Fuera de juegos

Sobre el autor

Walter Oppenheimer

Walter Oppenheimer es corresponsal de EL PAÍS en Londres y antes lo fue en Bruselas. Y antes de eso pasó bastantes años en la redacción de Barcelona, haciendo un poco de todo. Como tantos periodistas, no sabe de casi nada pero escribe de casi todo.
Este blog pretende dar una visión diferente de la capital británica y cómo vive la cita olímpica más allá del deporte

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Cara y cruz en Carpenters Estate

Por: | 05 de agosto de 2012

Regeneración es una palabra con doble sentido en Stratford. Para muchos, es sinónimo del poder de transformación de los Juegos Olímpicos. Nuevas comunicaciones, uno de los mayores centros comerciales del mundo, miles de viviendas de nueva planta, el legado de las instalaciones deportivas olímpicas con parque y todo y, quién sabe, a lo mejor hasta un campus universitario.

Sin embargo, para los habitantes del Carpenters Estate, una comunidad que se remonta al siglo XIX, regeneración es sinónimo de muerte. Hasta entonces una comunidad de casitas victorianas para los obreros de las factorías vecinas, Carpenters fue medio destruido por las bombas nazis en la II Guerra Mundial. En los cincuenta, aprovechando los claros dejados por las bombas, se edificaron viviendas sociales para 700 familias, 600 de ellas en tres grandes bloques de 22 pisos de altura cada uno. El barrio se fue degradando.

CARPENTERS
Vista del pub Carpenter Arms, en Carpenters Estate. / IONE SAIZAR

La llegada de los Juegos ha acelerado las prisas del ayuntamiento de Newham por hacer desaparecer lo que a sus ojos se había convertido en un foco de pobreza y conflictividad. Apelando a plagas de hormigas y problemas de asbestos, ha ido despoblándolo poco a poco. Ya solo quedan dos bloques, que apenas alojan a 30 familias entre ambos. Y casi todas las casas bajas están abandonadas.

Estos días, la fachada lateral de los dos bloques está dominada por un inmenso anuncio olímpico de Gillete. La amenaza de ruina de los edificios no ha impedido a la BBC instalar a lo alto de uno de ellos su cuartel general olímpico, con vistas al estadio y al polémico Orbit, la escultura de Anish Kapoor que algunos confunden con una grúa a medio montar.

Una de las víctimas de la regeneración de la zona es Sheamus Clarcke, 45 años, el patrón del pub local, el Carpenters Arms. La paulatina marcha de los vecinos le ha dejado sin clientes. “Hace dos años, esto estaba de bote en bote”, explica con tristeza en los ojos. Lleva 20 años en el barrio y cinco llevando el pub, y se ha gastado mucho dinero en adecentarlo porque les dijeron que allí habría un acceso a los Juegos y pasarían cada día miles de personas. Pero ni hay acceso ni turistas. Apenas la docena de parroquianos de siempre. Peor aún: la posibilidad de que cuajen las gestiones del ayuntamiento para que se instale ahí un campus del University College London, atraído por el legado olímpico, le tiene atado de pies y manos. No se sabe si el barrio morirá poco a poco o de golpe.

A espaldas del Carpenter Arms, se acaba de instalar Jimmy García. Nacido en Inglaterra pero con sangre leonesa, es la otra cara de la moneda: los Juegos son una oportunidad. Ha transformado un viejo almacén en un bar coctelería, restaurante y galería de arte de usar y tirar. Lo que en Inglaterra llaman un pop-up: un local que se explota durante un periodo muy corto de tiempo. Se ha gastado 25.000 libras en transformar el local y ha comprado por 15.000 el derecho a utilizarlo un año. En total, unos 50.000 euros. De momento lo tiene abierto hasta septiembre. Luego ya verá qué hace.

El Annex East Supper Club, como se llama, está a tope de reservas: 36 cubiertos con un moderno menú a 32 libras cada uno. Cócteles y copas aparte. Hay una pantalla gigante para seguir los Juegos y cada día hay alguna actividad especial, desde proyecciones de cine a concursos. El trabajo no le da miedo. “Una noche acabé a la 1.30 de la mañana y a las 4.30 estaba en el mercado. Dormí poco, aquí tirado”, dice señalando al suelo.

Aunque parecía destinado a trabajar en la City, la gastronomía se cruzó en su vida cuando cocinó para amigos y vecinos en su casa de Balham: una noche sirvió 25 cenas. De allí surgió el Southwest Supper Club, Club de Cena del Sudoeste. Luego trabajó, en clubes y galerías en Hackney. Y montó durante cuatro meses un pop-up en Courchevel, en los Alpes franceses. A Jimmy, los Juegos le están sentando mejor que a Sheamus.

El País

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