Primer Aviso

Sobre el blog

El mundo de los toros visto por los periodistas de EL PAÍS. Rigor, exigencia y sensibilidad para analizar un arte que vive uno de los momentos más complejos de su historia.

Sobre los autores

Antonio Lorca es crítico taurino en El País. Amante del toro en el campo, en la plaza y en el plato. Hijo del Capitán Trueno, venera a los héroes de carne y hueso ya vistan de oro o plata, vayan a pie o a caballo. Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista; ella, orgullosa de mí, cree que soy banderillero...

Rosa Jiménez Cano. Periodista de EL PAíS especializada en Tecnología, aficionada a los toros desde su niñez. Como cualquier abonado de Las Ventas reparte su corazón entre Chenel, Esplá y los hierros más duros. Se derrite cuando a Morante le da por torear.

Quino Petit es periodista de EL PAÍS. Desde 2006 escribe reportajes en El País Semanal. Durante la adolescencia sufrió un shock leyendo la biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte y persiguió a Curro Romero y a Rafael de Paula hasta que ambos se cortaron la coleta. Desde entonces no persigue a nadie. Tampoco ha vuelto a ver torear tan despacio.

Paz Domingo, periodista de El País y admiradora de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento.

El PENTAURO, un ejercicio de 'buenismo' taurino

Por: | 20 de diciembre de 2013

El Plan Estratégico Nacional para el Fomento y la Protección de la Tauromaquia (PENTAURO), presentado el pasado jueves por el ministro de Cultura, José Ignacio Wert, ha vuelto a encandilar a los distintos sectores taurinos, como ya ocurriera con la ley que declara la tauromaquia patrimonio cultural. Es un amplio documento de cincuenta páginas en el que se recogen las propuestas de matadores de toros, banderilleros, empresarios, ganaderos, juristas, periodistas, universitarios, escuelas taurinas, algunas comunidades autónomas, la Federación Española de Municipios y Provincias y la Administración General del Estado. Como todos, a excepción de las asociaciones de aficionados, se sienten reflejados en sus reivindicaciones, el texto ha sido refrendado por una inmensa mayoría.
Y bien es cierto que el PENTAURO es el evangelio taurino. En él están contenidos los mandamientos que hay que cumplir para que la fiesta de los toros, -la tauromaquia, según la terminología legal-, vuelva a resurgir de sus cenizas y recupere el prestigio de antaño y el honor que hoy se le debe reconocer como elemento cultural de primer orden. El problema, quizá el verdadero problema, es que esta medicina milagrosa aparece cuando el enfermo tiene las defensas muy bajas y el mal parece ya incurable; y cuando sus protagonistas están contagiados por un conservadurismo transnochado y un egoísmo repelente.
De ahí, que los cinco ejes, con sus correspondientes programas y medidas en los que se estructura, configuren un conjunto de objetivos teóricos y deseables, muchos de los cuales se presentan claramente inalcanzables en función del momento que atraviesa el espectáculo taurino.
Bueno es, sin duda, que un Gobierno asuma la tauromaquia como problema que requiere análisis y soluciones, le dedique tiempo e imaginación y trate de amparar a los millones de ciudadanos que la sienten como algo propio. Bueno es que un grupo de respetables expertos se devanen los sesos para plasmar en un papel los caminos que debe seguir la tauromaquia si pretende pervivir en los próximos años. Así, el trabajo resultante es, con sus conflictos, estimable, plausible y necesario; ilusionante e ilusorio, también, en gran parte de sus cometidos.
El punto de partida está cargado de interés: la consideración de la tauromaquia como patrimonio cultural y fenómeno económico habilitan al Estado para proponer un plan para el fomento de las actividades artísticas, creativas y productivas que la conforman. Y sigue: además de cultura, la tauromaquia es un sector económico de primera magnitud, con incidencia en los ámbitos empresarial, fiscal, agrícola-ganadero, medioambiental, social, generador de empleo, industrial y turístico.
Pero, a continuación, se produce la primera carencia porque el diagnóstico de la fiesta es blanco, vago, impreciso, incompleto y políticamente correcto. Se entiende, no obstante, que así sea para no molestar a ninguno de los que después dieron su aprobación al texto.
Asegura el documento que existe consenso (¿?) en el sector sobre una necesaria renovación interna  y de posicionamiento estratégico frente a la sociedad; que falta unidad -es verdad-, y que sufre 'cierto' inmovilismo; se refiere, además, a la multiplicidad de competencias administrativas, a las dificultades que padecen muchos profesionales a la hora de cobrar, a la disminución de espectadores, y a la emocion y el riesgo, como núcleo esencial del festejo taurino; añade que falta integridad en 'algunos' espectáculos; que existe un problema de comunicación de la tradición y los valores de la tauromaquia, 'enfatizada por cierta sensibilidad social de protección de los animales', constata la ausencia de subvenciones oficiales, y cita casi de pasada la 'disminución' de espectáculos retransmitidos sin hacer mención de TVE, que, desde año 2006, solo ha retransmitido dos corridas de toros.
La primera conclusión es contundente y de perogrullo: hay que lograr que el producto taurino sea más atractivo; y promover una fiesta más abierta, viva y participativa, cercana y accesible, con capacidad para adaptarse a los tiempos y a los cambios políticos, sociales, económicos y culturales. ¡Evidente...!
Y llega el capítulo de los cinco ejes, donde aparece el 'buenismo' oficial, tan cercano a los Gobiernos acomplejados con la fiesta de los toros.
He aquí algunas perlas: fomentar la formación de los futuros profesionales, mejorar la casta, la bravura y la integridad del toro, trabajar por la autenticidad de la fiesta con presidentes, veterinarios y delegados más preparados; y aprobar una nueva ley taurina y un nuevo reglamento de carácter nacional.Y la guinda final: impulsar los trámites para incluir la tauromaquia en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Por lo visto, se solucionan de un plumazo las competencias exclusivas de las Comunidades Autónomas en materia taurina, y las dificultades extremas que, con toda seguridad, encontrará la fiesta taurinas entre las paredes de la Unesco.
Quizá, lo más efectivo y posible, con permiso de Cristóbal Montoro, es que se pueda llevar a cabo una simplificación administrativa y una reducción de cargas fiscales y de la Seguridad Social, lo que facilitaría la celebración de espectáculos y rebajaría el precio de las entradas.
En fin, que el PENTAURO debe ser recibido con comedida esperanza porque encierra una meritoria voluntad de afrontar los muchos y graves problemas de la fiesta; pero, lamentablemente, no parece que pueda convertirse, como muchos piensan, en una oportunidad histórica. Este enfermo, a pesar de la probrada capacidad de tantos expertos, tiene muy mala cura. Quizá por eso, solo por eso, el PENTAURO corre el peligro de quedarse en un ejercicio de 'buenismo' taurino.

En la Gipuzkoa de fiestas, aficiones, plazas, toros y toreros

Por: | 05 de diciembre de 2013

 

Entrevista con Antonio Fernández Casado

El autor de Diccionario Taurino de Guipúzcoa reafirma la tradición de los toros en la provincia vasca y plantea para el futuro de la fiesta una evolución comprometida e imaginativa del espectáculo

Este pasado verano la plaza de Illunbe no abría sus puertas a los toros. La decisión política antitaurina de la agrupación Bildu -que gobierna el consistorio de San Sebastián- quedó materializada en la posibilidad de no renovar el arrendamiento del coso. Se inició entonces un nuevo capítulo en la larga e intensa historia que vincula la vieja Gipuzkoa con la fiesta. Pero, en la capital vasca, en agosto, sí se dieron toros, aunque fuera en el recuerdo. Antonio Fernández Casado presentaba su último libro, Diccionario Taurino de Guipúzcoa. De la plaza de toros de Arrasate al torero-pintor Zuloaga, publicado por La Cátedra Taurina, en el que se da cuenta documental de la tradición de este rincón norteño con la tauromaquia.

Un estudio bien traído –dentro de la inexplicable coyuntura social de rechazar lo taurino en “uno de los primeros territorios en los que se practicó el toreo a pie”, asegura el autor- y bien llevado a través de la recopilación de abundantes ensayos antropológicos y culturales que relacionan el espectáculo de los toros con las costumbres del pueblo vasco. Es un recorrido ordenado y observador, en la que no olvida ningún tercio de la lidia. Desde la relación original entre hombre y animal; el ganado betizu, pues “parece evidente que existe una raza de toro fiero autóctono, un estilo y diversas suertes de la lidia de inequívoco origen vasco-navarro”, hasta la enumeración exhaustiva de los abundantes recintos fijos e improvisados en todos los rincones guipuzcoanos; la ganadería de San Nicolás de Lastur; la asociación privadísima del toro de cuerda o sokamuturra; la raigambre en su folclore; los afamados toreros como Martintxo y Mazzantini; la personalidad de la saga empresarial de los Chopera; incluso la particular entrega por la fiesta del púgil Paulino Uzkudun y el pintor Ignacio Zuloaga.

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Los Tablas de la Ley Belmonte (I)

Por: | 25 de octubre de 2013

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El joven novillero Juan Belmonte, en el verano de 1913, durante un almuerzo en la terraza del estudio que el escultor Sebastián Miranda tenía en la calle Montalbán, esquina con Alfonso XII, de Madrid. De izquierda a derecha, Sebastián Miranda, Ramón Pérez de Ayala, Ramón del Valle Inclán y Juan Belmonte. Al fondo se puede apreciar el Parque del Retiro. Esta fotografía se incluye en el libro El tiempo de Sebastián Miranda. Una España insólita, de Marino Gómez-Santos. 

 

Los aposentos del Pasmo de Triana en Madrid

De cómo y dónde vivió en la capital Juan Belmonte en los primeros años de esplendor torero y de su nostalgia por la calle Alfonso XII 

El pasado 16 de octubre se conmemoró el centenario de la alternativa de Juan Belmonte. Aquel año de 1913 fue en la vida del torero sevillano delirante. Desde su presentación en Madrid como novillero el 26 de marzo hasta la conclusión al séptimo mes de este advenimiento glorioso al mundo de los toros como matador, Belmonte llegó, triunfó, simpatizó con la intelectualidad del momento y se transformó en el fenómeno taurino con la rapidez de un meteorito que revolucionó los cánones del toreo establecido hasta el momento y lo hizo con la solidez imprescindible para que pasado un siglo aún se hable de aquellas intuiciones que convirtieron el arte taurómaco en mandamientos de ley.

Es abundantísimo el volumen de escritos, en forma de libros, biografías, artículos, crónicas taurinas y sociales, sobre la figura de Juan Belmonte. Nuevos y viejos. Extraordinarios algunos, anecdóticos otros, y pocos olvidados, porque la figura del torero sevillano es revisada continuamente desde todos los pareceres posibles. Por tanto, no se hace necesario condensar la singularidad de su vida, ni de su toreo, ni de su leyenda, aunque sí se pretende a través de este imaginario decálogo belmontiano, que da comienzo en este soporte digital, poner recuerdos a la vida y obra de un personaje sobresaliente.

Esta andadura romántica la iniciamos a pie de calle, al borde mismo del Parque del Retiro, en la calle Alfonso XII, número 42, donde el Ayuntamiento de Madrid ha colocado una plaza conmemorativa para recordar a los caminantes que en este casa vivió el torero Juan Belmonte desde el año 1940 hasta la fecha de su fallecimiento en 1962. Sin embargo, el torero sevillano ya había elegido esta calle madrileña para vivir el año de su llegada a la capital, en estos mismos meses de 1913 en que se convertiría en la revelación taurina del momento. ¿Por qué eligió Juan Belmonte esta calle para vivir, tan aristocrática también entonces? ¿Por qué en los posibles traslados de vivienda nunca se alejó de sus límites? Demos un paseo por el viejo Madrid de principios de siglo; por las maravillosas interviús que Parmeno realizara al Pasmo de Triana; por los elevados retratos de Chaves Nogales y Antonio de la Villa al matador de toros y amigo; por los recuerdos del escultor Sebastián Miranda, en definitiva, el personaje que más y mejor se acercó a la vida y obra del torero convertido en fenómeno de gentíos muy a su pesar. Recordemos cómo y dónde vivió Juan Belmonte en Madrid aquellos maravillosos años de esplendor.

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Toros, ¿cultura o tortura?

Por: | 22 de octubre de 2013

Hace unos días, Canal Sur Televisión organizó un debate titulado '¿Cultura o tortura?', referido a las corridas de toros. Entre los antis, una profesora de instituto, una portavoz del Partido Animalista y un antropólogo; entre los defensores, el director del programa 'Toros para todos', de la cadena andaluza, el diestro José Luis Moreno y un expolítico municipal. Y el resultado, un auténtico bochorno.

El moderador no supo o no pudo cumplir con su labor, y aquello quedó reducido a un gritón corral de vecinos, que produjo más sonrojo que interés. Personalmente, sentí un rechazo incontrolable al comprobar que, una vez más, una agria y vacía discusión sobre los toros hacía un flaco favor a la fiesta.

 Para empezar, dio la impresión de que solo la portavoz de los animalistas había preparado el debate. Los demás se presentaron allí 'chungos' de papeles, con esa actitud tan jactanciosa como española de 'esto es pan comido para mí'. Los de enfrente -los antis, se entiende- acudieron a los conocidos argumentos del maltrato, la tortura y las dichosas subvenciones. ¿Y los taurinos? A excepción del torero cordobés, callado, comedido y sensato, los taurinos prefirieron interrumpir a todo el que osaba abrir la boca, abusar de tópicos y hacer gala de una absurda prepotencia inexplicable en personas inteligentes.

Total, que lo quedó claro es que los 'taurinos' carecían de argumentos contundentes para defender la fiesta de los ataques inmisericordes de los contrarios; y algo más: que los aficionados solemos confundir nuestro amor a la tauromaquia con una actitud apasionada que raya en la falta de educación.

Quedó claro, además, que los debates sobre la existencia de los toros en el siglo XXI son inútiles y vanos. La sociedad actual es más sensible, ha humanizado a los animales por la persistente influencia de Walt Disney, y una parte de ella considera que el ritual taurino es patrimonio de un grupo de morbosos desalmados que goza con el sufrimiento de los toros. Y esta opinión la tienen, primero, porque les asiste un perfecto derecho para ello; segundo, porque el toreo es un misterio y no es fácil descubrirlo en un espectáculo cruento; tercero, porque se empeñan en no conocer la vida del toro bravo; y porque 'se equivocan creyendo -en palabras de Vargas Llosa- que la fiesta es un puro ejercicio de maldad en el que unas masas irracionales vuelcan un odio atávico sobre la bestia'. Pero hay más: hay quien considera la fiesta una tortura y se empecina en no reconocer que el toro bravo ha nacido para la lucha, del mismo modo que la gallina para poner huevos y hacer un buen caldo, o el cerdo para deleitarnos con un buen jamón. ¿Acaso -el argumento es de Fernando Savater- alguien ha preguntado a la gallina si desea vivir estabulada y hervir en la olla, o al cerdo que lo cuelguen de un pincho cuando está gozando en la montonera?

 'Entiendo el toreo como una caricia', decía hace algún tiempo Curro Romero. 'Y hacer feliz a la gente con mi toreo', añadía. ¿Quién es capaz de afirmar que Curro ha sido un torturador de toros, un amante de la violencia contra los animales, que ha cimentado su gloria en los estertores agónicos de uno de los seres vivos más bellos de la naturaleza?

A pesar de todo, cada cual seguirá pensando lo que su educación y sensibilidad le dicte. Pero no hay que reñir por ello, ni interrumpir, ni dejarse envolver por la soberbia del supuesto entendido. Basta con defender la cultura del toro y la libertad de elección.

Por cierto, que nadie crea ver en estas letras una crítica al compañero que dirige 'Toros para todos'. Allá los cainitas con sus conciencias. Es un periodista muy respetable que desarrolla una magnífica labor de divulgación del toro bravo desde la pantalla de Canal Sur. Solo tuvo un mal día, como cualquiera. Quizá, un exceso de confianza en sus muchos conocimientos. Le honra, no obstante, que, al final, pidiera perdón por su apasionada defensa del toro, que, por momentos, le hizo perder la razón.

Por cierto, ¿cultura o tortura? A mí también me repugna la sangre y el sufrimiento ajeno; y no creo que pertenezca por mi afición a un grupo de enfermos morbosos. Por el contrario, me siguen conmoviendo un animal bravo y un héroe artista. Rechazo todo tipo de violencia del mismo modo que me emocionan la gracia y el sentimiento de un torero y la raza y la casta de un toro. Y nada puedo hacer por evitarlo...

 

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Los miembros de la cuadrilla de Javier Castaño -de izquierda a derecha, Marco Galán, Tito Sandoval, David Adalid y Fernando Sánchez- dan la vuelta al ruedo al término del segundo tercio al quinto toro de la ganadería de Celestino Cuadri en pasado 1 de junio en la plaza de toros de Madrid. Nunca se había producido un acontecimiento torero igual. Fotografía de Kote Rodrigo (EFE)

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La vuelta triunfal que protagonizara la cuadrilla del diestro Javier Castaño en Madrid provocó el entusiasmo de la afición y la suspicacia de una parte de la jerarquía taurina. Se trata de un hecho excepcional que no está regulado ni prohibido por la normativa vigente. 


El pasado día 1 de junio se produjo un acontecimiento extraordinario en la plaza de toros de Madrid y posiblemente en la historia de la tauromaquia. Por primera vez, cuatro miembros de una misma cuadrilla –en este caso de Javier Castaño- daban una vuelta al ruedo al terminar el segundo tercio de la lidia al quinto toro perteneciente a la ganadería de Celestino Cuadri. La petición de la vuelta al ruedo surgió en un acto espontáneo por parte de la mayoría del público que pedía el trofeo para los toreros David Adalid, Fernando Sánchez, Marco Galán y Tito Sandoval, que habían protagonizado los dos tercios bien ejecutados: el toreo a caballo en la suerte de las varas; la técnica de los subalternos que colocaron cuatro pares de banderillas con gracia y perfección; junto a la demostración de una brega tan inusual como dogmática. No hay un acontecimiento que se recuerde de estas características en la Plaza de Las Ventas, en la cual se habían concedido trofeos para algunos miembros de las cuadrillas, como la vuelta del picador Anderson Murillo junto al diestro Luis Francisco Esplá el 5 de junio de 2001, pero jamás se había producido en el transcurso de la lidia del animal, la cual fue interrumpida hasta que los toreros recibieron las aclamaciones en el recorrido del albero. 

Han pasado cuatro meses y Javier Castaño junto a su cuadrilla regresan a Las Ventas -este próximo domingo 6 de octubre-, durante el ciclo ferial de otoño para aspirar a esta sobresaliente eventualidad que provocó en la afición madrileña como si se tratara de un perfume de rosas. Lo que pudo ser para estos hombres la temporada abierta a la gloria se ha convertido en un camino de espinas por las insistentes críticas que han recibido de la jerarquía taurina que premeditadamente rebajan la excepcionalidad de dichos toreros y cuestionan la autorización por el presidente del festejo de la vuelta al ruedo. En este periplo por el recordatorio de la normativa taurina se pone el punto de mira en la concesión de trofeos, que unas ocasiones concede el público y en todas es el presidente del festejo quien permite. El escritor Víctor Pérez es el encargado de exponerlo: “si el reglamento nacional no precisa cualquier excepcionalidad no queda el hecho ni regulado ni prohibido y, por tanto si están de acuerdo el matador y público, no hay razón ni motivos para no dar dicha vuelta al ruedo”. El peligro pudiera estar en la estandarización de la singularidad como en otra ocasión ocurriera con la concesión de las orejas a los matadores cuando ningún reglamento las calificaba.

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Mirando al cielo

Por: | 30 de septiembre de 2013

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Un operario retira el agua de la plaza de Las Ventas horas antes del comienzo del décimo octavo festejo de la Feria de San Isidro, el 27 de mayo de este año 2013. En esta novillada picada se lidiaron novillos de Carmen Segovia para Tomás Campos, Francisco Sanz, Curro de la Casa, y Sebastián Ritter. Fotografía de Alberto Martín (EFE).


Anotaciones reglamentarias (6)

El aplazamiento o suspensión de los festejos taurinos debido a las inclemencias meteorológicas no dependen de circunstancias objetivas. Los sucesivos reglamentos taurinos han dejado la interpretación de estos supuestos a los presidentes 


En este sexto capítulo dedicado a las consideraciones reglamentarias taurinas miramos al cielo. Y de su contemplación, o no, depende la celebración de algunos festejos taurinos. Hay tardes que llueve. Hay otras que graniza. Hay muchas que el lodazal en el ruedo se impone a la objetividad. Son las mismas cuestiones de incertidumbre meteorológica que se pasean por el mundo taurino desde que el mundo es mundo y hay toros en él. Ningún reglamento en la historia de la normativa taurina ha despejado con contundencia qué hacer, cómo actuar, qué suspender, o qué aplazar cuando el cielo se abre, el ruedo es impracticable para el desarrollo de la lidia y, por tanto, existe riesgo para los actuantes del festejo.

El vigente Reglamento Nacional, como todos los que le precedieron, deja en manos del presidente del festejo la continuación, o no, del mismo “cuando exista o amenace mal tiempo que pueda impedir el desarrollo normal de la lidia”. Es decir, que un hecho absolutamente objetivo queda reservado a la aptitud de la autoridad, evidentemente muy presionada por las circunstancias ajenas a las inclemencias como son las devoluciones de las entradas en el caso de suspensión previa del festejo y las no devoluciones en el caso de haber comenzado la corrida con el consiguiente enfado de los asistentes. En este periplo reglamentario pedimos la opinión de los aficionados y Javier Sanz Berrioategortua, responsable del blog Toro, torero y afición pone voz a la disquisición del artículo 85 del reglamento que se hace por parte de los presidentes de los festejos cuando el tiempo arrecia y el espectáculo es insoportable. Lo expone claramente; “Se está ante un problema de uso correcto del poder, no de su concesión”.

 

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Los amores de un torero

Por: | 25 de septiembre de 2013



La Filmoteca Española recuerda este mes de septiembre la figura de Carmen Amaya y su paso por el cine en el 50 aniversario de su fallecimiento. El ciclo recoge casi toda la filmografía que realizara la genial bailaora, algunos títulos nunca vistos en España y otros ya míticos en la historia cinematográfica tales como La hija de Juan Simón (José Luis Sáenz de Heredia, 1935), en su primera intervención de importancia como artista invitada; María de la O (Francisco Elías, 1936); el corto El embrujo del fandango (Jean Angelo, 1940), hasta Tarantos (Francisco Rovira Beleta, 1963) que sería su última actuación y que la universal artista no vio representarse. Gran parte de su paso por los rodajes aconteció entre 1936, fecha en que sale de España acompañada por su familia, hasta el año 1947 cuando regresa convertida en una artista reconocida mundialmente. De esta época pertenecen títulos rodados en Estados Unidos como Follow the Boys (Sueños de gloria, Eddie Sutherland, 1944), See My Lawyer (Entiéndase con mi abogado, Edward F. Cline, 1945), ambos en los estudios Universal, y Knickerbocker Holiday (Pierna de plata, Harry Joe Brown, 1944).

También de esta época es el filme Los amores de un torero. Pasión gitana, dirigida por José Díaz Morales, y realizada en México durante el año 1945. La película es un melodrama clásico del cine mexicano, como también un tópico argumental de las relaciones entre un torero y una gitana que tan habitualmente se han trasladado a la vida y a la literatura. Hoy (25 de septiembre) se proyecta en la sala 1 del cine Doré en Madrid y merece la pena el paseo por la fuerza testimonial de la mítica bailaora. Precisamente, en los próximos días se exhibirán dos documentales: Bajarí, en el cual la directora catalana Eva Vila reconstruye la escasamente conocida etapa de Carmen Amaya en la capital azteca, y El fabuloso Sabicas, realizado por Pablo Calatayud para homenajear al guitarrista flamenco que coincidió artísticamente con Carmen Amaya durante su exilio en las tierras mexicanas.

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La chispa de la afición

Por: | 21 de septiembre de 2013

 

La afición al mundo de los toros se mantiene vibrante a través del ánimo de las más de 600 asociaciones taurinas federadas en España. Un ejemplo de compromiso con la fiesta -en su integridad, historia y dimensión cultural- es la peña El Quite de Logroño y que ahora celebra su treinta aniversario. 

 

 

En mayo, el mes más taurino, de hace treinta años, pasaron cosas en el mundo de los toros. En Madrid, pongamos por caso. Antoñete, en su condición de figura máxima por la afición madrileña, actuaba tres tardes en el ciclo de San Isidro e imponía su calidad y veteranía en unos carteles cuajados de jóvenes; Manolo Vázquez toreaba su última feria madrileña; Paco Ojeda era el torero de moda; Esplá provocó con su técnica “un vibrante clamor que la cátedra de Las Ventas reserva para las grandes solemnidades” –reseñaba el crítico de este diario Joaquín Vidal ; Victorino lidiaba dos tardes en el ciclo madrileño; y la Comisión de Presidencia del Gobierno e Interior del Senado, capitaneada por Juan Antonio Arévalo, daba comienzo una investigación sobre el estado de la fiesta de los toros con la intención de “cortar los fraudes y los abusos en las corridas”. Ahora, en Logroño, pongamos la atención. Un grupo de “señalados taurinos”, provenientes de las cuadrillas charangueras, reunidos en el bar La Cazuelita de la Calle Mayor en una tarde del mes primaveral, daban el primer paso para la fundación de una peña taurina en la capital riojana con la clara intención de “enfocar sus inquietudes con más intensidad” y que llamaron El Quite. Hoy, día de San Mateo, la fiesta grande de Logroño, es un momento oportuno de celebrar el trabajo de estos hombres y mujeres que mantienen la chispa de la afición y la desarrollan con una desbordante proyección cultural repleta de lances toreros. Como se puede ver a continuación.    

 

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La resurrección de Escribano

Por: | 18 de septiembre de 2013

Un colega experto en secretos taurinos me cuenta la siguiente historia. A finales de la pasada temporada, un empresario de postín se reúne con el apoderado de un joven torero con serias posibilidades de alcanzar pronto la vitola de figura para hacer la liquidación económica de las corridas lidiadas en sus plazas. Antes de extender el cheque correspondiente, el señor de los dineros llama la atención de su interlocutor y le espeta: 'Por cierto, de esta cantidad debo descontarte 3.000 euros'. ¿Y eso? ¿Recuerdas que en tal plaza tu torero le dio un capotazo a un toro de un compañero, y, como consecuencia de ello, el animal se derrumbó y fue devuelto a los corrales? Pues 3.000 euros me costó la broma, y es de justicia que yo te los cobre a ti'.

Aunque pueda parecer un chiste, no lo es. El colega, que es hombre serio, dice conocer todo lujo de detalles sobre este curioso sucedido que se acerca más al suceso que a la anécdota. También es verdad que nunca se ha atrevido a publicarlo con nombres y apellidos. Ya saben una de las definiciones más atinadas de lo que es un periodista: alguien que habla de lo que no conoce y calla lo que sabe.

Sea como fuere, lo cierto es que esta sorprendente historia no es más que una pincelada del comportamiento completamente tabernario, turbio y oscuro de muchos taurinos que, en contra de toda lógica, siguen mangoneando un espectáculo anclado en el pasado más recóndito. El secretismo absoluto es la marca de la casa; nadie denuncia, por ejemplo, el delito del afeitado, que se practica con impunidad y el silencio cómplice de todo el sector; nadie sabe lo que gana un torero, pero ni en el pueblo más alejado ni en el propio Madrid; tampoco se sabe quienes no cobran, que son legión; nadie se atreve a acusar del maltrato que reciben muchos toreros de otros compañeros; de las amenazas y las venganzas, que son moneda corriente; o de aquellos otros que son condenados al ostracismo porque un día osaron preguntar la hora a la que comenzaba el festejo. Existe la impresión, eso sí, de que el mundo de los toros está plagado de buitres que campan a sus anchas entre el colorido efímero de los festejos.

En fin, que no se entiende la paciencia y el aguante de la gente normal, que la hay en cantidad, y que vive con la boca cerrada a la espera de que el triunfo le permita levantar la frente y defender su dignidad. Es incomprensible que quien se juega la vida aguante sin más que un pillo maldiciente le robe en su propia cara los 3.000 euros que ha ganado con el sudor de su alma, mientras el toreo entero mira para otro lado.

Y todo esto viene a cuento de que Manuel Escribano, el torero sevillano que el sábado día 7, en la plaza abulense de Sotillo de la Adrada, sufrió un topetazo en el vientre que le desgarró la vena ilíaca y que a punto ha estado de mandarlo al otro barrio, ha sido dado de alta y ya continúa su recuperación en su Gerena natal.

En un encuentro con periodistas, Escribano, que ha perdido peso y mantiene en su cara las huellas de su profundo dolor, ha contado cómo llegó a estar convencido de que se le iba la vida, y que solo la pericia de los médicos, su fortaleza física y un auténtico milagro le permiten contar su odisea, de la que guardará para siempre el recuerdo de un costurón de 35 puntos que va desde la pelvis hasta el esternón. Vamos, que Escribano ha resucitado en el sentido literal de la palabra.

¿Cómo es posible que héroes de esta dimensión sobrehumana se vean obligados a soportar los desaires de cuatro desvergonzados -empresarios, ganaderos, apoderados y figuras del toreo- que se aprovechan de la desunión de los más débiles, incapaces a todas luces de defender lo que en justicia les corresponde. Parece mentira que quienes se atreven a jugarse la vida a cara o cruz se achanten ante la supuesta autoridad malévola de unos pocos golfos, erigidos en los más grandes depredadores de la fiesta de los toros.

Escribano, una de las grandes revelaciones de esta temporada, ha perdido ya 16 corridas de toros y casi con toda seguridad no volverá a vestirse de luces hasta el próximo año. Es penoso que ante hombres de su talla no se ponga en pie el toreo y le presente sus respetos.

 

La historia taurina del campo charro en la fotografía de Gombau

Por: | 14 de septiembre de 2013

Img_0002Encierro de toros. Fotografía de Venancio Gombau (1861-1929). Pertenece al fondo gráfico de la Biblioteca Digital Taurina de Castilla-León.

 

Llega septiembre, el final del verano y la feria taurina de Salamanca. Tras estos días de esplendor torero en los festejos de La Glorieta se da paso al recogimiento invernal en las abundantes ganaderías del campo charro. La afición del pueblo salmantino ha retoñado de las dehesas rebosantes de encinas, cercados, brumas frías y acogedoras lumbres. Que esta tierra sea extraordinariamente brava en toros y toreros, es un  hecho objetivo. Que además sea un reclamo turístico, es un empeño de la propia diputación porque “si hay alguna provincia que personaliza la definición de “piel de toro”, ésa es Salamanca”, en un espacio en el que hay registrados más de un centenar de hierros bravos. Que sea recia, firme, especial y virtuosa, da buena cuenta la larga lista de artistas que ha formado. Hoy, en el inicio del otoño, al abrigo de la intimidad del campo charro, se rinde homenaje a la gran figura del fotógrafo Venancio Gombau (1861-1929) y a su inmenso trabajo como entusiasta de los rincones de esta tierra. Amigo de Unamuno; conocedor de los secretos introspectivos de los ambientes universitarios y periodísticos; precursor de la fotografía comercial; autodidacta en la técnica; intuitivo en la verdad que retrató; Gombau fue además un hombre “al que le gustaban mucho los toros”, según relató su biógrafo Enrique de Sena a propósito de la primera exposición antológica de la obra fotográfica que tuvo lugar en Salamanca en 1989.       

 

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