Vano oficio

Sobre el blog

Este blog se plantea hacer comentarios de actualidad sobre libros, autores y lecturas en menos de 1.000 palabras. Se trata de un blog personal, obsesivamente literario, enfermo de literatosis, como diría JC Onetti, según la regla que la literatura es un vano oficio, pero jamás un oficio en vano.

Sobre el autor

Ivan Thays

Ivan Thays. (Lima, 1968) Autor del libro de cuentos Las fotografías de Frances Farmer y las novelas Escena de caza, El viaje interior, La disciplina de la vanidad, Un lugar llamado Oreja de Perro, Un sueño fugaz y El orden de las cosas. Ganó en el 2001 el Premio Principe Claus. Fue finalista del premio Herralde 2008. Fue considerado dentro del grupo Bogotá39 por el Hay Festival. Sus novelas han sido traducidas al francés, italiano y portugués. Dirigió durante siete años el programa televisivo Vano Oficio. Actualmente administra el comentado blog Moleskine Literario.

Joseph Anton debe vivir hasta que muera

Por: | 28 de noviembre de 2012

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Los versos satánicos. Foto: crumpart

No puedo imaginar un libro más auto-condescendiente que las memorias Joseph Anton de Salman Rushdie. Luego de leer las casi 700 páginas he terminado convencido de que Rushdie ha convertido la realidad en una película donde es el único protagonista. Amigos, escritores, intelectuales, políticos, policías, diplomáticos, lectores, periodistas, ciudadanos y países enteros giran en torno a él. Si el libro resulta asfixiante, claustrofóbico incluso, no es solo por la situación narrada (un escritor obligado a esconderse al haber sido condenado a muerte por el ayatolá Jomeini por escribir Los versos satánicos) sino por la omniprescencia de Rushdie y su persecución. En un momento del libro, su segunda esposa, la escritora norteamericana Marianne Wiggins, lo acusa de creer que tiene el patrimonio exclusivo de la genialidad y también de que, mientras convivía con él durante los años de la fatwa, nadie podía hablar de otra cosa sino de sus problemas. Rushdie le devuelve el golpe colocándose como víctima no solo del ayatolá sino de su ex mujer, a quien califica de mitómana y envidiosa de su éxito en diversas partes del libro; pero quizá debió escucharla. De haberlo hecho, Joseph Anton sería algo más que esa minuciosa y obsesiva ennumeración de los detalles de sus años clandestinos que convirtieron a todos en amigos o enemigos, una línea divisoria que Rushdie traza de manera estricta. No existe termino medio. O se está completamente a favor de él, o se está a favor del fundamentalismo y en contra de la libertad de expresión.

 

Ciertamente, existe mucho de engreimiento en este libro. Incluso la extraña decisión de contar la historia en tercera persona (quizá para dejar en claro que no se está escribiendo la historia de Rushdie y menos aún de Salman, sino de un tal Joseph Anton, atribulado escritor perseguido por asesinos musulmanes y a quien sus guardaespaldas llaman simplemente "Joe") termina siendo contraproducente, pues parece decirnos todo el tiempo: "miren lo que le pasó a este pobre hombre, miren qué mal la pasa... y puede pasarla peor".

 

Es verdad, insisto, que hay engreimiento y auto-compasión, pero también es cierto que aquello que Rushdie cuenta en Joseph Anton no es una mentira, ni siquiera una exageración. Sucedió. Y por encima de cualquier juicio a la obra o a la personalidad egocéntrica del autor, debemos poner las cosas en su sitio. Salman, Rushdie, Joseph Anton o Joe, es un hombre al que se le condenó a muerte por escribir un libro. Alguien a quien se le censuró por no estar de acuerdo con personas con las que no tenía por qué estar de acuerdo (su hermana, uno de los personajes entrañables que logran escapar de la tiranía del protagonista, cuando él observa asustado por TV las manifestaciones de fanáticos que lo acusan de haber traicionado a su pueblo, le recuerda "esas personas no son tu gente, nunca lo fueron, tú no eres como ellos") y al que se le obligó a vivir escondido, privado de la libertad, esperando todos los días noticias nuevas que cada vez son peores, solo por escribir algo que un grupo de personas -que sin duda ni siquiera habían leído el libro- juzgó peligroso, sacrílego o simplemente inoportuno.

 

Rushdie no necesita ponerse en el papel de víctima -y acusar con el dedo a todos lo que no lo apoyaron completamente o se arriesgaron por él- porque él es realmente una víctima. Si hay algo memorable en el libro, una verdadera lección, es la incertidumbre de Rushdie ante la condena de muerte. Primero, intenta demostrar con argumentos que su libro ha sido mal interpretado y que la crítica contra Mahoma es no solo válida sino histórica. Luego, estresado por el encierro, acepta firmar una carta donde se declara musulmán y, de algún modo, pide perdón por el daño causado y asume las consecuencias de sus actos. Ninguna de las dos opciones tiene un efecto positivo. A los asesinos no les interesan los argumentos y los fanáticos desconfían de las conversiones de última hora. Lo que quieren todos es la cabeza de Rushdie, quieren el trofeo que demuestre a Occidente que ellos se rigen por otros principios y que siempre devuelven el golpe con más fuerza, incluso antes de recibir el primer golpe.

 

Así, Rushdie aprende que obtener la libertad que necesita un auténtico escritor implica, necesariamente, un acto solitario y la aceptación de que nunca será del agrado de todos. Esa es la gran lección de Joseph Anton, la lección que la clandestinidad y la fatwa enseñan a todos los artistas del mundo: aquel que quiere decir la verdad, su verdad, no puede esperar que no existan reacciones de quienes no quieren escucharla.

 

El precio de ser consecuente es ganarse enemigos. El precio de optar por la libertad creativa siempre será la intolerancia. Que Rushdie, y todos nosotros, hayamos tenido que aprender eso a través de una condena de muerte es muy lamentable. Y es aún más lamentable, luego de cerrar el libro y pese a saber que la fatwa ha sido levantada y que Rushdie ya no se esconde, seguir temiendo que exista un fanático que no necesite de una fatwa ni de los 3.3 millones de dólares para atentar contra su vida. Rushdie se ha convertido en un portaestandarte contra la censura, ha logrado desmarcarse de Los versos satánicos y ahora defiende la literatura, la creación artística. Habla por todos nosotros y ha escrito estas memorias. Pero sigue habitando en un mundo de fanáticos para quienes la vida -ni la suya ni la del resto- no vale nada. Todos sabemos -y él más que ninguno- que mientras reclame el privilegio de poder pensar distinto nunca estará seguro. Aún corre peligro. Es terrible decirlo pero, como todos los hombres realmente libres, Joseph Anton tendrá que vivir su vida hasta que muera.  

Cuando los escritores se jubilan

Por: | 21 de noviembre de 2012

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Foto: Manel

"Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi dulce condenación." Juan Carlos Onetti.

Voy a ser breve ¿Puede un escritor jubilarse? ¿Le está permitido? Cuando era adolescente y quería ser escritor, o mejor dicho quería escribir simplemente, leí esa frase de Juan Carlos Onetti y me sentí condenado a ese placer y vicio. Asumí entonces que esa condena era perpetua, que no podría escaparme de ella. Por más que hay meses enteros, o años, en que no he escrito, sé que siempre estará esperándome el libro que hay dentro de mí. No tengo prisa. Escribo para mí. Para mi placer.

La noticia de la jubilación literaria de Philip Roth me ha dejado muy confundido. No el que decidiera dejar de escribir, algo que es comprensible -cómo no aceptarlo con precedentes como el de Arthur Rimbaud o J.D. Salinger, para buscar uno más cercano a Roth-, ni el que hubiese tomado esa decisión cuando estaba aún en plena forma literaria (son muy pocos los autores que llegan a esa edad, con una obra extraordinaria, y siguen aportando a esa obra libros como Némesis); lo que me sorprende es que parece feliz.

En los últimos años, he leído entrevistas de un Roth cansado, torturado por los fantasmas de la vejez y la muerte, que no parecían quedarse quietos pese a que los exorcizaba obsesivamente en sus libros. Pero la última entrevista que he leído suya, hace unos días, en The New York Times no deja lugar a dudas. Roth ha vuelto a ser un hombre alegre, vital, divertido, sin el malhumor que arrastraba antes. Dice que se ha comprado un iPhone, que está colaborando con su biógrafo "pese a que la paga no es buena", que ha vuelto a releer a los autores norteamericanos clásicos y a los contemporáneos (e incluso su propia obra, aunque esta terminase por aburrirlo) y que está, además, redactando un texto a cuatro manos con la hija de 8 años de una ex novia suya.

¿Y cómo le volvió esa vitalidad a un hombre que parecía acabado para todo, menos para publicar una estupenda novela al año? Simplemente, aceptó jubilarse. Por la forma en que habla en esa entrevista, Roth es un jubilado entusiasta, un burócrata que escapó de su prisión en un edificio de oficinas en Connecticut después de 50 años de servicio, con un reloj de oro y todo el futuro por delante. 

Pienso en Onetti y en su frase. ¿Habrá sabido él que se podía escapar de esa condena? Todo este tiempo pensé que las puertas de la prisión estaban clausuradas, y resulta que estaban completamente abiertas. Para poder salir solo basta, según Roth, colocar un post-it en la máquina de escribir o computadora con la frase: "The struggle with writing is over" ("la lucha de la escritura ha terminado") y no dejar de echarle un vistazo cada día. Listo. Tan fácil como eso.

¿Y ahora qué? 

Cuándo dejamos de ser latinoamericanos

Por: | 14 de noviembre de 2012

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Indiferencia. Por pegatina1

Imaginemos que un respetado crítico, profesor de una de las principales universidades norteamericanas, aparece retratado públicamente en su Facebook muy gozosamente con un célebre nazi y alguien, un escritor, le advierte sobre el pasado de ese sujeto y la inconvenciencia de ese gozo. Y cuando pensamos que él dirá algo, una defensa o una explicación, lo único que leemos es "cómo se nota que eres judío". ¿Qué ocurriría entonces? Primero, sin duda, una destitución de su cargo académico por anti-semita. Luego, una condena pública a través de redes sociales y otros medios. Y finalmente, la indudable certeza de que ese académico no pecó de ingenuo sino que con esa foto, de la que se enorgullece, dice de manera explícita que comulga con las ideas nazis y avala o niega el Holocausto. 

Ahora contextualicemos el ejemplo. El crítico uruguayo Jorge Ruffinelli presentó un libro en Santiago de Chile y entre las asistentes estuvo la viuda de José María Arguedas, Sybila Arredondo, con quien luego se fotografió, la calificó como "nueva amiga" y "premio mayor" de su presentación, recordando a su esposo fallecido. Un escritor, Mario Bellatin, al ver la imagen pública en Facebook, le advierte sobre sus nuevas amistades. Sybila Arredondo no solo fue parte de Sendero Luminoso -fue atrapada con kilos de dinamita y cumplió una condena de varios de años- sino que actualmente forma parte del Movadef, grupo que pretende inscribirse como partido, busca la libertad de Abimael Guzmán y el trato de presos políticos a los terroristas capturados. La respuesta del crítico, especialista en temas latinoamericanos en la Universidad de Stanford, fue lacónica, xenofóbica e incluso cínica: "Querido Bellatin: cómo se ve que eres peruano..."

No dijo más. Pese a la insistencia de Mario Bellatin (" Perdón, quizá haya un mal entendido... Yo siempre he respetado al maestro Ruffinelli, pero he vivido en Perú, he visto las muertes, conozco en persona a Sybilla Arredondo desde 1984, firmé cartas a su favor cuando se pensó que se le acusaba de manera injusta, pero ella fue siempre una militante de Sendero Luminoso, y avaló los crímenes más atroces delante de todos, yo la he escuchado... más que nada estoy sorprendido por este extraño brindis... ¿hay acaso asesinos buenos y asesinos malos?..) y pese, además, a algunos mensajes de apoyo explícitos a la militancia de Arredondo debajo de esa foto (una comentarista chilena escribió "¡Me encantaría haberla conocido! Es una mujer de firmes principios, que ha sobrevivido duras experiencias. ¡La admiro profundamente!"), Ruffinelli no dijo nada, no borró la imagen, no comentó ni explicó ni justificó. Pura indiferencia. Otros peruanos sí lamentaron las expresiones xenófobas de Ruffinelli y su apoyo incondicional a esa nueva amiga. Gustavo Faverón escribió: "Jorge, Sybila Arredondo no es José María Arguedas. Arguedas no fue responsable de la muerte de nadie, excepto la suya, y, enmarañado como estuvo siempre en un mundo tanático, fue un celebrador de la vida y un promotor de nuevos horizontes. Sybila Arredondo, miembro reconocido de Sendero Luminoso, fue capturada mientras transportaba kilos de explosivos en su automóvil, explosivos que habrían contribuido a que las decenas de miles de víctimas inocentes de Sendero Luminoso fueran incluso más. En vez de celebrar el haber conocido a uno de los victimarios, podrías demostrar un poco más de sensibilidad ante los miles de muertos, aunque ahora nadie los quiera recordar, nadie se solidarice con ellos, nadie los tenga demasiado presentes. Cómo se nota que son peruanos."

La escueta respuesta de Ruffinelli dice, sin embargo, demasiado. Dice, por ejemplo, que aún existe una vieja izquierda radical en medios académicos que se niega a tomar a Sendero Luminoso como lo que es: un grupo sanguinario y asesino serial de campesinos, con un caudillo irresponsable que ahora quiere hacerse pasar por víctima o general prisionero de una guerra civil que solo ocurrió en su imaginación y en la de sus militantes. Esa izquierda radical ha encontrado en el grupo Movadef (un movimiento formado por senderistas excarcelados y jóvenes desmemoriados, nihilistas o simplemente perversos) un camino para transitar sin el peligro de ser acusados por apología. Hace unos años, Eduardo Galeano mostró la misma falta de sensibilidad contra nuestros muertos al llamar a los estudiantes de Puerto Rico a que transiten por el "sendero luminoso", como si alguien como él pudiera obviar lo que esa frase significa y duele a los peruanos. Y ahora Ruffinelli aplaude su amistad con Sybila Arredondo como si, inocentemente, pudiera desligar su pasada relación con Arguedas de su atroz actividad política durante el terrorismo y hoy como parte del Movadef. Tampoco debemos obviar a aquellos escritores peruanos como Miguel Gutiérrez quien en plena violencia senderista calificó como "paradigma intelectual" de su generacion a Abimael Guzmán, sin luego dar una explicación o una disculpa convincente, o aquellos como Oswaldo Reynoso que insiste en llamar "guerra popular" al terrorismo, y por consiguiente darle estatus de presos políticos a los detenidos.  

Aquel "cómo se nota que eres peruano'' no solo es un guiño pretendidamente irónico a la doble nacionalidad de Mario Bellatin, mexicano de nacimiento, sino que parece decirnos que solo los peruanos debemos sentirnos indignados ante lo que pasó en los años de la violencia, pero para el resto de Latinoamérica eso es un tema ya superado. Quizá la violencia de la dictadura en Uruguay, que hizo exiliarse a Ruffinelli, solo le debería importar a los uruguayos; los crímenes de Pinochet son temas chilenos y la próxima vez que lea una novela sobre los desaparecidos argentinos diré "cómo se nota que es argentino" y cerraré el libro con indiferencia. 

Hace unos días, en la inauguración de "El Canon del Boom" en Madrid, Mario Vargas Llosa dijo que el boom le demostró a los escritores locales que existía una Nación Latinoamericana. Dijo, además, que el boom duró diez años y se rompió con la división de posturas en el caso Padilla. Quizá desde entonces no existe más esa Nación Latinoamericana y sí intereses ideológicos que responden a consignas y se muestran indiferentes ante el dolor de otros países. Significativamente, es un académico experto en cultura latinoamericana, con su arrogancia e insensibilidad, quien nos demuestra cuándo y cómo dejamos de ser latinoamericanos: cuando el dolor del país ajeno dejó de importarle a los demás.

Un asunto de optometría

Por: | 07 de noviembre de 2012

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Foto: Official U.S. Navy Imagery

Mario Vargas Llosa no se pierde un capítulo de Homeland; Marcelo Birmajer le compra a sus hijos lapiceros dentro de plumas de ganso fosforescentes; Edmundo Paz Soldán dice que cada vez está menos adaptado a Estados Unidos, pero desprecia el chorizo en el desayuno y prefiere melón con Froot Loops; Sergio Ramírez abraza a su inseparable Tulita; Juan Gabriel Vásquez, sin saberlo, me robó un taxi al aeropuerto en Vincennes; Alonso Cueto y yo quisimos conseguir entradas para ver al Real Madrid contra el Borusia Dortmund; Fernando Iwasaki, aunque es del Betis, usa un pin de Universitario de Deportes en homenaje a su padre recién fallecido; Arturo Fontaine está muy entusiasmado con que Keira Knightley sea una nueva Anna Karenina, pero a mí me parece que es poco pulposa para ser una rusa del XIX; Marcos Giralt se despide temprano porque debe llevar a su hijo Juan al colegio por la mañana; Rodrigo Fresán detesta leer en e-book; Jeremías Gamboa demoró un minuto en llegar desde los sitios del fondo hasta la antesala y no pudo tomarse la foto oficial del Congreso con Mario Vargas Llosa y las altezas reales; Jorge Eduardo Benavides, vestido con pajarita, quiere cuadrar una invitación imposible en su casa porque los escritores invitados salen de gira por todo España: Héctor Abad lee poesía en La Central mientras dos personas, como mínimo, me aseguran que yo le envié un tuit a Jorge Volpi diciéndole "Jorge, ya llegué a Madrid" cuando ni yo he mandado ningún tuit ni Volpi pudo venir a este Congreso, así que poco o nada le interesa si llegué o no. 

¿Qué cosa fue el Boom Literario latinoamericano? Una fraternidad de amigos, un cajón de velador lleno de anécdotas que Mario Vargas Llosa se dedicó a hilar en su entretenido discurso de inauguración. Julio Cortázar llevándolo a visitar una feria de brujerías, Carlos Fuentes zapateando sobre una mesa después de varios tequlilas de más, Gabriel García Márquez enviándose por años cartas con Vargas Llosa antes de conocerse en Venezuela.

La palabra "boom" a me remite a mi niñez, cuando en el Perú se hablaba del boom de la harina de pescado. Se construyó un elefantiásico  Ministerio de Pesquería en la avenida Javier Prado y se hicieron fortunas gracias a la pesca. Ahora no existe tal ministerio, la minería es el principal producto de exportación peruano y el gigante edificio de concreto alberga al Ministerio de Cultura y al Museo de la Nación, y aún así parece vacío y de largos pasadizos. El boom literario también fue eso mismo, un momento en que la literatura latinoamericana fue el primer producto de exportación, y sucedieron cosas como de cuentos de hadas (Carmen Barcells llevándose a Vargas Llosa y García Márquez a Barcelona para que se dediquen exclusivamente a escribir) que no volverán a ocurrir, y menos en la Europa actual en crisis. Las circunstancias han cambiado, la suerte es otra, los escritores tienen otra formación y otras lecturas. No es solo cuestión de talento: es cierto que el Boom originó obras de enorme extraordinaria calidad literaria, pero antes del Boom existían autores de calidad (basta mencionar a Borges, a Onetti, a Rulfo) y después de ellos también existen, incluso entre los más jóvenes de hoy, autores con ese talento. Obviamente, si la crítica literaria insiste en seguir pescando anchovetas para hacer harina de pescado en vez de mirar el oro de las minas en la sierra, sentirá que todo es mediocridad y fracaso. El boom tuvo a su favor crear unos anteojos y colocárselo al mundo, lectores, críticos, traductores, para que pudiesen leerlo. Todo se reduce, entonces a un asunto de optometría. Se trata de ajustar la medida de los anteojos -lo que no significa rebajar ni empobrecer la mirada, solo adaptarla- para no perder lo que está sucediendo ahora mismo.

Me encuentro ahora en Madrid, y en unas horas en Granada, para asistir a la fiesta de los 50 años del boom literario titulada "El canon del boom". Y ante cualquier pregunta sobre la vigencia de la literatura latinoamericana hoy -sin súper ventas ni súper premios ni agentes/hadas madrinas que te buscan en tu ciudad y te exigen que renuncies al trabajo y te vayas a escribir a Barcelona- mi respuesta está en el primer párrafo. La fraternidad que creó el boom, el reconocimiento de una frontera mayor que es la frontera de compartir el mismo idioma literario, sigue vigente. Eso es lo que hemos venido a celebrar.

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