excitación y rítmica del camino que muchos poetas, artistas y pensadores han aprovechado. Tan estrecha ha sido la relación entre el camino y la creatividad que el propio caminar se ha llegado a considerar una obra, en el arte contemporáneo, tal vez incluso ya desde las experiencias del dadaísmo y los surrealistas y, desde luego, las derivas situacionistas. Debord y compañía vieron muy claro el componente liberador del acto de dejarse llevar por las exigencias del terreno y los encuentros ocasionales. La deriva situacionista pasaba también por una extrema atención a las variaciones psicológicas en relación con un entorno recorrido.

P: ¿Qué puede tener de subversivo el andar?

R: Hay, para empezar, la adquisición de una especie de potencia extrema al contacto con el mundo vivo, cambiante, tornasolado del camino. Una potencia que tiene que ver con todo un mundo de decisiones: pasar al acto, tocar lo real, confundirse con el paisaje o la multitud, devenir imperceptible: ver el mundo, como sugería Baudelaire, estar en el centro del mundo y, no obstante, permanecer oculto al mundo.

Todo esto se halla en relación, también, con la pura alegría del agotamiento, con la libertad máxima de lo que fluye sin vocación de perpetuarse. Hay incluso, como apuntara Walter Benjamin, una suerte de ebriedad del caminar: sólo en esa embriaguez tenía lugar para él el encuentro desconcertante entre nuestra presencia física y la propia acción del tiempo histórico. He ahí una dialéctica, que el pensador alemán estudió de mil maneras, y que tiene ver con la específica resistencia del sujeto, con su precaria experiencia a cuestas remodelándose sin tregua. Una soledad frágil, versátil y permeable de cuya precariedad se pueden sacar nuevas fuerzas, y es éste el giro que permite ver en la errancia un modelo, precisamente, de argumentación y de acción para el arte. En último término, la teoría y la práctica del caminar habría de relacionarse con la gestación o la preparación de un cierto tipo de comunidad difusa o furtiva, inestable, nunca rígida, donde la relación de la subjetividad de este caminante se ha de ir regulando continuamente con el paisaje de lo colectivo, en un movimiento, una dialéctica o una negociación, si queremos, que afecta a las dos partes. El hombre que marcha o camina no está, desde luego, huyendo, ni se pierde con gusto caprichoso en el laberinto socio-urbano. En cierto modo, pierde su habitus – ese revestimiento o corteza que protege a los árboles de la intemperie- y se mimetiza con el entorno, lo palpa y lo recorre orgánicamente, lo vuelve más efectivo y real, pero lo hace de una manera muy particular, acercándose y alejándose, viviendo en el medio, en la sucesión de las conexiones y los cambios de dirección. Transitando al tiempo por lo periférico, lo más minúsculo y singular y eso que Rilke llamara lo abierto, lo cósmico o y la intimidad de la más remota lejanía. Todo esto puede tener que ver con lo que Jacques Rancière ha definido como un sentido común disensual.

Hay 2 Comentarios

Ouee..Muy interesante.Merssi.
Gracias a Internet caminamos a paso de clic. Aunque las distancias van y vienen a ritmo supersónico ,doucement introducimos datos, giramos a la derecha o a la izquierda y cambiamos de nivel de comprensión o encontramos imágenes y opiniones. En este camino no hay pregunta sin respuesta.
Exploramos en la experiencia de otros que caminaron primero ,y como las experiencias son inagotables vivimos cien vidas o más.Caminar en la red no agota el asombro,lo cual resulta de lo más enriquecedor. Tiene algo de irreal , de onírico. Quiero decir ,que aquí estoy yo en el salón de mi casa ,encuentro una conexión y...¡magia!..la gente que me rodea es tan distinta como el paisaje. Estoy muy lejos de casa,pero cuando vuelvo los ojos a la pantalla ando en mi camino de siempre.
Es una verdada revolución ,una caminata imposible en la que la lejanía y la cercanía dan la sensación de que el ser humano es ilimitado

Un texto muy interesante que hemos recogido en nuestro blog. ¡Gracias por compartirlo!

http://thoughtandsoul.blogspot.com.es/2012/04/el-deseo-de-caminar.html

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