La noche europea

Por: | 26 de mayo de 2012

ManguelimagesCANAZDOA

por ALBERTO MANGUEL

Viajar es un acto narrativo. Pasar de un lugar a otro cruzando espacios que no conocemos es, en cierto modo, hacer literatura: al fin y al cabo, una de nuestras más antiguas metáforas declara que el mundo es un libro. El viajero construye historias a partir de lo que ve y escucha y siente, y atribuye a sus partidas y llegadas las características de una primera y de una última página. Las personas con las que se encuentra se convierten en personajes de su historia; a veces es el viajero el protagonista, a veces son los otros. Paso a paso, el viajero descubre e también inventa su narración. Ponerla por escrito no es sino un paso más, por cierto no el esencial.

Desde siempre, las mejores crónicas de viaje no han sido meramente descriptivas. Lo que interesa al lector no es sólo visitar un cierto paisaje a través de los ojos del autor, sino, por sobre todo, compartir las pequeñas molestias y delicias de la aventura: el mal tiempo, la extraña comida, los encuentros amorosos, los accidentes, los traumas burocráticos, el sentimiento de lo ajeno. El lector de libros de viaje no quiere privarse ni de los peores peligros ni de las más banales epifanías. Lo único que rechaza es el tedio.

El 11 de septembre de 2001, el poeta y crítico uruguayo Roberto Echavarren toma un vuelo para San Petersburgo desde Montevideo. El vuelo hace escala en Buenos Aires y en Fráncfort, pero a pesar de la confusión que reina en los cielos del mundo entero en esa fecha emblemática, Echavarren llega a su destino con sólo unas horas de atraso. El atentado terrorista de Nueva York influye poco o nada en su estadía en Rusia. Para Echavarren, la historia inmediata parece tener menos peso que el vasto pasado que surgirá a cada paso de su periplo ruso, quizás porque le interesa menos el obligatorio testimonio del turista contemporáneo que el acopio de voces y visiones de décadas anteriores, todavía mal conocidas. Echavarren parece viajar por razones casi geólogicas, para registrar en sus cuadernos las capas secretas y vetas ocultas bajo la superficie de la Rusia contemporánea.

Su propósito declarado es estudiar la lengua, pero su interés obviamente reside en la presencia de fantasmas, en los sobrevivientes del regimen stalinista y el recuerdo de sus atroces experiencias. Echevarren entiende que las cifras colosales que debaten los historiadores (1.5 millón de hombres y mujeres asesinados, 5 millones muertos en los gulags, 7.5 millones deportados de los cuales 1.7 murieron de inanición, 1 millón de prisioneros de guerra ejecutados) impresionan por su desmesura, pero la realidad del horror no puede ser sino singular, individual. Así, uno tras otro, los testigos se confían en él y revisitan el insoportable pasado.

Uno de los muchos testimonios es el del español Vicente Navarro, cadete piloto cuyo legajo le es cedido a Echevarren por su viuda. A los diecicocho años, recrutado con otros sesenta estudiantes por agentes rusos en Murcia, a poco de estallar la Guerra Civil, Navarro viaja a la Unión Soviética “para perfeccionar nuestros conocimientos técnicos.” Los esperan en cambio cursos de adoctrinamiento, trabajos forzados y finalmente, como castigo por protestar contra las injusticias, una condena a muerte infinitamente postergada. “Rusia es inmensa,” escribe Navarro cuando tras largos sufrimientos lo envían a Siberia. “El material humano, inagotable, o eso parecía. De los que vinimos aquí en 1940, al fin de 1941 no sobrevivíamos más del diez por ciento.” Y luego: “Escribo esto para que lo sepan los panegiristas, los comunistas fanáticos del mundo entero. Ciegos, ignorantes. Y también los intelectuales, ‘compañeros de ruta’.” Echavarren nos incluye en la lista de destinatarios.

ManguellibroimagesCAJJ1CVRTestimonios como éste jalonan el libro de Echavarren, junto con la crónica de sus aventuras en Petersburgo y en Moscú, entre alojamientos incómodos, encuentros eróticos furtivos y amistades casuales, desconfiadas y breves. La Rusia de hace apenas una década, que Echevarren nos describe tan eficazmente, aparece como la sombra de la infernal Rusia stalinista, pero también como sombra de la corrupta Rusia de Putin de hoy. El modelo social que Lenin imaginó y que Stalin llevó a cabo permitió la instauración de un gobierno “arbitrario y terrible” en el cual las víctimas, dice Echevarren citando a la poeta Ana Ajmátova, “pierden cualquier semblanza de dignidad humana; hasta para morir deben hacerlo en silencio.” Es contra tales infamias, de ayer como de hoy, que Echavarren nos ofrece su crónica ejemplar.

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Roberto Echavarren, Las noches rusas: materia y memoria. La Flauta Mágica. Montevideo, 2011.

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Artículo publicado en Babelia, suplemento cultural de EL PAÍS, el 26 de mayo de 2012.

ALBERTO MANGUEL, ensayista y narrador argentino, es autor de títulos como Una historia de la lectura (Lumen) o En el bosque del espejo (Alianza).

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