Juan Arias

Un multimillonario brasileño atípico

Por: | 01 de marzo de 2014

Lemann
No siempre los multimillonarios son personas a las que les gusta exhibirse con celebraciones fabulosas de lujo y despilfarro, algo que solía ser frecuente aquí en Brasil, donde algunos habían suplantado, por ejemplo, el queso parmesano rayado por polvo de oro para espolvorearlo sobre la pasta.

O donde un empresario de São Paulo, hace unos años para celebrar su 50 cumpleaños convidó a su finca a ocho mil personas. Como muchos de los convidados iban a ir en avión o helicóptero privado improvisó hasta un aeropuerto. Conquistó así la publicidad gratuita de las revistas del corazón y hasta de las informativas.

No va a ser así para el empresario Jorge Paulo Lemann, hoy el más rico de Brasil, la 37 mayor fortuna del mundo, calculada en 23.000 millones de dólares que va a celebrar sus 75 años de una forma totalmente atípica.

Hijo de un emigrante suizo, había estudiado de joven en la escuela Americana de Río. Más tarde se especializó en economía en la Universidad de Harvard.

Lemann que se diferenció siempre por su vida más bien deportiva, lejano de los faustos, llegó a ser vicecampeón de tenis de Brasil en la Copa Davis de 1973 y fue un surfista empedernido.

Hoy controla grandes empresas entre ellas la gigante de cerveza AmBev, formada de la fusión entre la Brahma y la Antarctica. Posteriormente se fundió con la belga Interbrew formando la Inveb. Después de la compra de la Budweiser constituyó la AB Inbev, la mayor cervecera del mundo.

Existía una cierta curiosidad por conocer cómo celebraría el más rico de Brasil sus bodas de diamante. Las revistas del corazón estaban ya en alerta, pero han quedado frustradas. El empresario multimillonario, según anuncia hoy Lauro Jardim en su blog de la revista Veja, va a celebrar su fiesta en agosto con un seminario en la Universidad de Harvard para discutir con académicos y empresarios, ejecutivos y amigos durante el fin de semana el tema “Explorando el Cocimiento y el Futuro".

Haciendo gala de su fama de empresario espartano, los convidados deberán pagarse su viaje de avión y tendrán solo derecho a una habitación en un hotel de cuatro estrellas.

Entre las obras saciales creadas por Lemann, figura la Fundación Estudiar, que sufraga los estudios en las universidades de punta del mundo de los jóvenes brasileños que se destacan por su creatividad y alto coeficiente intelectual.

Como se decía antiguamente “de todo hay en la viña del Señor”. La diversidad es una de las características del Homo Sapiens y el multimillonario brasileño ha demostrado que no a todos los que se mueven en el Olimpo de la riqueza les gusta jugar a aparecer y exhibirse. Una rara avis que dirían los romanos.

 

¿Por qué a los jóvenes no le gustan los políticos?

Por: | 25 de febrero de 2014

Viñeta politica (2)
Aún nadie ha hecho un sondeo para saber lo que los jóvenes piensan de los políticos. Podría haber sorpresas porque en una gran mayoría, son apolíticos ya que no confían en los partidos. Los consideran anticuados, lo que no significa que aborrezcan de la democracia. Mal distinguen ya entre izquierdas y derechas. Son pragmáticos y pospolíticos. No hacen excesiva diferencia entre  progresistas y conservadores. Para ellos son todos iguales  o casi. Y sobretodo, no les tirenen  miedo.

Joseph M.Colomer, profesor de Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en su artículo de Opinión en este diario La larga agonía de los partidos políticos, se pregunta si son hoy indispensables para la democracia o podrían ser substituidos por otras instituciones formadas, por ejemplo, por expertos.

Quizás sea esa la sensación que advierten los jóvenes que se alejan cada vez más de los partidos tradicionales y que pueden parecer conservadores a los ojos de la vieja izquierda porque sus heroes son otros. Más que a Che Guevara, los jóvenes exaltan hoy, por ejemplo, a los ídolos del mundo de internet. Siguiendo las huellas de estos jóvenes creativos que empiezan de la nada, también ellos quieren triunfar, ganar dinero, poder viajar, sentirse libres de ataduras. Son anti y al mismo tiempo no saben bien con quién estar. Les es más claro lo que no quieren, lo que rechazan, que lo que buscan.

Si en el pasado el ideal del joven, por imposición de la sociedad, era poder heredar el puesto seguro del padre en un banco o en una empresa, hoy prefieren crear ellos su propio negocio, empezar de cero, guiados por su instinto y su creatividad.

Cada vez es más difícil “politizar” a los jóvenes porque para ellos la política clásica hace tiempo que ha dejado de interesarles. Se balancean entre la indiferencia y el rechazo al sistema,
A los jóvenes les gusta cambiar las cosas, son dinámicos, mientras que a la política la ven estática.

Viñeta sobre la politica
Quieren mudarlo todo, a veces con demasiada prisa, porque ellos mismos, a causa de la adolescencia
que hoy se prolonga hasta acaba cerca de los 26 años según los psicólogos, están también cambiando biológicamente.

Por eso les gusta la velocidad. Les encantan las motos, los coches de carrera, los aviones. Son los hijos del movimiento, de lo instantáneo. No acaso, los creadores de internet cambian continuamente de aplicativos. Se entusiasmaron con el Twitter, después con el Facebook, ahora con el WatsApp, mañana se cansarán e inventarán otro modo de comunicar. Ya lo están haciendo.

Ellos se conectan mejor con la antigua filosofía de los sabios griegos que decían “todo se mueve, nada está parado”. La inmovilidad no está en los genes del joven. Ellos aceptan cada vez menos a los líderes, a los capos, a los jefes. Son más bandos que partidos; más manada que ejércitos.

La política, en cualquiera de los regímenes, intenta conquistarse a los jóvenes olvidando que ellos son sordos a los halagos de los que les dan órdenes y consignas. Los jóvenes de hoy, los del planeta de internet, los que se nutren de la pantalla líquida y colocan sus mensajes en la nube, nos parecen llegados de otra galaxia. Están a caballo entre la modernidad en la que nacen y el DNA conservador recibido de los padres.Ambos  suelen vivir en planos diferentes.

Quizás siempre fue así, pero antes no aparecía tan evidente como hoy. Los jóvenes fueron siempre la vanguardia en los movimientos que abrían caminos nuevos, pero mientras en el pasado actuaban a las órdenes de las instituciones políticas, sindicales, religiosas o militares, hoy van por propio. Son líderes de sí mismos. Lo fueron ya en el mayo francés del 68 y lo son hoy en las nuevas primaveras revolucionarias.

Nos pueden hasta parecer nihilistas y exclamamos “! es que no saben lo que quieren!”. Lo saben y no lo saben, o mejor, lo saben a su modo, que ya no es el nuestro, el de los que creemos saberlo todo.Ellos tienen los ojos puestos en un futuro que quizás no sepan definir ni entender, pero saben que es eso lo que quieren aunque parezcan moverse dentro de la niebla.

Lo que quizás nunca hayamos entendido de los jóvenes, de los de hoy y de los de ayer, es que son siempre los más fuertes aún cuando nosotros intentemos castrar sus impulsos, porque es la edad en la que se creen inmortales.

Me lo decía ya hace tiempo mi amigo psiquiatra italiano, Carlo Brutti. Según él la fuerza del joven es que no piensa que puede morir. Quizás por ello pierdan la vida en accidentes más que los adultos, porque no se protegen, son arriesgados, no calculan el peligro, incluso les gusta, porque están convencidos que ellos, porque son jóvenes, son eternos.

De ahí la dificultad para los poderes constituidos de querer encuadrar o conquistar a los jóvenes con el miedo. No sirve porque no conocen ese virus. Son inmunes a las amenazas y a la violencia institucional. Se crecen con ella.

Los políticos que pretendan ganarse a los jóvenes con los instrumentos de la violencia contra ellos, acabarán decepcionados, porque ellos no conocen el miedo. Pueden hasta amedrentarlos por un momento, pero enseguida surgirán con nueva fuerza.

Lo estamos viendo en todas las revueltas que vive hoy el Planeta. Los jóvenes están siempre en primera fila. Son los primeros a morir y los primeros en renacer. En este mismo continente lo estamos observando, por ejemplo, en Venezuela donde son los jóvenes los que, fundamentalmente, están haciendo tambalearse un régimen que ya no les dice nada. Como ha escrito días atrás en este mismo diario Moisés Naim en su artículo, ¿Qué está hoy en juego en Venezuela?, si en dicho país amaneciera un nuevo día de bienestar y libertad para todos, América Latina “deberá agradecérselo a los jóvenes que no han tenido miedo de enfrentar a un gobierno que ha hecho lo imposible para que le tengan miedo”.

Es que a los jóvenes no se les detiene, ni menos se les conquista con el miedo. Y lo más complejo es que tampoco se les conquista con los halagos fáciles o engañosos. E ellos les gustan los líderes radicales, los que llevan la marca de la autenticidad, algo que los políticos y los adultos solemos olvidar con demasiada frecuencia.

(Publicado en la Edición de América)

Viñeta politica (3)

(Versión en portugués)

Ainda ninguém fez uma sondagem para saber o que os jovens pensam da política. Poderia ter surpresas porque em uma grande maioria, são apolíticos já que não confiam nos partidos. Consideram-nos antiquados, o que não significa que odeiem a democracia. Mal distinguem a esquerda da direita. São pragmáticos e pós-políticos. Não fazem excessiva diferença entre progressistas e conservadores. Para eles são todos iguais ou quase. E sobretudo, não têm medo deles.

Josep M. Colomer, professor do Conselho Superior de Investigações Científicas (CSIC), no artigo “A longa agonia dos partidos políticos”, na seção de Opinião neste diário, se pergunta se hoje eles são indispensáveis para a democracia ou poderiam ser substituídos por outras instituições formadas, por exemplo, por especialistas.

Talvez essa seja a impressão que chama a atenção dos jovens que se afastam cada vez mais dos partidos tradicionais e que podem parecer conservadores aos olhos da velha esquerda porque seus heróis são outros. Mais que a Che Guevara, os jovens exaltam hoje, por exemplo, os ídolos do mundo da Internet. Seguindo as pegadas desses jovens criativos que começam do nada, também eles querem triunfar, ganhar dinheiro, poder viajar, sentirem-se livres de amarras. São anti e ao mesmo tempo não sabem bem com quem ficar. É mais claro para eles o que não querem, o que rejeitam, do que o que procuram.

Se no passado o ideal do jovem, por imposição da sociedade, era poder herdar o posto seguro do pai em um banco ou uma empresa, hoje preferem criar eles mesmos o próprio negócio, começar do zero, guiados por seu instinto e criatividade.

É cada vez mais difícil “politizar” os jovens porque a política clássica há muito tempo deixou de interessá-los. Se oscilam entre a indiferença e a rejeição ao sistema, os jovens gostam de mudar as coisas, são dinâmicos, ao mesmo tempo em que veem a política como estática. Querem mudar tudo, às vezes com pressa excessiva porque eles mesmos, em razão da adolescência que hoje se prolonga até acabar por volta dos 26 anos, segundo os psicólogos, estão também mudando biologicamente.

Por isso gostam da velocidade. As motos, os carros de corrida, os aviões os encantam. São os filhos do movimento, do instantâneo. Não é por acaso que os criadores da Internet mudam continuamente de aplicativos. Entusiasmaram-se com o Twitter, depois, com o Facebook, agora com o WhatsApp, amanhã se cansarão e inventarão outro modo de se comunicarem. Já estão fazendo isso. Eles se conectam melhor com a antiga filosofia dos sábios gregos que diziam “tudo se move, nada está parado”. A imobilidade não está nos genes dos jovens. Eles aceitam cada vez menos os líderes, os chefões, os chefes. São mais bandos que partidos; mais manada que Exércitos.

A política, em qualquer dos regimes, tenta conquistar os jovens esquecendo que eles são surdos à bajulação dos que lhes dão ordens e slogans.

Os jovens de hoje, os do planeta da Internet, os que se nutrem da tela líquida e colocam suas mensagens na nuvem, nos parecem chegados de outra galáxia. Estão a cavalo entre a modernidade na qual nascem, e o DNA conservador recebido dos pais. Ambos sonham viver em planos diferentes.

Talvez sempre tenha sido assim, mas antes não parecia tão evidente como hoje. Os jovens sempre foram a vanguarda nos movimentos que abriam caminhos novos, mas enquanto no passado atuavam sob as ordens das instituições políticas, sindicais, religiosas ou militares, hoje vão por conta própria. São líderes de si mesmos. Já o foram no maio francês de 1968 e o são hoje nas novas primaveras revolucionárias. Podem até nos parecer niilistas, e exclamamos: “É que não sabem o que querem!”. Sabem e não sabem, ou melhor, sabem à sua maneira, que já não é a nossa, a dos que acreditam saber tudo. Eles têm os olhos colocados em um futuro que talvez não saibam definir nem entender, mas sabem que é esse o que querem, embora pareçam movem-se dentro do nevoeiro.

O que talvez nunca tenhamos entendido nos jovens, nos de hoje e nos de ontem, é que são sempre os mais fortes, mesmo quando nós tentamos castrar seus impulsos, porque é a idade em que se acreditam imortais.

Isso me dizia já há algum tempo meu amigo psiquiatra italiano, Carlo Brutti. Segundo ele, a força do jovem é que não pensa que pode morrer. Talvez por isso percam mais a vida em acidentes do que os adultos, porque não se protegem, se arriscam, não calculam o perigo, até mesmo gostam dele porque estão convencidos de que, por serem jovens, são eternos.

Daí a dificuldade para os poderes constituídos de querer enquadrar ou conquistar os jovens com o medo. Não adianta, porque não conhecem esse vírus. São imunes às ameaças e à violência institucional. Crescem com ela.

Os políticos que pretendam conquistar os jovens com os instrumentos da violência contra eles acabarão decepcionados porque eles não conhecem o medo. Podem até ser amedrontados por um momento, mas depois surgirão com nova força.

É o que estamos vendo em todas as revoltas que vive hoje o planeta. Os jovens estão sempre na primeira fila. São os primeiros a morrer e os primeiros a renascer.

Neste mesmo continente estamos observando isso, por exemplo, na Venezuela, onde são os jovens os que, fundamentalmente, estão fazendo cambalear um regime que já não lhes diz nada. Como escreveu dias atrás neste mesmo diário Moisés Naim no artigo “O que está em jogo hoje na Venezuela?”, se em tal país amanhecer um novo dia de bem-estar e liberdade para todos, a América Latina “deverá agradecer aos jovens que não tiveram medo de enfrentar um governo que fez o impossível para que tivessem medo”.

É que os jovens não são impedidos e menos ainda conquistados com o medo. E o mais complexo é que nem mesmo são conquistados com os agrados fáceis ou enganadores. E eles gostam dos líderes radicais, os que têm a marca da autenticidade, algo que os políticos e os adultos costumamos esquecer com muita frequência

Brasil avanza en el respeto a los animales

Por: | 19 de febrero de 2014

Film Blackfish
Brasil es un país fuertemente contradictorio
, quizás por ser un continente. El Estado de São Paulo, por ejemplo equivale a toda España. Es un país atravesado por culturas muy diferentes con profundas raíces ibéricas, africanas e indígenas.

Una de sus mayores contradicciones o paradojas es la toma de conciencia de los derechos debidos a los animales, al mismo tiempo que presenta uno de los mayores índices de asesinatos humanos del planeta. Por ejemplo, 30 veces más que Alemania y 15 más que los Estados Unidos por cada cien mil habitantes.

En los últimos tres años, Brasil ha tenido más asesinatos (150.000) que en la guerra de Siria (100.000). La violencia contra los seres humanos crece cada día quizás en la misma proporción en que se multiplican las iniciativas a favor de los animales. Es un país donde quizás esté castigada la violencia contra los animales con mayor severidad que la de los humanos.

Una de las últimas iniciativas a favor de la defensa de los animales es la prohibición en circos y parques recreativos del uso de “personas no humanas”, que es como en India  se llama por ejemplo a las orcas y delfines.

Matanza de delfines
El Estado de Río ha sido, por ejemplo, uno de los primeros en abolir lo que ha sido llamada la “esclavitud animal”
, es decir el uso de animales a los que se les enseña a hacer piruetas para divertir a los humanos a costa de no se sabe cuantos sacrificios y torturas.

Se empieza a tener conciencia en Brasil y en el mundo que, sin que nos diésemos cuenta, obligábamos a ciertos animales a salir de sus ambiente natural libre, para esclavizarlos en nuestros circos.

Uno de los más recientes movimientos de las asociaciones a favor de los animales es la prohibición en los acuarios de orcas y delfines amaestrados, costreñidos a vivir en esclavitud, arrancados de la inmensidad de su ambiente natural en el mar, para encerrarlos en pocos metros cuadrados.

La fama de asesinas de las orcas marinas se está disolviendo para ser consideradas más bien como sociales, comunicativas y con fuertes lazos familiares. Somos quizás nosotros los que les inculcamos  sentimientos de violencia con nuestras agresiones al obligarlas a vivir en esclavitud.

No será una batalla fácil porque se trata de una actividad lúdica la usada con orcas y delfines en los parques acuáticos del mundo que rinde miles de millones de dólares.

Sin embargo, todas las grandes batallas del mundo a favor de mayores espacios de civilización han sido conquistados centímetro a centímetro.

Y este blog se felicita y alegra cada vez que aquí en Brasil o en cualquier rincón del mundo, se conquista un centímetro más de libertad y respeto por nuestros hermanos, las “personas no humanas” como muy bien las definen en India.

Ya se que no basta para ser un buen humano respetar y amar a los animales, pero desconfío al mismo tiempo de que pueda serlo quién no tiene escrúpulos en maltratar por gusto sádico o para enriquecerse, a esos seres indefensos sin los cuales el Planeta y nosotros seríamos mucho más tristes y solitarios.

Filme Blackfish (2)

“No tengáis miedo de invertir en Brasil”, dice Lula

Por: | 13 de febrero de 2014

Lula en Valor
Desde Nueva York, ante una platea de inversores americanos y empresarios brasileños de primera plana, el expresidente Lula da Silva lanzó una llamada a seguir invirtiendo en Brasil.

Lula es uno de los políticos más agudos y pragmáticos de este país, incapaz de desaliento y que sabe mirar las cosas con ojos positivos aún en medio de las tormentas.

Es cierto que Brasil ha pasado de aparecer ante el mundo como el nuevo paraíso para los inversores y empresarios extranjeros, al infierno astral que, de repente, como acaba de hacer el Banco Central Americano (Fed) coloca a Brasil como el segundo país de los emergentes más vulnerable a choques externos, lo que podría llevar a la desconfianza a los inversores hasta ayer entusiasmados con colocar su dinero en este país.

Es verdad que en 2013 Brasil registró una caída histórica en sus cuentas corrientes externas de 81.000 millones de dólares, equivalente a un 3,66% del Producto Interno Bruto (PIB), el peor resultado desde 2001, antes de que Lula llegara a la Presidencia de la República.

Sin embargo, si es cierto que Brasil está pasando por una crisis en la que se conjugan negativamente, alta de inflación, pequeña productividad e intereses que podrían acabar este año en un 11%, también lo es que se trata de un país con una democracia consolidada, con los tres poderes del Estado actuando en plena libertad y con un potencial económico envidiable. Y sobretodo, si pensamos en Europa, con pleno empleo. Y con grandes reservas para poder hacer frente a la deuda externa.

Y con una población que en un 70% afirma que el futuro será aún mejor. Y es esa sensación de los brasileños que, a pesar de exigir mejores servicios públicos, se siente satisfecho de lo que ya ha conseguido, lo que Lula sabe registrar en sus sensibles antenas de político avezado para seguir infundiendo optimismo contra los pesimistas de turno.

Lula habló a una platea formada por  miembros de la Americas Society y del Council ef the Americas, donde figuran bancos de Estados Unidos y del mundo como, JPMorgan, Bank of America, Citi y Santander además de grandes empresas como Microsoft, GM y Boing entre otras.

A pesar de que la charla de Lula no fue hecha pública, algunos de los presentes revelaron, según ha informado el diario Folha de São Paulo, que el expresidente brasileño les confió que consideraba “exageradas” las previsiones pesimistas de los economistas sobre la actual vulnerabilidad brasileña y destacó todo lo que el país creció en estos últimos doce años de gobiernos presididos por el Partido de los Trabajadores (PT) por él fundado hace ahora 34 años.

Se pudo saber también que Lula presentó a los presentes una visión “positiva” y “confiante” acerca de la economía brasileña animándoles a seguir invirtiendo “sin miedos” en este país llamado a tener cada día mayor protagonismo en el continente latinoamericano y más allá.

Si es cierto que América Latina está llamada a contar más en el mundo globalizado de hoy por sus grandes recursos naturales, entre ellos alimentos y agua potable, no cabe duda que Brasil seguirá teniendo en él un papel cada vez más importante, les habría hecho saber Lula.

Uno de los presentes, confió que Lula había sido “convincente” en sus afirmaciones y que seguirán invirtiendo en el país como hasta ahora.

Lula sigue siendo, alrededor del mundo, su mejor y más convincente embajador.

   

¿En quiénes pueden hoy confiar nuestros jóvenes?

Por: | 09 de febrero de 2014

Jóvenes trabajando con comunidades pobes en Brasil
¿Es hoy políticamente correcto hablar a los jóvenes de la fuerza del ejemplo, o se trata de algo trasnochado? ¿Será cierto que a los jóvenes –protagonistas principales de las protestas callejeras- lo que les estimula y arrastra son ciertos personajes sin escrúpulos, capaces de atropellar todo lo que encuentran a su paso con tal de triunfar y enriquecerse? ¿Será verdad la broma amarga del gran novelista, João Ubaldo Ribero, cuando afirma que el sueño de los brasileños es “poder tener un corrupto en la familia"?.

¿Nos estaremos convirtiendo en una nueva y moderna Sodoma y Gomorra de la corrupción?

Rosiska Darcy, en el diario O Globo, acaba de calificar la corrupción de “lepra que corroe la credibilidad de las instituciones”, lo que lleva, según ella “a expropiar a la población del capital simbólico que es la confianza en nuestros líderes políticos”.

Si eso es cierto, ¿en quiénes podrán confiar hoy nuestros jóvenes? ¿a quiénes podrán mirar a los ojos sin avergonzarse?

Voy a contarles una historia vivida en mi infancia que podría hoy resultar emblemática: mi padre, maestro rural de primaria en una aldea del norte de España, era de los pocos que en el pueblo sabía “leer un papel”, como decían los campesinos pobres. Y también el único capaz de redactar un oficio. Aquellos buenos trabajadores rurales, cuando se veían en un apuro, llamaban a su puerta y quitándose con respeto la gorra antes de entrar, le pedían : “Por favor, Don Guillermo, vea usted lo que dice este papel que me ha llegado por correo”. Y el papel les temblaba en sus manos encallecidas por el trabajo duro del campo.

Los campesinos, y más aún los analfabetos, han tenido siempre miedo de lo que “se escribe”, porque dicen: “Lo que se escribe se lee”. Por eso, temían cada vez que recibían algún aviso por escrito. Mi padre no sólo les leía el papel, sino que les ayudaba a responder y a resolver el asunto, ya que casi siempre se trataba de algún problema con algún poder municipal.

Como en todo el mundo, la gente sencilla suele ser agradecida. Y aquellos campesinos lo eran con mi padre. Ellos no tenían dinero, pero de lo que tenían colocaban algo en una cesta de mimbre y se lo llevaban envuelto en gratitud: un conejo, unos kilos de uvas, o un puñado de castañas. Mi madre, aunque más creyente y religiosa que mi padre, solía aceptar los regalos a escondidas de él. Eran tiempos de guerra civil. Ellos ganaban muy poco y no había casi nada ni queriéndolo comprar. Y nosotros, los tres hermanos pequeños, nos íbamos muchas noches a dormir con hambre. Mi madre recogía hierbas de la calle para hacer algo parecido a una sopa.

Mi padre le decía, sin embargo a mi madre: “Josefa, no aceptes esos regalos”, y explicaba: “Ellos tienen solo esos frutos de su trabajo y nosotros tenemos la cultura, somos más ricos que ellos”.

No se trataba de ningún tipo de corrupción. Aquellos regalos eran un agradecimiento por la ayuda que les brindaba gratuitamente mi padre que, sin embargo, no se conformaba y le repetía a mi madre: “No aceptes esos regalos”.

Pasaron los años. Una familia que nunca quiso que la conociera me pagó los estudios del bachillerato. Ya mayor, trabajando como periodista, fui contratado por el asesor de una gran empresa automovilística para dar una conferencia a todos los directores generales incluido su presidente. El nombre de la empresa estaba aquellos días en los diarios bajo sospechas de corrupción.

El asesor me hizo saber, con una sonrisa cómplice, que en vez de pagarme la conferencia me iban a hacer un “buen regalo”. Y movía significativamente entre sus manos las llaves nuevas de un coche. Entendí enseguida de qué se trataba. Le dije que prefería ser pagado por la conferencia y con factura, que no quería regalos. Me miró extrañado y no insistió.

Me pregunto hoy si no habría sucumbido a la tentación de aquel peligroso regalo envenenado de no haber recordado en aquel momento aquel mantra de mi padre a mi madre: “No aceptes esos regalos”. Era como si el alma de mi padre presente me susurrase: “Hijo, no te corrompas”. Me hubiese gustado aquella mañana contarle con orgullo aquella historia, pero mi padre había fallecido con 41 años porque los antibióticos eran entonces solo para los ricos y nosotros éramos solo ricos de cultura, pero pobres de dinero.

¿La ética ha pasado de moda en nuestra sociedad? ¿Nos atrevemos aún a hablar a nuestros hijos jóvenes de honradez, de animarles a decir no a la tentación de la corrupción? ¿Será verdad que a los jóvenes de hoy no les importa ver que sus padres se venden a la primera de cambio para prosperar en la vida bajo la excusa de que “todos lo hacen”? ¿Será que ya no les importa poder tener la alegría y el orgullo de decirles un día a sus hijos: “Mi padre nos enseñó a vivir con la honradez de nuestro trabajo?”

La corrupción ya no solo es un pecado individual, es una multinacional globalizada. En España mancha a la Casa Real; en Roma prelados ilustres del Vaticano acaban en la cárcel o los tiene que expulsar el papa Francisco. Hoy existe hasta un PIB mundial de la corrupción. Los expertos dicen que con esa cifra astronómica se podría acabar con el hambre en la Tierra.

Existe a veces la sensación, me decía una escritora brasileña, de que estamos en una especie de Sodoma y Gomorra de la corrupción. Aunque siempre se relacionó aquella metáfora del castigo bíblico con los pecados del sexo, una tradición rabínica explica en la Mishnah que los pecados eran de “apego a las ganancias”, de excesiva codicia, lo que les habría llevado a abandonar a los más necesitados. Se trataría de un pecado de corrupción y avaricia.

El patriarca Abraham, a los dos ángeles que le anunciaron la destrucción de Sodoma y Gomorra, les pidió que solicitaran a Dios que, usase su misericordia y les perdonase. Dios le puso una condición: tendría que encontrar en Sodoma y Gomorra por lo menos a “diez hombres justos”. No los había y la justicia de Dios cayó sobre las ciudades corruptas.

Los jóvenes de hoy, viendo multiplicarse los casos de corrupción en todos los estamentos de la sociedad, podrían preguntarse si es posible encontrar un puñado de hombres públicos justos, éticos, para quienes la honradez aparezca aún como un valor digno de ser apreciado. Podrían preguntarse si habrá aún “diez justos”, “diez no corruptos”, entre los que deberían ser el espejo en qué mirarse: en la política, en la justicia, en las empresas, en las fuerzas del orden, en los gobiernos, en las Iglesias y hasta en el deporte.

Sin embargo, por más banalizada que aparezca la corrupción de costumbres; por más que se trate de verla como una tentación en la que acaban resbalando hasta los mejores, sigo creyendo que los jóvenes aún no han perdido la ilusión de poder abrirse camino con sus propios esfuerzos sin prostituirse como los mayores.

No por casualidad son ellos principalmente los primeros en salir a la calle para exigir a los que nos gobiernan más ética, menos corrupción, menos privilegios descarados, más libertad de expresión. Hasta fisiológicamente, el joven está en la edad de apreciar mejor ciertos valores que nos pesan a los mayores. Son ellos, cuando llega el momento, los más volcados en ayudar en las catástrofes y tragedias, los más capaces hasta de exponer su vida para alguna causa noble. Ellos conservan aún la fuerza de la ilusión. No es cierto que son todos pasotas. La mayoría son limpios y cargados de ilusión.

A nosotros nos dan miedo los jóvenes no por pasotas, sino por sus rebeldías. Y cuando protestan nos gustaría que lo hicieran como a nosotros nos place. Hasta les están buscando, aquí en Brasil, lugares especiales para que puedan desahogarse protestando, lejos de los estadios de la Copa, sin que podamos escuchar sus gritos. Más aún, hasta el mítico Pelé ha pedido a los jóvenes que se manifiesten “despues de la Copa” para “no aguar la fiesta”. ¡Increíble ingenuidad!

Los jóvenes, nos guste o no, son inconformistas, sensibles a ciertas aberraciones del poder y una de sus formas de protesta es a veces aguar nuestros festines. Criticamos que son violentos a veces, pero nos olvidamos que esa violencia ellos (sobre todo los más excluidos) la han aprendido y la sufren cada día de las instituciones, en ocasiones dentro de la misma familia, pero especialmente en la vida pública.

Si hoy algún nuevo Abraham pidiera a los dioses que perdonara a esta sociedad consumista y enferma de corrupción que sigue relegando a los desamparados en sus oscuras guaridas, a condición de que existan aún diez justos ¿los encontraríamos?

Los que tienen el poder deberían temer más que a los jóvenes rebeldes a la ira de los dioses irritados por habernos olvidado de aquellos valores sin los cuales la convivencia entre los humanos acabará siendo cada día más frágil e insufrible.

Los filósofos romanos decían que no hay nada peor que "la corrupción de los mejores”. Y lo mejor de la humanidad, ayer y hoy, son nuestros hijos jóvenes, porque llevan aún viva en sus cromosomas la esencia de la esperanza. Si les sellamos la boca a la fuerza para que no griten su rabia, si les empujamos con nuestro ejemplo a perder los valores que siempre salvaron a los humanos para pasar a formar parte del gran festín moderno de la corrupción, si los preparamos para que al llegar a adultos se conviertan en cínicos e incrédulos, es posible que la metáfora del fantasma bíblico de Sodoma y Gomorra pueda resucitar.

Los jóvenes se están quedando huérfanos de figuras simbólicas. Mandela ya se ha ido. Hoy les gusta quizás la sencillez y el coraje del papa Francisco, que aquí en Brasil, les dijo sin tapujos: “No me gustan los jóvenes que no salen a la calle a protestar”.

¿Un Papa subversivo o uno de esos diez justos que los jóvenes están necesitando para poder seguir soñando?

Y sin los sueños ilusionados y utópicos de los jóvenes, nosotros, los mayores, nos moriríamos de tedio y de tristeza. Ellos llevan aún en sus venas la fuerza y la alegría de todo lo que está naciendo. No les frustremos, dejémosles madurar en libertad. Los jóvenes nos perpetuarán con nuestras luces o nuestras sombras. Ellos son lo que nosotros soñamos también un día antes de que alguien asesinara nuestra esperanza.

(Publicado en portugués en la Edición Brasil de EL PAÍS)

El papa en favela de brasil

Extraño film sobre una derrota brasileña

Por: | 06 de febrero de 2014

Maracanazo (3)
Normalmente son las victorias las que acaban convirtiéndose en film. Y los victoriosos, no los derrotados, suelen ser los protagonistas de las películas.

En Brasil, sin embargo, será rodado un extraño film sobre la derrota del llamado Maracanazo, cuando en 1950, en el primer Mundial de Futbol celebrado en este país, la canarina perdió la finalísima contra Uruguay en el mítico estadio Maracaná de Río de Janeiro.

Fue la mayor derrota nunca sufrida por el futbol brasileño que acabó provocando muertes de dolor.

El anuncio del rodaje de la película que contará la historia del portero Barbosa, transformado en el villano culpado por la derrota, la da hoy Lauro Jardim en su famoso blog de la revista Veja.

No deja de parecer extraño que a pocos meses del segundo Mundial de Futbol celebrado de nuevo en Brasil, 64 años después de aquella aciaga derrota, se haya pensado en hacer un film sobre aquella tragedia nacional y no, por ejemplo, sobre la esperanza de que Brasil, pueda en esta Copa ganar por sexta vez el campeonato mundial.

¿Masoquismo? Quizás, aunque bien pensado, mejor ese recuerdo amargo, en vísperas del nuevo Mundial, que no el repiqueteo a gloria de campanas triunfales para anunciar, antes de tiempo, que esta vez ni Uruguay ni nadie le arrancará la Copa a Brasil.

¿No es cierto que tantas veces el ser humano aprende más de las derrotas, que lo llevan a reflexionar y cambiar, que de las victorias que pueden acabar emborrachándole?

Rodar ese film que recuerda a los aficionados brasileños que a veces se gana y otras se pierde, es además la mejor  forma de esconjurar esta vez una segunda derrota.

Maracanazo (2)
La Copa que Brasil celebrará en junio próximo no será un acontecimiento que rodará sobre flores. El país está viviendo, desde junio pasado, un movimiento de protesta generalizada en el que los brasileños exigen del poder de turno mejores condiciones de vida, mejores servicios públicos, más ética en la política y menos diferencias sociales sangrantes.

No son pocos, sobretodo los jóvenes que no han visto con buenos ojos lo que ellos consideran un despilfarro inútil para la realización del Mundial, con presupuestos millonarios para levantar estadios lujosos que podrán después resultar como catedrales fantasmas inutilizables, mientras poco o nada se ha hecho para mejorar, por ejemplo,la viabilidad urbana en las ciudades donde se celebrarán los partidos.

Existe el movimiento llamado “No habrá Copa” y se anuncian ya protestas callejeras  contra ella, justo en el país con mayor pasión por el futbol.

Brasil se presenta a la contienda con una selección nueva que es aún una incógnita. Podría dar una sorpresa y vengarse con un nuevo triunfo de aquella derrota de hace 64 años en el Maracaná, estadio que rehecho totalmente, será de nuevo el escenario de la finalísima ¿Con Brasil? ¿Con Brasil esta vez no dejándose robar el Mundial? Es lo que sueñan los aficionados.

Mientras tanto, aunque pueda parecer extraño, la idea de rodar ahora un film sobre aquella derrota que todos querrían olvidar, podría ser el mejor antídoto de humildad para asegurarse esta vez una victoria que les redima de aquella triste, tristísima derrota.

Maracanã nuevoEl nuevo Maracaná donde se celbrará la finalísima del mundial el próximo junio.

En Brasil ningún partido quiere ser conservador

Por: | 03 de febrero de 2014

Siglas partidarias
Brasil es quizás la única democracia del Planeta en la que ni uno de los más de 30 partidos oficiales quiere presentarse no ya de derechas, sino ni siquiera liberal o conservador, adjetivos que no aparecen en ninguno de los nombres de dichos partidos. Hasta los verdaderamente conservadores ocultan esa condición en sus siglas, por ejemplo el derechista, PP, se llama Partido Progresista. Y el único Liberal se llama Social Liberal.

En Brasil habrá elecciones presidenciales este año y por ahora no se perfila ningún candidato conservador. Los tres que, con toda probabilidad, serán candidatos pertenecen al grupo progresita: Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT); Aecio Neves, del socialdemócrata, PSDB, y Eduardo Campos del Partido Socialista de Brasil (PSB). Y si acaso podrá haber algún candidato testimonial de pequeños partidos de extrema izquierda, ninguno de derechas.

A ello se añade una nueva anomalía: la izquierda es la que más votos capitaliza, pero sin embargo, a la hora de gobernar se hace desde el centro o centro izquierda, nunca desde la izquierda.

En lo que se refiere al electorado, la otra anomalía es que dos tercios de los ciudadanos defienden valores que se acercan más al centro o incluso a la derecha que a la izquierda, pero acaba votando a los partidos de izquierda ya que ningún partido conservador se presenta como alternativa creible.

Examinada la piramide de la renta de los ciudadanos, Brasil aparece más bien como un país pobre. En efecto, sólo un 1% de la población gana hasta 13,560 reales (unos 4.500 eiros); el 4% hasta 6.780 (2.300 euros); el 9%, hasta 3.390 ( 1.100 euros) y el 46 hasta 1.356 ( 430 euros) El resto gana aún menos.

Los partidos progresistas y de izquierdas ofrecen programas de ayuda social a los más pobres que son la mayoría, millones de ellos salidos de la miseria en estos últimos 20 años, y la sensación de los electores menos culturalizados es que los partidos conservadores o liberales les quitarían o recortarían dichos beneficios.

A ello hay que añadir que en Brasil la derecha o los partidos simplemente conservadores o liberales son identificados con los que apoyaron a la dictadura o a los partidos que en el pasado se opusieron a la abolición de la esclavitud o gobernaban sólo para un puñado de privilegiados.

Sin embargo, las etiquetas de progresistas y conservadores a veces se confunden en las encuestas. Se considera, por ejemplo, conservadores a los católicos, los cuales a su vez están, por ejemplo, en su mayoría contra la pena de muerte, algo que siempre aceptaron las izquierdas comunistas.

Todas las grandes democracias del mundo cuentan con un partido progresista y uno conservador, como en los Estados Unidos, Alemania o España. En Brasil, todos quieren aparecer como lejanos a todo lo que huela a liberal o conservador tanto en el campo económico como en de las libertades individuales.

¿Es un bien o un mal? Es una realidad, que a veces puede tener ribetes de ambigüedad, ya que los partidos de izquierda que ganan las elecciones acaban gobernando con partidos que, aún no idetificándose como liberales, lo son en realidad ya que están a favor de una economía neoliberal en la que los bancos y las finanzas son los grandes protagonistas.

En verdad, en Brasil, el Partido de los Trabajadores (PT) aún siendo de izquierdas gobierna como un partido de centro izquierda y por sus alianzas con partidos conservadores y de centro derecha a quienes tiene que entregarles ministerios de primera importancia, nunca podrá gobernar desde la izquierda.

De ahí, por ejemplo la difocultad del PT para apoyar la ley a favor de la liberación del aborto, de la eutanasia o la ley contra la homofobia.

Al mismo tiempo, el país se ve en la dificultad de tener una verdadera alternacia democrática, ya que ninguna fuerza política se atreve a presentarse a sus electores con un programa alternativo al de los gobiernos llamados de centro izquierda, que reivindicase valores liberales como ocurre en las otras democracias consolidadas.

A ello hay que añadir que la figura del expresidente Lula da Silva ha conseguido unificar en su personaje político a todas las tendencias dejando poco o nulo espacio para cualquier tipo de alternativa. Él es un exsindicalista que creó un partido de izquierdas que acabó llevándolo hacia una socialdemocracia y  él ya gobernó con liberales y derechistas. Preguntado cómo se definía políticamente respondió una vez: “No soy ni de izquierdas ni de derechas, soy un sindicalista”. Hay hasta partidos como el  Partido Socialista Democrático (PSD) recientemente creado que según su fundador, Gilberto Kassab,  no es "ni de derechas, ni de izquierdas, ni de centro". O sea.

Por eso, votar en Lula, en su partido, en los herederos de su gobierno es como votar a la vez en los valores de la izquierda moderada como en los del neoliberalismo, llegando así a anular cualquier posibilidad de enfrentamiento ideológico, ya que quien vota en él o en los suyos, de alguna forma vota en todos a la vez.
Esa es la anomalía hoy de Brasil, un interesante tema para varias tesis doctorales.
Viñeta de paertidos

Poco entusiasmo en Brasil con el Mundial de Fútbol

Por: | 30 de enero de 2014

Manifestaciones contra la Copa en São Paulo
Entre incrédulo y atónito, el mundo se pregunta por qué Brasil, la meca del fútbol, un país cuyos ciudadanos llevan en el ADN la pasión por el balón que ha contagiado al planeta, se muestra contra la celebración de la Copa, un acontecimiento que tantos hubieran ansiado. Y la respuesta quizá entrañe una sorpresa inesperada.

Las imágenes de la primera manifestación callejera contra la Copa, ocurrida el sábado en São Paulo, ciudad donde arrancaron también las primeras protestas masivas en junio pasado -cuando se dijo que el gigante Brasil "se había despertado" - han recorrido las primeras páginas internacionales tanto por la violencia de los manifestantes como por la de la policía que disparó a un joven de 22 años, algo impensable en un régimen democrático porque evoca los fantasmas de la dictadura.

Existe un suspense general sobre lo que ocurrirá dentro de cinco meses. Quizá no pase nada o quizá sí. El lema de los manifestantes, Não vai ter Copa (No va a haber Mundial), ha movilizado hasta a la presidenta de la República, Dilma Rousseff, que se ha tomado en serio la amenaza y ha colocado enseguida en las redes sociales su hastag: VaiterCopa (Va a haber Copa).

La perplejidad dentro y fuera del país frente a este rechazo de la celebración de la Copa y la consecuente pregunta: "¿Cómo es esto posible en Brasil?" es de difícil respuesta. Me atrevería a decir que el resultado final podría sorprender positivamente al mundo. Y eso, independientemente de que haya o no Copa (que la habrá) y no tendrá que ver con que Brasil gane por sexta vez (ojalá) el precioso trofeo o repita la dolorosa hazaña del último Mundial celebrado aquí en 1950 en aquel aciago partido contra Uruguay en el mítico Maracanã de Río.

No importa en este punto si habrá o no nuevas y violentas manifestaciones como las que se registraron durante la Copa de las Confederaciones, cuando en los alrededores del nuevo y millonario estadio de Brasilia había más gente protestando fuera que dentro viendo el partido.

Las fichas del juego ya están echadas. Brasil ha sido capaz de crear un estado de conciencia crítica, más allá de las motivaciones concretas que han podido despertar las protestas que son, en muchos casos reales, como el despilfarro de dinero público, el descuido en la creación de infraestructuras o el temor de que Brasil pueda "hacer el ridículo" ante los extranjeros que podrían encontrarse un país con unos servicios ineficaces. Hasta la FIFA, en efecto, llegó a poner en tela de juicio la capacidad brasileña para organizar tal acontecimiento ante el retraso de los preparativos.

El fútbol, y el deporte en general, han sido siempre usados y abusados por el poder en las dictaduras y en las democracias como opio del pueblo o como "hipnotismo" que decía el gran Sócrates. En las dictaduras de forma descarada y zafia, como cuando durante el franquismo, el feroz dictador Franco asistió al partido España-Rusia para recibir de pie el grito del estadio: "!Franco, Franco, Franco!" como si hubiera sido el generalísimo y no el jugador del Zaragoza, Marcelino, el que marcó un gol contra la Rusia "comunista". El agudo periodista e historiador, Elio Gaspari, acaba de recordar que durante la Copa de 1970, "cuando la dictadura afianzaba su popularidad con los éxitos de la selección", hubo días en que los militantes de Alianza Libertadora Nacional (de izquierda) celebraban los goles "con los tiros de Winchester".

Que Rousseff, responsable de presidir un Gobierno en una democracia consolidada, se preocupe por la imagen negativa que posibles protestas contra la Copa pueda ofrecer al exterior, es justo y normal. Y ha acuñado el eslógan de que Brasil va a realizar la "Copa de las Copas", superando a todas las celebradas hasta ahora.

Se me ocurre, a la luz de todo lo que está ocurriendo, con las protestas contra el Mundial, que la presidenta ha podido ser profeta sin quererlo. Es posible que esa sorpresa, que dije podría dar este país al mundo con la Copa, se refiera al hecho de que este Mundial sea quizás el último. Y podría ser Brasil, que conserva intacta en sus entrañas, a pesar de todo, la pasión del fútbol, el que obligue a una FIFA desprestigiada, involucrada en sospechas de escándalos de corrupción, movida por el peor de los capitalismos, a mudar de piel.

Brasil podría estar enviando un mensaje al mundo para ponerlo en guardia sobre la degeneración de ese evento mundial que se ha convertido en objeto de sospechas y amenaza al verdadero fútbol, un deporte que está conquistando hasta a Estados Unidos.

Es como si Brasil estuviera diciendo que tal y como van las cosas en este campo, no le interesa la Copa, ni jugarla ni ganarla. Que la pasión por el deporte se está cambiando por una operación capitalista cuya máxima expresión son los enjuagues de la FIFA que está matando al verdadero fútbol.

Existe, sobre todo entre los jóvenes, y más entre los que llegan hasta el centro rico de las ciudades desde los guetos excluidos del festín - de donde proviene buena parte de los astros mundiales del balón - la convicción, quizá ni siquiera explícita, de que el fútbol, esa pasión colectiva, debe volver a los orígenes, aquellos en los que los jugadores daban el alma y el corazón en el campo, no tanto por dinero cuanto por el placer de vencer y de hacer vibrar a la afición.

Esos jóvenes intuyen que el mundo del fútbol se ha convertido en el gran mercado de las vacas, donde los jugadores son objetos de disputa entre las grandes financieras y a cuyas espaldas hasta los funcionarios de los clubes se enriquecen ilícitamente, como parece ocurrir con el triste y emblemático caso de la "venta" de Neymar que ha obligado a dimitir al presidente del Barcelona.

Como me ha recordado el mallorquín afianzado en Brasil, Saturnino Pesquero, que enseñó en la Universidad Federal de Goiás y es uno de los grandes expertos en Leonardo da Vinci, si es cierto que el hombre creó el lenguaje, no es menos cierto que el lenguaje acaba marcando al hombre. Basta leer un artículo sobre la economía del fútbol para que aparezcan, refiriéndose a los jugadores, palabras emblemáticas como comprar, vender, revender, inversores, dueños de los jugadores cuyos derechos acaban siendo "propiedad de terceros". Una verdadera feria de estrellas cuyo valor humano, artístico y hasta cultural se ha cambiado por un frío guarismo de millones de dólares.

Se ha dicho, con razón, que el fútbol y, en general, las grandes manifestaciones deportivas se han convertido en un sustituto de la guerra. Se enfrentan España y Francia o Brasil y Argentina, no con la fuerza de los cañones y los ejércitos, sino en los estadios, donde se intercambian las antiguas banderas de conquista, ahora como trofeos de paz.

Hoy, la violencia en los estadios entre adversarios acaba con frecuencia, también aquí en Brasil, en vandalismo y violencia con muertos y heridos. Vuelve la guerra a las gradas. ¿No tendrá que ver esa triste metamorfosis con la degeneración general de un deporte que ha acabado aprisionado en manos del gran capital especulativo mundial tras habérselo robado a los verdaderos aficionados?

Es posible que Brasil que, en estos últimos 20 años, ha dado muestras de un elogiable progreso no sólo económico, sino también democrático, salga crecido, más maduro hasta en sus valores de libertad y humanidad justamente con su rechazo a la Copa. Hizo bien, por ejemplo, la presidenta Dilma al despreciar el caviar y champagne que le ofrecía la FIFA en el palco de honor desde el que presenciaba un partido de la Copa de las Confederaciones. "!Pero qué es esto en un estadio de futbol!" y pidió una cerveza, como los simples aficionados.

Brasil, más maduro hoy que durante el último Mundial celebrado en su suelo, se hace la misma pregunta, que es casi natural entre los jóvenes: "¿Pero qué es esto?". Como si dijeran: "No queremos una Copa así. Queremos que nos devuelvan el futbol"

Brasil ha desnudado a la Copa ante el mundo. El rey se ha quedado desnudo y es muy probable que un día las crónicas recuerden que fueron los magos del balón los que tuvieron la osadía de decir NO a su prostitución.

Quizá el mundo, ahora perplejo ante esa postura brasileña inesperada, acabe mañana aplaudiendo a este país del fútbol para concederle otro galardón más precioso: el de haber arrancado al gran deporte de las garras de los verdugos que lo estaban sacrificando en el altar del nuevo becerro de oro.

Algo que no deberían olvidar los políticos ni del Gobierno ni de la oposición porque está en juego algo mucho más importante que las próximas elecciones. Las protestas contra la Copa habían empezado ya en 2009. Que no caigan en la tentación de jugar a reprimir las manifestaciones con métodos de antiguas dictaduras; que no minimicen una protesta que ya ha alcanzado interés y expectativa internacional, y menos aún que no pretendan usar una protesta llamada quizás a ennoblecer a este país en pro de sus pequeños intereses electorales.

La apuesta es mucho mayor y más importante. Para todos. Equivocarse podría llevar a la sorpresa de que salga el tiro por la culata. Está en juego una apuesta arriesgada, creativa, valiente, sobre todo de los jóvenes excluidos de los suburbios de las grandes urbes que hoy estudian y que han sido siempre, curiosamente, los que más pasión han manifestado por la magia y el misterio del balón, que es parte ya de la cultura popular de este pueblo privilegiado. Y quizás, por ello lo defienda con mayor ahínco.

(Publicado en la Edición de Brasil)

Brasil y sus mil tipos de cerveza

Por: | 25 de enero de 2014

Cerveza
Brasil es el tercer mayor productor de cerveza del mundo con un total anual de 14.000 millones de litros y un consumo de 65 litros por persona. En el país están registrados 1.100 tipos diferentes de cerveza.

Para salir al encuentro de la competencia, el Ministerio de Agricultura acaba de crear nuevas normas para la producción cervecera en Brasil y en el Mercosur con las que pretende hacer más competitivo el delicioso elixir que es consumido en todo el país a la par de la famosa caipirinha.

Allí donde un grupo de amigos se reune en aledgría sea para el clásico churrasco, para asistir a un partido de futbol o para pasar unas horas de tranquilidad en el bar, la cervez es indispensable.

En las nuevas normas aque pretenden potecializar la calidad de la cerveza brasileña, el Ministerio de Agricultura prohibe añadir cualquier tipo de alcohol que no sea originado por el proceso de fermentación. Queda también prohibida el agua fuera de las fábricas autorizadas de embotellamiento de la cerveza.

Cerveza brasileña
Lo que sí va a ser permitido es el añadido de miel, leche, frutas y hierbas, al mismo tiempo que la substitución de la malta por  productos como maíz, arroz u otros, no podrá superar en un 45% al extracto primitivo.

El gobierno  brasileño pretende, con las nuevas normas, hacer frente en calidad a la competencia actual de cientos de tipos de cervezas importados.

A ello hay que añadir que la cerveza, como la mayoría de productos alimentarios y bebidas de todo tipo ha aumentado considerablemente de precio en este país, lo que ha hecho disminuir el conusmo en un 6% el año pasado.

Hoy en Río un botellín de cerveza se está pagando a 15 reales , unos cinco euros. Ello está llevando a los consumidores a refugiarse en la cachaça, más barata pero muy superior en contenido alcohólico, lo que empieza a preocupar a las auroridades sanitarias.

Cachaça

 

No son pobres, son los excluidos del festin

Por: | 17 de enero de 2014

Rico x pobre - 5

A los pobres deberíamos dejar de llamarles así. No son pobres, en el sentido etimólógico latino que ha mantenido el poder, es decir, los “estériles”. Son más bien los excluidos del festín, los sin oportunidades para ser como nosotros.

¿Deberiamos abolir de nuestro lenguaje la palabra “pobre”?  El tema es delicado y podría ser mal interpretado.  Sin embargo, quizás sean los pobres los más interesados en que no les llame más de tales. Deberíamos llamarle los excluidos de la cultura y del consumo.

Como muchas otras palabras del diccionario, la palabra “pobre” ha perdido su fuerza y hoy es usada y abusada  por el poder. Es un vocablo gastado, manido, explotado, pero que rinde beneficios, por ejemplo, electorales.

¿Quiénes serían hoy los pobres de verdad?

A quienes interesa que siga habiendo pobres, contentos con los restos de nuestro banquete es al poder porque no existiría si no hubiese quienes pueden ser dominados y por ellos servidos.

Los quieren pobres, pero no rebeldes, ya que entonces les llaman vándalos.

¿Qué sería de los  gobernantes, sobretodo en los países con masas de desheredados, sin los pobres? Ellos son un material de primera para asegurarse su apoyo y benevolencia hacia ellos.

Cuanto más populistas son los gobernantes más se les hincha la boca con la palabra pobre. Todos se vuelcan en promesas hacia ellos y se convierten encantados en sus defensores. Son el oxígeno que respiran, mientras no pretendan ser como nosotros.

Nadie va a ser capaz nunca de acabar con los pobres del mundo que ya superan los mil millones, ya que  todos los demás,  necesitamos de ellos  y nadie quiere renunciar a sus privilegios para mejorar su condición.

Aboliendo la palabra pobre no por ello acabaríamos con los que sufren hambre y sed, o carecen de educación y de medios para curarse. Y sobretodo de dignidad. Y, sin embargo, quizás muchas cosas cambiarían con sólo dejar de llamar pobres a esas personas.

Es algo muy subliminal, pero todos necesitamos de esa categoría que entraña hasta etimológicamente una connotación negativa.

En su origen latina, pobre no es el que sufre alguna injusticia o discriminación. La paupertas latina, o pobreza, significaba “parir o engendrar poco”, y se aplicaba al ganado. Pobre era el que carecía de fertilidad. Se aplicaba también a la tierra estéril. De ahí también el peyorativo “!pobre hombre!”, ya que nada es más bochornoso que aparecer incapaz de engendrar. Hasta la Biblia estigmatiza a las mujeres estériles.

Llamémosles los excluidos de los bienes de la tierra o de la cultura o de la medicina o de la libertad. Digamos que hay  18 millones de personas, es decir 50.000 que mueren  diariamente de hambre a los que una injusta repartición de la riqueza les impide de seguir viviendo, pero no les llamemos pobres. Son nuestras víctimas.

Digamos que hay millones de niños aún sin acceso a la educación, sin familia, sin casa. Son niños como nuestros hijos. Nacieron igual que los nuestros del vientre de sus madres. Les gusta aprender y jugar como a los nuestros, vestirse con dignidad, poder alimentarse y sentirse libres, pero no les llamemos pobres.

La palabra pobre, que ha sido prostituida por el poder y por los privilegiados, evoca, en efecto, compasión, no anhelos de justicia e igualdad. Nos sirven para sentirnos mejores si les ayudamos en sus necesidades.

La palabra pobre, aunque muy sutilmente, nos arrastra a un sentimiento de superioridad ante los menos afortunados que nosotros. A veces hasta nos conduce inconscientemente a pensar que son pobres porque no tienen la inteligencia suficiente para superarse, para triunfar. Les llamamos “pobrecitos” (coitados), como si se tratara de personas condenadas a una cierta e ineluctable fatalidad y no al fruto de nuestras tiranías hacia ellos.

Hay hasta quien defiende la ecuación de que pobre y sin cultura equivalen a violento, a bandido y, generalmente a negro o de color. Las grandes violencias del mundo no provienen, sin embargo, de los incultos sino de los que han frecuentado las mejores Universidades y manejan las grandes financias del Planeta. No conozco a ningún gran dictador o especulador financiero analfabeto. Y existen millones de analfabetos pacíficos y cargados de honestidad, por ejemplo, en todas las favelas del mundo. Y miles de talentos perdidos en las periferías de las grandes urbes.

Vivimos en un momento y en un continente como el de América Latina en el que la palabra pobre se ha convertido en un comodín que exime a los poderes de llevar a cabo las grandes reformas, las que evitarían que no existieran marginados y explotados. Los pobres sirven hoy a todos. Todos los gobernantes prometen acabar con la pobreza mientras tiemblan solo con pensar que puedan acabarse los pobres, porque sería en ese momento en el que tendrían que abordar otros temas más peliagudos que siempre se les quedan en el tintero bajo el pretexto de que tienen que preocuparse de los pobres.

Nunca se acabarán las diferencias entre los mortales. El comunismo, que predicaba la igualdad total ya fracasó hace tiempo y eran sus jerifaltes los primeros a no ser pobres.  Pero una cosa es que no sea posible que todos sean iguales y otra que sigan existiendo diferencias abismales que deberían avergonzarnos.

Es muy común escuchar que se debe “cuidar de los pobres”. No. Se debe cuidar de los enfermos, de los lisiados, de los abandonados, no de los pobres. A ellos hay que darles la posibilidad de que salgan de su esclavitud ayudados por ellos mismos y no creer que siempre serán tales porque son inferiores a nosotros, cuando lo único que nos separa de ellos es la falta de oportunidades, la segregación a la que los hemos relegado.

Los pobres no necesitan de las migajas que les arroje nuestra benevolencia, ni siquiera de nuestra compasión y generosidad. Necesitan sólo que se les permita acceder por derecho a nuestro festín de gentes satisfechas, sin cerrarles las puertas y sin llamar a la policía para que aleje su presencia incómocda.

 Necesitan sólo que les demos lo que les hemos robado y les pertenece por el simple hecho de que son como nosotros, de carne y hueso, de corazón e inteligencia, esta última, superior a la nuestra en muchos casos.

Necesitan  que les ofrezcamos la posibilidad de acceder a lo que a nosotros nos ha permitido ser lo que somos y a ellos se les ha siempre negado.

Por eso, cuando se cruzan en nuestro camino y hasta pretenden ser como nosotros, preferiríamos no verles de cerca. Nos dan hasta miedo. Nos sirven mejor perdidos en la niebla de los guetos.

Recuerdo un dibujo del viñetista  El Roto en este diario. Eran los tiempos en que en Madrid, los emigrantes más pobres, se acercaban a los coches parados en los semáforos para limpiarles los parabrisas y recibir así unas monedas. A un coche de lujo con el parabrisas empañado se acercó uno de aquellos “pobres”. El conductor le hizo un gesto de protesta pidiendo que se apartara. Y el limpiador le explicó “No quiero que me de nada, pretendo sólo que me vea”. Le bastaba que supiera que existía.

El papa Francisco está pidiendo a los católicos que no se conformen con “ayudar” a los pobres, sino que deben ir hasta ellos, para verles, tocarles y mezclarse con ellos para escuchar sus reivindicaciones

Ellos quieren que “les miremos”. Mirándoles , escuchándoles  sin prejuicios, perderíamos el miedo que tantas veces nos infunden aunque podríamos acabar conociendo de ellos lo que prefeririamos no saber.

Quizás al escucharles en vez de rechazarles, no les llamaríamos más pobres. Descubriríamos,  que en el mejor de los casos,  pobres de muchas otras cosas que no son dinero,  lo somos también nosotros, los satisfechos. Quizás descubririamos que los verdaderos excluidos y solitarios somos nosotros, no ellos, que saben vivir y disfrutar juntos.

Y ellos descubrirían que no serán más ricos sólo por poder comprar objetos de lujo en nuestros shopins exclusivos, sino que lo serán sobretodo si saben conservar su espìritu de solidariedad, de grupo, su capacidad de saber disfrutar de la vida y de haecerlo juntos, algo que a nosotros, que nos creemos ricos y privilegiados, nos resulta cada vez más difícil.

TEXTO PUBLICADO EN LA EDICIÓN DE BRAIL EN PORTUGUÉS.

(Sigue la traducción en portugués)

Não são pobres, são os excluídos da festa

Os pobres são, talvez, os mais interessados em que não os chamemos mais como tal. Deveríamos chamá-los de excluídos da cultura e do consumo.

 Deveríamos abolir da nossa língua a palavra “pobre”? O tema é delicado e poderia ser mal interpretado. No entanto, os pobres são, talvez, os mais interessados em que não os chamemos mais como tal. Deveríamos chamá-los de excluídos da cultura e do consumo.

 

Como muitas outras palavras no dicionário, a palavra “pobre” perdeu sua força e é usada e abusada hoje pelo poder. É um vocábulo gasto, batido, explorado, mas que rende benefícios, por exemplo, eleitorais.

 Quem seriam os pobres de verdade hoje?

 Quem interessa que continue havendo pobres, contentes com os restos de nosso banquete, é o poder, porque ele não existiria se não houvesse aqueles que poderiam ser dominados e servidos por ele.

 Querem pobres, mas não rebeldes, e que então são chamados de vândalos.

 O que seria dos governantes, especialmente em países com massas deserdadas, sem os pobres? Eles são um material de primeira para garantir o seu apoio e carinho. Quanto mais populistas os governantes são, mas enchem a boca com a palavra pobre. Todos se iludem com promessas e ficam encantados com seus defensores. É o oxigênio que respiram, enquanto não pretendem ser como nós.

Ninguém nunca será capaz de acabar com os pobres do mundo, que já superam o bilhão, já que todos os demais precisamos deles e ninguém quer abrir mão de seus privilégios para melhorar sua condição.

 Eliminar a palavra pobre não acabaria com os que sofrem com a fome e a sede, ou carecem de educação e de meios para se tratar. E, acima de tudo, de dignidade. E, contudo, talvez muitas coisas mudariam se deixássemos de chamar essas pessoas de pobres. É algo muito subliminar, mas todos nós precisamos dessa categoria que etimologicamente tem até uma conotação negativa.

 Em sua origem latina, o pobre não é aquele que sofre alguma injustiça ou discriminação. A pobreza latina significava “parir ou gerar pouco” e se aplicava à pecuária. Pobre era o que carecia de fertilidade. Também se aplicava à terra estéril. Daí, também, a expressão pejorativa “Pobre homem”, porque nada é mais vergonhoso do que parecer incapaz de ser pai. Até mesmo a Bíblia estigmatiza mulheres estéreis.

 Vamos chamá-los de excluídos dos bens da terra, ou da cultura, ou da medicina, ou da liberdade. Digamos que haja 18 milhões de pessoas, ou seja, 50.000 que morrem todos os dias de fome e a quem uma injusta distribuição da riqueza impede de continuar a viver, mas não chamemos essas pessoas de pobres. São nossas vítimas.

 Digamos que ainda haja milhões de crianças sem acesso à educação, sem família, sem casa. São crianças como nossos filhos. Eles nasceram da mesma forma que os nossos, do ventre de suas mães. Gostam de aprender e brincar como os nossos, de se vestirem com dignidade, de poderem se alimentar e se sentirem livres, mas os chamemos de pobres. A palavra pobre, que foi prostituída pelo poder e os privilegiados, evoca, de fato, compaixão, não anseio por justiça e igualdade. Eles nos ajudam a nos sentir melhores se nós os ajudamos em suas necessidades.

 A palavra pobre, embora muito sutilmente, nos leva a um sentimento de superioridade em relação aos menos afortunados do que nós. Às vezes, até nos conduz inconscientemente a pensar que são pobres porque não têm a inteligência suficiente para se superar, para triunfar. Nós os chamamos de “pobrezinhos” (coitados) como se fossem pessoas condenadas a uma certa e inevitável desgraça, e não ao fruto de nossas tiranias para com eles.

 Há até quem defenda a equação de que pobre e sem cultura equivalem a violento, a bandido e, geralmente, a negro ou de cor. As grandes violências do mundo não vêm, contudo, dos ignorantes, mas daqueles que frequentam as melhores universidades e gerenciam as grandes finanças do planeta. Não conheço nenhum grande ditador ou especulador financeiro analfabeto. E há milhões de analfabetos pacíficos e cheios de honestidade, por exemplo, em todas as favelas do mundo. E milhares de talentos perdidos nas periferias das grandes cidades.

 Vivemos em um momento e em um continente como a América Latina em que a palavra pobre se converteu em um curinga que exime os poderes de realizar grandes reformas que evitariam a existência de marginalizados e explorados. Atualmente os pobres servem a todos. Todos os governantes prometem acabar com a pobreza, enquanto tremem só de pensar que os pobres podem acabar, porque seria neste momento que teriam que abordar outros temas mais espinhosos que sempre ficam à margem sob o pretexto de terem que se preocupar com os pobres.

 As diferenças entre os mortais nunca acabarão. O comunismo, que pregava a igualdade total já fracassou há muito tempo e seus líderes eram os primeiros a não serem pobres. Mas uma coisa é não ser possível que todos sejam iguais e outra é que continuem existindo grandes diferenças das quais deveríamos nos envergonhar.

 É muito comum ouvir que se deve “cuidar dos pobres”. Não. Deve-se cuidar dos doentes, dos deficientes, dos abandonados, não dos pobres. É preciso dar aos pobres a possibilidade de que saiam de sua escravidão por eles mesmos e não acreditar que sempre serão assim porque são inferiores a nós, quando tudo o que nos separa deles é a falta de oportunidades, a segregação que relegamos a eles.

 Os pobres não precisam das migalhas que nossa benevolência joga a eles, nem sequer de nossa compaixão e generosidade. Eles só precisam ter a permissão de ter acesso por direito à nossa festa de pessoas satisfeitas, sem fechar a porta na cara deles e sem chamar a polícia para que sua presença incômoda seja mantida à distância.

Precisam apenas que possamos dar o que roubamos deles e pertence a eles pelo simples fato de que são como nós, de carne e osso, de coração e inteligência, esta última superior à nossa em muitos casos.

 Eles precisam que nós ofereçamos a possibilidade de ter acesso ao que nos permitiu ser o que somos e que sempre foi negado a eles. Por isso, quando cruzam nosso caminho e até pretendem ser como nós, preferiríamos não vê-los de perto. Eles nos dão até medo. Para nós, é melhor que fiquem perdidos no nevoeiro dos guetos.

 Lembro-me de uma imagem do cartunista El Roto neste jornal. Era o tempo que em Madri os imigrantes mais pobres se aproximavam dos carros parados nos semáforos para limpar os para-brisas e receber algumas moedas por isso. Um daqueles “pobres” se aproximou de um carro de luxo com o para-brisa embaçado. O motorista fez um gesto de protesto pedindo que ele se afastasse. E o limpador explicou: “Eu não quero que me dê nada, quero apenas que me veja”. Era o suficiente saber que existia.

 O papa Francisco está pedindo os católicos que não se conformem com “ajudar” aos pobres, mas que as pessoas vão até eles para vê-los, tocá-los e conviver com eles para ouvir suas demandas. Eles querem o “seu olhar”. Ao observá-los e ouvi-los sem preconceito, perderíamos o medo que tantas vezes nos inspiram, embora poderíamos acabar conhecendo o que preferiríamos não saber.

 Talvez ouvi-los em vez de rejeitá-los faria com que não os chamássemos mais de pobres. Descobriríamos, no melhor dos casos, pobres de muitas outras coisas que não o dinheiro, assim como também somos, os satisfeitos. Talvez descobriríamos que os verdadeiros excluídos e solitários somos nós, não eles, que sabem viver e desfrutar juntos.

 E eles descobririam que não serão mais ricos apenas por poder comprar objetos de luxo em nossos shoppings exclusivos, mas que serão, sobretudo, se souberem conservar seu espírito de solidariedade de grupo, sua capacidade de aproveitar a vida e de compartilhar, algo que para nós, que acreditamos ser ricos e privilegiados, parece cada vez mais difícil.

 

 






 

Sobre el autor

es periodista y escritor traducido en diez idiomas. Fue corresponsal de EL PAIS 18 años en Italia y en el Vaticano, director de BABELIA y Ombudsman del diario. Recibió en Italia el premio a la Cultura del Gobierno. En España fue condecorado con la Cruz al Mérito Civil por el rey Juan Carlos por el conjunto de su obra. Desde hace 12 años informa desde Brasil para este diario donde colabora tambien en la sección de Opinión.

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