Sobre el autor

Francesc Valls

. Viví la transición democrática en primera línea periodística y personalmente. Luego me enriquecí espiritualmente viajando con Juan Pablo II alrededor del mundo. Descendí a lo terrenal con Jordi Pujol. Desde siempre he sido un adicto a la política. Soy subdirector de EL PAÍS en Cataluña.

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El día a día del contraste entre ese dulce postre tradicional y la amarga austeridad. Todo aderezado con unas gotas de tabasco soberanista.

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El menú del tricentenario

Por: Francesc Valls | 12 mar 2014

Roure tricentenari

 

El agustino Enrique Flórez quemaba los documentos que no se ajustaban a sus tesis o no dejaban bien situada a la Iglesia católica mientras, en el siglo XVIII, reescribía la Edad Media española y los inicios de la Moderna. Miguel-Anxo Murado da cuenta en su recomendable La invención del pasado (Debate 2013) de que el clérigo preservaba solo los textos que legitimaban las aspiraciones dinásticas de Isabel de Castilla frente a su sobrina Juana la Beltraneja. Y es que una nación no puede permitirse dudas sobre una reina llamada la católica.
    Recién inaugurada la dictadura militar de Franco, algunos falangistas, apadrinados por nazis alemanes, bregaron para demostrar que los visigodos eran “germanos puros” procedentes de Escandinavia y que jamás se mezclaron con nada que oliera a semita. Se atribuye a ese afán de pureza la reconstrucción también en esos años convulsos de la lista de los reyes godos. La nación debe tener un imaginario pata negra. Por eso lo de menos es que el patrón de España, el apóstol Santiago, probablemente no la hubiera visitado nunca. Cada 25 de julio España entera -con judíos y gentiles— es consagrada ante alguna alta autoridad al apóstol, mientras el botafumeiro actúa y los fieles cantan: “Firme y segura, como aquella columna que te entregó la madre de Jesús, será en España la santa fe cristiana, bien celestial que nos legaste tú”. Con tal historia no debe extrañar que el Ministerio de Interior otorgase sin sonrojo el pasado 3 de febrero la Medalla de Oro al Mérito Policial a la Virgen María, una distinción que se concede solo a los agentes que fallecen en acto de servicio. Algunos gestos se empeñan en perpetuar la España de Covadonga y Don Pelayo .
    El historiador Eric Hobsbawm afirma que la tradición inventada busca inculcar valores por medio de la repetición, lo que implica de manera automática una continuidad con el pasado. Ese bucle lo estamos viviendo con más o menos pericia ahora en Cataluña, en pleno proceso de rescate del del tricentenario de 1714: se busca desesperadamente su continuidad para validar la proyección futura. Hay un constante martilleo para cohesionar la conciencia nacional.
    Cataluña, como cualquier nación que se precie, inventa sus tradiciones. Jacint Verdaguer en 1884, ocho años después de publicar L'Atlàntida, había visto una sola vez bailar sardanas. En 1906, en cambio, y según Lluís Millet, ya era “la danza nacional de Cataluña”. Cuando Benito Pérez Galdós preparaba su obra teatral La loca de la casa (estrenada en 1893) pidió indicaciones a Narcís Oller sobre cómo era la sardana y no las halló muy precisas por su desconocimiento, tal como recuerda Joan-Lluís Marfany en La cultura del catalanisme (Empúries, 1995). Y qué decir del patriota Prat de La Riba, a quien como hombre de orden le horrorizaba que la fiesta nacional rememorara actos sangrientos, como el 11 de Setembre.
    Inventar la tradición, adaptarla o hacer que esta aparezca y parezca antigua ha sido una constante a lo largo de la historia de la construcción de las identidades nacionales. No es un hecho diferencial catalán. Pero sucede que la estulticia nacional-católica ha vacunado a algunas generaciones contra la estupidez y les ha inoculado cierto escepticismo. Por eso comienza a ser rayano en el papanatismo la insistencia en banalidades para reforzar la conciencia nacional.
    El pasado domingo 2 de marzo, la Generalitat presidió el acto en el que se plantó el roble del tricentenario a los pies de la montaña de Monserrat. Para darle el toque europeísta, los catalanes residentes en Colonia enviaron tierra de la imperial Aquisgrán, rememorando el Imperio Carolingio, ese que nos separaba de los sarracenos como Marca Hispánica, pero que al tiempo dejaba toda la Cataluña nueva en manos de la barbarie infiel, incluyendo probablemente Montserrat. La moraleja del acto presidido por el consejero Francesc Homs era mostrar que Europa no puede excluirnos si decidimos caminar hacia la independencia.
    Y esta misma semana, para no hurgar en la antigüedad clásica, hemos sentado las bases para los complementos del menú del tricentenario. El conseller Pelegrí presentaba el martes 4 de marzo el pan de 1714. Esta aportación del "clúster agroalimentario catalán al Tricentenario", según Agricultura, consiste en un pan pequeño y redondo, hecho con harinas similares a las que se utilizaban en el siglo XVII, con una larga fermentación y sobre todo con una cocción muy lenta —50 minutos— y con un dibujo en su parte superior en forma de cruz que recuerda una moneda de la época, el croat, creada per Pere el Gran (siglo XIII). Pero sigamos con el menú, porque el jueves 6 se presentó el postre del tricentenario. Almendra, miel y albaricoque son los patrióticos ingredientes de este pastel que endulzarán un año complejo. Y al lado de la gran historia, la pequeña: el viernes, 7 de marzo,  la Fundación Bofill consideraba “ideológicos” los recortes del Ejecutivo de Mas en educación. Y en unos días, el Parlament va a debatir el régimen de adegalzamiento riguroso a que ha sometido CiU los servicios sociales. Y es que, entre panes y pasteles, la vida sigue.

El País

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