Vano oficio

Sobre el blog

Este blog se plantea hacer comentarios de actualidad sobre libros, autores y lecturas en menos de 1.000 palabras. Se trata de un blog personal, obsesivamente literario, enfermo de literatosis, como diría JC Onetti, según la regla que la literatura es un vano oficio, pero jamás un oficio en vano.

Sobre el autor

Ivan Thays

Ivan Thays. (Lima, 1968) Autor del libro de cuentos Las fotografías de Frances Farmer y las novelas Escena de caza, El viaje interior, La disciplina de la vanidad, Un lugar llamado Oreja de Perro, Un sueño fugaz y El orden de las cosas. Ganó en el 2001 el Premio Principe Claus. Fue finalista del premio Herralde 2008. Fue considerado dentro del grupo Bogotá39 por el Hay Festival. Sus novelas han sido traducidas al francés, italiano y portugués. Dirigió durante siete años el programa televisivo Vano Oficio. Actualmente administra el comentado blog Moleskine Literario.

La santidad y la basura

Por: | 31 de mayo de 2013

Coronadacarat

Un libro para entender la India

Una de las estupendas fotografías de Alina López Cámara muestra el Ganges lleno de basura y, sobre una construcción precaria, dos figuras que parecen santas: un niño rubio y un anciano delgado y con barba, cubiertos ambos por taparrabos. La foto se titula “La santidad y la basura” y resulta una buena síntesis de este libro, así como lo es la foto titulada “enredada y polvorienta” y, desde luego, el tremendo título inspirado en un poema de Blanca Varela: Coronada de moscas/ pasó la vida.

Este híbrido literario de Margo Glantz cuenta varios viajes a la India. No es precisamente una crónica de viajes, aunque podría serlo. Tampoco es, desde luego, una novela, aunque también nos convencería como ficción. Margo Glantz ha levantado un monumento de palabras en torno a un tema obsesivo (“Quizá peco de obsesiva. Ese pecado se agiganta cuando hablo de la India”). Una India reconstruida a través de palabras (además de las fotos) y de anécdotas que, como cristales dentro de un calidoscopio, cada vez muestran una figura distinta pero, al fin y al cabo, siempre la misma.

La historia de cualquier país es compleja y contradictoria, no existen ningún lugar del planeta donde coexistan dos o más mundos. Sin embargo, indudablemente en la India esa coexistencia es más dramática, más obvia, más destacable. ¿Es eso un lugar común? Sí, y Margo Glantz no quiere evitarlo, incluso lo expresa literalmente: “Sí, la India es un país horrendo y maravilloso, epítetos que repetimos invariablemente los que viajamos, país que deja huellas imborrables, lugar común que podría leerse en un Reader`s Digest cualquiera” y luego agrega: “Lugar común evidente y, ¿por qué no?, verdad sagrada”.

El libro está dividido en episodios narrativos, algunos muy extensos y otros consistentes en una sola frase. En un episodio, por ejemplo, nos habla de un montículo de basura sobre la que juega una niña de ojos negros y sarí verde. En otro episodio, recuerda una visita al Ganges, siendo guiada por un siniestro conductor entre piras funerarias. Luego, menciona las diferentes castas y el libro asume un tono didáctico. Enseguida, nos comenta la visita a un monumento hermoso y dorado y estamos ante una turista maravillada por la opulencia. Lo mismo acompañamos a la autora en una incursión consumista para comprar zapatos o joyas o telas, como a que nos comente sus lecturas literarias sobre la India donde destacan los libros de Foster o Calasso y los diarios de viaje de Eliade. Hay monos y elefantes. Hay rickshaws que se movilizan entre las calles abarrotadas. Hay citas de escritores (mi favorita: “cada edificio esconde como en radiografía su futuro de ruinas, dice más o menos Sebald: cito de memoria”) y datos antropológicos sobre la población, el pasado, la religión, la historia, la arqueología, la sociología, la cultura. Algunos de esos datos son contados con tanta precisión y belleza que resultan microrelatos: “Decían que las leyes eran, ¿son?, muy estrictas en la India: por matar un pavo real tres años de cárcel; por una vaca, seis; por matar un hombre la multa es de cinco mil rupias; matar a una mujer no cuesta nada”.

Como una ternera acosada por tábanos -el poema de Blanca Varela que refiere el título- la vida es aquello vulnerable y lleno de moscas que transita durante el transcurso de la vida, hasta la llegada de la muerte. La India, en su frágil belleza histórica y cultural, y la basura y fetidez que la envuelve, es una metáfora de la vida y la muerte para Margo Glantz como lo es Venecia para Joseph Brodsky en Marca de agua. A diferencia de otros autores que viajan a la India para encontrar un deslumbramiento o una verdad absoluta, mágica, mística, Glantz viaja para extraviarse. Es una viajera que cambia lo erudito por la curiosidad, se desinteresa por las verdades absolutas (esos Lugares Comunes, en mayúsculas, en que se han convertido los lugares comunes sobre la India) y busca más bien el asombro, la anécdota, el recuerdo, la mirada. Coronada de moscas no es un tratado sobre la India: es la misma India, en su complejidad y enredo. La turista no es una exploradora sino una viajera que se deja llevar por el fluir de la vida, entre la santidad y la basura, acosada por tábanos.  

El final del libro es extraordinario. La viajera se ha detenido, pero su mente sigue migrando. Se tiende en su cama, pero tiene pesadillas donde no reconoce dónde está y siente un olor extranjero, invasor, que la sigue desde la India introducidos por dos botellitas de perfume traídos de la India. Para conjurar ese olor pronuncia la palabra Kainenore, “palabra compuesta por un vocablo yidish y otro hebreo, protección contra cualquier maldición (me la enseñó mi mamá)”. Para conjurar ese olor, que es el del paso de la vida coronada de moscas, Margo Glantz, la narradora contemporánea más vital en nuestra lengua, ha escrito también este impecable texto, imposible de definir genéricamente pero absolutamentes prodigioso en su capacidad para mantener el misterio de la India -y de la vida- en su grado justo de complejidad y simpleza.

Coronada de moscas. Margo Glantz (fotos de Alina López Cámara) Sexto Piso: 2012. 131 págs. 

Cuando el duelo se convierte en tema literario

Por: | 15 de mayo de 2013

Dark

foto: Light Knight

Mientras termino de leer Di su nombre (Sexto Piso), la crónica sobre la muerte de su mujer, Aura, escrita extraordinariamente por Francisco Goldman, me entero de que Rosa Montero ha publicado un libro sobre la muerte de su esposo en el 2009, titulado La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral).

Por motivos personales, desde el 2004 me aficioné a la literatura sobre el duelo. Leía todo aquello que caía en mis manos al respecto. Leía, subrayaba, volvía a leer. Estaba imantado. Cada vez que iba a una librería, buscaba en las contratapas de títulos desconocidos si alguno tenía que ver con el dolor. Cuando encontraba uno de esos libros, dejaba en suspenso lo que estuviese leyendo para volcarme sobre el nuevo hallazgo. En una escena de una película de Woody Allen, me parece recordar, este discute con la mujer de la que se está separando por cuáles libros son suyos y cuáles de ella en el librero marital. "Fácil, todos los libros que dicen "muerte" en el título son tuyos" contesta ella.

Pues eso.

Durante esos años escribí varios cuentos y dos novelas. Una novela fue publicada en el 2008 (la inicié en el 2000, y la construí y reconstruí durante los siguientes ocho años en cada nueva lectura sobre el dolor) con el título Un lugar llamado Oreja de perro y la otra novela, lo más triste que escribiré jamás, es probablemente impublicable.

De la muerte me atraía no solo la reconsrucción de la vida que se escurrió sino sobre todo la pérdida, la sensación de vacío, el agujero con el que debemos aprender a convivir y que tan bien retratan los libros sobre el duelo. Trataba de capturar ese momento de suspensión de la vida y la enajenación que produce el dolor. Aún faltaban muchos años para que mi padre muriese y el duelo que había anticipado en mis lecturas se hiciese real. Sin embargo, pese a lo profundo de esa pérdida, puedo afirmar (quizá porque la muerte de mi padre fue lenta, agónica, y duró casi dos años en los que pudimos acostumbrarnos a su ausencia futura) que la muerte real fue más llevadera, más aceptable, más sosegada, que aquellas desesperadas muertes representadas.

Ese es el poder de la palabra. Ese y no otro. Es decir, si algo he aprendido después de leer tantos libros sobre el duelo es que sirven para escenificar la pérdida y nos hacen vivirla intensamente, pero al final, sin importar el desenlace (si hubo o no aprendizaje), me queda la impresión de que escribir ese libro no ayudó al autor a expiar ninguna pena. No se escriben libros sobre el duelo como expiación ni como respuesta a nada; se escriben desde la desesperación, el miedo o la resignación. Cuando el duelo se convierte en tema literario las eternas preguntas, miles de preguntas o solo una -poderosa y definitiva- se libran del cerebro (donde han habitado como fantasmas) y se convierten en algo tangible. Y lo tangible se puede obviar, destruir, desaparecer, dejar olvidado en manos de otros.

Triste ficción. Si el dolor fuera un fósil, algo que pudiese extirparse incluso con riesgo, sin duda todos nos someteríamos a la operación. Pero no lo es. Escribir nos enseña que el dolor es inefable y no desaparece, se instala en medio de la vida para siempre. El duelo literario es un aprendizaje y lo que aprendemos no es un mandato externo sino una verdad interior que sale a flote. 

"El puerto sumergido" es el título de un poema hermoso de Ungaretti (De esta poesía/me queda/aquella nada/de inagotable secreto). Ese puerto existe en todos nosotros, solo debemos bucear lo suficientemente hondo para descubrirlo. 

Esta noche termino el libro de Francisco Goldman, que he leído con la perpetua sensación de deja vú, y me tocaría leer el de Rosa Montero. Pero me detengo. No tengo nada contra Rosa Montero, hace unos meses hubiera leído este libro de un tirón. Simplemente, decido no leer más. Es tiempo de dejar reposar aquello que empezó a agitarse en mi interior en el 2004, abandonar mis obsesiones y mirar con nuevos ojos todo, incluso el dolor, la pérdida y el duelo. 

El benefactor

Por: | 08 de mayo de 2013

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por Kasaa

Uno de mis cuentos favoritos es "El benefactor" de Rodolfo Hinostroza. El profesor trujillano Francisco Orihuela recibe un día un cable anunciándole que ha ganado un premio internacional con la novela Las muelas de Santa Apolonia. Su sorpresa es enorme porque nunca ha escrito una novela y menos enviado algo a un concurso literario. Apenas si había escrito dos o tres artículos desapercibidos sobre el indigenismo. "No me quedó más que agradecer, porque era complicado e inútil pretender que yo no era el ganador" sostiene Orihuela y decide seguir con su vida. Aunque esa decisión implica perder a su mujer y viajar a Europa para volverse famoso. Lo peor de todo es que, pese al éxito, cuando al fin puede leer la novela esta le parece mediocre, una novela histórica con anacronismos y giros de bestseller que, por eso mismo, se vende estupendamente bien y se traduce a varios idiomas.

Uno años después, su agente literario le anuncia que su segunda novela es aún mejor que la primera y que ha conseguido un anticipo generoso. El pavo a la Moctezuma tenía 319 páginas y esta vez no sucedía en el mundo de la Conquista, como la anterior, sino que viajaba a Francia y esbozaba un arco desde la Revolución hasta los días posteriores a la captura de Napoleón, todo ello aderezado con recetas de cocina tan eruditas como pantagruélicas. Es una novela pretenciosamente cosmopolita, piensa Orihuela, y encima lo mete en un aprieto mayor pues no sabe nada de cocina. La novela fue un éxito para su frustración. Lo único favorable es que conoció en París a Diana, una pintora judía incapaz de distinguir un soneto de un repollo, pero muy buena en el sexo. Junto a ella pudo vivir dos años de sosiego instalados en Francia.

Hasta que llegó la tercera novela a las manos del agente, directamente de Italia. Se titulaba Antencedentes de Eniac y transcurría ahora en la Inglaterra de los poetas románticos, inaugurada con el célebre concurso en el palacio de Lord Byron donde Mary Shelley escribe Frankestein. Si la primera novela histórica era policial, y la segunda era gastronómica, esta iniciaba gótica y se convertía luego en pornográfica, merced a las amantes del librepensador Byron y las detalladas posturas sexuales, para converirse posteriormente en un alegato feminista. El desenlace muestra a la hija de Byron, la matemática Linda Lovelace, trabajando codo a codo con su amante, Charles Babbage, para construir la primera computadora del mundo, mecánica y a vapor. Al principio parecía un éxito, pero luego empezó a arrojar errores mínimos en sus cálculos que se convirtieron en graves, hasta que la escena final nos deja a los personajes frente a un monstruo horrendo y de fierro que solo arroja errores. La novela, que Orihuela considera la más oscura y críptica de todas, le resulta pésima y decide no participar de su promoción. Algo malo le debe estar ocurriendo a B. (como llama al anónimo Benefactor que le regala sus libros y su fama) para que escriba algo semejante, pero él prefiere no averiguarlo mientras viaja a una universidad norteamericana a dictar cursos sobre indigenismo peruano, el único tema que asegura conocer. Desde ahí se entera de su nuevo éxito literario.

Tres años después, otro sobre "por si quieres darle unas correcciones" le fue enviado por su agente. Se trataba de la primera parte de un trilogía, que llevaría el nombre de La ley de Gamov y constaba de las novelas El largo viaje, Los hombres de frontera y El regreso. Lo que le había llegado era la primera parte, El largo viaje, que esta vez no era una novela histórica sino que ocurría en el mundo contemporáneo, pero no por ello resultaba menos oscura. La novela saltaba de un lugar a otro, de los arrabales de Mexico DF a los picos de Nepal, pasando por Telegraph Avenue y las arenas de Goa. No había una historia central sino decenas de historias alambricadas, sin un conflicto ni un tema reconocible, sino simplemente vidas cruzadas que por primera vez emocionaron a Orihuela pues "narraba los altibajos de la existencia humana, en todo lo que tienen de trágico y de cómico". La novela despertó, además, el deseo de conocer a B. Por primera vez se sentá unido a él. Sin embargo, en el mundo editorial representó su primer fracaso, un bluf pese a la bien montada estrategia comercial. Los críticos la consideraban incomprensible y Orihuela empezó a defenderla "comprendiendo el abismo que separa a ellos de nosotros" dice, incluyendo en ese nosotros a B. No tuvo que esperar mucho para que la segunda parte, Los hombres de frontera, llegara en un nuevo sobre. Seguía en líneas generales los temas tratado del primer libro, pero la estructura tenía "algo de catedral gótica", un cúmulo de violentas pasiones alzado sobre el cielo puro y transparente. Pero había algo más. La novela empezaba a hablar del propio Orihuela, de su periplo desde Trujillo hasta la universidad norteamericana donde vivía. A pesar de las inexactitudes -para ocultar la verdad, pensaba- había el consuelo de una reconciliación consigo mismo, avizorado para el fin de la trilogía.

La segunda novela fue un éxito que, incluso, revalidó a la primera. Pero como era de esperarse, la última parte, El regreso, nunca llegó. ¿Habrá muerto B.? Es lo más probable. Orihuela no lo sabe, y se dedica a intuir de qué trataría ese libro (incluso pretende inútilmente escribirla) dado el título general, La ley de Gamov, que se refiere a una ley física según la cual el Universo en expansión comienza a contraerse para amontonarse en el mismo punto, originando el Huevo Cósmico, principio y fin de todas las cosas.

"El tiempo correría hacias atrás y la muerte sería abolida" concluye Orihuela.

El cuento finaliza con el profesor, jubilado de la carrera literaria, en una casa de campo en Trujillo, su ciudad de origen, en el sosiego del reencuentro con su hija y dedicándole canciones a sus nietos. Y aguardando, con cierta ansiedad pero sin esperanza, un nuevo sobre en el correo.

Desde que leí "El benefactor" hace varios años, e incluso ahora que acabo de releerlo, no puedo dejar de pensar que ese extraño persona, B., que escoge al azar a alguien para regalarle una obra no es un ser ajeno a uno mismo, sino alguien que habita en el interior de todos nosotros, que conoce lo que ignoramos que sabemos, y que consigue hacernos escribir lo que jamás escribiríamos. No hay que entenderlo sino solo asumirlo y aceptar sus reglas. El benefactor no muere jamás mientras nosotros estemos vivos, pero sí puede quedarse callado de pronto. El silencio del benefactor sucede cuando no tiene nada más que decirnos, cuando inevitablemente hemos aprendido la lección y reconocido al fin lo que habíamos olvidado al principio, nuestra misión: un largo, ajetreado y estrambótico recorrido hacia nosotros mismos.

Once libros para el 23 de abril

Por: | 24 de abril de 2013

  Libros22222

por Azrasta

Mi amor por el fútbol y mi afición por las listas se han unido para que yo redacte listas con once ítems sobre lo que sea. Estaba pensando en elaborar una lista para celebrar el Día del Libro, pero no se me ocurría un tema. Recordaba varios libros y lo que habían significado para mí. ¿Valdría la pena una lista de los once libros que más disfruté? ¿O una lista de los once libros con los mejores títulos o los principios más extraordinarios o los finales más memorables? Nada me convencía. Hasta que me di cuenta de que, pensando en libros que podrían integrar una lista, hice una lista.

Y eso es lo que entrego ahora. Once libros que me dijeron algo en su momento. Simplemente, once libros en medio de cientos de miles de libros, entre los que he leído, los que quiero leer o releer, los que he comprado y nunca leeré. Los que existen y no podré tener. Aquellos libros que desconocemos, puntos ciegos cuya existencia crean una ansiedad enorme en los adictos como yo, quienes cada vez que entramos en una librería pensamos no qué voy a conseguir sino qué me estaré perdiendo. 

En fin, una lista breve como cualquier otra.

1.- La primera novela que leí (e intenté imitar): Tom Playfair de Francisco Finn.

2.- El libro con el mejor comienzo que he leído ("O cuando todas las noches –por pereza, por avaricia- volvía a soñar el mismo sueño"): Perorata del apestado de Gesualdo Bufalino.

3.- El libro que más me ha hecho reír: La maleta de Sergei Dovlatov.

4.- El primer libro que compré con mis propinas: Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique.

5.- El primer libro que dejé inconcluso: Todos los hombres del presidente de Carl Bernstein y Bob Woodward.

6.- El libro que he releído más veces: Pálido fuego de Vladímir Nabokov.

7.- El libro que he recomendado más veces: Otras tardes de Luis Loayza.

8.- El libro que recomiendo para aprender a escribir: Ana Karenina de León Tolstoi.

9.- El libro que voy a releer ahora mismo: Nostalgia de Mircea Carterescu. 

10.- El libro que no volvería a leer jamás: Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Márquez.

11.- El libro que empecé a leer hoy: Caída y auge de Reginald Perrin de David Nobbs.

No confundir el mensaje con el mensajero

Por: | 10 de abril de 2013

Clown

Payasos malhumorados. Foto: danepstein

Alejandra es guapa y atlética, usa mallas en televisión y piensa que Yawar Fiesta -obra fundamental del narrador peruano José María Arguedas- fue escrita por Paulo Coelho.

Ella es integrante de uno de esos programas de concurso en televisión donde, entre coreografías y romances inventados, van ganando puntos y audiencia, en especial entre los más jóvenes e incluso niños. Ni el corte del programa ni el perfil de los concursantes (chicos y chicas jóvenes, deportistas, modelos, cuyo único requisito es que les quede bien la ropa deportiva) permite esperar que contesten correctamentes las preguntas de cultura general que se les hacen (la misma Alejandra dijo que un archipiélago era un animal, y otra concursante declaró que una sandía está compuesta 100% de agua). Sin embargo, de pronto en las redes sociales todos se han sentido ofendidos con que la muchacha no sepa quién escribió Yawar Fiesta y se suceden tuits agresivos, memes ofensivos, estatus violentos. Nada nuevo, solo una víctima más de la inquisición de los 140 caracteres. 

No disculpo la ignorancia de Alejandra ni de nadie, pero tampoco cometo el error de confundir el mensaje con el mensajero. Ahí donde todos ven la posibilidad de insultar a alguien, yo veo una oportunidad.

Desde luego, aquello que Mario Vargas Llosa calificó con acierto como "la civilización del espectáculo" no se va a detener porque una chica no sepa una respuesta ni por un meme que la ridiculice. Al contrario, va a engullir todo eso y alimentarse del espectáculo creado alrededor del tema. Todo sirve: los errores de los concursantes y los exabruptos de quienes la censuran. Todos payasos del mismo circo.

Pero podría suceder -y quizá sea ingenuo de mi parte incluso imaginarlo- que leamos bien el mensaje y lo sepamos aprovechar. Ese mensaje es el siguiente: la literatura no se enseña ni se aprende en los colegios; nadie entiende lo que lee; leer se ha vuelto un asunto elitista y un lector -en especial de literatura- debe ser alguien a quien le sobra el tiempo (quizá porque no es suficientemente guapo ni atlético para ser parte de uno de esos programas).

No necesitábamos del error en televisión para descubrir esos síntomas. Los periódicos han reemplazado sus páginas de reseñas de libros por páginas de gastronomía. Sucede que una buena reseña muestra al lector que la lectura es un aprendizaje que requiere voluntad, pero la foto de una plato de comida hace sentir a cualquiera que se lo engulla que es un gourmet. De eso se trata la banalización de la cultura, la ley del menor esfuerzo. Mario, también concursante de ese programa y novio de Alejandra, salió en su defensa declarando que no ha leído nunca un libro y eso no lo hace ni más culto ni menos culto que nadie, y le faltó añadir "sino todo lo contrario". El mensaje constante que recibimos los peruanos, insistente y a través de todos los medios de comunicación incapaces de dedicarle una hora semanal a un programa de cultura, es que la información es una pérdida de tiempo y de dinero, y que finalmente, ya que todo es cultura, vale lo mismo tomarse una foto delante de un muro incaico en Cuzco que leer Los ríos profundos.

Si el 2011, el año del centenario del nacimiento de José María Arguedas, hubiera sido celebrado como un tema de interés nacional y obtenido tantos memes y tuits como los que reciben ahora los chicos de esos programas para ridiculizarlos, sin duda Alejandra podría saber quién escribió Yawar Fiesta. Pero el 2011 se celebró el descubrimiento de Machu Picchu, cuyos beneficios económicos son inmediatos, y no había lugar ni presupuesto para Arguedas. Ahora, resulta que todos saben quién escribió ese libro y se ofenden porque una chica no lo sepa. Honestamente, me pregunto cuántos de los que levantan las teas encendidas han leído a Arguedas o, por lo menos, sabían quién escribió Yawar Fiesta antes del escándalo.

Dejemos que los que quieren burlarse de los demás y levantar de nuevo el dedo acusatorio de las redes sociales sigan canibalizando la anécdota hasta que consigan otra víctima y se olviden de Alejandra, de Yawar Fiesta y de Arguedas. Pero aquellos que consideramos que la literatura peruana es un valor auténtico, una forma de expresión y conocimiento, además de nuestro patrimonio, escuchemos el mensaje y tratemos de aprovechar las oportunidades. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si la producción de ese programa les pidiese a sus concursantes que hagan una campaña en favor de la lectura, reconociendo el error bajo la premisa de que ser ignorante no es una delito ni una humillación, y menos aún si se acepta la falla y se intenta mejorar? Una fotografía de Alejandra aceptando su error y comprometiéndose a leer Yawar Fiesta haría más por José María Arguedas que el más afilado sarcasmo cualquier líder de opinión.

Si lo que nos importa es una juventud más informada y culta, podemos aprovechar el momento y convertir un linchamiento virtual en una oportunidad para promover la lectura. Ahora, si lo que nos interesa es exhibir una falsa superioridad, sigan llamando "burra" a Alejandra y a todos sus compañeros, compartan memes, escriban tuits, suban videos en YouTube, atáquenlos en radios y periódicos y editen reportajes televisivos para burlarse de ellos. Pero al menos reconozcan que, al hacerlo, están contribuyendo a esa frivolización que pretenden denostar: el lamentable espectáculo del circo mediático donde un payaso resbala y los demás payasos, malhumorados, se lanzan sobre este con globos de agua y pasteles en la cara.

Los peruanos tenemos cosas mucho más graves de qué indignarnos, y la primera de ella es reconocer que somos un país que se indigna por tonterías y nos mantenemos indiferentes antes las carencias realmente graves en educación y cultura. 

Idea Vilariño, haz de luz

Por: | 06 de abril de 2013

Cosas transparentes: Dice Nabokov que cuando alguien mira un objeto por mucho tiempo, se vuelve transparente y nos cuenta su historia. Con los escritores sucede lo mismo. Los sábados de Vano Oficio están dedicados a aquellos textos y autores que, leídos con insistencia, saben volverse transparentes.

Light
Foto: shaire productions 

En los poemas de Idea Vilariño las palabras parecen esconderse, retroceder, quedarse quietas, extinguirse finalmente dejando apenas un haz de luz, como una espada luminosa que hiere o mata. Así también el amor se esconde, retrocede y extingue. Los amantes son seres feroces que se mantienen vivos mientras se destruyen el uno al otro. Las palabras andan tanto que a veces no llegan. Vivir, amar o escribir es agonizar. Repite la pregunta insistente -¿dónde estás?- dirigida al amante o a nadie, a la soledad o a su propia imagen en el espejo. Leerla es aprender a respirar de una manera distinta. Pocas poetas como ella entendieron el amor y la poesía como un ejercicio: sostenerse en un precario equilibrio antes de dejarse caer.

Pasajera perdurable, Idea Vilariño pasó por la vida como el mar en aquel poema suyo: "Tan lenta y honda y largamente y tanto/ insistente y cansado ser cayendo/ como un llanto, sin fin,/ pesadamente/ tenazmente muriendo..." Le sobrevive la poesía y ese fuego que no se acaba nunca, que sabe arder incluso más allá de ella misma y de las mínimas palabras de sus versos. El rayo que no cesa, dijo el poeta Hernández. Así sea.

Si muriera esta noche...

Si muriera esta noche
si pudiera
morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin
clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se
aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me
muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera
un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de
los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara
conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.

El Facebook de Julio Cortázar

Por: | 03 de abril de 2013

Rayuela1

Foto:  irëne

Esta semana he andado mucho en el Facebook. He leído a una amiga que pide que le recomienden libros distópicos en portugués y a otra que pregunta cuál es el método más eficiente para quitar una mancha de grasa del pantalón. He cruzado por la selva de fotografías con frases cristianas para compartir, bromas ingeniosas, chistes absurdos y las anécdotas divertidas, tristes y dulces al mismo tiempo, de un amigo que se está despidiendo así de su hermana enferma. He desplazado lecturas y películas planeadas, y no me arrepiento. El Facebook es un universo que se extiende y se renueva; somos muy afortunados de haber participado desde sus inicios de este momento.

Se me ocurre pensar qué hubiera pasado si este fenómeno hubiera sucedido a fines de los 50. Ahora, los sobrevivientes del Boom Literario miran con recelo e incluso menosprecio a las redes sociales, pero de haber sucedido cuando empezaban sus carreras literarias sin duda hubieran participado. Gabriel García Márquez tendría una página casi sin actividad, etiquetado en muchas fotos y textos de sus amigos, contestando con ironía alguna que otra frase. Jamás pondría "Me Gusta". A nada. Eso no va con él. Carlos Fuentes, por el contrario, sería un heavy user. Constantemente actualizaría su página con enlaces a lecturas, en francés, inglés y castellano, a noticias internacionales sobre política, cultura, economía. Colgaría largos, interminables estatus -cuando no "notas"- con posturas políticas (la literatura también ocuparía un lugar, pero menor) y crearía ábumes con fotografías donde se le vería, inevitablemente elegante y sonriente, en países remotos o sitios célebres. ¿Sería quizá un adicto al Foursquare? Probablemente, pero de ninguna manera al Twitter. Mario Vargas Llosa, por su parte, tendría un perfil parecido al de Carlos Fuentes, quizá más combativo pero menos frecuente. A diferencia de García Márquez y de Fuentes, sería muy selectivo al aceptar amistades, colgaría muy pocas fotos y antes que escribir estatus -que, sin duda, escribiría- se dedicaría a comentar en las páginas de los demás. Sería un argumentador feroz, culto e ingenioso, siempre con la última palabra y dispuesto a discutir incluso con los troll. De vez en cuando, algún familiar lo saludaría y Vargas Llosa no podría evitar poner debajo una frase amable y doméstica, siempre en plural: "Ha empezado el frío y es difícil acostumbrarse, pero estamos bien. Patricia y yo los recordamos siempre". Tampoco tendría Twitter. 

¿Y Julio Cortázar? Ninguno como él para aprovechar al máximo las redes sociales. No solo tendría una cuenta de Facebook o Twitter, sino de cualquier plataforma que apareciese, aunque solo fuera por curiosidad. Incluso, se me ocurre, tendría varias cuentas de Facebook, y aprovecharía la cuentas falsas para crear conversaciones y situaciones absurdas, cómicas o complejas en su cuenta real. ¿Quién escribe esto y contesta lo otro? Intervendría en todas las conversaciones (incluso en el consejo sobre el mejor método para sacar manchas de grasa), pondría centenares de "Me Gusta", colgaría videos de YouTube de jazz, situaciones extrañas, bromas y gatos. Compartiría memes divertidos. Hablaría de todo, incluso de deporte. Sus estatus políticos serían serios pero también escribiría textos divertidos, con el humor del libro de cronopios, o mostrando el lado ridículo de la seriedad como en Último round. Obviamente, lo suyo sería el juego de palabras. Sería adicto al Instagram. Subiría fotos de objetos, carteles, personas, paisajes, animales, todos fotografiados con su iPhone mientras pasea y acompañados por textos breves o titulados con ingenio. Su cuenta de Pinterest sería, simplemente, espléndida, de visita obligatoria, como un museo maravilloso donde cada foto es un hallazgo. Sus enlaces seguirían la misma lógica del asombro ante el absurdo del mundo. "Juegos de la imaginación, dice el señor cuerdo que nunca falta entre los locos" dijo alguna vez Cortázar, arrastrando las erres. Juegos de la imaginación también los míos, sin duda. El Facebook de Cortázar. ¿A quién se le ocurre?

Se me ocurre a mí y no sin razón. Se cumplen este año el cincuentenario de la primera edición de Rayuela y aunque el ambiente entre los lectores es festivo, los escritores -me incluyo- somos más escépticos. He leído varias declaraciones contra Rayuela, algunas incluso de inusitada violencia, y reconozco que estoy dispuesto a aceptar como válida la mayoría de críticas. En especial aquellas que sostienen que Cortázar es mejor cuentista y que Rayuela es una novela desigual. Lo es, aunque ¿qué novela de más de 300 páginas no es desigual? Nada puede impedir que el mundo de Rayuela haya envejecido tan rápido, mientras envejecían o se trivializaban sus preocupaciones. La filosofía zen, el pensamientos budista o las Mandalas se han convertido ahora en tema de libros de auto ayuda. Los hipervínculos, del que fue casi un precursor, son ahora cosa de todos los días y por eso Rayuela, en medio de la tecnología actual, parece un mamotreto inmanejable y tan anacrónico como solo puede serlo lo que fue alguna vez modernísimo. Además, la afición de Cortázar por las frases ingeniosas o entrañables, aforismos o grafitis que pintados en paredes cambiarían el mundo, ahora se frivolizan en memes o tuits para etiquetar y compartir.

Sin embargo, no tengo duda de que Rayuela sobrevivirá nuestro escepticismo no solo porque es una novela que dice cosas, sino porque las dice de una manera lúdica (por encima de la pomposidad de algunas escenas o ideas) que no se ha desactualizado sino, al contrario, se ha convertido en una marca registrada en las redes sociales. No es gratuito que el libro se titule como un juego de niños ni que, incluso en sus momentos más solemnes, aflore el lado divertido, la sonrisa que se ríe de sí mismo y celebra la travesura, el malentendido o el absurdo. Como ninguno, Cortázar consiguió captar una instantánea de su tiempo, aunque esa fortuna siempre pasa la factura. Aún así, lo lúdico se alza sobre cualquier hoguera prematura para decirnos que puede haber envejecido el mundo que originó Rayuela, pero jamás Rayuela.

Elogio a Daniel Mordzinski

Por: | 20 de marzo de 2013

Mordexpo

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Fotografiar escritores no es tan difícil y menos aún en festivales literarios. Los escritores, en su mayoría, están dispuestos a que les acaricien el ego y sobre todo en un festival o encuentro, donde el ánimo es festivo y de buen humor. Justamente por eso mismo, las fotografías de Daniel Mordzinski son tan especiales, auténticas obras de arte. A él no le basta, nunca le bastó, con llamar a un escritor a un costado, ubicar su rostro donde mejor le dé la luz y dejar que la cámara haga el resto. Mordzinski se las ingenia para seducir a los escritores, consigue que confíen en él, doblegar amablemente su voluntad  y pronto, sin darle a tiempo de pensarlo, el autor aparecerá desnudo, metido sobre un hoyo o una tina, interactuando con un policía, la empleada de limpieza o un vendedor callejero, sentado entre las lápidas de un cementerio o dando saltos en un pie sobre una plataforma a tres metros de altura. 

Pero no todo es lúdico en las fotografías de Mordzinski. Muchas de estas retratan la cotidianidad, el mundo doméstico, de aquellos personajes que escriben obras magistrales. El gesto de Mario Vargas Llosa, con la manos juntas cubriéndose la cara, o la foto de Gabriel García Márquez sentado en la cama de su suite sirven de ejemplo. Mi favorita es una fotografía de Blanca Varela caminando estoicamente en el patio de su casa, mientras la sobrina y su nana juegan en el jardín. Esas escenas (el rostro cubierto de Vargas Llosa, el lado vacío en la cama de García Márquez, el contraste del estoicismo de Blanca Varela y la felicidad de su nieta en el jardín) descubren una lectura insospechada de la vida. Delatan el lado más vulnerable de los escritores, cuando abandonan la "pose" (inevitable de toda persona frente a una cámara), descartan la máscara y comienzan a decir hondas verdades que solo el ojo de Mordzinski puede atisbar y fotografiarlo.

Hay mucha espontaneidad en las fotos de Daniel Mordzinski, pero también hay cálculo, precisión, alevosía y ventaja. La naturalidad con que ejerce su oficio consigue capturar esos instantes maravillosos cuando las escenas se transforman en historias de vida. Conozco muy pocos fotógrafos capaces de lograr tanto con tan poca producción. El ingenio, en Mordzinski, no solo es una forma de inteligencia sino un método para alcanzar la profundidad. 

Quizá la fotografía más famosa es aquella en la que Jorge Luis Borges, de perfil, está sentado sobre un fondo negro, colocado en una postura solemne, aferrado al bastón y con el mentón levantado. No es gesto de escritor sino de prócer, una fotografía para la eternidad. De pronto, por un lado, se introduce una mano insolente, una mano que no tiene nada que hacer ahí, y la eternidad se vuelve cotidiana, el decorado se convierte en escenografía y el mundo en teatro de representaciones. El contraste entre la postura de Borges y esa mano intempestiva crea un laberinto de posibilidades infinitas. Como en un cuento de Borges, dirán algunos. Pues justamente así.

Cuando en el 2007 me seleccionaron para participar del evento llamado Bogotá 39, encontré dentro de la gran cantidad de documentos que nos enviaron una indicación que decía que íbamos a ser fotografiados por Daniel Mordzinski en una fecha pactada. Para mí, que admiraba la obra de Mordzinski muchos años antes, aquello fue como ganar un millón de dólares y, además, un auto de lujo para ir a recoger el dinero. Ya era enorme la satisfacción de pertenecer a ese grupo como para que, además, tengamos el honor de ser fotografiados por Mordzinski. Al menos eso pensaba mientras viajaba a Colombia. Sin embargo, luego de pasar unos días con él, la sesión fotográfica había perdido ese aura de Premio Mayor y se había convertido en un momento más, casi un café con un amigo. Luego del Bogotá39 he tenido la suerte de encontrarme con Daniel en varios encuentros y ser fotografiado varias veces. No me doy cuenta, entonces, de lo afortunado que soy, del privilegio enorme de tener a Daniel no solo como un amigo sino de ser parte de esa galería absolutamente magnífica, que incluye no solo a autores latinoamericanos sino de todo el mundo, retratados en centenares de encuentros y a lo largo de casi tres décadas.

Dice Ricardo Piglia que una de las grandes virtudes de Jorge Luis Borges fue hacer creer a sus interlocutores que eran tan inteligentes como él, aunque obviamente eso no era posible. Parafraseándolo, puedo decir que una de las virtudes de Mordzinski es hacerte creer que el privilegio de fotografiarte es suyo. Luego, basta ver la foto que tomó una semana después a Salman Rushdie o descubrir que fue uno de los pocos fotógrafos invitados al funeral de Susan Sontag para caer en cuenta del gran honor que recibimos al ser retratados por él, y quiera dios que realmente nos lo merezcamos.

Esta semana nos hemos enterado de que cerca de 50 000 negativos y fotos de Daniel Mordzinski, guardadas en un piso de Le Monde, han sido incineradas. Leo las declaraciones de Le Monde al respecto y a la tristeza y la rabia se suma la indignación. Mantienen durante diez años un archivo fotográfico en un piso, y un día deciden que necesitan ese espacio y en vez de buscar al dueño del archivo, desalojan el lugar y queman los negativos y las fotos. Si estuviésemos hablando de documentos sin importancia sería grave, pero estamos hablando de fotografías extraordinarias que son parte de nuestra historia contemporánea. La pérdida es simplemente irreparable y aquel comunicado escrito por un departamento legal para evitar un juicio solo ahonda la pena. Estamos ante uno de los episodios más tristes de la literatura latinoamericana contemporánea y nuestro único consuelo es ver cuánta gente manifiesta su pena y su frustración ante un impune acto de prepotencia. Ese cariño y admiración no le devolverá a Mordzinski ni uno solo de sus negativos incinerados, pero es todo lo que podemos ofrecerle y se lo entregamos con admiración y absoluto agradecimiento.

20% de descuento para lectoras

Por: | 13 de marzo de 2013

Mujerleep

Por TheKenChan

El pasado Día Internacional de la Mujer una librería limeña ofreció 20% de descuento para las lectoras, aunque solo en libros románticos y de auto ayuda. Resulta lamentable e irónico que justamente el día en que se conmemora la lucha por la igualdad de las mujeres, y en contra del maltrato y los prejuicios sexistas o misógenos, una librería pretenda celebrarlas alimentado el prejuicio de que las lectoras necesitan romances para ilusionarse con la vida, y libros de auto ayuda para soportar que la realidad no es como en esas novelas.

El incidente tiene muchas aristas interesantes. Por ejemplo, el tema de manejo de redes sociales. En menos de una hora, el meme creado por la librería y promocionado en Facebook tuvo más de 1,000 comentarios negativos y casi 2,000 compartidos (no precisamente para elogiarlos), además de rebotar en Twitter y en los blogs. Una cantidad importante de personas quejándose ante el desatino y exigiendo que la librería pida disculpas. Pues la librería no solo no se disculpó sino que, desafiante, no eliminó el mensaje de su página de Facebook sino hasta pasado el día. Incluso, en contra de cualquier regla de manejo de social media, borró comentarios y eliminó contactos que los criticaban. Por si fuera poco, el administrador del Facebook de la empresa siguió colgando posts como si no pasara nada. Cualquiera podría decir que estamos ante el ejemplo, ideal para un taller, de un mal manejo de crisis de una marca en redes. Sin embargo, más allá de eso, lo obvio es que la mente que ideó una campaña de marketing donde las mujeres debían leer sobre todo libros de auto ayuda y romances, carga un prejuicio contra la mujer tan grande que jamás hubiera hecho caso a las críticas contra sus estrategias. Las mujeres que nos critican, se habrá consolado, son comunistas, feministas, insatisfechas, histéricas que en vez de leer una buena novela de amor, o aquel libro de sopa de pollo para el alma que tanto necesitan, leen El segundo sexo o Una habitación propia

Por supuesto, siempre puede decirse -y algunos tímidos comentaristas lo dijeron- que el descuento estaba basado en una estadística que demostraba que las mujeres consumen mayoritariamente ese tipo de libros. Incluso si eso fuese cierto, una cuestión de criterio debió imponerse sobre la aritmética. Criterio para entender qué es una mujer, más allá de los prejuicios, y para entender qué se conmemora ese día en particular. Un día, por cierto, bastante incómodo para las mujeres que realmente entienden la lucha en la que están metidas, y que están aún muy lejos de ganar. Porque la maquinaria mercantil (justamente aquella que prefiere un cuadro estadístico a la sensibilidad y el criterio) ha terminado convirtiendo ese día en una fiesta cada vez más parecida a San Valentín mezclado con el Día de la Madre. Felicitan a las mujeres con rosas y frases como "porque nos dan la vida" o "porque saben administrar el hogar mejor que nadie", sin reconocer que esa fecha representa no una celebración sino una carencia. 

Es un hecho también estadístico que las mujeres compran más libros que los hombres y, sobre todo, que leen más. No solo romances y auto ayuda, y tampoco solo libros escritos por mujeres ciertamente, sino cualquier libro que entre en el campo de su interés. Tengo la suerte de dirigir varios grupos de lecturas compuestos casi exclusivamente por mujeres y debo decir que la experiencia es extraordinaria. Mi lectura se ve complementada, cuestionada, revisada, por la agudeza mental y sensibilidad de mis compañeras lectoras. Incluso puede afirmar que, haciendo un balance de mis años como profesor de lecturas dirigidas, las lectoras se fijan mucho más en los detalles que los lectores, cumpliendo así con el deber de todo buen lector de "acariciar los detalles" como diría Nabokov. Muy pocas, o ninguna, de mis alumnas ha estudiado literatura; sin embargo, escuchándolas comentar libros comprendo que en cada una de ellas habita una Janet Malcolm. No existe en ellas un deseo de canonizar ni de absolutos; la lectura es un viaje de deslumbramiento, de interioridad y de cuestionamiento. Si se me permite generalizar, sostengo que los lectores, en su mayoría, abren los libros sabiendo qué van a encontrar y habiendo decidido, aún antes de leerlo, qué van a pensar sobre este. Las lectoras, en cambio, lo abren esperando sorprenderse siempre.

Los prejuicios no se detienen y las mujeres se han convertido, para la industria, en devoradoras de best seller como Cincuenta sombras de Grey o de la llamada chick-lit. O, en todo caso, de Jane Austen luego de ver la película. Pero el prejuicio se extiende. Así como las librerías mercantilistas menosprecian a las mujeres haciéndole ofertas "para ellas", como si se tratara de canastas de belleza, el ámbito académico desconfía de las catedráticas, reduciéndolas a determinados temas y cátedras, y el mundo literario encasilla a las autoras en "asuntos de mujeres", como la exploración intimista, la poesía erótica o la autobiografía. Basta echar una mirada atenta a lectoras, catedráticas y escritoras contemporánea para que ese castillo de naipes armado por el prejuicio machista de la literatura latinoamericana se derrumbe. Mientras sigan existiendo campañas supuestamente ingeniosas que dicen "Leer es sexy" y colocan a Marilyn Monroe en bikini leyendo el Ulises, las cosas no van a cambiar. Felizmente, las mujeres son tan buenas lectoras que están por encima de los prejuicios y siguen escribiendo buena literatura, volviéndose eruditas en temas literarias complejos y comprando libros que valen la pena, aunque no tengan descuento. El impensable día que las mujeres se dediquen a comprar solo libros románticos y de auto ayuda, y dejen de escribir y de entender la literatura compleja, entonces sí podremos hablar de un apocalipsis y la literatura no tendrá ninguna posibilidad de sobrevivir.

El compromiso con la fantasía

Por: | 06 de marzo de 2013

Onirico

por Crossett Library Bennington College

Hace unos días, leí una entrevista al escritor rumano Mircea Cartarescu donde sostiene que escribe solo sobre la imaginación y no comparte el gusto general por la literatura realista.

"No entiendo por qué hay que escribir sobre un divorcio" dice.

Recuerdo que Alberto Fuguet confesó que soportaba cada vez menos las novelas y se dedicaba solo a leer crónicas. Definitivamente, el ascenso de la crónica literaria en el habla hispana en la última década ha sido enorme, con una lista de autores importantes en cada país, multiplicándose las antologías, los proyectos comunes internacionales, las revistas especializadas e incluso exitosos cursos titulados como "De cerca nadie es normal", un taller para escribir perfiles dictado por uno de los cronistas peruanos más interesantes de esta hornada, Julio Villanueva Chang, fundador de la revista Etiqueta negra. Quizá, a diferencia de Cartarescu, Villanueva sí consiga encontrar sentido a escribir sobre un divorcio.

Ciertamente, cada vez se publican más crónicas, memorias, libros de no ficción, autobiografías y biografías. Sin embargo, acepto que a mí cada vez me interesa menos el cartelito "basado en hechos reales" en cualquier libro, y me dejo seducir por la capacidad de crear fantasías, ficciones poderosas con la capacidad para instalarse en el cerebro del lector con una fuerza que jamás tendrá la realidad y sus rutinarias certezas.

No intento teorizar sobre qué es la ficción en general, o la ficción realista en concreto (¿se habrá referido Cartarescu a Anna Karenina cuando dice que no entiende cómo alguien puede interesarse en un divorcio? Lo dudo). Solo quiero, en medio del desfile de cronistas y escritores documentados, romper una lanza a favor de aquellos que optan por la fantasía y la imaginación. Cuando leo una novela realista no me pregunto cuán real es lo que me cuentan, cuán topográfico es el retrato de las calles o si están datados los hechos que cuentan. Me dejo llevar, incluso en esos casos, por el ideal de un escritor que inventa un mundo sin necesidad de rendirle cuentas a la realidad. O, en todo caso, un autor que confía solo en la realidad que nace de sus propias necesidades como escritor, es decir, como suplantador de Dios o deicida (en palabras de Mario Vargas Llosa) creador de un mundo a su imagen y semejanza, cuyas reglas solo servirán para ese mundo. 

Aunque me gusta la crónica o la autobiografía, he descubierto más verdad y más belleza en los libros de ficción. Creo que todos hemos venido al mundo a aprender una lección; dudo que la lección que debo aprender yo esté en un libro basado en hechos reales. Aprendo más de los seres imaginados, de los mundos de fantasía, que de cualquier intento de notariar acontecimientos. Prefiero perdeme por pasadizos que no llevan a ninguna parte, introducirme en sueños ajenos y encontrarme con fantasmas o seres imaginarios en vez de burócratas de trajes arrugados o personajes u objetos extravagantes a los que se les ha dedicado un perfil. Tampoco me molesta leer una novela y saber que el autor inventa un mundo que ya existe, edifica una ciudad de espectros encima de una ciudad auténtica. Me molesta el decorado, no me gusta las novelas que son como un episodio de Mad Men: un gran trabajo de producción que pretende retratar una época con tanta exactitud que resulta artificial. Prefiero el absurdo, la imaginación, la pátina intimista que nubla y borra las formas y las personas.

En épocas en las que, se dice, no existe el "escritor comprometido" yo he renovado mi compromiso con la fantasía. Lo he hecho gracias a Nostalgia, el maravilloso libro de Cartarescu publicado por Impedimenta. No puedo sino recomendarlo insistentemente, como quien recomienda no un destino turístico ni un viaje sociológico o antropológico a la vida de los otros, sino un lugar donde es posible recorrer por un tiempo para regresar luego al mundo con ojos nuevos, transparentes, y la certeza de que ese lugar ahora habita en nuestro interior.

Lean a Cartarescu.

El País

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