19 ago 2011

Misteriosos laberintos

Por: Isidoro Merino

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Los laberintos han atrapado durante milenios la imaginación. / Stock-Xchng

Enigmáticos símbolos en los muros de las catedrales, planos para guiar a los muertos en su viaje al inframundo, pasatiempos vegetales de aristócratas holgazanes, dédalos infantiles como el de Alicia en Disneyland París, o formados con espejos, como el de la colina Petrin de Praga o el que Orson Welles concibió para matar a Rita Hayworth en La dama de Shanghai...

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El laberinto diseñado por Dédalo, donde el rey Minos encerró al Minotauro, ha atrapado durante milenios la imaginación. Según la leyenda, Minos, el mítico rey de Creta, gobernó la isla desde el palacio de Knossos. Su esposa, Parsifae, le fue infiel con un toro; fruto de ese amor taurino fue Asterión, el Minotauro, criatura de cuerpo humano y testa de miura: “El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. ¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió" . El cuento de Borges La casa de Asterión, con su melancólico y manso minotauro, habla de laberintos y de casas con infinitas puertas que invitan a repetir la búsqueda que hizo Teseo a través de corredores, glorietas idénticas y callejones sin salida.

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Minotauro, de Pablo Picasso

Siguiendo el hilo de Ariadna
Atendiendo al tipo de recorrido, hay dos tipos de laberintos: los clásicos, o unicursales, con una única vía sin encrucijadas que es necesario recorrer en su totalidad para llegar al centro, y los mazes o perdederos, con múltiples caminos alternativos que pueden conducir al exterior o a un callejón sin salida.

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Fotograma de El laberinto del Fauno (2006), de Guillermo del Toro.

A la primera categoría pertenecen la mayoría de laberintos que decoran los templos medievales, como los de las catedrales francesas de Chartres, Poitiers y Amiens. Un diseño a base de círculos concéntricos a partir de dos ejes en forma de cruz conocido en Italia como Nudo de Salomón. Formas similares aparecen en petroglifos prehistóricos como el de Mogor (Pontevedra), en algunas monedas griegas y romanas del periodo clásico encontradas en Creta, y en los turf mazes (laberintos de hierba) ingleses, como el de Alkborough, uno de los más antiguos de Inglaterra, de 13 metros de diámetro, o el de Hilton, cerca de la ciudad de Cambridge.


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Laberinto de la catedral de Chartres, en Francia. / Wikimedia

Arte de podadores
Con el desarrollo del ars topiaria, el arte de podar las plantas, y favorecidos por el gusto por todo lo que olía a mitología, los jardines de setos se propagaron por Europa durante el Renacimiento. Una moda que pervivió en los siguientes tres siglos, que tomaron como modelo los de jardines italianos como Villa d'Este, en Tívoli; Boboli, en Florencia; el palacio Giusti, en Verona; Barbarigo de Valsanzibio, cerca de Padua, o Bomarzo, en el Lacio. Son lo que Umberto Eco llama laberintos manieristas:  una estructura de árbol, con muchas ramas muertas que no llevan a ninguna parte y una sola que conduce a la solución.
El laberinto vegetal más antiguo documentado en España es el que mandó levantar Carlos V en el Real Alcázar de Sevilla (sustituido en 1910 por el actual), aunque el esplendor de los dédalos llegó en el siglo XVIII de la mano de los Borbones: uno de los más logrados está en los jardines de La Granja (Segovia). Concebido para el juego galante, fue diseñado en 1713 por Dezallier D'Argenville a base de setos de haya y carpe que dibujan una espiral central flanqueada por dos grupos de calles que doblan en ángulos rectos. A este tipo corresponde también el laberinto de Horta, en Barcelona.

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Laberinto de Horta, en Barcelona. /El País/ Marcel-Li Sàenz

Los otros laberintos
También cabría hacer una referencia, por su rareza, al bhulbhulayah (laberinto) del Bara Imambara, un palacio construido por el gobernador de Lucknoww (Utar Pradesh, India) en 1784. En él, 489 corredores idénticos situados a diferentes alturas conforman un complejo laberinto tridimensional. Imprescindible ir con un guía para no perderse.


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Corredores del bhulbhulayah del Bara Imambara en Lucknoww (India). / Wikimedia

Menos tangibles, también existen laberintos matemáticos, como el teorema de Fermat y el fractal de Mandelbrot. O la sucesión de Fibonacci (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21...), que guarda el secreto de la forma de las caracolas, la belleza de las Madonnas de Leonardo y las proporciones del Partenón.

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Fractal de Mandelbrot. / Wikimedia


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Formas fractales en el Romanesco, una variedad de coliflor. / Wikimedia

También los hay genéticos: la doble hélice de ADN (ácido desoxirribonucleico), que determina el desarrollo y funcionamiento de todos los organismos vivos de la Tierra. O musicales, como  el  Pequeño laberinto armónico de Bach,  influido por el del jardín de la corte de Anhalt-Köthen, a cuyo servicio estuvo el compositor antes de trasladarse a Leipzig.

El viaje iniciático

Hasta el inocente juego de la Oca, con sus saltos de oca a oca y de puente a puente, su cárcel, su posada y casilla de la muerte, esconde un laberinto: el mapa en espiral de un viaje iniciático que algunos asocian al camino de Santiago. Como apunta el rumano Mircea Eliade a propósito de Ulises y su viaje de regreso a Ítaca, "al igual que en el laberinto, en toda peregrinación se corre el riesgo de perderse. Si se logra salir del laberinto, volver al hogar, se es ya un ser distinto".

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Claro que también es posible perderse en una ciudad desconocida (o en la propia), en un hotel, en el aeropuerto o en el metro. Según Borges, "basta una dosis tímida de alcohol -o de distracción- para que cualquier edificio provisto de escaleras y corredores resulte un laberinto". Para Borges, el laberinto ideal es el psicológico, donde se produce el extravío por una falsa percepción de la realidad, o un lugar despejado (un desierto).

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Dunas de Chegaga, al sur de Zagora, en Marruecos. /  Isidoro Merino

Y vosotros,  ¿dónde os habéis perdido?

Hay 11 Comentarios

Yo me perdí en Parque Chas, Buenos Aires, Argentina. El que lea ésto y me conozca, por favor, avísele a mi señora que no iré a comer tampoco esta noche. Tal vez mañana encuentre la salida.Gracias

Dos cosas, una, que en los años que viví en Madrid, siempre me perdía cuando caminaba en las noches desde Alonso Martines a Arapiles caminando por la Calle de Santa Engracia, sencillamente no asimilaba porque desde Iglesia terminaba en Alonso Cano... era extraño.

Y lo segundo, que en un artículo de Laberintos no se mencione el de Kubrick en El Resplandor me parece casi criminal.

Por lo demás, gran artículo!

Dos cosas, una, que en los años que viví en Madrid, siempre me perdía cuando caminaba en las noches desde Alonso Martines a Arapiles caminando por la Calle de Santa Engracia, sencillamente no asimilaba porque desde Iglesia terminaba en Alonso Cano... era extraño.

Y lo segundo, que en un artículo de Laberintos no se mencione el de Kubrick en El Resplandor me parece casi criminal.

Por lo demás, gran artículo!

En las Tuerces, un laberinto de piedras natural en Aguilar de Campoo, en Palencia!!

Me encanta perderme en el laberinto de las calles de venecia. Recuerdo un viaje buscando una tienda que habia visto el dia anterior, era imposible encontrarla, todas las calles me parecian iguales!! al final la encontre pero no por la zona que la estaba buscando....
que maravilla venecia...

También es posible dejarse llevar por El Labarinto de la Soledad -de Octavio Paz-

Por fin algo que no es sobre la JMJ. Buen post

No se cita a un laberinto que hay en Madrid y no me extraña, porque a pesar de encontrarse en un parque cada día más visitado -El Capricho- sigue siendo bastante desconocido y además el ayuntamiento mantiene el laberinto cerrado al público. Sin contar con que el parque sólo es visitable los domingos y festivos.

Muy sugerente el post.
Fenomenal referencia la de India.

Qué buen post de laberintos, yo estuve hace unos años en el de Barcelona y la verdad es que merece la pena, además de que el parque es muy bonito, el laberinto es muy divertido.
.
http://periodistayenparo.blogspot.com/

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Isidoro Merino

Isidoro Merino es el especialista de El Viajero para ofertas y temas prácticos. Ha nadado con leones marinos en las islas Galápagos y desayunado con Mickey Mouse en Disneyland París. Trotamundos, fotógrafo y periodista, colabora con el suplemento desde su lanzamiento en 1998.

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