Fuera de juegos

Sobre el autor

Walter Oppenheimer

Walter Oppenheimer es corresponsal de EL PAÍS en Londres y antes lo fue en Bruselas. Y antes de eso pasó bastantes años en la redacción de Barcelona, haciendo un poco de todo. Como tantos periodistas, no sabe de casi nada pero escribe de casi todo.
Este blog pretende dar una visión diferente de la capital británica y cómo vive la cita olímpica más allá del deporte

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¡Qué más da si llueve o hace sol!

Por: | 06 de agosto de 2012

El clímax de estos Juegos quizás se alcanzó el domingo por la noche en la recta del estadio, cuando Usain Bolt voló para hacerse con el oro de los 100 metros y registrar la segunda mejor marca (9,63s por los 9,58s de su récord mundial) de la historia. Pero el espectáculo va mucho más allá de las pistas de atletismo. Una variopinta muchedumbre da color y calor al evento abarrotando el Parque Olímpico de Stratford.
Decenas de miles de personas pasean cada día por la arteria central que atraviesa el área. El estadio es el epicentro de esa magnífica avenida, salpicada a derecha e izquierda por las restantes instalaciones. Hay dos tipos de edificios que no entran en el programa deportivo, pero ante los que hacen cola cientos de visitantes. La de las tiendas de recuerdos de Londres 2012 es kilométrica. Nadie sabe cuánto tardará en entrar para comprar las mismas camisetas que probablemente se vendan también en el centro de la ciudad. Pero, de la misma manera que no es lo mismo ver una carrera en el estadio que frente al televisor, el fetichista sabe que no es igual una pieza adquirida en el recinto olímpico que en el West End.
Pero quizás las colas más llamativas son las que se forman ante el gigantesco McDonalds. Se sirve la misma comida basura que en cualquier otro McDonalds, pero lo que realmente desean quienes esperan es poder decir que han estado en el más grande del mundo.
Grande es, desde luego. El piso de abajo está consagrado a ordenar, pagar y recoger el producto. Fuera y arriba hay montones de ambientes. Terrazas a cubierto o a pleno sol o... lluvia, según el momento; mesas altas, bajas; mesas de café, redondas, cuadradas; sillas, taburetes, banquetas alargadas; sofás, sillones… Hay más de 20 tronas para bebés perfectamente alineadas, dispuestas para auxiliar a los clientes más jóvenes.
Fuera, la gente camina sin rumbo aparente, disfrutando la experiencia de vivir de cerca unos Juegos. Una banda llamada Martin Luther King, los chicos a los tambores, las chicas haciendo de majorettes, se abre paso entre la multitud. Como no podía ser de otra manera, dominan las banderas británicas colgadas de los hombros como un chal. Los australianos destacan enseguida por su tendencia a moverse en grandes grupos y vestir bermudas verdes y camisetas amarillas.
Cuatro muchachitos holandeses parecen encantados de haberse conocido, vestidos con ajustadísimos trajes de licra: dos de ellos, con los colores de su bandera; los otros dos, con el inconfundible color naranja.
La gente anda sin prisa y, cuando cae un chaparrón, se protege con lo que puede sin apenas prestar atención. Esto es Inglaterra. Y estos son los Juegos. Lo último que preocupa es si llueve o hace sol. Lo único que se busca es no perderse detalle de lo que está pasando. Basta que alguien se pare ante un edificio formado por un montón de cubos metálicos para que otros hagan lo mismo sin saber muy bien por qué. En la azotea hay un estudio de televisión. Quizás haya entrado una vieja gloria del deporte. Quizás no.

 

Visto desde la zona de paseo, el Parque de Stratford es hermoso. Solo se ve césped, flores, riachuelos y canales; las llamativas instalaciones olímpicas, entre las que destaca el velódromo, pero también el curioso pabellón cúbico de plástico, desmontable, en el que se juega la competición de baloncesto.
Nada que ver con el desastroso panorama que se observa desde las calles de servicio que lo rodean, por las que circulan los coches y los autobuses de la familia olímpica. Pero, aunque la vista es fea, se aprecia mejor el mérito de haber levantado el Parque Olímpico entre autopistas, vías férreas y todo tipo de desniveles.

El País

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