Lo que se espera de la fiesta

Por: | 14 de junio de 2013

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Fotografía de Álvaro García realizada en la plaza de Las Ventas en esta temporada de 2013.

 

Ha concluido San Isidro 2013. En el ciclo taurino de Madrid no se han completado las expectativas que había depositado en él gran parte del estamento taurino al tratarse de la feria más relevante por su repercusión en el mundo de los toros. Las dificultades del sector han constatado que en la plaza madrileña -muy rentable hasta el momento- se han dejado de renovar aproximadamente una quinta parte de abonos fijos y el lleno en los tendidos se ha producido en contados días a lo largo de un mes. Sin embargo, la crisis no es únicamente económica. El compromiso que debe afrontar la fiesta de los toros es principalmente ideológico ante la evidente pérdida de credibilidad y devaluación social. La voz de alarma ha llegado hasta las instituciones políticas y desde el ministerio de Cultura se ha creado una comisión para elaborar las bases del Plan Nacional de Tauromaquia, el cual pretende llevar a cabo un programa que reestructure los aspectos fundamentales del espectáculo de los toros, hacerlos sostenibles y otorgarles viabilidad dentro de los cambiantes gustos culturales de los ciudadanos.   

Los aficionados, o las asociaciones que los representan, están cada vez más alejados de los órganos que programan la estrategia para el cambio y temen que las urgentes medidas que se puedan llevar a cabo irán orientadas exclusivamente a los aspectos particulares de los protagonistas taurinos, olvidándose del sacrificio que sería necesario para el saneamiento de la fiesta. Precisamente, este público entendido, y atento al espectáculo y a los aspectos vitales que lo hacen posible, adquiere en Madrid una condición casi única en relevancia. Dentro de este grupo heterogéneo -compuesto por los que ofrecen una contestación públicamente manifestada y los que mantienen una simpatía más discreta- se está produciendo la renuncia de un número considerable de miembros, y ha corroborado la cifra a la baja en la asistencia a las corridas en la pasada temporada madrileña.

 

 

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Fotografía de Álvaro García, realizada en la pasada Feria de San Isidro 2013.

 

Esta desafección de los aficionados ante la fiesta que aman no deja de ser preocupante y las causas parecen encontrarse, según su criterio, en la desvalorización del espectáculo provocado por los responsables taurinos que persisten en programaciones alejadas de sus gustos, por la ausencia de vigilancia de las autoridades ante la falta de calidad y por un desinterés que desencadena festejos sin autenticidad, emoción y convencimiento. La fiesta de los toros se ha convertido para este conjunto de aficionados en una afinidad que ya no les interesa tanto, o les interesa con inusitada preocupación.

La serie que, desde ahora y en próximas ediciones, se aborda en este soporte digital pretende considerar las opiniones de los aficionados de la plaza de Madrid teniendo como referencia los “instrumentos administrativos” que el reglamento nacional taurino garantiza, “tanto la pureza y la integridad de la fiesta de los toros como los derechos de cuantos intervienen en los espectáculos taurinos o los presencian”. Bajo el epígrafe de Anotaciones reglamentarias algunos aficionados expondrán sus pareceres sobre los aspectos fundamentales de la normativa que rige el espectáculo en Madrid, de la trascendental aplicación en estos tiempos de crisis y de la necesidad, o no, de cambio legislativo. Desde el criterio en la concesión de trofeos, la dejadez en el análisis de las astas de los toros, los carteles que se recomponen, el carácter presidencialista de la normativa, hasta el desarrollo de los órdenes de la lidia para que cobren sentido y espectacularidad, son algunos de los aspectos que se irán sucediendo. Esta exposición no pretende abrir un debate, sino ofrecer los motivos que expliquen la desafección en el público de los toros y, principalmente, las causas que originan la devaluación del espectáculo.

Este primer paso es una declaración de intenciones. Es la premisa básica que planteaba la ley taurina de en 1991, que debía quedar asegurada en el desarrollo de los futuros reglamentos taurinos, ya fueran nacionales o autonómicos, y que consistía en el derecho de los espectadores “a recibir un espectáculo en su integridad”. Juan Antonio Arévalo, ex senador socialista por Valladolid, promotor de la Ley 10/1991, de 4 de abril, sobre potestades administrativas en materia de espectáculos taurinos, además de impulsor de la legalidad en el mundo de los toros, es el personaje más ajustado y más lúcido para exponer la importancia de la integridad como primer factor que da sentido a las corridas de toros, incluso anteponiéndolo a sus aspectos culturales y hasta los preciosistas. Su plan de actuación es: “Yo propongo a todos a quienes les interese el auténtico mundo de los toros que vuelvan a esta ley.  Hay que empezar por reivindicarla. Saber lo que significó. Convencerse para darle la continuidad que requiere”.          

 

Anotaciones reglamentarias (1)  


“De los derechos de los espectadores a recibir un espectáculo integro”

 

- Ley 10/1991, de 4 de abril, sobre potestades administrativas en materia de espectáculos taurinos: Artículo 8, punto 1. “Los espectadores tienen derecho a recibir el espectáculo en su integridad”… punto 3. “Reglamentariamente se determinarán los demás derechos y deberes que puedan corresponderles”.

- Reglamento de Espectáculos Taurinos 145/1996, de 2 de febrero: Artículo 1. “El presente Reglamento tiene por objeto la regulación de la preparación, organización y desarrollo de los espectáculos taurinos y de las actividades relacionadas con los mismos, en garantía de los derechos e intereses del público y de cuantos intervienen en aquéllos, de conformidad con lo previsto en la disposición final segunda de la Ley 10/1991, de 4 de abril, sobre potestades administrativas en materia de espectáculos taurinos”.

 

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La plaza de toros de Las Ventas en la pasada feria de San Isidro 2013. En la imagen, el diestro Miguel Ángel Perera torea de capote en su segunda intervención del ciclo taurino el 23 de mayo. Fotografía de Gorka Lejarcegi.

 

“Merece la pena ver toros en Madrid. Es la reserva con que cuenta la fiesta”. Juan Antonio Arévalo introducía con estas frases la tribuna de opinión La fiesta tiene remedio -publicada en EL PAÍS el 24 de abril de 1997- y en la cual mostraba la trascendental importancia taurina de la plaza de Las Ventas porque en ella “se reparten muy buenos aficionados, atentos y exigentes, que saben ver al toro y al torero sin hacer caso a voceros cómplices de los desaprensivos”, aunque “tampoco falta un sector de público que da en jolgorios triunfales aceptando casi todo y cometiendo excesos. O desconocimientos”.

En esta fecha de 1997 no eran pocos los problemas que tenía la fiesta. Ni pocas las tensiones. Ni pocos los cambios legales que el estamento taurino había tenido que asumir en un plazo de seis años. El más importante fue la ley 10/1991, de 4 de abril, que suponía tres cambios significativos en opinión de Gonzalo Argote: “era la primera vez en la historia de España que se regulaba por vía legislativa la materia taurina; daba el reconocimiento explícito de que la fiesta de los toros constituye una manifestación de nuestra cultura tradicional; y restablecía la legalidad en materia de faltas y sanciones conforme correspondía a un Estado democrático”.  La ley taurina se aplicó directamente, sin esperar a la aprobación del reglamento que la debía desarrollar, para combatir inmediatamente los fraudes en la fiesta.

El reglamento nacional empezó a aplicarse al año siguiente, pero después de muchas críticas por su permisividad es aspectos cruciales como el fraude en la fiesta y tras algunas sentencias del Tribunal Supremo, se procedía a una nueva modificación y redacción que se concretó en el la normativa actual de 1996 y de aplicación en el territorio nacional que no cuente con un reglamento autonómico propio. La gente del mundo del toro, dentro de la plataforma CAPT, convocó una huelga en el sector para manifestar su desconsideración con la nueva ordenanza a fin de promover una autorregulación. Dentro de este contexto Juan Antonio Arévalo aseguraba en el mencionado artículo: “los males de la fiesta no han nacido por generación espontánea, sino que hay culpables que no son precisamente los aficionados, y las buenas intenciones pueden concretarse en compromisos escritos con firma y sello de los toreros, ganaderos y empresarios”.

Han transcurrido veinte años desde que entraran en funcionamiento la ley y los reglamentos. Un tiempo lo suficientemente amplio para evaluar su influencia en el estado de la fiesta de los toros. ¿No pretendían las nuevas normativas dotar al espectáculo de legalidad jurídica, de integridad y solvencia? Si se considera la desafección de los aficionados, y también de la sociedad en general, ¿en qué se ha fallado? Juan Antonio Arévalo contesta: “la gente del toro no ha solucionado la verdad de la fiesta, ha escondido premeditadamente la ley taurina, y está echando de las plazas a los aficionados exigentes”.  Este defensor de la legalidad de la fiesta detalla a continuación cuáles son los errores que han arrastrado a la decadencia en el mundo de los toros, sobre todo en el aspecto reglamentista que él conoce a la perfección, pero también desde la nostalgia del sincero aficionado.

 

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Imagen de una andanada de sol en la plaza de Las Ventas durante la feria taurina madrileña de 2007.
Fotografía: Manuel Escalera.

 

Sobre el estado de la fiesta.
“El estamento taurino no soluciona los problemas del futuro, ni soluciona la verdad de la fiesta. Lo que se está haciendo es mantenerla en su decadencia sin buscar los remedios que tienen que producirse. Se ha visto en las ferias que se han celebrado en Madrid, pero se ve constantemente en todo lo que acontece, en casi la mayoría de plazas.”

Sobre la abundancia de reglamentación.
“Los diferentes y abundantes reglamentos autonómicos han protegido los vicios de la fiesta. Lo adecuado entonces es que se hubieran estructurado bajo un carácter regional. Es decir, que en las normativas autonómicas se concentraran en los espectáculos peculiares del propio territorio. No sucedió así, principalmente por las presiones de los partidos nacionalistas”.

Sobre el necesidad de un posible cambio reglamentario.
“Yo creo que el problema no es modificar el reglamento nacional porque, aunque tiene sus pegas y sus defectos y, por tanto, tendrían éstos que modificarse, no es este aspecto el de mayor trascendencia. Lo más importante es que hay una ley taurina, absolutamente desconocida. Mejor dicho, la gente del toro la quiere desconocer, como si no hubiera existido nunca, cuando fue una regulación que se aprobó entonces con una la inmensa mayoría de las Cortes Generales. Por tanto, utilícese eso”.

 

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Juan Antonio Arévalo (a la izquierda) junto al ex director de la Policía Rafael del Río en una imagen de archivo de 1995. Fotografía de Luis Magán.

 

Sobre la ley taurina.
“La ley taurina tiene sus ventajas, también sus inconvenientes, pero sobre todo hay que considerar sus excelencias. Es una ley buena por cuanto pretende que los toros tengan autenticidad, prosperidad, emoción e interés, que hoy faltan casi todos los días. Si se produjera con todos sus elementos, si los que mandan en la fiesta se dispusieran a cumplir las normas que están en la ley, no se produciría la actual indefensión. Dichas normas están ahí, no hay más que leerlas. Lo más grave es que ni se leen ni se reconocen que existen. Pero la ley existe. Está aprobada. Y está en vigor. Ahora parece que se escucha en algunos ámbitos la urgencia de hacer una ley taurina, ¡pero es que la ley está hecha! Lo que hay que hacer es cumplirla. Luego, además, se puede avanzar en la búsqueda de los resquicios de la normativa y del estado general de la fiesta, ¡que ya es trabajo!”

Sobre el derecho a recibir un espectáculo íntegro.
“En el espectáculo taurino únicamente se produce la autenticidad en días contados entre tantos festejos, incluso únicamente en alguna parte de una misma corrida. Con esto no nos podemos conformar. Salir entusiasmado un día porque qué bien han estado los toros y los toreros, pues vale, pero la fiesta de los toros es mucho más completa. Lo sabemos todos. Y terminará desapareciendo si se continúa en este empeño interesado para su realización”.

 

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A la espera de entrar en la plaza de Las Ventas. Esta imagen se ha recuperado de el archivo de El País, pero se desconoce su autor y la fecha en que se realizó.

Sobre la indefensión de los aficionados.
“La crisis verdadera es la crisis de valores y de autenticidad. Hay una definida intención de echar a los aficionados exigentes. Al mismo tiempo se está amparando la fiesta hueca que tiene más inconvenientes y más trampas que ninguna otra cosa. Por tanto, es lógico que los aficionados se marchen de la plaza –y la prueba es la reducción de los abonos- sencillamente porque a este público entendido se le margina, mientras es apreciada como virtud la existencia de una sociedad rumbosa dentro del conjunto. Es una fiesta hueca, una circunstancia más teatral que verdadera. La fiesta de los toros cuando es auténtica no tiene semejanza con ningún otro espectáculo. Unir arte y valor en el mismo plano no se da en ningún otro. Que esto no se considere, o se desprecie, lo único a que puede llevar es a su desaparición”.

Sobre la solución que se necesitaría.
“Pues hay que empezar por reivindicar la ley taurina. Saber lo que significó. Convencerse para darle la continuidad que requiere. Partir de nuevo. Recomponer esto en la medida que se pueda. Yo propongo a todos a quienes les interese el auténtico mundo de los toros que vuelvan a esta ley. Primero, hay que leerla y cuando se lee, se tiene la certeza de que la fiesta es grande - por tanto, próspera- y que busca la verdad en sus principios generales. Ahora, yo no veo que lo que se está haciendo desde los sectores taurinos y políticos sea el acertado. Que tiene que ser el ministerio de Cultura el encargado de los asuntos taurinos… Bueno, pues muy bien; que debe de hacerse el vestido de torear de otros colores… pues muy bien; que diez matadores dicen defender de la fiesta… ¿pero haciendo qué?; que si el problema es la televisión o no es la televisión… ¡Que no es eso! El problema es otro y la verdad hay que buscarla en toda la espectacularidad, en todo el interés y en toda la emoción. Consiguiendo esto, estamos dando el paso que la fiesta necesita: sacarla del abismo. Lo crean, o no”.

 

La próxima entrega: Anotaciones reglamentarias (2).
“El carácter presidencialista del reglamento taurino”
, en la opinión del aficionado Ángel Arranz.

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Primer Aviso

Sobre el blog

El mundo de los toros visto por los periodistas de EL PAÍS. Rigor, exigencia y sensibilidad para analizar un arte que vive uno de los momentos más complejos de su historia.

Sobre los autores

Antonio Lorca es crítico taurino en El País. Amante del toro en el campo, en la plaza y en el plato. Hijo del Capitán Trueno, venera a los héroes de carne y hueso ya vistan de oro o plata, vayan a pie o a caballo. Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista; ella, orgullosa de mí, cree que soy banderillero...

Rosa Jiménez Cano. Periodista de EL PAíS especializada en Tecnología, aficionada a los toros desde su niñez. Como cualquier abonado de Las Ventas reparte su corazón entre Chenel, Esplá y los hierros más duros. Se derrite cuando a Morante le da por torear.

Quino Petit es periodista de EL PAÍS. Desde 2006 escribe reportajes en El País Semanal. Durante la adolescencia sufrió un shock leyendo la biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte y persiguió a Curro Romero y a Rafael de Paula hasta que ambos se cortaron la coleta. Desde entonces no persigue a nadie. Tampoco ha vuelto a ver torear tan despacio.

Paz Domingo, periodista de El País y admiradora de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento.

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