Los Tablas de la Ley Belmonte (I)

Por: | 25 de octubre de 2013

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El joven novillero Juan Belmonte, en el verano de 1913, durante un almuerzo en la terraza del estudio que el escultor Sebastián Miranda tenía en la calle Montalbán, esquina con Alfonso XII, de Madrid. De izquierda a derecha, Sebastián Miranda, Ramón Pérez de Ayala, Ramón del Valle Inclán y Juan Belmonte. Al fondo se puede apreciar el Parque del Retiro. Esta fotografía se incluye en el libro El tiempo de Sebastián Miranda. Una España insólita, de Marino Gómez-Santos. 

 

Los aposentos del Pasmo de Triana en Madrid

De cómo y dónde vivió en la capital Juan Belmonte en los primeros años de esplendor torero y de su nostalgia por la calle Alfonso XII 

El pasado 16 de octubre se conmemoró el centenario de la alternativa de Juan Belmonte. Aquel año de 1913 fue en la vida del torero sevillano delirante. Desde su presentación en Madrid como novillero el 26 de marzo hasta la conclusión al séptimo mes de este advenimiento glorioso al mundo de los toros como matador, Belmonte llegó, triunfó, simpatizó con la intelectualidad del momento y se transformó en el fenómeno taurino con la rapidez de un meteorito que revolucionó los cánones del toreo establecido hasta el momento y lo hizo con la solidez imprescindible para que pasado un siglo aún se hable de aquellas intuiciones que convirtieron el arte taurómaco en mandamientos de ley.

Es abundantísimo el volumen de escritos, en forma de libros, biografías, artículos, crónicas taurinas y sociales, sobre la figura de Juan Belmonte. Nuevos y viejos. Extraordinarios algunos, anecdóticos otros, y pocos olvidados, porque la figura del torero sevillano es revisada continuamente desde todos los pareceres posibles. Por tanto, no se hace necesario condensar la singularidad de su vida, ni de su toreo, ni de su leyenda, aunque sí se pretende a través de este imaginario decálogo belmontiano, que da comienzo en este soporte digital, poner recuerdos a la vida y obra de un personaje sobresaliente.

Esta andadura romántica la iniciamos a pie de calle, al borde mismo del Parque del Retiro, en la calle Alfonso XII, número 42, donde el Ayuntamiento de Madrid ha colocado una plaza conmemorativa para recordar a los caminantes que en este casa vivió el torero Juan Belmonte desde el año 1940 hasta la fecha de su fallecimiento en 1962. Sin embargo, el torero sevillano ya había elegido esta calle madrileña para vivir el año de su llegada a la capital, en estos mismos meses de 1913 en que se convertiría en la revelación taurina del momento. ¿Por qué eligió Juan Belmonte esta calle para vivir, tan aristocrática también entonces? ¿Por qué en los posibles traslados de vivienda nunca se alejó de sus límites? Demos un paseo por el viejo Madrid de principios de siglo; por las maravillosas interviús que Parmeno realizara al Pasmo de Triana; por los elevados retratos de Chaves Nogales y Antonio de la Villa al matador de toros y amigo; por los recuerdos del escultor Sebastián Miranda, en definitiva, el personaje que más y mejor se acercó a la vida y obra del torero convertido en fenómeno de gentíos muy a su pesar. Recordemos cómo y dónde vivió Juan Belmonte en Madrid aquellos maravillosos años de esplendor.

 

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Imagen del Café de Fornos en 1908 (calle Alcalá, esquina con Peligros, de Mardid), año en que se cerró al público después de más de treinta desde su inauguración. Se reabrió en 1909 con el nombre de Café Central, aunque popularmente se le seguía llamando El FornosFotografía de la web urbanity.es.

El gusto del torero por esta vía madrileña viene de muy lejos, y mucho decidió el destino aquel primer día de su presentación ante la afición madrileña, la misma noche en que se aventuró en el ambiente del Café de Fornos. La expectación que había despertado el novillero Juan Belmonte llegó a Madrid y resultó ser extraordinaria, a pesar de las escasas y contadas intervenciones del torerillo por las plazas españolas, “pero mezclada”, puntualizaba Cossío, “con el recelo que siempre inspiran al público madrileño las reputaciones consagradas fuera”. Era marzo de 1913. Su primer alojamiento fue una casa de huéspedes de la calle Echegaray, regentada por un mozo de estoques retirado, apodado El Niño del Chuzo, en la versión de Chaves Nogales, o El Niño del Buzo, según el periodista y escritor Antonio de la Villa, también biógrafo de Belmonte, en la cual se hospedaban los personajes más pintorescos del ambiente torero con escasos recursos. Para el torero Belmonte se trataba del lugar más atrayente por la idiosincrasia de los individuos que componían un cuadro peculiar e ilustrativo del mundillo taurino, al que se le sumaba el espectáculo que divisaba desde su habitación en el segundo piso de “chulas esquineras con mantón de picos y pañuelo a la cabeza” que transitaban en busca de “los señores del hongo que por allí merodeaban vergonzantes”.

 

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Juan Belmonte y Curro Posadas, en el camerino del teatro Romea, con Pastora Imperio. Esta imagen fue publicada en marzo de 1913 en el Heraldo de Madrid y está reproducida del libro El tiempo de Sebastián Miranda. Una España insólita, de Marino Gómez-Santos

Mantuvo durante algún tiempo el cuarto de la fonda de Echegaray durante los viajes que realizó a Madrid para torear en la primavera de 1913, -concretamente a finales de marzo (después de suspenderse por lluvia el festejo del día 25 y celebrada al día siguiente, 26, con el mismo cartel), el 11 de abril y el 10 y 12 de junio, alternando en ambas ocasiones con Curro Posada-. Lo cierto es que, a pesar “de sentirse como en el mejor hotel del mundo”, Belmonte paró poco por la pensión que tanto divertía a su carácter. Esa misma noche de su llegada realiza la primera excursión nocturna por Madrid. El Duende de la Colegiata, periodista del Heraldo de Madrid, -“que se había singularizado por llevar el escándalo al reportaje” (así definido por Marino Gómez-Santos en el libro Sebastián Miranda y su tiempo)- realizó una entrevista en el tren que trasladaba a los novilleros sevillanos a Madrid, “comprometiendo a Belmonte a que le brindara un toro la tarde de su presentación”. El periodista astuto, seguidor acérrimo de los Gallos, conocido por su predilección taurina en todas las tertulias de la capital, entonces inflamadas, pretendía dar un golpe de efecto a la otra parte disparatada de la afición. Se montó el escándalo en la plaza y, horas antes, en los cafés. En el Heraldo de Madrid se reproducía la entrevista a los novilleros con una fotografía en la que aparecían con Pastora Imperio en un descanso de la actuación de la bailarina en el teatro Romea, a donde les había acompañado El Duende de la Colegiata para conocer personalmente a la artista. Esta circunstancia, tomada por Belmonte con absoluta ingenuidad representaba un reto antigallista, pues el revistero taimado lanzaba un mensaje a navegantes: Pastora Imperio acababa de separarse de Rafael, el Gallo, después de un matrimonio fugaz. “Esos artilugios de la publicidad y el escándalo eran por entonces cosa incomprensible para mí”, confirmaría el torero más tarde.

 

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Calle de Felipe II y al fondo la Plaza de Toros, la plaza vieja, en 1890. Fotografía de la web urbanity.es.

Acalló Belmonte los encontronazos en la plaza y en la prensa con un triunfo “sonado”. Esa misma noche de comienzo de la primavera madrileña, se dejó caer por el Café de Fornos, ubicado en el chaflán entre las calles Alcalá y Peligros y uno de los establecimientos en apogeo alrededor de la Puerta del Sol. El emblemático lugar, famoso por sus tertulias, comida, decoración de lujo y personajes ilustres del último cuarto del siglo XIX, había cerrado en 1908 y reabierto al año siguiente con el nombre de Gran Café, aunque todo el mundo le seguía reconociendo con el nombre original y se mantuvo favorito como centro de reunión de literatos. “Uno de los primeros testigos de la entrada del fenómeno (sobrenombre con que le definiera Don Modesto, cronista de El Liberal) en Madrid, fue Sebastián Miranda, que aquella noche, como de costumbre asistía a la tertulia del Fornos”, relata Gómez-Santos. A partir de ese momento, del interés que despertó Belmonte con su subyugante manera de torear entre los miembros de aquel grupo de artistas e intelectuales, bombistas tenaces, provocó una admiración mutua que perduró para siempre. Aquel grupo estaba compuesto, entre muchos, por Miranda, Pérez de Ayala, Valle-Inclán, Julián Cañedo, Gómez Hidalgo, Julio Camba…

 

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Un cuadro del dibujante Sancha, miembro de la tertulia que se llamaría de Los Veinte. En la escena se pueden reconocer entre otros a Julio Camba, Valle Inclán y Miranda. Esta fotografía se incluye en el libro Recuerdos y añoranzas, de Sebastián Miranda.

Sebastián Miranda, con ese fabuloso y personal instinto, en el breve tiempo que pasó desde la celebración de la novillada –que presenció con Julián Cañedo y Valle-Inclán- hasta la aparición unas horas más tarde de Juan Belmonte en el Café de Fornos, ya había hecho un juicio del retraído, pero nada temeroso torerillo, cuando éste ajeno al escándalo antigallista tomó asiento al lado del imponente grupo de personalidades. “¡Señores, o es un loco, o es Napoleón”, impuso Miranda con su fuerte voz. El joven escultor relató pasado el tiempo cómo Juan Belmonte “con su manera de mirar, por la seguridad que tenía y, al mismo tiempo, por una especie de timidez que advertí en él, me pareció ya un tipo verdaderamente admirable”. Y comenzó una gran amistad; jamás rota, nunca cuestionada.

Al día siguiente, Belmonte acudió al estudio que Miranda tenía en la calle Montalbán, esquina con Alfonso XII, y que había compartido con Pérez de Ayala, con el pretexto de servir como modelo para que el escultor realizara una estatuilla. Aquel ático, con vistas al Parque del Retiro era el punto de encuentro y trabajo del grupo intelectual y acogieron al torerillo sevillano como un integrante más de la singularidad en la que vivían. Belmonte tuvo que descansar durante los meses veraniegos por prescripción del médico Miguel Serrano y el rincón de la casa de Miranda constituyó su particular balneario donde dormía, leía, presenciaba admirado a las discusiones de filosofía o estética y realizaba una cura se salud a base de macarrones y pescado frito. “El esfuerzo de comprensión que tuve que hacer fue grandioso. Venir de robar naranjas por las puertas de los alrededores de Sevilla a sentarme en aquel cenáculo de artistas gloriosos era una transición demasiado brusca, y yo procuraba extremar mi discreción”, completaba el torero trianero el retrato de ambiente.

 

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La calle Príncipe de Vergara de Madrid a principios de siglo XX, sin fecha determinada. Fotografía de la web urbanity.es.

El periodista y escritor, director del diario republicano España libre, Antonio de la Villa, autor de la biografía Belmonte, el arte de torear, completa la descripción del piso de soltero que el torero buscó “con febril entusiasmo” y sin “lujo desmedido”, que alquiló al final de la temporada de 1914. Estaba situado en la calle Príncipe de Vergara, 25, a escasos metros de la vivienda bohemia de Sebastián Miranda y que siguió frecuentado asiduamente hasta que el escultor se trasladara años más tarde a Marqués de Urquijo y posteriormente a una chalecito en las inmediaciones de Moncloa. El piso era un ático con seis habitaciones, sin ornamentación de carácter taurino y decorado al estilo imperio, según describe López Pinillos, Parmeno, en la fabulosa recopilación de entrevistas Lo que confiesan los toreros, y publicada en 1917.

 

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La calle Príncípe de Vergara en 1928. Fotografía de la web urbanity.es.

Treinta años después, cuando ya habían pasado la Primera Guerra Mundial y la Civil española, Juan Belmonte regresó para establecerse de nuevo en la calle Alfonso XII, posiblemente en busca del rincón soleado con vistas al jardín madrileño y de aquella nostalgia de la vida bohemia que había descubierto junto a tan inesperados y singulares amigos. Ésta es la cronología de la asombrosa vida de un torerillo sevillano en los días que conquistó la capital del toreo, de dónde vivió y dónde paró.

“Belmonte y Posada se hospedaron en Madrid en una modesta casa de huéspedes establecida en la calle de Echegaray, regentada por El Niño del Buzo, un mozo de estoques que había servido en sus buenos tiempos a muy buenos matadores y se ayudaba en Madrid ahora con esta hospedería. La entrada –seamos fieles a los cánones- la hicieron en la casa de huéspedes con Antonio Soto, Acedo, el periodista Paco Torres, Alvaradito y El Duende de la Colegiata. Naturalmente que los buenos muchachos, en aquella víspera de la corrida, pasaron desapercibidos para las gentes.
(Belmonte, el nuevo arte de torear, de Antonio de la Villa. Biblioteca Nueva. Madrid, 1999.)

“Íbamos un grupo de amigos con los dos fenómenos y sus apoderados: el simpático Soto, de Belmonte, y el no menos simpático Acedo, de Posada. Después de tomar café, fuimos al Romea; entramos al escenario, y llevé a los dos fenómenos al cuarto de Pastora Imperio.
- Pastora -dije a la gentil bailarina-, aquí le presento a los dos fenómenos: Belmonte y Posada.
“Entre bastidores vieron los dos toreros a Pastora bailar y cantar; admiraron el arte de la bailarina de ojos verdes, y los fenómenos exclamaban:
- “¡Qué bien!... ¡Eso es bailar!
Después de la función fueron los toreros a descansar. Nos despedimos. Los dos muchachos son afables, modestos, simpatiquísimos. Hoy España entera está pendiente de estos futuros ases del toreo. ¡Que así es la leyenda!
Entrevista de El Duende de la Colegiata, publicada en el Heraldo de Madrid y reproducida en el libro Belmonte, el nuevo arte de torear, de Antonio de la Villa. (Biblioteca Nueva. Madrid, 1999).

 

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El café de Fornos según un dibujo de Pablo Picasso aparecido en la revista Arlequín en 1903.

"Una noche en Fornos, el público se levanta de sus asientos y grita el nombre del novillero: “¡Belmonte!... ¡Belmonte!
El joven novillero de Triana fue a sentarse precisamente en la mesa contigua a la que ocupaban Sebastián Miranda y sus amigos.
- Entonces yo dije a los que estaban conmigo: “Señores, o es un loco, o es Napoleón”. Por la manera de mirar, por la seguridad que tenía y, al mismo tiempo, por una especie de timidez que advertí en él, me pareció ya un tipo verdaderamente admirable.
En aquel momento, Sebastián Miranda tomó su cuaderno y empezó a tomar un apunte del novillero.
- Belmonte, al advertirlo, se dirigió a mí: ¿me deja usted el cuaderno?, dijo. Vio mi apunte y opinó: “¡No está mal!”... “pero tampoco está bien”. Y me lo devolvió. Esto me hizo mucha gracia.
Al día siguiente, Juan Belmonte toreaba la novillada de su presentación en Madrid.
Recordaba Sebastián Miranda que el público madrileño acudió a la plaza con entusiasmo y que recibió a Belmonte como un mito del toreo.
“Cuando vieron que Juan se dirigía hacia donde estaba El Duende de la Colegiata, a quien odiaban, empezaron a chillarle: ¡No! ¡No! ¡De ninguna manera! La pita fue terrible. Belmonte se disculpaba ante el público y cuando menguó un poco el ruido de la protesta, pudo brindar el toro al Duende, que era lo que éste quería publicidad. Juan estuvo aquella tarde admirable, y la bronca producida por el Duende se olvidó en seguida, porque el público estaba entusiasmado con la actuación, verdaderamente admirable de Belmonte”.
Después de aquel éxito en la Plaza de Madrid, el novillero sevillano acudió al estudio de Sebastián Miranda, que aprovechó para tomar nuevos apuntes del triunfador de la tarde”.
(El tiempo de Sebastián Miranda. Una España insólita, de Marino Gómez Santos. Testimonio Compañía Editorial. Madrid, 1986)


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La amistad que unió a Miranda, Pérez de Ayala y Juan Belmonte duró toda la vida. En la imagen aparecen junto a el marqués de Villabrágima en la entrada de la casa del escultor en la Avenida de la Moncloa y está incluida en el libro El tiempo de Sebastián Miranda. Una España insólita, de Marino Gómez-Santos.

Mis amigos los intelectuales. – “La misma noche que entré en Madrid fui a caer en el café Fornos, y me senté casualmente frente a una tertulia de escritores y artistas que allí se reunían habitualmente. Formaban parte de aquella tertulia el escritor Julio Antonio, Romero de Torres, don Ramón del Vale-Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Sebastián Miranda y algunos otros. Aquella misma noche, Sebastián Miranda estuvo haciéndome un apunte, y desde aquel momento trabamos amistad. Fui después a visitarle a un estudio que tenía en la calle de Montalbán, y me sentí fuertemente atraído por la vida extraordinaria de los artistas y escritores, que para mí estaba envuelta en una aureola bohemia y romántica. Procuré desde el primer momento ganarme sus simpatías, y vi maravillado, que me las otorgaban con largueza. Yo iba al estudio de Miranda, me colocaba discretamente en un rinconcito y los oía discutir poniendo mis cinco sentidos en comprender lo que decían. No era floja tarea: empezó entonces para mí la difícil gimnasia mental de pasarme horas y horas oyendo hablar de las cosas que no entendía. Pronto fui haciéndome mi composición de lugar y creí descubrir a través de las diferencias de estilo y lenguaje una extraña semejanza entre aquellos artistas y escritores de espíritu rebelde y los anarquistas de la pandilla de Triana. Algo era común a unos y otros.

El esfuerzo de comprensión que tuve que hacer fue grandioso. Venir de robar naranjas por las puertas de los alrededores de Sevilla a sentarme en aquel cenáculo de artistas gloriosos, que discutían abstrusos problemas de filosofía o estética, era una transición demasiado brusca, y yo procuraba extremar mi discreción. Ellos me animaban con su benevolencia, pareciéndoles seguramente con su conducta y mis palabras eran siempre demasiado prudentes para ser mías, es decir, de un torerillo semianalfabeto”.
(Juan Belmonte. Matador de toros. Manuel Chaves Nogales. Alianza Editorial. Madrid, 1970)

Madrid pintoresco. – “Tuve que abandonar los toros, y decidí quedarme en Madrid para descansar y curarme. Paraba en una pintoresca fonda de la calle Echegaray, la casa más disparatada del mundo. Los huéspedes eran, por lo general, toreros, novilleritos que empezaban y tenían poco dinero, viejos banderilleros, mozos de estoques, picadores y toda esa humanidad indefinible que se agita alrededor del toreo. El dueño de la fonda era un personaje extraordinario, al que llamábamos el Niño del Chuzo. Había querido ser torero en su juventud, y ya maduro presumía de haber sido contrabandista y hasta bandolero al estilo de los legendarios bandidos generosos de Andalucía. En realidad, era un buen hombre, un poco majareta. Teníamos de mandadero en la fonda a otro tipo extraordinario, don Antonio el Loco, quien, a pesar de su tipo lamentable, sus pies planos y doloridos y su aire de perro traspillado, presumía de tenorio…
Aquel verano de Madrid, en un segundo piso de la calle Echegaray, rodeado de aquella humanidad pintoresca y atrabiliaria, contemplando desde el balcón el ajetreo de los tipos castizos aún no desterrados, las chulas esquineras con mantón de picos y pañuelo a la cabeza, los pobres hombres que se paraban a pactar con ellas en el arroyo mismo, los manchegos, clientes de los cafés de las camareras, los borrachos de los colmaos andaluces, los señores del hongo que por allí merodeaban vergonzantes, todo aquello que hace años tenía un color y una vida que se han perdido, me sugestionaba y divertía, hasta el punto de encontrarme en la fonda del Niño del Chuzo como si estuviera en el más confortable hotel".
(Juan Belmonte. Matador de toros. Manuel Chaves Nogales. Alianza Editorial. Madrid, 1970)

 

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El estanque del Retiro hacia 1920, según una foto de la época. A la derecha el monumento a Alfonso XII en construcción y reproducida del libro Madrid, villa y corte, de Pedro Montoliú.

“Por entonces iba Juan todas las noches en mi compañía a cenar al Retiro, visitando los teatros abiertos, cosa que le gustaba mucho o encerrándose a leer en el estudio que en Alfonso XII tenía Miranda, haciendo en ese estudio vida de bohemio, a base de macarrones y de pescado frito, todo ello salpicado con la visita de algunas gitanas que posaban de modelo para no sé qué fantástico monumento, y en las sesiones de cante y baile flamenco, en las que actuaba como protagonistas el propio Julio Antonio y el caballero aristócrata Julián Cañedo”.
(Belmonte, el nuevo arte de torear, de Antonio de la Villa. Biblioteca Nueva. Madrid, 1999.)


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En la calle Alfonso XII se situaba el frontón Jai Alai, construido detrás del Jardín Botánico a finales del siglo XIX. Los inmuebles más destacados y urbanizados de los alrededores fueron entre otros: el museo Antropológico levantado por el científico Pedro González Velas entre 1873 y 1875; El Palacio de Comunicaciones (de 1907 a 1919), La Bolsa de Madrid 1893, el Real Observatorio y la estación de Mediodía o Atocha en 1892. Fotografía de la web urbanity.es.

“Cuando, dos años después (1912), le dieron a Pérez de Ayala una beca y se fue de Florencia, yo me trasladé a un estudio que me cedió Paco Sancha (artista, amigo y persona extraordinaria) situado en la esquina de la calle Montalbán y Alfonso XII, frente al Retiro, lleno de luz, de sol y de alegría. Daba la sensación de un nido sobre la copa del árbol más alto de aquel maravilloso parque. Sin embargo, era natural que no fuesen todo rosas en este paraíso, pues desde los primeros instantes tropecé con la hostilidad del portero, agravándose cuando Belmonte comenzó a frecuentar mi casa, siendo, como era, un acérrimo gallista… A veces, al vernos pasar a coger el ascensor, calculaba cuando estábamos entre piso y piso y nos dejaba un rato colgados, provocando el escándalo consiguiente. En una ocasión, cuando salíamos y después de cruzar la portería, lanzó en estentóreo “¡Viva Gallito!” que provocó en Juan grandes carcajadas”.
(Recuerdos y añoranzas (mi vida y mis amigos). Sebastián Miranda. Editorial Prensa Española. Madrid, 1972).

(Habla Juan Belmonte:) “Llegué a no hallarme a gusto más que entre aquellas gentes, tan distintas a mí, y muchas noches me quedaba incluso a dormir en el estudio de Miranda. Me subyugaba la fuerte personalidad de aquellos hombres: Julio Antonio, Enrique de Mesa, Pérez de Ayala y, sobre todo, Valle Inclán”.
 (El tiempo de Sebastián Miranda. Una España insólita, de Marino Gómez Santos. Testimonio Compañía Editorial. Madrid, 1986)

 

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Calle Príncipe de Vergara en 1932. Fotografía de la web urbanity.es.

“Todo aquello era muy halagador, pero, a la larga, resultaba terriblemente molesto. Por eso procuré instalarme en Madrid como un desconocido cualquiera. Alquilé un estudio en el barrio de Salamanca, cultivé únicamente la amistad de aquel grupo de intelectuales que había conocido en el estudio de Sebastián Miranda, y un día entré en una peluquería y me corté la coleta”.
(Juan Belmonte. Matador de toros. Manuel Chaves Nogales. Alianza Editorial. Madrid, 1970)

“Al terminarse la temporada de 1914, Belmonte realizó uno de sus mejores sueños: vivir en Madrid. Dedicóse él mismo, con febril entusiasmo, a buscarse un piso de soltero que reuniera todas las comodidades, sin caer en el lujo desmedido. Y después de dar muchas vueltas de un lado a otro lo halló en el barrio de Salamanca. Era una azotea o ático –como hoy se llama-, situado en el número 25 de la calle Príncipe de Vergara. En unión del escultor Sebastián Miranda, se dedicó después a buscar muebles. En la casa de Juan Belmonte, compuesta de seis plazas: un comedor, una salita-despacho, la alcoba, el ropero, el cuarto de baño y la cocina, no se llegó a ver un solo trofeo taurino.
- Las cosas que recuerdan al toro –decía Juan- sólo deben verse en la plaza.
Colgados en las paredes había algunos aguafuertes de Goya y un cuadro primoroso de Julio Romero de Torres, que Belmonte adquirió a buen precio.
La portera Carmen, mujer joven y agraciada, que había servido en la casa de los dueños de la finca y tenía costumbre de estos detalles, se encargó de la cocina, y un muchacho despierto y alegre que buscó el apoderado de Belmonte entró en calidad de ayuda de cámara.
El llavero mayor y administrador general era Antoñito Conde, que, como decía con mucha gracia Juan, había que empujarle en el codo para que soltara una perra.
Los negocios taurinos, conferencias, discusiones, acoplamientos, consultas, etc., se despachaban en el domicilio de Juan Manuel Rodríguez, el apoderado, que vivía en la calle de la Visitación. Belmonte iba todas las mañanas, de doce a una, que era la hora en que recalaba también por la casa de su médico y entrañable amigo Miguel Serrano, habitante de la vieja calle de la Gorguera, muy cerca de la de Juan Manuel”. (…)
(Belmonte, el nuevo arte de torear, de Antonio de la Villa. Biblioteca Nueva. Madrid, 1999.)

“Con el examen del dormitorio estilo Imperio, magnífico, y de la salita donde se detienen los visitantes para admirar la gentil muchachuela pintada por Romero de Torres, terminamos nuestra excursión por la casa, puesta con un lujo sólido y de buen gusto, y pasamos nuevamente al comedor”.
(Lo que confiesan los toreros. Pesetas, palmadas, cogidas y palos. De J. López, Pinillos (Parmeno). Renacimiento. Madrid, 1917.)

Servidumbre y clientela. –“Vive el torero rodeado de una servidumbre tan pintoresca y sujeto a las exigencias de una clientela tan compleja, que su régimen económico es siempre inextricable y desastroso. Yo entonces tenía tres administraciones: una en Madrid, la del apoderado, con su cortejo de negociantes y traficantes del toreo; otra en Sevilla, la de los deudos y familiares, cada vez más numerosos, y otra, que pudiéramos llamar de campaña, la del mozo de estoques”.
(Juan Belmonte. Matador de toros. Manuel Chaves Nogales. Alianza Editorial. Madrid, 1970)

 

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“Los límites del Retiro por la calle Alfonso XII fueron dotados de una verja artística y de puertas como la de España, recogida en una foto realizada a comienzos del siglo XX", del libro Madrid, villa y corte, de Pedro Montoliú. 

Arquitectura madrileña de fin de siglo. Del 1868 al 1902.
El comienzo del sexenio revolucionario consiguió potenciar aún más la trasformación de Madrid… en esta época la arquitectura se convirtió en la gran protagonista… El estilo mudéjar fue usado en varios edificios… y hasta en la misma Plaza de Toros, pues permitía una construcción rápida y económica como consecuencia de la utilización del ladrillo… La trasformación visual que supuso para Madrid la realización de estos edificios (entre otros, el Museo Antropológico, la Real Fábrica de Tapices, la Escuela de Minas, la Plaza de Toros de Felipe II, el Monte de Piedad, la Basílica de Atocha, la Iglesia de San Manuel y San Benito, la Biblioteca Nacional, el Banco de España, la Academia de la Lengua, la cárcel Modelo, el Hospital del Niño Jesús, el Ministerio de Fomento, hoy de Agricultura) se produjo paralelamente al desarrollo del ensanche y a la reforma que se acometió en el casco antiguo… Como en el reinado anterior, los cafés fueron los principales centros de reunión y debate. En un kilómetro a la redonda de la Puerta del Sol podría encontrarse un total de 65 cafés. Toros, teatro, política y sucesos eran los temas de discusión”.
(Madrid, villa y corte, de Pedro Montoliú. Editorial Silex. Madrid 1987)

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Primer Aviso

Sobre el blog

El mundo de los toros visto por los periodistas de EL PAÍS. Rigor, exigencia y sensibilidad para analizar un arte que vive uno de los momentos más complejos de su historia.

Sobre los autores

Antonio Lorca es crítico taurino en El País. Amante del toro en el campo, en la plaza y en el plato. Hijo del Capitán Trueno, venera a los héroes de carne y hueso ya vistan de oro o plata, vayan a pie o a caballo. Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista; ella, orgullosa de mí, cree que soy banderillero...

Rosa Jiménez Cano. Periodista de EL PAíS especializada en Tecnología, aficionada a los toros desde su niñez. Como cualquier abonado de Las Ventas reparte su corazón entre Chenel, Esplá y los hierros más duros. Se derrite cuando a Morante le da por torear.

Quino Petit es periodista de EL PAÍS. Desde 2006 escribe reportajes en El País Semanal. Durante la adolescencia sufrió un shock leyendo la biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte y persiguió a Curro Romero y a Rafael de Paula hasta que ambos se cortaron la coleta. Desde entonces no persigue a nadie. Tampoco ha vuelto a ver torear tan despacio.

Paz Domingo, periodista de El País y admiradora de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento.

El País

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