La vida interior

Por: | 02 de abril de 2012

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por
ENRIQUE LYNCH

En un ensayo sobre la condición de ser extraño, W. G. Sebald –por cierto, él mismo un escritor sumamente atípico– se refiere al recelo con que era observado el infortunado Kaspar Hauser por parte de la sociedad que lo había acogido. Kaspar es aquella figura emblemática de la Ilustración alemana, el niño mudo que creció en medio del silencio y en la soledad de una sentina y que, de mayor, hubo de educarse a sí mismo desde cero. La mudez de Kaspar Hauser resultaba inquietante para sus coetáneos porque les recordaba el silencio de los animales. Sebald observa que tenemos tendencia a desconfiar de las criaturas animales sobre todo por ese mutismo que nos resulta inexplicable (The Silence of Lambs) y que interpretamos como si guardaran un secreto; o si no, nos parece que viven en un estado de éxtasis permanente que imaginamos paradisiaco.Sebald evoca la Segunda intempestiva cuando Nietzsche –siempre tan perspicaz cuando se ocupa de este tipo de asuntos– apunta que el silencio de los animales “es duro de aceptar para el hombre. Así, bien puede ocurrir que el hombre le pregunte al animal: ‘¿Por qué me miras así en vez de contarme sobre tu felicidad?’ A lo que el animal piensa responder: ‘Porque inmediatamente me olvido de lo que quería decir’ – pero se le olvida la respuesta, y no dice nada.”

Como a los animales, a las personas silenciosas, sobre todo si tienen rostros inexpresivos como los orientales, les atribuimos una rica vida interior, tan variada y estimulante como la de fuera, y tan turbulenta como la nuestra. En esta presunción, actuamos sin muchas veces saberlo como cristianos. En efecto, la creencia en la "vida interior" es un supuesto del cristianismo que no tiene más prueba de validez que, como advierte Lacan, nuestro cuerpo cada tanto expulsa excrementos.

¿Cuándo surgió el mito de la vida interior? Se diría que aquella tarde en que Agustín de Hipona vio cómo su maestro Ambrosio leía en silencio:

Cuando leía, hacíalo pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua. 

Algo se quiebra en este momento dramático, algo se interrumpe. En el tránsito de la palabra leída en voz alta a la palabra interiorizada que opera Ambrosio se fija el corte entre el mundo perdido de los antiguos y nuestra consciencia íntima, de ahí en más separada del mundo real por un abismo insondable entre un afuera y un adentro, fractura que ya nunca más podrá desandar el camino de la introspección que se inicia con el cristianismo.

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Enrique Lynch (Buenos Aires, 1948) es profesor de Estética en el Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Filosofía de la Cultura de la Universidad de Barcelona. Traductor de Michel Foucault, Jean-François Lyotard y Paul de Man, es autor de ensayos como La lección de Seherezade (Anagrama), La televisión: el espejo del reino (Debolsillo) o Filosofía y/o literatura: identidad y/o diferencia (Fondo de Cultura Económica). www.lasnubes.net

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Efectivamente, desde siempre el silencio ha estado asociado a una rica e intensa vida interior, y esto no es por casualidad. El silencio, incluso el de los animales que en última instancia evoca nuestro propio silencio interior, es la llave que muchos maestros orientales y occidentales del pasado, incluso cristianos, han recomendado a sus discípulos para acceder a un estado de conciencia que podríamos calificar de muchas maneras, pero que desde mi punto de vista posee elcalificativo intríseco de "profundo". Desde tal estado de conciencia, aunque se viva esporádicamente, la vida se transforma y surge una nueva visión de la vida. Esto es experiencia y vida interior, accesible a cualquiera.

En mi opinión, siento que el silencio en algo o alguien nos refleja inseguridad, inquietud e incluso miedo. No lo veo algo que tenga que ver con el cristianismo, sino más bien como algo que nos viene por la naturaleza de ser humano.
El silencio encierra muchos significados, y cada persona puede darle el que mejor considere. Ésto es quizá, lo que nos de miedo, el no saber.

Pues he de estar loco, porque a diferencia de San Ambrosio a mí me gusta leer en voz alta, al aire libre y caminando. Me entero más de lo que leo. Claro que lo hago en sitios poco frecuentados y cuando veo venir a alguien desde lejos, cierro el libro y me pongo a mirar los pájaros, los montes o los árboles, hasta que pasa de largo. No quiero que me tomen por un pirado y es que el San Ambrosio este, con su costumbre de leer callado, nos hace parecer lelos a los que leemos en voz alta. Pero yo creo que para enterarte de verdad hay que hacerlo, del mismo modo que sería incomprensible que un actor se estudiase su papel sólo leyéndolo.

Reza y trabaja.
La vida interior pasaba por crecer por dentro y por fuera, sin menoscabo de lo uno por lo otro.
Así se interpretó al menos, hasta que llegó la modernidad actual.
Ahora no se puede pensar en silencio dos minutos, porque suena un timbrazo en cualquier momento, que nos saca de quicio ya para todo el día.
El hombre dejó de crecer de forma uniforme como tal, para iniciar una carrera contra reloj en pos de lo material únicamente.
Por eso vamos miopes dándonos los mismos trompazos de forma repetida, como unos coches locos, sin un atisbo de cordura que nos ponga en el camino de un desarrollo sostenible y con visos de continuidad.
Lo nuestro es un crecimiento deforme y raquítico propenso a todo tipo de contagios y enfermedades.
Porque ya nos situamos nosotros mismos como seres incompletos y disminuidos.
Y con esos mimbres no se puede llegar muy lejos.

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