Margarida Aritzeta: novelar la realidad, dar voz al silencio

Por: | 21 de junio de 2013

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Margarida Aritzeta
acaba de publicar dos libros. Los dos se llaman igual: El pou dels maquis (El pozo de los maquis, Cossetània edicions), pero uno es una novela y el otro el conjunto de documentos que le han servido para documentar la historia: en 1946, cuatro guerrilleros comunistas cruzan la frontera francesa y se instalan en una casa de campo en Valls (Tarragona) a la espera de iniciar la sublevación que dará al traste con el franquismo. Utilizan como coartada la construcción de un pozo. Todos acabarán detenidos. La particularidad de la historia es que la casa es la misma en la que vive la autora. Fue de sus padres y su propio padre, joven militante antifranquista en aquel tiempo, fue uno de los detenidos. En la familia nunca se habló de este asunto, de ahí que Aritzeta haya tenido que recurrir a los archivos para novelar parte de su propia historia.

Pregunta: Su novela presenta un reto interesante: cuenta hechos reales y se ciñe a la precisión histórica, pero no es historia. Es ficción. Se rige por el criterio de verosimilitud, no por el de verdad.

Respuesta: En efecto, acepto las limitaciones que imponen los hechos, pero lo que pretendo no es convertirme en historiadora sino recrear el clima y eso exige la ficción literaria. Se trata de recrear personajes que se expresen, que hablen como alguien de hace 70 años. Una ficción, claramente. Los invento en momentos reales: cuando abandonan el campamento en Francia, la noche en la que cruzan la frontera. No puedo saber qué sintieron, qué pensaron, qué dijeron. No puedo saber si el aire olía a tomillo o a espliego. No obstante, he tenido mucha suerte al recopilar la información: he encontrado el documento que cuenta el paso de esos cuatro guerrilleros por la frontera. Además de los que estuvieron en mi casa, pasaron muchos y de la mayoría no quedó constancia documental. Haber encontrado ese papel es una casualidad tremenda. Ahora bien, a la limitación de nombres, lugares, fechas e incluso nombres de guerra, se añadía otra: había cosas que no se podían decir. No es que fueran inconfesables, es que afectan a la intimidad de las personas, que están documentadas pero que yo creo que no tengo derecho a hacer públicas.

P. ¿Como cuál?

R. Por ejemplo: quién delató a fulano o a mengano. Sobre todo, si no forma parte del conocimiento público. Quien se enamoró de alguien, cuando las vidas de ambos han seguido luego caminos muy divergentes. La violencia sobre los niños: hay un personaje que era un niño cuando los hechos y que he encontrado luego con una vida de marginación, incluyendo la cárcel y una muerte triste. Es una persona cuya familia aún vive, de modo que he tenido que ir con mucho cuidado para explicar la violencia que yo creo que sufrió, paralela a la certeza de unos hechos que nunca podré demostrar. Desde el ejercicio de la escritura, el reto es apasionante, pero me ha forzado a reescribir los mismos fragmentos una infinidad de veces.

P. Usted utiliza la técnica realista, pero incluso en el realismo, lo importante es el enfoque del narrador. En este caso, usted elige personajes y situaciones.

R. Sí. Hay una doble elección. Primero, escenas cotidianas; segundo, y sobre todo, la forma de contarlas. He elegido fragmentos cotidianos en los que los personajes, las más de las veces, dialogan. He querido atraparlos en su cotidianeidad, en su intimidad: cuando comen, cuando andan, cuando planifican una acción. He querido que el narrador tuviera muy poco peso, de ahí la casi ausencia de la voz narrativa. El narrador apunta lugar y fecha y, de inmediato, pone en funcionamiento a los personajes. No se trata de contar la historia, para eso ya está el otro volumen donde se incluye la documentación y se explica cómo la he conseguido y cómo la interpreto. Esos son los enfoques: yo elijo las circunstancias en las que desnudo a los personajes para que se muestren a sí mismos planificando, dudando, padeciendo o cantando. Sobre todo lo que quería es no juzgarlos.

P. ¿Por qué?

R. Porque desde el primer momento, desde las primeras entrevistas que tuve con los que aún quedan, me di cuenta de que los personajes no serían como yo hubiera querido. Me hubiera gustado tener personajes enteros, guerrilleros abnegados que defienden su causa hasta la muerte. Y encuentro a uno que no quiere hablar del asunto y a otro que se ha hecho del PP. De modo que opto por atraparlos como creo que fueron, dejarlos que hablen y que sea lo que Dios quiera.

P. El instante, la foto, pero también se bucea en los sentimientos.

R. Estos los imagino, aunque aceptando parte de lo que me impone la información histórica. Claro, puedes inventarlo todo, pero respetando que la narración sea creíble, que sea verosímil, que es el criterio de la novela. Desde luego, todo es un juego de fantasía. Una novela no es un documento y, quien se lea los dos libros podrá comprobar la distancia entre ambos. Por ejemplo, el paso de la frontera. La sensación de uno de los personajes de que deja atrás parte de su mundo, incluyendo a una mujer que tal vez no vuelva a ver, es en buena parte imaginación a partir de un nombre real de una mujer real en una nota a pie de página. ¿Sintió aquello el guerrillero? Eso forma parte de la narración, no sé si de la historia. Sus reflexiones, sus dudas, son narrativas, no aparecen en los documentos.

P. Trata también de reflejar el paso del tiempo.

R. Los guerrilleros pasaron nueve meses en mi casa. Llegaron en un verano caluroso y seco, vivieron un invierno, con los sabañones, y el estallido de la primavera. Sintieron el mistral. Quien lo haya vivido sabe que transmite una especie de soledad desoladora. Como si estuvieras perdido en alguna parte y todo tuviera que terminar. Y era gente que no lo conocía. Llegaron a la masía y oyeron las cosas que les contaba el payés y se impresionaron. Y ese mistral hacía que se sintiera fuera de casa, fuera de lugar. Y junto a eso vivieron el florecer de las mimosas, de las carolinas, vieron cómo salían las muchachas a cambiar la tierra a las plantas. De forma que narrar el paso del tiempo sirve también para explicar la sensualidad, el sentimiento de los cuerpos, el complicado discurrir de la vida para un grupo de mujeres jóvenes al lado de las cuales, de pronto, se sitúan cuatro hombres también jóvenes. Y la vida sigue. Y a todo eso debía añadirse otro factor: la espera. Pasaba un día y otro día y siempre esperando unas órdenes de actuar que no llegaban. Cada acontecimiento era la constatación de que todo iba bien: cuando llegaba el contacto a la cita de seguridad, cuando se cumplía lo previsto. Pero si algo fallaba, todo era horroroso. Y finalmente así fue.

P. El tiempo es histórico, es decir, lineal.

R. Hay tantos personajes y situaciones que opté por un tratamiento del tiempo que permitiera ver la evolución de los hechos, pero es también el tratamiento del tiempo que predomina en mis novelas. Me fascina el tiempo real como uno de los tiempos posibles (el de la ficción, el de la fantasía, el de la memoria). Uno de los referentes a este respecto es Borges, el Borges de los mundos posibles. Lo he tratado mucho en mi otra vertiente de profesora de Teoría Literaria. El tiempo, ese instante que abre el abanico de lo posible, esa confluencia de opciones a partir de la cual nada vuelve a ser igual. La recreación, las diversas visiones de una misma anécdota, el instante de la memoria que detenía Proust.

P. El papel de las mujeres es muy diferente al de los hombres.

R. En efecto, la mujer tiene un papel distinto. Con frecuencia son mantenidas en la ignorancia, con todo lo que esto supone. Por ejemplo, mi padre no dice a su novia, mi madre, que está en el maquis. En parte para protegerla. Pero es complicado forjar una vida en común sobre ocultaciones. Por otra parte, las mujeres, incluso ignorando lo que hacen, son idóneas para ser, por ejemplo, mensajeras. La propia ignorancia las protege y las hace más eficaces. Una prima de mi padre, que me ha contado montones de cosas, me decía que no tenían ni idea de lo que significaba todo aquello. Pero la ignorancia no afectaba sólo a la compañera, también al camarada del partido. Si un compañero no sabe algo, mejor es no decírselo porque ¿y si no fuera realmente un camarada? De hecho, las detenciones en la masía se producen con la llegada de unos hombres que dicen que son guerrilleros y, en realidad, eran policías. Es decir, no hay que contar nada ni a los tuyos. Y este ejercicio de silencio se ha prolongado hasta la vejez de los personajes. Cuando fui a llevar los ejemplares al único guerrillero que queda vivo, le dije que había conseguido la fotografía de uno de los hombres que les facilitó un alojamiento en Valls, antes de instalarse en la masía. “Se llama Simón”, le dije, porque cuando había hablado con él me había dicho que no lo recordaba. Pero cuando vio que yo ya lo sabía, recuperó la memoria de inmediato. En realidad, no la había perdido nunca. Simplemente, aplicó conmigo las rutinas de la clandestinidad: el silencio.

P. El silencio y la ignorancia parecen regir las vidas de estos personajes. Como una ficción dentro de la ficción.

R. El hecho de vivir en la clandestinidad les obligaba a tener una doble vida. La real y la inventada por ellos mismos. Y tienen que imaginarla perfectamente para no equivocarse. Al principio de la novela, los cuatro maquis salen con sus nombres de guerra. Vivir en la clandestinidad forma parte del drama de la historia, porque los propios protagonistas viven sin poder contrastar las informaciones sobre su entorno. Viven sumergidos en la ignorancia, en una realidad que no pueden controlar ni manipular, con una doble vida forzada para poder subsistir. Pero no es algo tan raro; salvo el drama de entonces, hoy, jugando al facebook, todo el mundo tiene una vida real y otra ficticia, construida por uno mismo.

P. Parte de la novela se estructura a partir de esos silencios. Son hechos ocurridos en su casa, a su familia, pero de los que no se hablaba.

R. Cuando empiezo a investigar me doy cuenta de que no sólo había vivido en los mismos escenarios y entre la misma gente (porque a muchos de los personajes los había conocido), mi descubrimiento es que todo aquello estaba parcialmente en mi recuerdo. De modo que soy capaz de reconstruir la historia de esa ignorancia. Se iluminan frases, rostros, gestos. Me doy cuenta de que muchas cosas me habían llegado, que las sabía, pero que muchas veces oímos las cosas sin que se nos queden, sin entenderlas. Ves sin saber lo que ves. Yo he crecido entre esta gente y he llegado a  creer que ese conjunto de relaciones forjadas entonces y de las que mis padres no renegaron, me fueron transmitidas para que yo algún día pudiera atar los cabos. Cuando pude hacerlo quedé entre perpleja y maravillada. Y también triste, porque me hubiera gustado poder ligar los cabos 20 años antes. Lo que es difícil de comprender es por qué no se habían puesto todo sobre la mesa, las biografías de mis padres y de mis abuelos. Lo que, en parte, busca la novela, es la posibilidad de devolverles la palabra. Se trataba de lograr que el silencio, el haberse tragado la memoria, el haber vivido sin poder hablar con claridad, se hiciera palabra real. Y para eso iba mucho mejor el uso de la ficción que la narración histórica. Es como si, de pronto, hubiera dado voz a unos personajes que no la habían tenido.

P. ¿Voz indirecta?

R. La voz silenciada. No se hablaba. Mi padre decía que de los maquis ya hablaríamos algún día. Seguramente tenía ganas de hacerlo, pero ese día nunca llegaba. Y yo tampoco pensaba que fuera un asunto tan importante. La primera vez que tuve noticias de una investigación histórica sobre el maquis que hablaba de un grupo detenido en la masía de mi familia pensé que se trataba de unos que habían pasado por allí y habían sido detenidos por casualidad en mi casa. Me sorprendo a mí misma cuando, más tarde, empiezo a ligar nombres y fechas, cuando me doy cuenta de que se trataba de una gran operación, con casi un centenar de detenidos, y que todo eso se enmarcaba en un movimiento vinculado al final de la segunda guerra mundial y a la creencia de los resistentes españoles de que la guerra iba a seguir en España.

P. El silencio hijo del miedo.

R. Sí y miedo no sólo por uno mismo, también por lo que le pudiera pasar al otro. Pensábamos que la propia actividad podría perjudicar a la familia. Pero esta ignorancia duele y a mi me ha dolido mucho mientras escribía la novela. Y una cosa importante, mi padre prefirió que yo entendiera mal las cosas antes que darme explicaciones. Sólo más tarde he podido interpretar gestos, complicidades, abrazos, amagos de lágrimas que se daban entre los vencidos y que pude ver tras la muerte de Franco. Pero sólo entre ellos, sin contarlo a los demás. De hecho, los que se incorporan a la política a finales de los setenta no son los clandestinos de los años cuarenta sino los de los cincuenta.

P. ¿Por qué?

R. No lo sé. En el caso de mi familia, supongo, porque su compromiso era con la guerrilla. Algo que no pudieron reconocer porque no la reivindicó ni siquiera su propio partido. Hay un momento en que los partidos reniegan de la guerrilla, se deja de lado, se ignora. Y claro, si los tuyos reniegan de tu actuación, de tu militancia, ¿qué te queda? ¿a quién invocar? ¿quiénes son los tuyos?

P. Es decir, perdedores de todo: vencidos por el enemigo, abandonados por los que fueron compañeros.

R. Hay un hecho crucial: el PSUC del exilio cambia con la caída de Joan Comorera, y esto supone un cambio en las formas de ver la política y el propio partido, incluyendo las relaciones entre el PSUC y el PCE. Por diversas razones, los pasos de frontera, la organización en los campos de concentración, tienen una estructura conjunta, un único aparato. Pero las direcciones siguen teniendo dos cabezas y eso provoca tensiones, incluso dramas. Cuando Jesús Monzón es detenido en Barcelona, no se fía del PCE, y recurre a la organización catalana. Estos problemas, consecuencia de la bicefalia, se liquidan con la llegada, a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, de una nueva ola de dirigentes que sustituyen a Comorera. Algunos militantes, mi padre entre ellos, se sienten desamparados. En el caso de la familia Miret (amiga de mis padres y que luego me acogen en su casa en mi etapa universitaria), de forma diferente porque siguieron vinculados a la cúpula del PSUC. Hace poco he sabido que fueron ellos quienes ayudaron a salir de la cárcel al jefe del comando de la guerrilla detenido en mi casa. Lograron que saliera en libertad provisional ofreciéndole un trabajo. Es decir, las cosas nunca fueron blancas o negras. De todas formas, yo he querido escribir la historia de unas personas, no la de los partidos. Deliberadamente he huido de escribir una novela política. Lo que pasa es que, al recopilar la documentación, las fuentes históricas reales, he visto que hay dirigentes que han terminado por reconocer que en aquel tiempo jugaron con la ignorancia de sus propios militantes. Los escritos del dirigente del PSUC Sebastià Piera son muy reveladores. Los escribe muy forzado por el partido que quería que reconociera sus errores y, al final, acaba expulsado y, posiblemente, facilitan su detención. No he podido saber si porque lo delataron o porque no hicieron nada para evitar que fuera delatado. Cuando narra lo que ve en la cárcel, no deja de anotar la soledad de los militantes encarcelados. Y la fuente es un artículo de Santiago Carrillo en el que criticaba la connivencia con el capitalismo. O cuando se ven olvidados, acusados de no haber sido lo suficientemente valientes frente a la tortura. En parte, la novela trata de mostrar que los personajes bailaban, pero no siempre por voluntad propia. El partido les daba la información que creía conveniente para que acabaran bailando.

P. Es decir, sufrieron la mezquindad de los vencedores y el abandono de los vencidos.

R. He tenido poco trabajo para encontrar la mezquindad de los vencedores. El alcalde que sale en la novela existió realmente. Pero no he tratado sólo de mostrar su mezquindad, de hecho, lo que pretendía era mostrar que es tan cruel hacer que alguien, de los propios, acabe en la División Azul, cosa que pasó realmente, como hacer que alguien cruce la frontera con una mochila sabiendo que al otro lado no habrá nadie para hacer la entrega. Hubo peones de las causas, en ambos lados. Y fueron utilizados sin ser tenidos en cuenta, jugando con que tenían unas ilusiones que les llevaban incluso a la muerte.

P. De todas formas, ¡qué tiempos en los que se creía en un futuro mejor!

R. En efecto. Y tenían esa esperanza porque los aliados habían ganado la guerra. En ese sentido, fue una época bonita. Los hombres, incluso cuando estaban manipulados sin saberlo, creían ser los dueños de su destino. Luchaban por el progreso y el cambio. Creían que la revolución era posible. Eso llega hasta muy avanzados los setenta, pero no hasta hoy. Tampoco sé cómo serán las cosas en el futuro. Pero ellos, en la medida en que creían en la posibilidad del progreso, creían también en su propia responsabilidad, por eso actuaban con la intención de dar un cierto sentido a la historia. Y esto tiene una consecuencia clara: pueden vencerte, pero tú no te consideras del todo vencido.

Imagen tomada por Josep LLuís Sellart.

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