La literatura como carrera de caballos

Por: | 21 de enero de 2014

Caballos

Foto:Krzysztof Duda

¿Cómo evitar que la literatura se convierte en una carrera de caballos? Leo las listas de fin de año en diversos países, incluyendo la mía, y no puedo dejar de sentir la mala conciencia de que estoy contribuyendo (con mi lista y con mis lecturas) a que la literatura sea una actividad de hipódromo. ¿Quiénes son los mejores? ¿Cuáles han llegado a la meta? ¿Quién le ganó a quién? 

No me malinterpreten. Me encantan las listas. Por eso las hago, las leo y las posteo en mi blog Moleskine Literario. Pero es inevitable coincidir con Julio Ortega quien, antes de hacer su lista de Lo mejor del 2013, expone el siguiente reparo: "las listas que hacemos no proponen un canon ni disputan la posteridad. Más bien, testimonian el gusto literario, esto es, nuestra propia fugacidad." Aquello de la fugacidad me parece atinado. Me doy cuenta de que mi lista de "lo mejor de fin de año" cambia a menudo, con los días, con cada lectura pendiente. No se puede redactar dos veces la misma lista. Por ello, las listas son, en efecto, fugaces como el éxito literario (o la vida misma: un sueño fugaz). La actitud de Ernest Hemingway ante las reseñas de sus obras me parece la correcta: "No hagas caso a las críticas buenas, porque entonces tendrás que creerte también las malas". Ojalá Hemingway hubiera seguido su propia receta. Siempre quiso ser el mejor.

Sin embargo, el tema de este post no es la veleidad de las listas, sino de la literatura misma. ¿Cómo evitar que se convierta, pregunté al inicio, en una carrera de caballos? Es natural que para los críticos literarios, para los agentes, para los editores, para los lectores, cualquier actividad humana se reduzca a ganadores y perderores, el que está arriba, el que está abajo. Pero los artesanos, es decir los que están escribiendo los textos, ¿cómo pueden sacudirse la idea de estar metidos en una loca carrera sin meta posible?

Hace un tiempo se me ocurrió un método. Un método infantil, si quieren, aunque yo prefiero calificarlo como desesperado. Decidí escribir un libro infinito, un libro que no pueda terminarse de escribir jamás. Un libro compuesto por frases o ideas, nunca de más de cinco párrafos, en torno a un tema (en este caso es la aviación comercial, mi bestia negra), que no guarde coherencia entre párrafos ni tenga límites. Un libro que sea, al mismo tiempo, crónica social y diario íntimo. He ido escribiendo ese libro desde hace años, alimentándolo, sin intención de publicarlo. Aunque tampoco me niego ante la posibilidad de publicar algunos fragmentos. Da lo mismo. Se trata de no pensar. Simplemente, ejercitar el delicioso oficio de escribir sin saber a dónde se llega, sin metas, sin carrera de caballos, sin deseos de cambiar nada ni de cumplir con nadie.

Paralelamente, escribo mis novelas más convencionales. Pero la escritura de ese otro libro un poco absurdo (que ni siquiera es original: puedo citar a Braillard, Perec, Markson como antecedentes) me salva y me devuelve al origen de la escritura. Cuando estoy escribiendo una nueva novela y empiezo a considerar que podría publicarse, y entonces la cara del lector aparece diciéndome qué hacer o qué espera leer, y luego me imagino las futuras reseñas y qué dirán, detengo de inmediato su escritura y me arrojo a los brazos de mi libro improbable. Tomo oxígeno para volver a comenzar. Es entonces que recupero la fe en la literatura que suelo perder, por ejemplo, cuando reviso las listas de lo mejor del año mientras me pregunto en qué momento el placer enorme de hacer lo que nos da la gana se transforma en una densa, aburrida y burocrática carrera de caballos.  

Hay 9 Comentarios

Hola, amigos. Para empezar, yo estoy de acuerdo con Jorge Edwards, quien hace tiempo señalaba que se escribe demasiado. La mayoría de los novelistas tenían que haber hecho hace rato lo que Rulfo: dejar de escribir. Sobran un montón de novelas, un montón de libros, un montón de publicaciones. Y cuando hablo de montón, por seguir una frase hecha, puedo estar pensando en el Himalaya o en el Cotopaxi como un par de montones. Una experiencia reciente: acabo de releer (no se sorprendan, por favor)... "La hermana San Sulpicio", de Armando Palacio Valdés. Es como escaparse un día al campo, descubrir un regato y tumbarse de bruces sobre las manos a beber agua pura. Y sin ser tan bucólico, he leído la novela "BABBITT", de Sinclair Lewis. ¿Qué distinta pero qué deliciosa lectura. Quiero decir con esto, que en lugar de carreras de caballos, deberíamos hacer lo que están haciendo algunos buenos amantes de la buena música: volver al vinilo. Tal vez el sonido de estas viejas novelas nos parezca cada vez más delicioso, al lado de tanto caballo desbocado que solo suelta babas por el belfo.
Y un último ejemplo. La última novela de Rosero sobre el papa Luciani, me parece un ejemplo claro de oportunismo. Claro que cada uno escribe sobre lo que le da la gana, pero yo siento un desasosiego enorme al comprobar que el lector de hoy tome como novela lo que en su base son hechos muy tristes y muy bien estudiados por autores que no menciona pero que son la verdadera nuez de todo lo demás. A mí Rosero me recuerda al señor Brown en su famoso "Código Da Vinci". Cuando se le argüía sobre la base de la historia decía que había escrito ficción y cuando se le reprochaba aspectos de la ficción, decía que lo que había escrito era resultado de la investigación. Eso se llama deshonestidad y asalto a la buena fe de muchos lectores ingenuos, quienes no saben distinguir una cosa de otra. Además, el padre JESÚS LÓPEZ investigó hace tiempo todo lo acontecido al papa Luciani y me parece que lo menos que podía hacer el autor es enterarse de los hechos en forma exhaustiva ya que se atrevía con el tema.

Por que no se acaba con los vejestorios del Premio Cervantes (no todos, claro, pero hace tiempo es asi) y desde America proponen autores como el argentino Helder y autores peruanos y chilenos muy buenos, y cubanos como Rolando Sanchez Mejias, Antonio Ponte y varios poetas y narradores de America? Pueden ayudarme en esta duda, tanto Ivan Thais y comentaristas del blog? Gracias

Ni carreras de caballos ni carrera individual, paseo de un banco a otro en un jardín inmenso, lo mas. En la inmensidad de lo publicado en el año.
Hay listas igual de inútiles que la consabidas” lo mejor del año” y son las de los libros más vendidos. No tengo duda de que a muchas personas les sirven. Todos, al fin y al cabo, necesitamos poner un poco de orden en esta inmensidad.
Hay una lista, incluso no escrita, la de los libros que hemos leído a lo largo del año. Real como nosotros mismos. En estas lista hay novedades y clásicos, hay obligados por nuestro trabajo y obligados para calmar el hambre lectora, hay los dejados a medias por malos malísimos y dejados a medias con dudas, para retomar en otro momento y despejarla. Y están los que aspiran a no ser efímeros, a permanecer en nuestra memoria , a ser releídos y citados.
Pero sobre todo está la lista más larga, la de los libros no leídos, tan compleja como la de los leídos. Miles no me merecen la pena. Si, hay libros muy malos y no son solo los autopublicados , incluso algunos figuran en las listas de los más vendidos. Apenas habré leído cincuenta o sesenta novelas y supongo que el humano que mas haya leído no pasaran de cuatrocientas, asi que ¿Cuántas obras maestras no hemos llegado?. Una larga lista

En primer lugar, agradecer el pequeño debate que establece este artículo. Tampoco puedo dejar pasar que en uno de los comentarios precedentes se mencione "Cien Años de Soledad" como libro plausiblemente malo (!¡), ¡menuda zancadilla al canon occidental! Me encantan este tipo de manifestaciones ácratas y desprejuiciadas.
En relación al debate, y entroncando con ese proyecto de literatura a-comercial (infinita y fuera de circulación), me gustaría introducir una reflexión inquietante: ¿qué pasará cuando a los escritores nos dé igual el intermediario? Léase el editor, el crítico, el "listador". Amazon va a lanzar (rumore, rumore) un algoritmo capaz de predecir la proclividad lectora del usuario de ciertos servicios y proponerle una lista personalizada de libros a leer. Qué miedo ¿no? La red desvanece las costumbres. Y, asimismo, en lo que venía diciendo yo: ¿qué ocurre si los escritores decidimos volcar nuestra producción a la red y proporcionar al lector el producto sin intermediario alguno? ¿Fin de la carrera de caballos? Los apostadores podrán venir a nuestras cuadras y establos a ver a nuestros caballos, reposados, dóciles y propicios, y darles de comer.

Vano oficio

Sobre el blog

Este blog se plantea hacer comentarios de actualidad sobre libros, autores y lecturas en menos de 1.000 palabras. Se trata de un blog personal, obsesivamente literario, enfermo de literatosis, como diría JC Onetti, según la regla que la literatura es un vano oficio, pero jamás un oficio en vano.

Sobre el autor

Ivan Thays

Ivan Thays. (Lima, 1968) Autor del libro de cuentos Las fotografías de Frances Farmer y las novelas Escena de caza, El viaje interior, La disciplina de la vanidad, Un lugar llamado Oreja de Perro, Un sueño fugaz y El orden de las cosas. Ganó en el 2001 el Premio Principe Claus. Fue finalista del premio Herralde 2008. Fue considerado dentro del grupo Bogotá39 por el Hay Festival. Sus novelas han sido traducidas al francés, italiano y portugués. Dirigió durante siete años el programa televisivo Vano Oficio. Actualmente administra el comentado blog Moleskine Literario.

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