Primer Aviso

Sobre el blog

El mundo de los toros visto por los periodistas de EL PAÍS. Rigor, exigencia y sensibilidad para analizar un arte que vive uno de los momentos más complejos de su historia.

Sobre los autores

Antonio Lorca es crítico taurino en El País. Amante del toro en el campo, en la plaza y en el plato. Hijo del Capitán Trueno, venera a los héroes de carne y hueso ya vistan de oro o plata, vayan a pie o a caballo. Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista; ella, orgullosa de mí, cree que soy banderillero...

Rosa Jiménez Cano. Periodista de EL PAíS especializada en Tecnología, aficionada a los toros desde su niñez. Como cualquier abonado de Las Ventas reparte su corazón entre Chenel, Esplá y los hierros más duros. Se derrite cuando a Morante le da por torear.

Quino Petit es periodista de EL PAÍS. Desde 2006 escribe reportajes en El País Semanal. Durante la adolescencia sufrió un shock leyendo la biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte y persiguió a Curro Romero y a Rafael de Paula hasta que ambos se cortaron la coleta. Desde entonces no persigue a nadie. Tampoco ha vuelto a ver torear tan despacio.

Paz Domingo, periodista de El País y admiradora de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento.

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Julián López me quiere camelar

Por: | 16 de abril de 2014

No tengo el placer de conocer a Julián López El Juli; ni siquiera hemos hablado por teléfono para una de esas entrevistas exprés previas a un gran acontecimiento ferial. Pero me cae muy bien, como torero y como persona.

Al igual que otros locos aspirantes a figura, ha sacrificado su vida entera por una vocación. Mientras el resto del mundo ha tenido infancia, adolescencia y juventud, Julián solo ha visto toro desde que era un mico; y siempre desde abajo, desde el seno de una familia humilde que se ha sacrificado toda ella y a todas horas por la ilusión enfermiza del chaval. Un mérito grande el de sus padres, sus hermanos y el propio Juli que se han trabajado de verdad la búsqueda del éxito. Un referente de cariño, de generosidad, de esfuerzo y sacrificio que debe ser reconocido, y que la vida, afortunadamente, se lo ha recompensado.

Julián López El Juli ha alcanzado la meta soñada. Es una gran figura del toreo. Y debe estar desbordante de orgullo, pues su ánimo vigoroso ha sido su compañero inseparable..

Asentado en la madurez que da la experiencia, se ha revelado, además, como un hombre reflexivo, comprometido y convencido de que debe trabajar por ocupar un liderazgo vacío en su profesión. Su reciente comparecencia matinal en TVE fue una bocanada de aire fresco entre tanto taurino trasnochado y vetusto. Da muy bien ante las cámaras, sonríe con naturalidad, transmite credibilidad, tiene ideas, maneja argumentos y ofreció, sin duda, una imagen moderna y novedosa del torero del siglo XXI.

Decididamente, El Juli quiere ser un líder, y alguien lo ha convencido inteligentemente de que la comunicación es un arma imprescindible para alcanzar esa meta.

El problema de Julián es que se mueve en el terreno pantanoso de una profunda contradicción entre el torero y el hombre. Julián ha sido educado para sufrir y gozar como una gran figura del toreo, pero no para protagonizar la revolucion para que la que está predestinado un líder. Lo primero ya lo es, pero lo segundo es materia reservada para unos pocos elegidos. Joselito El Gallo, con quien él inmodestamente se compara, fue uno de ellos a pesar de los pocos años que vivió. El Juli, por su parte, ha sido modelado para ser un icono de la modernidad; adornado con las mejores cualidades toreras, dueño del poder y la técnica en grado sumo, sufre en sus carnes y en su prestigio los cuidados extremos que su entorno familiar y profesional le ha diseñado para mantenerse ahí arriba muchos años con un riesgo calculado y siempre aminorado por el toro-torete de laboratorio elegido para el triunfo relativamente fácil. Su padre y su apoderado le han facilitado el camino como figura y se lo han cerrado para ser líder. Nadie, ningún aficionado serio, no fanático, sectario ni radical de los tantos que abundan, le reconoce hoy a El Juli la categoría de revolucionario a la que parece aspirar. Porque El Juli, y quizá él sea el menos culpable, ha tirado de su carrera, pero no del toreo.

Y lo malo es que las contradicciones obnubilan, tanto o más que una corte de aduladores. Dijo El Juli en TVE que pretende ser un torero a lo antiguo, profundo; y, días más tarde, en un portal digital, añadió que 'hay que trabajar por la fiesta y no por el interés particular'. Óle... Es la reflexión de Julián, un hombre inteligente.

Pero cuando Julián se enfunda el traje de El Juli, la cosa cambia. No puede evitar entonces, como ninguno de nosotros, la educacion que ha mamado; y surge el taurino listo, que no inteligente; el torero pícaro, el veedor que manda en las ganaderías, el apoderado que presiona sin compasión en los corrales, y el diestro que no duda en saltarde a la torera la norma y burlarse de los aficionados en la búsqueda desesperada de una inconcebible comodidad. Así, es El Juli y no Julián el que ha tenido la osadía de anunciarse el Domingo de Resurrección en Málaga en un mano a mano ficticio con Morante, en el que cada cual se presenta con tres toros elegidos por sus colaboradores. La autoridad incurre en un presunto delito de prevaricación al evitar el sorteo, pero le da igual porque la fiesta no le importa nada. Los toreros mienten, nos engañan a todos, nos toman por tontos, y parecen desconocer que en el pecado llevan la penitencia. El Juli y Morante acuden a Málaga como portavoces del antitaurinismo galopante, pues su actuación es una falta de respeto inadmisible a la fiesta de los toros.

Por eso, digo que Julián López me quiere camelar; pretender hacerme creer que es un torero comprometido. Falso. Sin duda, será un buen hombre, pero es un torero -gran figura, eso sí- más. Una pena que no lo hayan educado para tomar las riendas de la fiesta. Aptitud no le falta; de lo que carece es de actitud.

El País

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