El ciberfetichismo y las almas bellas

Por: | 15 de junio de 2013

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por CÉSAR RENDUELES

En la Fenomenología del espíritu Hegel explica que las almas bellas son esas personas que para preservar su pureza de corazón renuncian a intervenir en un mundo sucio y complejo que inevitablemente mancilla la imagen de grandeza moral que tienen de sí mismas. Es una idea inquietante. En parte porque la mayor parte de los lectores que logran alcanzar las páginas finales de ese ensayo narcótico tienen la sospecha de encajar en el prototipo de alma bella. Pero, sobre todo, porque nos recuerda una tensión muy característica de la modernidad: el pánico a la intervención política en los términos de libertad e igualdad que hemos establecido como su condición de legitimidad.

Confiese. Usted también se ha preguntado cómo es posible que su voto valga lo mismo que el de esa gente. Hablo del conductor que ha estado a punto de matarle en un adelantamiento. De la anciana que se cuela en la caja del supermercado. Del fontanero con-IVA-o-sin-IVA. Hablo de… sí, de cada uno de nosotros, en realidad. La presuposición que subyace a la democracia es escandalosa. La deliberación política en común es aterradora.

Una venerable tradición liberal ha entendido el mundo de los negocios como una especie de ortopedia institucional para afrontar esta sociofobia secular. Montesquieu creía que el mercado podía ser una fuente sistemática de relaciones sociales cordiales y apacibles. No era ningún ingenuo. Sabía que el comercio es incompatible con el tipo de virtud pública más elevada, pero al menos reduce el derramamiento de sangre. Es una tesis exótica, en realidad. Como si cierto nivel de autoengaño fuera la única solución a la hostilidad generalizada.

Cuando una delegación lacedemonia acudió a la corte de Ciro a advertirle que Esparta tomaría represalias si atacaba a los griegos, el rey persa respondió que no se sentía intimidado por un pueblo que había habilitado en sus ciudades un espacio –el mercado– para engañarse los unos a los otros. Veinticinco siglos después, Milton Friedman proponía limitar la necesidad de acuerdo político extendiendo al máximo las relaciones mercantiles. Creía que así se evitaba someter a las sociedades complejas a más tensiones de las que eran capaces de soportar… La pastilla azul, gracias.

Para la modernidad el intercambio comercial ha sido una especie de exoesqueleto que corrige la sociabilidad tumultuosa, esa viscosidad antropológica que nos condena al conflicto familiar, religioso, étnico o político. Los resultados han sido pobres, por decirlo diplomáticamente. El mercado es un ambiente extremo que recuerda más a una bota malaya que al Dr Scholl’s. Un par de guerras mundiales, dictaduras atroces, niveles aberrantes de desigualdadbusiness as usual.

Internet ha venido a llenar el hueco ideológico que ha dejado el mercado en la era del capitalismo de casino. Cada vez es más habitual describir toda clase de dinámicas personales y colectivas mediante analogías con el tipo de contacto que establecemos en las redes de comunicaciones. El cemento de nuestras sociedades, nos dicen los tecnólogos de guardia, se fragua en el espacio digital. La red es la nueva mano invisible que reúne a individuos autónomos sin otra relación que sus intereses compartidos. Como antes el mercado, urbaniza la comunidad librándola de residuos atávicos. Nada de chamanes ni patriarcas, apenas unos cuantos community managers.

El ciberfetichismo es la creencia desesperada en la capacidad de las tecnologías de la comunicación para incrementar y depurar los vínculos sociales. Más que el opio del pueblo, es la pasta base de las almas bellas. Ya ni siquiera es preciso ensuciarse las manos con dinero para conseguir los efectos que buscaba Montesquieu. La sociedad es eso que pasa cuando la suave luz de un monitor ilumina nuestras caras.

Mejor aún. Los corazones puros al fin pueden acceder a un éxito mundano que no degrada su generosa concepción de sí mismos. Adolescentes expertos en informática que piensan que convenio colectivo es un grupo de rap se hacen millonarios gracias a esa forma enajenada de especulación financiera llamada economía del conocimiento. La acción política se ha vuelto diáfana, el palacio de invierno nos espera apenas a un click de distancia.

En la red circula una leyenda. A veces, por la noche, cuando los teclados enmudecen y desciende el tráfico de datos, se puede apreciar un rumor sordo. Es el eco de las carcajadas de Hegel, que resuena desde el cementerio de Dorotheenstadt.

 

CÉSAR RENDUELES es profesor en el Departamento de Teoría Sociológica de la Universidad Complutense de Madrid. Además, se ha encargado de la edición de textos clásicos de Karl Marx, Walter Benjamin, Karl Polanyi y Jeremy Bentham. En 2011, comisarió la exposición Walter Benjamin. Constelaciones, que itineró por Alemania, Argentina, México, Paraguay y Chile.También es autor del ensayo Sociofobia que la editorial Capitán Swing publicará en septiembre.

[Artículo publicado en Babelia, suplemento cultural del diario EL PAÍS, el 15 de junio de 2013]

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En la imagen, asistentes a la Campus Party de Valencia 2010, navegan en el recinto destinado al ocio digital.Foto de Carles Francesc.

Hay 4 Comentarios

Muy interesante! En favoritos lo he guardado :)

Buen artículo. ¿Podemos considerar esto ciberfetichismo?: http://xurl.es/1kf3v

Inquietante y excelente artículo.
Retwuitteado está... :)

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