Callejones sin salida

Por: | 16 de marzo de 2012

El tunel

Foto: Juan Pelegrín

Llegó la hora de la verdad. Ruido mediático de disputas entre figuras y empresarios al margen, ha arrancado la más desasosegante temporada taurina de los últimos tiempos. Cuando más unidad parecía necesitar la lidia, el orbe taurino ha salido en tromba derrochando rencillas en diversas trifulcas por el parné y los derechos de imagen que han desdibujado lo esencial: el camino que unas cuadrillas recorren a la hora señalada para afrontar su azaroso destino, manteniendo el paso firme desde la puerta de arrastre hacia el ruedo y proclamando eso de Aquí estoy yo, estos son mis poderes. Los callejones son los últimos testigos mudos que permanecen impasibles ante el rugir de sables que acecha a la tauromaquia. Los angostos pasillos que conducen a la arena siguen representando el último puente hacia la gloria o la enfermería, únicos propósitos que deberían rondar la mente de quienes todavía mantienen el arrojo de vestirse de luces. Todo menos la indiferencia.

Paseillo Claudio Alvarez
Fotografía de Claudio Álvarez

Los corredores que llevan al portón de arrastre son siempre espacios lúgubres a las cinco, a las seis o a las siete de la tarde. Al otro lado están el sol, el tendido jaranero y el solemne palco presidencial. A este lado están las sombras, el silencio y la procesión que va por dentro. Es el tramo hacia el paseíllo el más incierto, el más cegador y a la vez ilusionante. La suerte está echada. Bien inmersos ya en Fallas y Castellón, aguardan Sevilla y San Isidro con carteles desiguales, exponentes como El Juli o José Tomás caminando sobre el alambre de la ausencia en plazas decisivas, estamentos del ruedo ibérico a punto de reventar por las costuras y un público atizado por el vendaval económico al que cada vez le resulta más difícil encontrar razones de peso para dejarse la soldada en un abono.

A veces opera el milagro de la expectativa. Así ocurrió el verano pasado con el regreso triunfal de José Tomás en la plaza de Valencia quince meses después de la terrible cornada que pudo acabar con su vida en Aguascalientes (México). Aquella tarde logré sortear la horda de camarógrafos que formaban un corrillo intimidatorio en torno al diestro de Galapagar durante esos momentos tan íntimos y previos al sonido de clarines y timbales. Mi intención era verle la cara, vislumbrar qué le pasaría por la cabeza cuando estaba a punto de volver a retarse a sí mismo. Además de innecesaria, la empresa se tornó imposible. Allí estaba el mito viviente ante sus miedos, hierático y silencioso. Sin concesiones a la galería. Aguantando estoico la acometida de flases que le deslumbraban sin tregua. Lo mejor era alejarse y tomar distancia para observar mejor la escena. Los zapatos de las decenas de periodistas y espontáneos que rodeaban a Tomás habían levantado una espesa polvareda que otorgaba un aura más misteriosa aún si cabe a su delgadísima figura antes de salir al coso de la calle de Xàtiva. No dijo nada. No sonrió. Ni falta que hacía. Tampoco era el momento. Nada importaba salvo entregarse al miedo y a la responsabilidad de lo que estaba a punto de suceder. Al fondo de la neblina solo había un hombre ante sus propios fantasmas. Los compañeros de cartel, Víctor Puerto y Arturo Saldívar, contemplaban el mediático espectáculo con la resignación de quien sabe que nadie hablará de ellos al día siguiente. Más cornás da la vida.

 

Todo lo demás no importa. Hay que liarse el capote de paseo y mirar con complicidad a los subalternos que nos quieren más que a un hermano. Es la cuadrilla quien sacará a hombros al triunfador o llevará hacia el quirófano al corneado. Todo lo demás es ruido y farándula. Todo lo demás es lo que hacemos los que no sabemos ni podemos hacer lo que ellos hacen. Lo que importa es el corto trayecto que va desde la oscuridad hacia el portón de cuadrillas. Es un viaje de ida, tan solo de ida, el que se emprende al salir al ruedo. De nada importan ya las incertidumbres de este ritual que persiste incluso a costa de los propios taurinos que parecen llevarlo hacia un callejón sin salida.

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Sobre el blog

El mundo de los toros visto por los periodistas de EL PAÍS. Rigor, exigencia y sensibilidad para analizar un arte que vive uno de los momentos más complejos de su historia.

Sobre los autores

Antonio Lorca es crítico taurino en El País. Amante del toro en el campo, en la plaza y en el plato. Hijo del Capitán Trueno, venera a los héroes de carne y hueso ya vistan de oro o plata, vayan a pie o a caballo. Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista; ella, orgullosa de mí, cree que soy banderillero...

Rosa Jiménez Cano. Periodista de EL PAíS especializada en Tecnología, aficionada a los toros desde su niñez. Como cualquier abonado de Las Ventas reparte su corazón entre Chenel, Esplá y los hierros más duros. Se derrite cuando a Morante le da por torear.

Quino Petit es periodista de EL PAÍS. Desde 2006 escribe reportajes en El País Semanal. Durante la adolescencia sufrió un shock leyendo la biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte y persiguió a Curro Romero y a Rafael de Paula hasta que ambos se cortaron la coleta. Desde entonces no persigue a nadie. Tampoco ha vuelto a ver torear tan despacio.

Paz Domingo, periodista de El País y admiradora de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento.

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