Un año sin Eugenio Trías

Por: | 05 de febrero de 2014

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El 10 de febrero se cumplirá el primer aniversario de la muerte de Eugenio Trías. Con este motivo, la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde era catedrático de Filosofía, ha organizado una pequeña, pero más que interesante, exposición sobre su obra. Se halla situada en el campus de la Ciutadella (calle de Ramon Trias Fargas) en una zona de paso para, como sugiere quien fue su compañero en la Facultad de Humanidades, Javier Aparicio, se topen con ella los estudiantes. La exposición presenta la obra del filósofo a través, sobre todo, de textos y fotografías. Son textos diversos: libretas manuscritas; artículos suyos aparecidos en medios y épocas distintos; entrevistas y reseñas (varias de ellas de El País); portadas de sus libros y noticias de las traducciones; imágenes que le recuerdan pegado a un cigarrillo y, sobre todo, mirando. Mirando a un mundo que trató de comprender y explicar.

Es difícil encontrar en el pensamiento español contemporáneo un pensador con voluntad de sistema similar a Eugenio Trías. En el pasado inmediato, tal vez Xabier Zubiri. El resto de pensadores han hecho otras cosas. No se trata de desmerecer a nadie. La obra de Miguel Morey, Rafael Argullol Xavier Rubert de Ventòs, por citar el caso de tres autores que fueron sus amigos y con los que coincidió en no pocas cosas, responde a un proyecto diferente. Trías, casi en solitario, se empeñó en ser el último metafísico, el constructor de un sistema omnicomprensivo que abarcara las aportaciones de la ciencia (para mirar el mundo) y del arte (para sentirlo y darle sentido), pasando por materiales originarios de la religión en un intento de dar consistencia al absoluto. Quizás sea aún pronto para saber si lo consiguió.

Se había licenciado en Filosofía en la Universidad de Barcelona a mediados de los sesenta y pronto se incorporó como docente a la misma. De hecho, su actividad se repartió a partes casi iguales entre la docencia universitaria y el trabajo editorial. A veces de forma directa, como fue su etapa en Salvat, otras como autor.

En el año 1972, antes de partir hacia Brasil y Argentina, impartía la historia de la filosofía contemporánea. Empezaba la clase a las seis de la tarde, pero llegaba a la facultad poco después de las cuatro. Para ambientarse. Se instalaba en el bar (entonces estaba permitido fumar en él) y allí daba una primera clase particular a un reducido número de estudiantes. Él, posiblemente, lo consideraba una charla, pero eran clases en toda regla, porque se aprendía un montón. Luego, en el aula, escondía la cara tras una mano de la que sobresalía el cigarrillo y empezaba a hablar, con parsimonia y como dudando de las palabras a utilizar, a pesar de que sabía muy bien lo que quería decir porque llevaba la clases perfectamente preparadas. Algunos meses  no pudo dar las clases en el aula porque el gobierno de la dictadura, siempre pendiente de promocionar la cultura, decidió cerrar la Universidad por algún motivo que consideró justificado y que no tenía por qué justificar más que ante Dios, es decir, nadie. Trías y algunos de esos alumnos siguieron, no obstante, con las charlas al calor de bares cercanos, más propicios para la palabra libre que la institución universitaria en aquellos días. Eran, casi casi y salvando las distancias, questiones disputandae: se marcaban unas lecturas y luego se comentaban bajo su dirección que tenía la enorme virtud de parecer ausente: apenas invitando a pensar.

Había publicado ya obras como La filosofía y su sombra y Teoría de las ideologías. Al año siguiente tenía previsto un curso sobre Nietzsche, pero no se presentó. Su lugar fue ocupado por Paco Fernández-Buey que dedicó el semestre a Gramsci. A la vuelta de América latina (periodo del que da cuenta en el libro autobiográfico El árbol de la vida), retomó la actividad universitaria y editorial y obtuvo el grado de doctor con El lenguaje del perdón, una obra en la que ajustaba cuentas personales con Hegel. En medio publicó El artista y la ciudad (premio Anagrama) y casi inmediatamente después del volumen sobre Hegel, Lo bello y lo siniestro, que fue premio Nacional de Ensayo en 1983. En la exposición, que se centra en ocho obras de las muchas que publicó en vida Eugenio Trías, figuran las dos premiadas, además del documento que da fe del galardón.

El salto a la estética coincidió con su llegada a la cátedra de esta materia en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, en sustitución de Xavier Rubert, temporalmente ocupado en la política representativa. Allí coincidió con Ignasi de Solà Morales y Félix de Azúa, antes de volver a una facultad de letras: la de Humanidades de la Pompeu Fabra, donde siguió hasta su muerte.

El día de la inauguración, Elena Rojas, que fue su compañera en los últimos 25 años, explicó cómo, preparando la muestra, se había dado cuenta aún más de lo que abarcaba la obra de Eugenio Trías. Joan Tarrida (Galaxia Guteneberg) que trabajó con él en la edición de varias de sus obras, recordó que un día le había mostrado un volumen, El hilo de la verdad, y le había dicho que ése era el volumen que le gustaría reeditar. Él, recordó Tarrida, que nunca le había hablado de reediciones. Ya está disponible su reedición con una faja que recuerda una afirmación del autor: “Si hay un libro mío capaz de defenderse solo, sin ayudas, es éste. Si me dieran a elegir un único libro susceptible de ser salvado de una catástrofe inminente, sin la menor duda elegiría éste”. Una excelente lectura, para después de la exposición.

Imagen tomada por Gialuca Battista.

Hay 4 Comentarios

Un homenaje merecido a un personaje de gran talla y que en América ya tendría una cátedra a su nombre. Lástima que la Pompeu Fabra sea un nido social de "privilegiados" y profesorcillos sin el más mínimo crédito político ni autoridad moral. Hasta Fernández Buey es un señoritingo. Y así nos va en nuestro país.

Eres un maleducado Sony. Estamos hasta las narices de gente que cuela sus noticias sin ningún respeto.

Les dejo un microcuento sobre el peligro inherente a las ideologías. Pinchen mi nombre si les apetece leer.

Un filósofo de talla mundial. Daba una imagen (a mí me parecía) de ser una persona muy divertida (aunque no fuese evidente de primeras) y agradable, relajado, amante de la conversación.

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