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Francesc Arroyo

Francesc Arroyo es redactor de El País desde 1981. Ha trabajado en las secciones de Cultura y Catalunya (de la que fue subjefe). En la primera se especializó en el área de pensamiento y literatura. En los últimos años se ha dedicado al urbanismo, transporte y organización territorial.

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Promesas vanas

Por: | 07 de abril de 2014

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El Ayuntamiento de Barcelona dice que va a recuperar las aceras para los peatones y que empezará por sacar de ellas a las bicis. Será verdad, pero no lo parece. Es de suponer que se encarguen de ello los mismos que se ocupan ahora de evitar que las motos aparquen en las aceras de menos de tres metros de anchura. Si superan esa amplitud pueden aparcar pero lo que no pueden es circular, como hacen muchos, por la acera con el vehículo en marcha entre las piernas. Poca confianza inspiran los anuncios de este tipo hechos por el equipo de gobierno que encabeza, es un decir, Xavier Trias.

Otro asunto muy distinto es si lo más urgente es bajar las bicicletas de las aceras porque, después de todo, las bicis van más despacio que las motos, no hacen tanto ruido, no expelen la porquería que produce el petróleo y abultan mucho menos. Además, los ciclistas argumentan que ni siquiera cuando se les reserva un espacio pueden utilizarlo con libertad. Y ahí están los ejemplos de las calles Diputació y Consell de Cent, donde el carril para las bicicletas está permanentemente invadido por taxistas, furgonetas, coches privados y, por supuesto, motos. Expulsados los ciclistas de su medio (cuando lo tienen) se pasan a la acera, medio reservado a los peatones y, dicho sea de paso, el eslabón más débil.

No deja de ser curiosa la reacción de los partidos de la oposición municipal (ICV y PP), al anuncio del equipo de gobierno. Los primeros han puesto el grito en el cielo porque, dicen, no se puede bajar a los ciclistas de la acera sin garantizarles un espacio propio. El peatón, por lo que se ve, no les preocupa.

Menos miope es la actitud del PP. En opinión del concejal Oscar Ramírez, “permitir que las bicicletas puedan circular por aceras de más de cinco metros, u obligarlas a circular por el carril segregado, siempre que lo haya en esa vía, son premisas que ya estaban contempladas en la anterior ordenanza reguladora de la bicicleta, pero que no se han aplicado con diligencia”. Ramírez recuerda que la Ordenanza de Circulación establece que un ciclista no puede circular por la acera a más de 10 kilómetros por hora y debe mantener una distancia mínima de un metro con los peatones, y eso solo por aceras de más de cinco metros de anchura siempre que no haya aglomeraciones de peatones”.

Ramírez recuerda que de las 1.124 sanciones puestas en 2012 a ciclistas por infracción de la ordenanza, 12 lo fueron por no respetar la preferencia del peatón; otras 10 por superar la velocidad permitida, y sólo 12 por circular por una acera de menos de cinco metros”. Y añade: “Es decir, la Guardia Urbana con 3.000 agentes, sólo pone una multa al mes por no respetar la preferencia del peatón en las aceras”. Para concluir con la afirmación sorprendente: “No podemos tolerar que se permita a los ciclistas barra libre de infracciones sin que haya una respuesta clara municipal para proteger a los peatones y exigimos el riguroso cumplimiento de la normativa actual”. Le faltó añadir que la exigencia es válida para Barcelona y para Madrid, incluyendo a Esperanza Aguirre. Fiat lex et pereat mundus (menos ella).

La queja del lector, L. G., está relacionada con la ocupación de las aceras por las motos. Él trabaja en una de las tiendas de la Illa Diagonal y sufre, un día sí y otro también la invasión de su espacio, una invasión, dice y argumenta, propiciada por el propio consistorio. Así lo explica: “En la calle de Constança, que cruza el edificio por debajo, hay varias zonas reservadas para el aparcamiento de motocicletas. Buena parte de estos espacios se hallan situados al mismo nivel que la calzada, de modo que los motoristas aparcan directamente. No obstante, hay un tramo, situado en la parte más cercana al mar, de la acera sur, en la que el aparcamiento está pintado directamente sobre la acera. Para aparcar, las motos tienen que subir y lo hacen de la forma más sencilla: sin apagar el motor y circulando por la acera. Además, aunque hay una fila delimitada, lo habitual es que haya dos filas de motos aparcadas: una donde se debe y otra por libre”. Dice el lector que, de vez en cuando, aparece un guardia y multa a quienes están mal aparcados e incluso, a veces, la grúa se lleva alguna moto. Eso sí, con criterios difíciles de entender si la infracción se produce todos los días laborables y a todas las horas comerciales. Y añade L. G.: “Si la zona reservada a las motos fuera una muesca en la acera, manteniendo el nivel de la calzada, como ocurre unos metros más arriba, justo superado el semáforo existente, no se animaría a los motoristas a subir con la moto en marcha a la acera y, probablemente, las infracciones serían menos”. Es una hipótesis que valdría la pena verificar. El Ayuntamiento dice que conoce la situación, que se da también en el tramo de Diagonal comprendido entre la Illa y unos grandes almacenes. ¡A ver si se nota ese conocimiento!

Imagen tomada por Juan Barbosa.

El País

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