Fuera de juegos

Sobre el autor

Walter Oppenheimer

Walter Oppenheimer es corresponsal de EL PAÍS en Londres y antes lo fue en Bruselas. Y antes de eso pasó bastantes años en la redacción de Barcelona, haciendo un poco de todo. Como tantos periodistas, no sabe de casi nada pero escribe de casi todo.
Este blog pretende dar una visión diferente de la capital británica y cómo vive la cita olímpica más allá del deporte

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Londres se gusta ante el espejo

Por: | 12 de agosto de 2012

Llegó a tener ribetes de pesadilla, pero tuvo un final de ensueño. El primer ministro británico, David Cameron, proclamó ayer en Downing Street el éxito de Londres 2012. “Durante estas dos semanas nos hemos mirado al espejo y nos gusta lo que hemos visto”, declaró en una conferencia de prensa junto al presidente del comité organizador, Sebastian Coe. “Estamos seguros y orgullosos de lo que somos”, añadió. En un día soleado y caluroso, Cameron eligió el escenario de los días de fiesta: el jardín de rosas de Downing Street, reservado para las buenas noticias. Significativamente, aludió también al “alivio” de que hayan acabado los Juegos, evidencia de las dudas que los británicos tenían sobre su capacidad para organizar el evento.

“Gran Bretaña ha cumplido. Hemos demostrado al mundo lo que somos capaces de hacer”, resaltó el primer ministro. Como no podía ser de otra manera, los británicos han pasado ya de un extremo al otro: de los apocalípticos pronósticos de desastre a la euforia desmedida de considerar que el país ha completado una tarea titánica, sobrehumana.

Cameron ensalzó los éxitos de los deportistas británicos, “los mejores resultados en 100 años”, y aseguró: “El mejor jugador del Team GB ha sido el público”. No hay duda de que el público fue uno de los factores que más contribuyó al éxito de Londres 2012. Primero, porque, salvo las chocantes excepciones de los primeros días o deportes como el fútbol, los estadios estuvieron abarrotados. Lo mismo en las grandes citas que en disciplinas minoritarias. Y, segundo, porque el entusiasmo de ese público creó una atmósfera fantástica.

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El primer ministro, David Cameron, junto a Mo Farah.  / Justin Talls (AFP)

El mayor alivio para los organizadores fue el funcionamiento del transporte y la ausencia de atentados terroristas, un factor en el que siempre es difícil delimitar hasta qué punto se debe al trabajo de disuasión o al mero azar. La organización de los Juegos en sí también funcionó bien, pero con más lagunas de lo que puede parecer.

Los primeros días fueron un pequeño desastre que puso en evidencia problemas importantes de preparación. Hubo errores en el transporte de la familia olímpica, incluidos deportistas y periodistas. Y colosales embudos a la salida del parque Olímpico tanto el día de la inauguración como en las grandes citas en el estadio, cuando el plato fuerte de la sesión era justamente al final y se vaciaba de golpe. Debió de haber poderosas razones de logística, seguridad y presupuesto para centralizar en la estación de Stratford la entrada y la salida del público y los visitantes pese a haber numerosas estaciones de varios tipos de transporte alrededor del parque. Pero fue una constante fuente de incomodidades y solo el sentido común del propio público evitó que llegara a haber conflictos.

El tren Jabalina que une Stratford con St. Pancras en siete minutos funcionó muy bien, con un constante desfile de trenes de gran capacidad en las horas punta. Pero en alguna ocasión los retrasos provocaron apretujones y tensión en la entrada de la estación. Los empleados del transporte encargados de dirigir el acceso al Jabalina proyectaron la peor imagen de los Juegos. Su autoritarismo, su falta de cortesía y su inflexibilidad fueron a menudo chocantes, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces sus instrucciones eran innecesarias y otras veces contradictorias.

Los voluntarios repartidos por el parque y las instalaciones olímpicas hicieron esfuerzos sobrehumanos para sonreír y ser simpáticos, pero demasiado a menudo eran incapaces de ayudar porque apenas tenían información. Hubo otros errores aparentemente irrelevantes, pero que dificultaron el trabajo de los medios. Desde luego, la ausencia de conexión inalámbrica a Internet. Pero, sobre todo, los monitores colocados en los pupitres de trabajo en los estadios. Innecesariamente grandes, impedían la visión del deporte. Y no siempre era posible apartarlos o tumbarlos. Pequeñeces que no ensombrecen el éxito de los Juegos, pero que se podrían haber evitado fácilmente.

El País

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